Estreno de Pedro Páramo en EE.UU.

Un poco de Buendía en Chicago

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba
Fotos cortesía de: Teatro Buendía

Imagen: La Jiribilla

El regreso al hogar, que implica en algún momento tener que partir, es una imagen propicia para hablar de Pedro Páramo, el más reciente estreno de Teatro Buendía… en Chicago. Comala, el pueblo mítico donde se desarrolla la obra de teatro, puede ser lo mismo un lugar desolador y escalofriante, que un hogar a donde regresar. Los murmullos y las sombras cabizbajas en el escenario devuelven a su público a regiones innombrables en tierras que les dieron a luz, palmos de geografía que, aunque lejos, siguen velando por sus hijos y sus muertos.

La coproducción entre el Goodman Theatre y la agrupación cubana —también un centro permanente de investigación sobre los medios expresivos del actor y la renovación de los lenguajes escénicos— fue comentada por sus protagonistas en un panel organizado por Casa de las Américas con ese propósito. Allí estuvieron la Premio Nacional de Teatro y fundadora del Teatro Buendía, Flora Lauten; Raquel Carrió, ensayista y creadora del Seminario de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte, e Ivanessa Cabrera, actriz del grupo quien, aunque graduada en 1990, ya desde 1985 formaba parte del colectivo y ha participado en sus principales montajes.

Esta historia es también la de la espera por el momento preciso, la de la lucha contra las distancias, la de la oportunidad creativa que muchos protagonistas de nuestro teatro sueñan y, sobre todo, la del crecimiento. Pedro Páramo, codirigida por Flora Lauten y Henry Godínez, director de la compañía norteamericana, es el resultado de una hora y media, 11 actores que no salieron nunca del escenario y dos semanas de presentaciones (muchas veces con doble función), en una ciudad teatral, acostumbrada a la escena y ante un público eminentemente latino, lleno de añoranzas.

Imagen: La Jiribilla

Comala de todas partes

Para Raquel Carrió, que escribió la obra, el tema de la emigración tuvo un significado especial en la historia. “El Pedro Páramo que íbamos a hacer dos años atrás —explica— tenía como tema fundamental el caudillismo y el tema del amor, porque eso es esencial. Por muy seductor, desde el punto de vista político y social, que pueda ser el caudillismo, nunca va a ser más seductor que el amor. Y ya se sabe que este hombre arruina a Comala por amor. Pero ahora, en el contexto en que se produjo la obra, el tema del desarraigo fue esencial”.

Cuando Pedro Páramo le dice a la madre de Juan Preciado que se vaya, ella cruza la frontera para reunirse con su hermana y su hijo nace del “lado de allá”, pero este regresa al pueblo, que forman todos los recuerdos y el mundo de su madre. Flora Lauten, según contó, se sintió como la madre que comprende con el cerebro pero no con el corazón el hecho de que un hijo quiera hacer su vida lejos, al encontrarse con Sándor Menéndez.

Es un actor que se formó en Teatro Buendía. Él vive en Chicago desde hace tiempo y, por esas fechas, tuvo que sustituir a otro actor que no pudo continuar en el proceso. En muy corto tiempo, asumió uno de los personajes protagónicos. “Fue un encuentro muy especial. Se me ocurrió que Sándor podría intentarlo. Por eso fue tan lindo. Entendió muy rápido por dónde iba la cosa y, sentimentalmente, él fue el Juan Preciado que regresa a su casa”, comentó.

“La historia de trabajar con otros actores fue una experiencia inolvidable, porque ellos no tienen nuestras características, ni nuestra historia. En un tiempo récord logramos convertirnos en un solo grupo, para que no existieran diferencias en el escenario, para podernos mirar y comprendernos, para podernos apoyar unos a otros en aquella loca carrera que fue ese montaje. En muy poco tiempo hubo una inmensa retroalimentación”, dijo Ivanessa Cabrera.

Cuenta Raquel que el Goodman Theatre tenía una sala más grande con otro espectáculo, el cual tenía a su disposición “todos los recursos imaginables”, pero era la sala de Pedro Páramo la que se llenaba. “A ellos les parecía maravilloso porque, en definitiva, nosotros estábamos trabajando con trapería: la tela con que se cubre el tabaco, arena y piedras”.

“Teníamos el acuerdo con Henry Godínez de que, cuando se terminaran las puestas, ellos se quedaban con un Pedro Páramo, y nosotros con otro. Pero la experiencia fue muy fuerte, incluso para ellos que suelen ser muy prácticos. Hubo algunos momentos en que dijeron en público que eso había sido un verdadero intercambio cultural. Se trató de un intercambio real entre las personas que participaron, sobre todo cuando ellos llegaron aquí y conocieron una realidad y un ambiente de trabajo muy distinto al que están acostumbrados. Ahora, a cada una de las partes le cuesta mucho proponerse hacer ese espectáculo sin la otra. Se sortearon muchas dificultades”, narró la dramaturga.

Las panelistas están de acuerdo en que los participantes aprendieron mucho unos de otros: Los de Chicago, que el teatro hay que hacerlo con cuerpo y alma, aunque no haya nada más; y los de La Habana, “cierta disciplina y organización. Incluso había que tomar recesos cada 50 minutos, porque el sindicato de actores lo establece así —continúa Carrió—. Son mundos muy diferentes desde todos los puntos de vista, pero se logró formar un grupo con un solo cuerpo”.

Imagen: La Jiribilla

El realismo mágico

Se dice que toda historia es perfectamente “teatralizable”. Lo difícil, en ocasiones, es preservar el halo de misticismo en que fue concebida. El realismo mágico, cultivado por Juan Rulfo y que tanto apasionó a los lectores de Pedro Páramo, tenía que estar presente también en esta versión escénica de la novela. Quizá por ello para Raquel Carrió, en términos de escritura, la realización del guion de la obra fue un proceso apasionante y complejo:

“Es una novela sumamente fragmentada, que juega mucho con el espacio y el tiempo. También me interesaba crear los personajes siempre en función de los actores que los iban a interpretar. Pero, básicamente, me interesó la tarea de llevar esta historia a la contemporaneidad: Cuba-México-Chicago. Porque en el Buendía siempre ha sido muy importante que los textos tengan que ver con las personas que los hacen, que estén enraizados en la sensibilidad de las personas que los interpretan”.

Esta agrupación también se caracteriza por defender el derecho de sus obras a crecer durante el tiempo que sea necesario. Por esa razón, nunca se ve comprometida con los tiempos de carteleras y estrenos. Este rasgo fue quizá el que pautó el mayor y más temido reto durante un proceso de montaje que solo tuvo cinco semanas para convertirse en el Pedro Páramo del Buendía.

“En cinco semanas había dos opciones: o renunciábamos a nuestros principios de investigación, a nuestro trabajo de laboratorio, o tratábamos de hacerlo en ese poco tiempo. El milagro sucedió porque llegaron a Cuba, porque a pesar de la diferencia de condiciones de trabajo, la parte de ellos que es artista se sobrepuso, la que tiene que ver con la generosidad y el sacrificio”, dijo Flora Lauten.

La puesta en escena fue casi el premio final de una carrera de obstáculos ganada. El trabajo sobre las tablas se realizó completamente en español y se incluyó un servicio de subtitulaje, por suerte, y según la Carrió, “con una muy buena traducción”. Pero también hubo otros regalos especiales, no solo un guion de primera, el apoyo financiero necesario o la entrega total de los actores.

Uno de ellos fue el encuentro del arpa. “Tuvimos la inmensa suerte de escucharla, porque ese sonido lo atrapaba todo: ahí estaban los humores de los personajes, el ambiente de Comala, todo”, aseguró Lauten, luego de que Raquel afirmara que la música no se pensó en función de acompañante, sino que se trabajó para que tuviera un papel esencial en la dramaturgia. “En Chicago apareció todo el repertorio de canciones mexicanas y cubanas. Y esa es una de las características de la obra que más me gusta, la estrechísima relación que hay entre texto y música”, dijo la guionista.

Imagen: La Jiribilla

El otro regalo fue la luz. Al parecer, los elementos lumínicos estuvieron muy asentados en lo que tradicionalmente se conoce como teatro de sombras, cuyos orígenes se remontan a China e Indonesia y en el que los actores eran monjes o sacerdotes que utilizaban ese recurso para acercarse a la comunidad. Pero Lauten lo describe como teatro de luz:

“Nosotros estamos acostumbrados a trabajar con muy pocas luces. Y allí resultó que no sabíamos por dónde empezar. Tuvimos la fortuna de trabajar con una diseñadora que era una maravilla, muy inteligente y sensible. Lo que ella hizo fue montar una puesta en escena, paralela a la de los actores, en una pantalla blanca que había al fondo del escenario. Se podían observar sombras de multitudes, caminantes, mexicanos que cruzan la frontera, aparecidos… Fue excelente”.

Al finalizar el panel, Lauten anunció que un Buendía de estos estarán estrenando Bodas de sangre, el proyecto que tenían en producción antes de que existiera la oportunidad de realizar Pedro Páramo. Será entonces como un viaje de regreso: de Juan Rulfo a Federico García Lorca; de México a España. Ahora, como todo director o directora que desee trabajar con profundidad, “hay que empezar de cero nuevamente”, aseguró la actriz.

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