Para las señoras cubanas,
Mensajero de las Damas

Cira Romero • La Habana, Cuba

A la altura del año 1882, puede hablarse de cierta tradición en la prensa insular a propósito de respaldar con el sustantivo damas algunas de nuestras publicaciones periódicas. Así, tuvimos en 1811 la Tertulia de las Damas, dirigida por Geremías [sic] de Guerocas, posiblemente un seudónimo; en  el propio año, el guatemalteco Simón Bergaño fundó Correo de Damas; en 1821, nuestro José María Heredia creó Biblioteca de Damas y en 1875 la camagüeyana Domitila García de Coronado dio a conocer en La Habana El Correo de las Damas. De las tres primeras, hemos escrito en nuestra columna. Ahora, varios años después,  la habanera María Manuela López, cuyo nombre se pierde en el tiempo, fundó Mensajero de las Damas, cuyo primer número apareció el 11 de febrero del citado año 1882. Subtitulado “Semanario dedicado al bello sexo”, como fue usual llamar a las féminas en aquellos tiempos, publicó cuentos, poesías, crítica literaria, folletines con novelas por entregas y artículos sobre moral y religión. En dicho número inicial prometieron —y cumplieron— que sus colaboradoras serían, entre otros, Luisa Pérez de Zambrana, Martina Pierra de Poo, Domitila García de Coronado, Mercedes Matamoros, Bernardo Costales y Sotolongo, Eduardo Augusto Peyrellade, Pablo Hernández y Francisco Guitart.  Al comentar los propósitos que pretendían alcanzar a través de sus páginas, expresaba su directora:

Mensajero de Damas, aunque dedicada especialmente a las señoras habaneras, no será una revista que permanezca en ese único propósito. Nuestras páginas darán preferencia a aquellas que en nuestro amado país se dedican al cultivo de las letras, que muchas y buenas ha habido, como la inolvidable Gertrudis Gómez de Avellaneda, que honra las letras de Cuba, fundadora también de una revista para el sexo débil, Álbum cubano de lo bueno y lo bello, a la que no queremos compararnos, pero sí nos anima el interés de, al menos, igualarla en calidad. Por ello hemos pedido la colaboración de los nombres más prestigiosos que actualmente fecundan las letras y todos han estado prestos a dar su asentimiento.

Y más adelante:

Quien la dirige no tiene experiencia alguna en este tipo de labor, pero me place asumir, con la ayuda de toda mano que quiera tenderse,  una empresa que quizás supere mis fuerzas, que se verán sin dudas aumentadas si nos convocamos a trabajar juntos para llevar adelante nuestros deseos.

Al repasar las no muy abundantes páginas de Mensajero de las Damas, cuyo último número revisado corresponde al 1ro. de junio de 1884, podemos comprobar que las colaboradoras comprometidas se hicieron presente en la revista, y fue esencial la  presencia de la antes nombrada Domitila García de Coronado, experimentada mujer de letras, que en 1866 había dado a la estampa una revista en su ciudad natal, junto con la poetisa Sofía Estévez, El Céfiro, también referida en esta columna. Acertadamente guiada por esta incansable intelectual, que había publicado en 1868 la antología Álbum poético fotográfico de escritoras y poetisas cubanas, dedicado a la Avellaneda, con ediciones en 1872, 1914 y 1926, la revista de María Manuela López, aún en su modestia, tiene el derecho a ocupar un lugar relevante entre las publicaciones cubanas fundadas y dirigidas por mujeres.

Un repaso a sus páginas nos permite acceder a una muestra notable de composiciones poéticas escritas por féminas, entre las cuales destacan los aportes de la propia García Coronado, Luisa Pérez de Zambrana y Martina Pierra de Poo. La primera dio a conocer algunos artículos que, posteriormente, darían cuerpo a su libro Método de lectura y breves nociones de instrucción primaria elemental, publicado en 1886, y retomó algunos fragmentos de su libro Consejos y consuelos de una madre a su hija (1880), que había obtenido varios reconocimientos, y que años más tarde, en 1893, sería declarado texto oficial de lectura en los colegios de Cuba y Puerto Rico. La Pérez de Zambrana aportó varias poesías, cuando ya su vida había sufrido el descalabro de haber perdido a su esposo, el también poeta Ramón Zambrana, así como el fallecimiento de algunos de sus hijos. “Blanco es su verso idílico, amoroso o doloroso; blancos son sus asuntos y visiones; blanco el traje ideal de su modestia”, ha dicho de ella Cintio Vitier, y la revista recogió ejemplos de su poesía como la titulada “Dulzura de la melancolía”, donde se lee:

¡Es tan dulce mirar cómo derrama

allá en la cumbre de elevada sierra,

el genio grave de la noche augusta

su cabellera azul sobre la tierra!

 

¡Es tan grato mirar en el silencio

y en la tranquila soledad del campo

cómo destila en luminosas hebras,

rasgando los blanquísimos celajes,

su luz de perla la callada luna

entre el húmedo azul de los ramajes!

Martina Pierra de Poo (1833-1900), otra de sus eficientes colaboradoras, no dejó libros publicados, aunque cultivó la poesía. También camagüeyana, en 1851 había sido sancionada a permanecer fuera de su provincia por considerársele implicada en el levantamiento encabezado por su cercano pariente Joaquín de Agüero, a quien hizo llegar un soneto patriótico como adhesión a la causa por la independencia. Pasado por las armas este conspirador contra el poder colonial, su poema “A la muerte de Joaquín de Agüero” alcanzó gran popularidad entre los cubanos independentistas. Junto con su familia se vio obligada a trasladarse a La Habana, tras ver confiscados todos los bienes que poseían. En la capital, su vena artística se arraigó aún más, pero ahora como artista de las tablas, pues fue protagonista de los dramas La trenza de sus cabellos y Borrascas del corazón, representados en el escenario del Liceo de La Habana, y también la acogieron los del Liceo de Guanabacoa y la Sociedad del Pilar, principalmente como declamadora, aunque también como actriz. Activa colaboradora de publicaciones como el antes citado Álbum cubano de lo bueno y lo bello, Brisas de Cuba, La Familia, El Hogar y Cuba y América, no dejó de estar presente también en Mensajero de las Damas con varias composiciones poéticas y con algunos comentarios críticos sobre obras teatrales que se representaban en la escena habanera, vertiente esta última apenas conocida de su quehacer. Como muestra de esta faceta leamos un fragmento de su comentario a la obra “La virgen del mar”, de un desconocido Antonio de Jerez y Balmonte, publicada en La Ilustración Cubana:

Un nuevo drama de Jerez y Balmonte sube al escenario. Se trata de “La virgen del mar”, escrito por quien estimo una pluma hábil para componer piezas teatrales. Sin grandes pretensiones artísticas y escasos recursos escénicos, el autor supo encontrar un elenco que respaldara sus propósitos y tuvo en la debutante María de la Concepción Arteaga una bella expresión de sus sentimientos al personificar la virgen que sale de una gruta en las profundidades del océano. Aunque la escenografía no logró representar vivamente las ideas del dramaturgo, pues no pocos inconvenientes había para alcanzar lo deseado, el espectador pudo llevarse una idea de las pretensiones tenidas, al menos, en su mente, por el autor. La Arteaga fue aclamada por los presentes en la sala del teatro Irijoa, una de las mejores plazas teatrales con que cuenta La Habana por lo que puede suponerse que la pieza alcanzará notable éxito en sus próximas representaciones.

Entre las voces masculinas presentes en El Mensajero de las Damas se destacan Enrique José Varona, Enrique Hernández Miyares, Felipe Poey, Federico Villoch, Luis Victoriano Betancourt y Antonio Sellén. También fue asiduo colaborador Julio Rosas, seudónimo de Francisco Puig y de la Puente, prolífico novelista nacido en San Antonio de los Baños, cuyas obras hoy apenas se conocen. Sin embargo, debido a su sostenida amistad con nuestro novelista mayor del siglo xix, Cirilo Villaverde, la correspondencia sostenida entre ambos se ha convertido en un imprescindible testimonio de la vida y la obra del reconocido escritor. Quizá por ese hecho, su nombre, escondido siempre tras ese seudónimo, es importante en nuestra historia literaria. 

Mensajero de las Damas es una revista que no puede ser ignorada en nuestro quehacer publicístico. Si bien su existencia fue breve, ella recoge una muestra importante de voces que dieron cuerpo definitivo a nuestra literatura y contribuyeron a hacer de la Isla un lugar donde las ideas, aún bajo los fueros de las autoridades españolas, encontraron espacio y movimiento.

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