Evocación de Alfredo Guevara

Algo grande comenzó en el Hotel Nacional de Cuba

Pedro de la Hoz, Luis Báez • La Habana, Cuba

Cuando recibimos el encargo de escribir una crónica histórica sobre el Hotel Nacional de Cuba con motivo del aniversario 80 de esa institución, Antonio Martínez, su director gerente nos sugirió: “No dejen de hablar con Alfredo Guevara. Él vivió episodios importantes de su vida aquí e incluso tenía un hermano que trabajó en el hotel”.

El hermano de Alfredo era Juan Guevara, que entró a laborar como cajero del bar cafetería La Veranda, a un costado de las piscinas en algún momento de 1947. Aquel joven con el tiempo alcanzó un notable nivel académico en el campo de la Psicología. Provenía de una familia de la clase media y se hacía notar por su avidez de conocimientos y su sentido del compañerismo.

Alfredo accedió a nuestra solicitud y lo primero que hizo fue remotarse al origen de su relación con el hotel:

“De niño yo veía a lo lejos el Hotel Nacional y me parecía más grande de lo que era en realidad. Algo así como un  castillo de porte macizo y a la vez elegante, en la línea del horizonte junto al mar. Yo era muy imaginativo y curioso. Ni se sabe cuántas historias soñé con esa edificación como escenario y cómo me veía de protagonista de historias fabulosas en sus salones. A esto se añade el recuerdo que poseo de unos parientes míos que se encargaban de la repostería del hotel y a los que seguramente escuché detalles que alimentaban mis sueños. Desde entonces el Hotel Nacional de Cuba forma parte de mi memoria y mi realidad.”

Como se sabe, Alfredo, fundador del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, contó con el Hotel Nacional de Cuba como la sede social más importante del evento.

Pero el que habita las líneas que siguen es un joven apasionado, estudiante universitario,, lector impenitente, cinéfilo incurable,  pero en el que las inquietudes políticas afloraban con intensidad. Y era hermano de Juan. Valga la reiteración, porque ese parentesco será decisivo para explicar cómo, cuando y por qué otro joven, que prácticamente al doblar la esquina del tiempo devendría la personalidad más fascinante y cenital de la historia de Cuba, y una de las más deslumbrantes e influyentes de  América Latina y el mundo en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, visitaría más de una vez La Veranda en el inicio de una trama que lo llevaría a ser testigo y protagonista de uno de los acontecimientos más tremendos de la vida política de la región en aquellos años.

El joven era Fidel Castro Ruz. Mientras se formaba como abogado en la Universidad de La habana, emergió como uno de los líderes de más profunda visión y arraigo entre los estudiantes.

En Alfredo Guevara fluyeron los recuerdos mientras se representan en su memoria las escenas de aquellos días:

“Ese acontecimiento, ya se conoce de su participación, fue el Bogotazo: la eclosión que siguió a la muerte violenta del líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Fidel y yo estábamos en Bogotá en ese momento, pero quizás no hubiésemos estado sin contactar previamente con un señor que vino a Cuba y se hospedó en el Hotel Nacional, donde conoció a mi hermano Juan, me conoció a mí y por mí a Fidel.

Yo venía al hotel con cierta frecuencia. Además de que Juan trabajaba aquí, lo tenía como sitio de pasada alguna que otra tarde, para intercambiar con amigas y amigos que compartíamos ideas, gustos y proyectos.

De alguna manera, por mediación de Juan, supe que un prominente senador argentino, Diego Molinari, hospedado en el hotel, buscaba contactos con los jóvenes universitarios cubanos, en una campaña de recabar apoyos a nivel continental para la política exterior del presidente argentino Juan Domingo Perón, en su enfrentamiento de Gran Bretaña por la posesión de las Islas Malvinas. Este Molinari era más peronista que Perón, como sucede a todos los conversos, pues el hombre, años atrás, había sido uno de los fundadores de la corriente radical en su país, opuesta al peronismo.

En la Universidad había un estudiante, Santiago Touriño, que se manifestaba como un gran admirador de Perón, propagandizaba el programa del general argentino y podría decirse que era como una especie de embajador oficioso de aquel en el Alma Máter.

Pero cuando aquí en el hotel le presenté a Fidel, Molinari comenzó a tratar con él y dejó a un lado a Touriño. El senador nos planteó que Perón quería financiar un congreso de estudiantes en Bogotá, por los mismos días en que se reuniría allí la Unión Panamericana, en abril de 1948, con la mira puesta en condenar la presencia colonial británica en nuestro hemisferio, y por supuesto, reclamar la soberanía argentina sobre las Malvinas.

Fidel vio en ese proyecto una oportunidad única en el contexto latinoamericano. Tuvo varias reuniones previas con Molinari en el Hotel Nacional. Al final de una de las primeras, me dijo que había que movilizar a los jóvenes de otros países para transformar el congreso de Bogotá en una llamarada contra las dictaduras y la injerencia norteamericana en nuestras tierras y por la creación de un bloque continental que impulsara esas ideas.”

Y así lo hizo. En 2008, Fidel Castro rememoró en un artículo para la prensa cubana  sus vivencias sobre los sucesos de la época:

“Cuando partí hacia Colombia, estaba bastante radicalizado, pero  a los 21 años no era todavía marxista-leninista.  Militaba ya en la lucha contra la tiranía trujillista (en República Dominicana) y otras similares, por la independencia de Puerto Rico, la devolución del Canal a Panamá, la restitución de las Malvinas a la República Argentina, el fin del colonialismo en el Caribe y la independencia de las islas y territorios ocupados por Inglaterra, Francia y Holanda en nuestro hemisferio.

Por aquellos años, en Venezuela, la patria de Bolívar, se había producido una revolución dirigida por Acción Democrática.  Rómulo Betancourt, inspirado en ideas radicales de izquierda, simulaba ser un líder revolucionario.  Dirigió el país entre octubre de 1945 y febrero de 1948.  Le siguió Rómulo Gallegos, el insigne escritor, quien había sido electo Presidente en las primeras elecciones realizadas después del movimiento militar de 1945.  Con él me reuní aquel mismo año cuando visité Caracas. 

En Panamá, los estudiantes acababan de ser reprimidos brutalmente por demandar la devolución del Canal;  uno de ellos estaba lesionado en la columna por un disparo, no podía mover las piernas. 

En Colombia, la universidad bullía con la movilización popular gaitanista. 

Los contactos fueron fructíferos con los estudiantes de esos tres países: estaban de acuerdo con el Congreso y con la idea de crear la Federación de Estudiantes Latinoamericanos.  En Argentina, los peronistas también nos apoyaban. 

Los universitarios de Colombia me pusieron en contacto con Gaitán.  Tuve así el honor de conocerlo e intercambiar con él.  Era el líder indiscutible de los sectores humildes del Partido Liberal y las fuerzas progresistas de Colombia.  Prometió inaugurar nuestro Congreso.  Era para nosotros un colosal aliento.

En ese hermano país se estaba realizando una reunión de los representantes de los gobiernos de América Latina.  El general Marshall, Secretario de Estado, estaba allí en nombre del Presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman quien a espaldas de los soviéticos, su aliado en la Segunda Guerra Mundial, que había perdido a millones de combatientes, lanzó las bombas atómicas contra dos grandes comunidades civiles japonesas.

(…)

Algo que me asombró fue leer en la prensa de Colombia las noticias sobre las matanzas  que tenían lugar en el campo bajo el gobierno conservador de Ospina Pérez.  Se informaba normalmente sobre decenas de campesinos muertos en aquellos días.  Hacía rato que en Cuba no ocurría nada parecido.

Tan normales parecían las cosas, que en el teatro donde tenía lugar una gala oficial y estaban Marshall y demás representantes de los países convocados en Bogotá, cometí el error de lanzar desde el último piso unos panfletos que contenían nuestro programa.  Eso me costó un arresto, y dos horas después fui puesto en libertad.  Parecía una democracia perfecta lo que allí regía. (…) Por mi parte, apenas había cursado dos años de la carrera de Derecho.

Nuestra segunda reunión con Gaitán y otros representantes universitarios tendría lugar el 9 de abril a las 2:00 de la tarde.  Con un amigo cubano que me acompañaba esperaba  la hora del encuentro, dando vueltas en una avenida próxima al pequeño hotel donde nos hospedábamos y a la oficina de Gaitán, cuando un fanático o un loco, sin duda inducido, disparó sobre el dirigente colombiano;  el agresor fue destrozado por el pueblo. 

Comenzó en ese minuto la experiencia inimaginable que viví en Colombia.  Fui un combatiente voluntario de aquel valiente pueblo.  Apoyaba a Gaitán y a su movimiento progresista, como los ciudadanos colombianos apoyaron a nuestros mambises en la lucha por la independencia.”

Alfredo Guevara volvió a los recuerdos:

“A Molinari lo vi por última vez en el aeropuerto de Bogotá, cuando haciéndonos pasar por actores de una compañía de teatro, pudimos salir del país. El hombre nos miró, pero estaba tan asustado por todo lo que había sucedido allí, que no nos delató. Ahora pienso que debe haberse arrepentido de habernos conocido en el Hotel Nacional.”

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