La culpable

A las siete de la mañana, todos los invitados estaban a bordo, y el patrón, luego de desatracar la barca con un remo, mandó cargar las velas. Poco a poco las lonas se hincharon, y el torbellino de espuma que nacía en la proa, partiéndose en dos grecas crujientes, fue a formar detrás de la embarcación, un camino. Los muelles, los malecones, las montañas doradas por el sol, las boyas pintadas de rojo, fueron quedándose detrás, y de súbito, al tomar la vuelta de el Morro, el mar apareció vasto y tranquilo, turbado solamente, de raro en raro, por los triángulos diminutos de las velas, que parecían llamas.

—¿Se va a marear la niña? —preguntó con sorna el patrón.

La niña recogió las dos gasas flotantes de su sombrero, y mostró orgullosa su rostro, sin responder. No, no se mareaba: ninguna de las gracias de su semblante había perdido vida, sus grandes ojos negros estaban ávidos de reflejar todos los horizontes a la vez. Aquella era su primera salida después de casada, y había que mostrar entereza. Asistía a la pesca por testarudez, para no separarse de su Emilio; y había opuesto a toda razón encaminada a disuadirla, esa resistencia disfrazada de resignación que es la mejor arma de las mujeres.

Cuando ya los murmullos de la ciudad se extinguieron y, lejos de la costa, un gran silencio envolvió la barca, preguntó afectando serenidad:

—¿Y es cierto que hay tanto peligro en la pesca de agujas?

—Vaya; señorita... Cuando se levanta grande, así, y viene derecha para el bote con su espolón, hay que tenderse enseguida y pensar en la Virgen del Cobre, por si acaso. Al hermano de un compadre mío, en Nipe, le alcanzó una: partío en dos quedó. Pero es pesca que rinde, eso sí.

—Si no pica ninguna, tendremos que pescar tiburones —dijo el patrón.

—¡Ay, qué miedo!

Todos los hombres sonrieron, y el marido de Luisa creyó necesario disculparse:

—Yo le dije que no debía venir; que esta era una excursión para hombres solos; pero ella…

Raúl Villa, el organizador de la pesca, concluyó:

—Es que no ha querido separarse de Ud.; se comprende. Mi mujer, a los tres meses de casada; hacía lo mismo…

Y volviéndose hacia los otros:

—Parece que vamos a tener terral; sopla viento caliente.

La barca era grande, y además del patrón y del marinero —un negro de risa feroz—, iban cuatro; Raúl Villa, un oficial de marina, Emilio Granda y su mujer. El oficial maniobraba los foques, y el patrón la vela mayor. De tiempo en tiempo Raúl iba a ver si las cuerdas de las anzuelos se mantenían flojas, y el negro guisaba en el fondo de la barca la sopa de pescado que la había hecho famoso en el huerto. Solo Luisa y Emilio permanecían inactivos, mirando el mar y la playa distante.

El viento se había hecho más rápido, la barca marchaba muy inclinada, rozando casi el nivel del agua por estribor. Dos veces había hundido Luisa una mano por gusto de sentir la espuma chocar y romperse contra su piel, e iba a sumergir la otra cuando dijo el patrón:

—No saque usted la mano señorita, más vale.

—Le quieren meter miedo, Luisa.

—Ya sabe usté que to pue ser, don Raúl, más de dos y más de tres casos se han visto.

Alzándose del fondo de la barca, el negro dijo:

—No crea la niña que el patrón va mal. Allá en los mares de España no hay pescaos tan bravos. En tiempo de España, tropezaron ahí a la entrá dos barcos, y del que se hundió, que era de guerra, no quedó ni uno vivo... Los tiburones se dieron el gran banquete. El mar estaba colorao de sangre.

La evocación del drama había puesto en el rostro de Luisa el incentivo del miedo, y los hombres no apartaban de ella los ojos, separándolos cuando Emilio miraba. Como tras un silencio lleno de crujir de espumas y volar de gaviotas, preguntase al negro si era verdad que los tiburones para hacer presa habían de retroceder y volverse de modo que su mandíbula saliente quedara hacia abajo, el negro, después de chasquear la lengua, respondió:

—Pamplinas, niña; el tiburón come aunque sea de lado. A un gesto de Raúl el negro volvió a su cocina, y al poco rato un vaho oloroso halagó los paladares. Aunque todos querían rehuir la conversación para no amedrentarla, Luisa insistía en sus preguntas de tal modo que, en el patrón, en el oficial y en Raúl se despertaron los instintos de hombres de mar, y empezaron a emularse con historias y hazañas cuya médula era el odio común a los tiburones. Raúl confesaba que al verlos cerca, sentíase poseído por un furor ciego.

—Me tengo que contener mucho para olvidarme del peligro y no tirarme a pelear con ellos. Ya llevo matados más de cien. Uno a otro se arrebataban las anécdotas de la boca, y Luisa las oía apasionadamente. Sentado en su rollo de cuerdas, Emilio rebuscaba en vano, con despecho, alguna aventura heroica que contar.

El oficial, que se había levantado a tantear los anzuelos, exclamó:

—Ya ha picado uno... ¡Cómo jala!

Arriaron las velas, y la barca quedó abandonada al tenue vaivén del mar. Sin apartarse de su hornillo, el negro preguntó al patrón:

—¿Es aguja, maestro?

—¡Quia!... Es uno de esos condenados... Échele soga, teniente; hay que cansarlo un poco.

Por turno todos fueron a tantear la cuerda, que estaba tensa y hacía marcha suavemente la barca. De pronto Raúl Villa gritó:

—¡Ya están aquí en bandada! Ya están aquí, subid los otros anzuelos, por si acaso.

A diez o doce metros, por la proa, el tiburón se vislumbraba ya, sujeto al extremo del cable, y en torno de él, siluetas veloces se iban acercando, precisando. La resistencia del pez herido debía de ser enorme, porque el oficial y el patrón, dedicados a rescatar la cuerda poco a poco, hubieron de pedir ayuda. Por fin el cautivo quedó sujeto a la borda, y el patrón, inclinándose con un hacha en la diestra, le desarticuló las mandíbulas con sendos tajos. Una de las fauces se desgajó, dejando ver siete hileras de dientes.

Luisa temblaba, y seguía con el alma en la vista la escena, donde no era ya el bruto marinero el más feroz. Al terminar, el patrón volvióse a mirarla, como dedicándole lo que acababa de hacer; y entonces Raúl, arrebatado por repentino frenesí, cogió un hierro de verja que estaba tirado en el fondo de la barca, y sujetándose de una de las cuerdas del palo mayor para poder proyectar el cuerpo fuera de la borda, hundió la punta lanceolada varias veces en la cabeza del tiburón, que todavía aleteaba con furia.

De un vigoroso esfuerzo, el oficial lo izó hasta media altura de la borda. Todavía el cuerpo formidable se debatió un momento, y, antes de que quedara inmóvil, uno de los tiburones indemnes, de una sola dentellada, le arrancó un pedazo cerca de la cola.

Enseguida los otros se lanzaron también. Acometían desde lejos certeramente, como torpedos lanzados por barco invisible. Y un momento antes de llegar, las enormes cabezas se abrían, y, al retirarse, un tremendo semicírculo había desaparecido del cuerpo del cautivo.

—Son los tigres del mar —dijo Emilio—. ¡Pobre del que cayera aquí!

Luisa se sujetaba convulsivamente a la cuerda hasta hacerse daño en las manos. Cada una de las moléculas de su piel fragante tenía miedo. El negro, que había cogido el hacha para despedazar al tiburón, prendió con el anzuelo un gran trozo de carne y lo echó en cubierta. De repente, como si aun después de separada del cuerpo persistiese en ella un instinto de exterminio, la masa sanguinolenta comenzó a agitarse, a saltar, a golpear furiosamente una y otra banda... Y hubo un momento de pánico.

—¡Botarlo fuera!

—¡Ayuda, tú, que nos va a desguazar!

—¡Cuidado!

Luisa lanzó un grito nervioso que se sobrepuso a todos. Al oírlo, las últimas prudencias se trocaron en enardecimiento, y el grupo de hombres se lanzó hacia proa, cual si hubiese sonado un clarín.

Pero ya sobre la carne palpitante había caído el etiópico cuerpo sudoroso, que volviéndose hacia la mujer le mostró, antes de devolverlo al mar, el pedazo de tiburón hostil todavía bajo sus brazos hinchados por el esfuerzo… ¿Qué pasó entonces? ¿Se dio ella cuenta de la sonrisa con que había premiado la hazaña? ¿Por qué la voz de Raúl se torno turbia cuando dio la orden al negro que se ocupara de la cocina únicamente? ¿Qué había de vivo imán en sus labios y en sus ojos, que sentía en ellos las miradas como algo tangible y ardiente que mezclaba a su miedo vetas de vanidad satánica?

Raúl aseguró un nuevo anzuelo bien cebado, dando tres vueltas a la soga en uno de los estrobos, y lo echó al agua. El patrón cogió el hacha, el oficial cargó rápido su revólver, y otra vez Raúl con un pié en la mura y sujeto con la mano izquierda a los cordajes, proyectó el cuerpo fuera de la barca para poder herir perpendicularmente con el hierro.

Los tiburones acudieron en grupos, llegaban, emergían para poder coger la presa, y un tajo, una bala, o la lanza acerada y airada caían sobre ellos. A cada ataque los hombres volvíanse a mirar a Luisa, y aunque ella decía: “¡No, no… basta ya!”, algo en su cara revelaba el orgullo de recibir aquel homenaje primitivo de peligro y de fuerza. Dos veces Emilio quiso tomar parte, pero lo rechazaron:

—Ud. no es para esto. Quédese allá.

El negro, empinándose junto a su fogón, se encogía de hombros y dejaba ver su sonrisa ancha y reluciente, como otra arma. Era una emulación homicida, estúpida y trágica a la vez. Cada uno contaba en alta voz sus victimas: “Uno”, “Dos”, “¡Van cuatro con este!”… Raúl se quedó a la zaga, y su brazo que comenzó a blandir el hierro en golpes numerosos, se recogió de súbito, concentrando fuerzas solo para acertar golpes mortíferos. Su ímpetu era tal, que la lanza se le fue de la mano para clavarse casi hasta desaparecer en la cabeza del tiburón.

Inmóvil en su sitio, sintiendo la rabia de la impotencia subirle a la garganta, vio que el tiburón, en lugar de morir, volvía a acometer. El pedazo de hierro que se le asomaba sobre la cabeza, se le antojaba a Raúl una ironía, una burla. ¡Y no tenía otra arma! El oficial quiso ultimarlo de un tiro; pero él, descompuesto, le gritó:

—¡Ese es mío, que nadie lo toque!

Y cuando lo tuvo cerca, inclinándose más, alzó el pie para golpear el hierro, hundirlo más hondo y rematarlo al fin... El tiburón, rápido, esquivó el golpe, y el pie, falto de resistencia, entró en el agua.

Un alarido rasgó la calma luminosa del día. Sin el socorro del patrón y del oficial, el cuerpo se habría desplomado. Cuando ya entre todos, lo tendieron sobre una de las bancadas, Raúl estaba sin conocimiento; le faltaba el pie derecho y casi media pierna. Veíase la carne y el hueso triturados, de donde la sangre le manaba a borbotones, esponjándose en la madera de la cubierta. El negro propuso quemarle el muñón con una brasa pero los de más no accedieron. Los pañuelos con los que trataban de estancar la hemorragia, se empapaban enseguida, y fue preciso envolver la pierna en una lona, que poco a poco, se tiñó de púrpura, y de negro después.

Estaban muy lejos de la costa. El aire había encalmado. El patrón y el oficial cogieron los remos, y muy lentamente la barca se fue acercando a tierra. Nadie osaba hablar. El regreso duró más de una hora. De tiempo en tiempo, los remeros se volvían furtivamente para ver si el cuerpo, exánime a proa, alentaba aún.

El negro no se había ofrecido remar y ya muy cerca del muelle Luisa observó con repugnancia que estaba comiendo sopa y que había hurtado una botella de vino del cesto de las provisiones.

En la capitanía del puerto, después de declarar, Luisa tomó un coche hacia su casa, mientras los hombres, en la misma ambulancia pedida por teléfono, fueron al hospital, donde debían amputar la pierna a Raúl.

Al llegar a su casa, Luisa sintió apetito; pero, indignada contra sí misma por aquella exigencia física, se acostó enseguida, sin comer. Y pronto su hambre parecióle menos vergonzosa que otras necesidades impuras, bestiales, que le subían de un fondo malo e ignoto de sus entrañas. ¿Por qué no estaba Emilio ya de vuelta, para acompañarla y acariciarla? Cual si toda la oscuridad fuera un espejo, veíase en ella odiosa, repugnante; y, sin embargo, no podía evitar la sonrisa. Hubiera querido dormir, olvidar; mas las horas pasaban huecas, largas, eléctricas, sin traerle sueño ni olvido. Una idea cruel se insinuaba; pensaba en la belleza fofa de su marido, y en la viril de Raúl cuando esgrimía el hierro contra los tiburones.

La luz fue menguando en las junturas de las ventanas. Llegó la tarde. Y despierta, como nunca despierta, Luisa sentía, al mismo tiempo, ansiedad y temor de que Emilio volviese.

Al fin oyó abrir la puerta y pasos en la alcoba contigua: ¡Era él! Sin saber por qué, tuvo miedo y se tapó la cabeza. La angustia la hacía estar con los ojos muy abiertos, en la sombra. Pasó un gran rato; una campana sonó. De repente, como si Emilio hubiera tenido la certeza de que ella lo acechaba, le dijo en voz baja y colérica, con un tono opaco que Luisa no le había oído nunca:

—Si tú no te hubieras empeñado en ir, todos habrían sido prudentes. ¡Has sido tú la culpable con tus gritos, con tu cara..., con aquella manera sucia y provocativa de sonreír!

Ella hubiera querido protestar, exculparse; pero no era contra su marido, sino contra su propia conciencia, contra quien; necesitaba hallar razones. La misma impureza de orgullo sentida al ver concretada por Emilio la idea que había ya halagado y torturado su mente, le probaba su responsabilidad. Sí, había gozado y sufrido una excitación malsana, viéndolos ante el peligro. Su sonrisa había sido espuela, premio, y todos sus deberes y su educación fueron olvidados para convertirla, ante la violencia y la sangre, en la hembra primitiva que se ofrece al más fuerte. ¡Tenía razón Emilio! Sin su sonrisa, sin sus ojos, todo habría ocurrido de otra manera.

Quiso saber de una vez la magnitud de su culpa, y, tras un gran esfuerzo, balbució:

—¿Y qué ha pasado? ¿Han tenido que cortarle la pierna? La respuesta tardó unos segundos angustiosos, interminables.

—Ha muerto.  

Ella se incorporó; con visión repentina comparó al hombre bello, fuerte, vivo horas antes, con el pedazo de carne yerta que sería ahora entre cuatro cirios; y en la garganta estrangulósele un grito de horror. Quiso refugiarse en vano en los brazos de Emilio, que se separó de ella. Entonces, una llama de remordimiento la abrasó toda; y en silencio, desconsoladamente, lloró, por primera vez en su vida, esas lágrimas que dejan huellas en la piel y en el corazón.
 

Alfonso Hernández Catá: Periodista, escritor, dramaturgo y diplomático hispano-cubano. Nació en Aldeadávila de la Ribera, Salamanca, el 24 de junio de 1885. Hijo de un militar español destacado en Santiago de Cuba y de una cubana. A los pocos meses de nacer viene con su familia a Cuba para residir en Santiago. A los 16 años ingresa en el Colegio de Huérfanos Militares de Toledo, se escapa del colegio y se traslada a Madrid. Fue aprendiz de ebanista mientras estudiaba idiomas, sicología, historia y traducía libros. En 1907, publica su primer libro Cuentos pasionales, con bastante éxito de crítica y público. Regresa a La Habana. Trabaja como periodista en El Diario de la Marina y La Discusión. En 1909 ingresa en la carrera diplomática como cónsul de segunda clase. Primeramente fue cónsul en El Havre, más tarde en Birmingham, Santander, Cádiz y Alicante. En 1918 llega a Madrid ascendido como cónsul de primera clase, donde permanecerá hasta 1921, que es despedido de Madrid y enviado a El Havre, por haber publicado una serie de artículos en los que defiende el derecho de los marroquíes a su independencia. Regresa a Madrid en 1925 como cónsul y en 1933 es nombrado Embajador de Cuba en España y, posteriormente, en Panamá, Chile y Brasil, donde muere en un accidente de aviación cuando sobrevolaba la Bahía de Botafogo en Río de Janeiro, el 8 de noviembre de 1940. Escribió los libros de relatos Cuentos pasionales (1907); Los siete pecados (1918); Los frutos ácidos (1919); La casa de las fieras (1919) y Manicomio (1931); y las novelas Pelayo González (1909); Novela erótica (1909); La juventud de Aurelio Zaldívar (1912); La muerte nueva (1922); El ángel de Sodoma (1927) y El bebedor de lágrimas (1927).

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