LITERATURA

Nota por la obra de Jorge Ángel Pérez

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Ya una vez dije del libro que resultara el Premio Alejo Carpentier de Cuentos en el año 2009: “En La Habana no son tan elegantes todo resulta dolorosamente posible. Su mirada llega a nosotros, convirtiéndonos en cómplices de una desdicha que aunque sospechábamos, no conocíamos a profundidad. Sin ser el mero reportaje de un costado de la ciudad, es esta una obra literaria que se basa en agudas vivencias y, alcanza el infrecuente vuelo de la distinción hasta llegar a ser  un volumen  excelente que supera con creces la procacidad de sus temas”.

No puedo anunciar que hoy hablaré de  un narrador cuya amistad me honra desde hace muchísimos años —tantos, que no recuerdo el día exacto en que fuimos presentados, ni por quién ni dónde—, aunque mi memoria sí me auxilia con la grata visión de Jorge Ángel tomando café en mi portal junto con Anna Lidia, a quien él llama desde siempre La Rusa, y bailando casino con Maggie Mateo en Las Terrazas de Pinar del Río, una vez que fuimos a inaugurar una librería que ya no existe; y comiendo mariscos en una playa de Mazatlán, cuando hicimos un viaje delicioso junto con Antón Arrufat,  López Sacha, Ernesto Pérez Chang, Anna Lidia, Laura Ruiz, Rogelio Riverón y varios colegas más. Pero, sobre todo, mis visiones del escritor de quien hoy hablo, se sitúan en esta ciudad, donde quizá no seamos tan elegantes como él quisiera. El hecho de ser su amiga no explica esta reflexión, porque no sería ni suficiente, ni ético.

De este excelente narrador me motivan el dominio perfecto del lenguaje, la calidad de su obra, su  capacidad para lograr  una compleja transfiguración y fuga de temas pedestres —por ejemplo, la escasez de agua en Centrohabana, las vendedoras de maní cerca del Capitolio, la vida dura y limítrofe de un solar habanero—, así como de asuntos vinculados a la homosexualidad, sobre todo masculina. Citaré algunas referencias a esta práctica sexual, que pueden leerse en su libro En La Habana no son tan elegantes y que solo se toleran porque son dichas por un miembro de este grupo: “Los maricones son muy escandalosos; son tremendos, todo lo dicen. Los maricones son muy débiles. Los maricones son infieles, son traidores, son tramposos, son mentirosos, son vanidosos” p.116

Jorge Ángel expone abiertamente los criterios despectivos aceptados como habituales  en contra del homosexual, juega con estos términos y los asume como salidos de su propia boca, enturbiando así cualquier intento de posicionarse en un bando (el de los homofílicos) o en el otro, integrado por los históricos homofóbicos.

Sobresale su énfasis en aparecer con su nombre angelical en varias de sus creaciones, aunque se comporte de modo diabólico. Ya lo vimos en su primera novela, El paseante cándido, pero sobre todo en sus libros posteriores. En la novela Fumando espero, concluida en el año 2002, que alcanzara fama mundial al convertirse en la primera finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos tres años más tarde, y que acaba de ser publicada en una versión magnífica de Ediciones Matanzas, aparece sin el menor asomo de pudor —nuestro escritor, además de bueno, es un gran jodedor— de la siguiente manera: “Jorge Ángel está de moda después de la edición que hizo Sur de su novela El paseante cándido. Desde que llegó a Buenos Aires todo el mundo le hace reverencias. Borges quedó encantado y no tiene ningún reparo a la hora de hacer elogios. […] De verdad que es un suceso la publicación de la novela. En todas partes se habla de ella. En casa de las Ocampo todas leyeron y marcaron sus páginas con comentarios al margen. ¡Qué tacaños! ¿Acaso con todo el dinero que tienen no podían comprar dos o tres ejemplares para no armar ese chamullo en los márgenes del libro? Hace unos días paseaba por La Recoleta y me encontré a Bioy leyendo el libro en un café. Estaba desternillado de la risa”.p.205   

Cuatro años después de la primera aparición de esta novela, vuelve Jorge Ángel a figurar entre sus personajes literarios, aunque esta vez, en el ya mencionado libro de cuentos del 2009, lo hace con mucha más crudeza, y le otorga a su creación un papel de triste y violento final. Además de declararse homosexual, como quien necesita gritarlo a los cuatro vientos, resulta pasmoso su asesinato y más aún, la suerte de actitud Fuenteovejuna solariega que adoptan los vecinos ante un suceso de tal magnitud —apunto que fue estrangulado, además de recibir golpes en la cabeza con un candelabro de siete brazos y luego quemado—, de lo que se deduce que muchos deseaban su muerte, la anhelaban y la festejaron.  Una vez más, el personaje Jorge Ángel es escritor: en eso no admite ni transfiguraciones ni fugas. Pero, a diferencia del éxito que se otorga en Fumando…, en los cuentos de En La Habana… acota que no alcanzó a ver su obra terminada. Dicho de otro modo: Es el escritor que no llegó a escribir, y en su lugar, el Jorge Ángel real nos cuenta cómo debieron ser aquellas páginas truncas por el fuego, que consumió absolutamente todo cuanto existía en el cuarto del solar donde vivía y fornicaba sin descanso el otro, el Jorge Ángel personaje, que dejó de existir el aciago día en que celebraba su onomástico 44. 

En lugar de una novela —los vecinos consideraban que su vida debía ser contada en una novela—, escribía salmos en un salterio decorado (vaya mariconería): un Diario que registraba sus conquistas amorosas, sus desasosiegos, sus oscuras traiciones y sus desafueros de todo tipo.

El humor en este escritor laureado en varias ocasiones (Premio David, Premio Cirilo Villaverde, Premio Julio Cortázar, Premio de la Crítica, Premio Alejo Carpentier) extrae de nosotros los componentes de pícara irreverencia que intentamos ocultar. La burla a iconos religiosos, el regodeo en las llamadas malas palabras (algunas de las cuales son, justamente, las que tocan decir), la desnudez morbosa ante las cuestiones sexuales: todo aparece sin una pizca de pudor. Jorge Ángel nos conmina a la iconoclastia, a echar abajo el tradicionalismo hasta dejarlo hecho jirones, pero ojo: siempre lo logra apuntalado por una vasta cultura. No se trata de una mofa barata ni de un empeño por convertirse —y convertirnos— en adolescentes malditos, donde prime la pueril inmadurez del placer de decir aquello que nos ha sido reprimido, solo por el afán de sobresalir siendo indisciplinados. De eso, hay suficientes ejemplos ya. En el caso de Jorge Ángel, su literatura se sustenta en los conocimientos sólidos que ha ido adquiriendo a lo largo de su vida a través de múltiples lecturas, sus labores de editor cuidadoso y sus devociones bien dirigidas. Así, como su adorado Virgilio, puede darse el lujo de pronunciar procacidades mientras nos está ilustrando; deschavar de algún conocido sin que nos irrite tal irrespeto; describir el coito entre un homosexual y un discapacitado físico motor sin que nos llegue la náusea. Con un estilo admirable, hace resurgir para nosotros la osadía literaria de Reynaldo Arenas y la pesadumbre intensa de Piñera sin que sea ni remotamente un calco. Es Jorge Ángel Pérez, quien tiene el talento y el coraje para finalizar un cuento como “Cena de cenizas” de la siguiente manera:

“Hincado sobre el suelo, casi estrangulado, Jorge Ángel miró a su Cristo muy Art Deco. Antes del último resuello se pudo escuchar su pregunta a Jesús: ‘Maricón, ¿por qué me has abandonado?’”  

No debes sentir temor, querido amigo, a la furia eclesiástica por semejante falta de consideración hacia Cristo. Ya bien lo dijiste en la carta-despedida que el Virgilio imaginado, a bordo de una ballena, dirigiera a su hermana Eneida, con  la cual terminas la exquisita novela Fumando espero: “A fin de cuentas, no somos más que entes de ficción”. Y, como a los seres irreales nadie puede juzgarlos, estás libre de pecado, a salvo de ataduras, y para suerte de todos, presto a seguir deleitándonos con tus travesuras de niño muy, pero muy mal criado.

2013.

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