En el centenario de Arabescos mentales

Regino E Boti: Para engrandecer
nuestra historia espiritual

Enrique Saínz • La Habana, Cuba

La poesía del guantanamero Regino Boti (1878-1958) apareció en los primeros años del siglo XX para revitalizar el género, en evidente decadencia en aquellos años desde la muerte de Julián del Casal (1863-1893) y de José Martí (1853-1895), dos figuras mayores de la lírica cubana y exponentes de lo mejor del modernismo, ese formidable movimiento espiritual que Juan Ramón Jiménez consideraba, más que un estilo literario, toda una época. Los discípulos y sucesores menores de esos dos grandes maestros no tenían el talento ni la creatividad suficientes para continuar por los senderos abiertos por aquellos. Regino Boti consideró imprescindible retomar la formidable herencia que ambos dejaron y elevar la expresión poética hasta la altura que esa manera de escribir y de percibir la realidad permitía llegar. Comenzó a conformar hacia 1905 su primer libro, Arabescos mentales, el centenario de cuya aparición celebramos este año. Acaso la más alta virtud de ese volumen inicial de Boti sea su vigor, la fuerza de su palabra intensa y transformadora, antítesis de los tonos melancólicos y endebles de otros poetas del momento, incapaces de trascender los estrechos y ya decadentes límites de un neorromanticismo venido a menos y de un modernismo empobrecido e insustancial. Boti sintió con viva pasión una profunda carencia de significativa importancia, la insuficiencia de una palabra que no era capaz de entregarnos una riqueza mayor. Ahí tenía el gran paradigma de la obra de Casal, un artista de alta jerarquía, con poemas de gran estatura que eran un genuino baluarte de la espiritualidad y de nuestra historia. Hasta el autor de Nieve (1892) habían llegado las mejores tradiciones líricas de Cuba y de Hispanoamérica, conformadoras ellas también, junto con las restantes expresiones de la cultura y con las luchas emancipadoras, de la identidad de la nación cubana. Así, en la pobreza de los textos de nuestros poetas de finales del XIX y comienzos del XX hallamos no solo carencia verbal, sino además, y en no menor medida, un apagamiento  de las fuerzas vitales del país. No olvidemos que estamos en los momentos en que tiene lugar la transición de la etapa colonial a la republicana, con la frustración de una República que nace bajo el dominio económico, social y político de un poderoso Estado con avidez y proyectos imperiales. La decadencia de la poesía era también la decadencia nacional, para entonces sumergida Cuba en un letargo que la oposición a la Enmienda Platt no lograba disipar. Se hacía urgente rescatar el aliento creador de la poesía de Casal para que comenzara a emerger con nuevos bríos la palabra en busca del ser más profundo del país y de una vida más plena en otros órdenes.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Cortesía de Regino Gaudencio Rodríguez Boti

 

El empeño de Boti era, pues, engrandecer nuestra historia espiritual con una energía renovadora que contribuyera a sacarnos de la situación en que vivíamos. El modo de devolver a la palabra poética su esplendor era, para él, mediante un riguroso trabajo intelectual y una objetividad que fuese por encima del pesimismo y la pobreza expresiva de las voces menores que intentaron continuar la obra de Casal. Incluso los autores que cantaron temas patrióticos y sociales evidenciaban un estancamiento de las fuerzas renovadoras. En sus más recordados textos no hallamos el impulso que Boti logró imprimir a sus creaciones líricas ni a las reflexiones acerca de su propia escritura. En el prólogo a su primer poemario, titulado “Yoísmo: Estética y autocrítica de Arabescos mentales”, hallamos una sustanciosa y ardiente defensa de la tradición de nuestra poesía y de la importancia del rigor como fundamento de un renacimiento intelectual en el que los poetas debían de empeñarse para sacar al género de tan lamentable mortandad. José Manuel Poveda (1888-1926), su amigo y renovador él también de la poesía cubana, batalló incesantemente contra la mediocridad literaria de aquellos años y con similar brío y acritud contra la politiquería imperante, a la que ridiculizó con frecuencia en beligerantes artículos periodísticos, manifiestos y ensayos lúcidos y descarnados. Ambos fueron precursores de los afanes renovadores que trajo más tarde la vanguardia —Boti fue incluso un exponente de la sensibilidad vanguardista en sus últimos libros— y de la labor que tres décadas más tarde emprendieron los miembros del grupo Orígenes, empeñados también en insuflar un nuevo aliento que removiera los cimientos de la palabra y abriera las posibilidades de los poetas hacia un más profundo diálogo con la realidad. Si bien Boti y Poveda no se propusieron una apertura de esa magnitud y significación, sí quisieron concluir y agotar las posibilidades de un estilo, tarea imprescindible para que sus sucesores trajesen más tarde nuevas propuestas que enriquecieran a su vez la herencia que ellos les dejaban. Boti culminó una obra ejemplar y engrandeció la palabra con un trabajo minucioso y de singular sabiduría, dio realce al yo en una dimensión estética de primer orden, revistió a la poesía de una dignidad altamente fecunda y la defendió con loable afán en su condición inalienable de vehículo de los valores más altos de la vida espiritual. Su enorme labor se concentra en el libro cuyo centenario conmemoramos este año, sin negar por ello los relevantes aportes que hizo en sus restantes entregas. Tuvo conciencia plena de que su tarea iba más allá de los límites literarios y llegaba hasta nuestra más honda sustancia, hasta el sentido verdadero de Patria. No se trataba ciertamente de un cambio de estilo o de la pura y simple pretensión de lograr hallazgos verbales más o menos felices, sino de retomar una tradición sustentadora que estaba en los fundamentos mismos de nuestra identidad. Apunta en este sentido Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía [1957] (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 249), hablando de ambos poetas: “[…] lo que ellos se proponían era realmente un rescate de la Nación a  través de la poesía, un traslado de la finalidad histórica perdida, al mundo de la creación verbal autónoma.” El propio Poveda —y con él Boti en la escritura misma de Arabescos mentales y de sus importantes teorizaciones— lo dijo con total lucidez cuando aclaró que no querían ser una nueva escuela, sino una nueva Patria. En el sustrato de la inmensa y trascendental creación origenista hallamos asimismo una similar voluntad que irradiación hacia todas las posibilidades de nuestro ser total. En Arabescos mentales hay una extraordinaria fuerza de impulsión que ha quedado como paradigma de seriedad, de lucidez y de fervor y que trazó una línea de continuidad entre el pasado y el porvenir. Libro inolvidable, fuerte, inteligente, delicado, parte fundamental de nuestra Historia.

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