Regino Boti:

Poeta e historiador

Ana Cairo • La Habana, Cuba

Solo el estudio, la meditación, la soledad, el silencio, mi sed de saber, mi ansia de curiosidad,
no han colmado la copa de mi aburrimiento.

Regino Boti: “Autobiografía no, yoísmo” en revista El Estudiante, 13 de marzo de 1910, p.6.
 

El intelectual ilustrado

En la sesión de la Asamblea Nacional, celebrada el 2 de diciembre de 1976, quedó oficialmente constituido el Ministerio de Cultura. A partir de enero de 1977 hasta octubre de 1990 (inicio de la gran crisis económica, denominada  periodo especial), algunos profesores de la entonces llamada Facultad de Filología (hoy de Artes y Letras) de la Universidad de La Habana, colaboramos con el desarrollo del movimiento cultural en las provincias. Asistimos a jornadas, eventos de importancia, a la fase nacional  de los talleres literarios, etc.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Cortesía de Regino Gaudencio Rodríguez Boti

 

Dichas labores fueron muy beneficiosas, porque nos facilitaron el estudio permanente de la actualidad cultural y porque, con las visitas a instituciones públicas y privadas en varias ciudades, aprendimos también a valorar la tradición del coleccionismo en familias de intelectuales.

La dirección de cultura en la provincia de Guantánamo solía organizar la jornada de homenaje a Regino Boti (1878-1958). Con la generosa invitación, pudimos viajar a la ciudad y, sobre todo, por la gentileza de doña Florentina (hija del poeta) pudimos hacer un recorrido minucioso y admirar la riqueza patrimonial de su casa-museo.

En la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, he consultado libros valiosos, cartas, publicaciones, que me han permitido entender las características de Boti, como un intelectual defensor de las mejores tradiciones de la ilustración cubana.  

Tuve la suerte de conversar en La Habana con algunos de sus antiguos alumnos en el Instituto de Segunda Enseñanza de Guantánamo, quienes con orgullo declaraban haber recibido clases de una personalidad que los obligaba a estudiar y que asombraba por su erudición.

Entre los admiradores de Boti, estaba el poeta, ensayista y político Juan Marinello (1898-1977). Ellos no se conocieron personalmente, aunque mantuvieron correspondencia.

Marinello elogiaba el esfuerzo multiplicado y la disciplina intelectual del guantanamero para mantenerse actualizado en el sistema-mundo de la poesía, en particular, dentro del ámbito de la lengua española; las habilidades para orientarse hacia las mejores tendencias poéticas y la generosidad para ayudar a los jóvenes.

Recordaba y agradecía su apoyo al proyecto cultural de la Revista de Avance (1927-1930) y su defensa de las audacias vanguardistas de Nicolás Guillén (1902-1989) en Motivos de son (1930) y Sóngoro  cosongo (1931).

Boti comenzó a publicar en revistas y periódicos hacia 1905. Cinco años después, ya estaba preparando su primer libro Arabescos mentales (1913). Al inicio quería publicarlo en alguna imprenta oriental. Finalmente, optó por contratar una edición de 500 ejemplares en España.

En 1912, José Manuel Poveda (Santiago de Cuba, febrero de 1888- Manzanillo, enero de 1926) impartió la conferencia “Regino E. Boti y la lírica actual” en el Círculo Progresista habanero. Él había sido uno de los pocos amigos, a quien el guantanamero le había pedido que opinara sobre las características del original de Arabescos mentales.

Los dos eran cómplices en el objetivo de que la disertación debía funcionar como el primer anuncio de que en los próximos meses circularía una obra trascendente en la historia de la poesía cubana modernista del siglo XX.  Ellos habían decidido legitimarse como los herederos de Julián del Casal (1863-1893).

En enero de 1913,  Boti recibió los dos primeros ejemplares. Guardó el suyo y en junio remitió el otro a Poveda. Comenzaba la segunda fase de la estrategia de promoción.

Hacia 1915, Boti y Poveda se distanciaron por causas privadas. A pesar de varios intentos del santiaguero por restablecer aunque fuera una parte de la amistad, Boti no quiso. El guantanamero, quien se consideraba el agraviado,  quizás, pensaba que  el otro debía dar más pruebas de un arrepentimiento total. Nunca pensó que la muerte sorpresiva de José Manuel  haría imposible definitivamente una reconciliación.

La poesía moderna en Cuba

En los primeros meses de 1927, llegaron a La Habana los primeros ejemplares de La poesía moderna en Cuba (1926), que había sido impresa en España. Por supuesto, los libros se distribuyeron entre los gestores y los bardos  antologados.

El mencionado repertorio había sido discutido por un colectivo de jóvenes creadores entre 1924 y 1926. Oficialmente, aparecieron como sus compiladores José Antonio Fernández de Castro y Félix Lizaso, críticos literarios e historiadores culturales.

Tuve una gran  amistad con José Z. Tallet, quien me relató cómo se hizo La poesía…; Juan Marinello me confirmó dicha versión. En la biblioteca Falangón, propiedad de uno de los colegios de la Sociedad Económica de Amigos del País,  y anexa a la casa de Rubén Martínez Villena (en la calle Amargura, próxima a Compostela), se reunieron durante meses, jóvenes poetas y críticos, la mayoría miembros del Grupo Minorista (1923-1929), para debatir sobre quiénes serían incluidos y con qué poemas.

El primer acuerdo unánime fue que la iniciarían con José Martí y Julián del Casal. También coincidieron en que Boti, Poveda y Agustín Acosta, estarían por derecho propio. Después, vendrían los jóvenes —los artífices del proyecto—. Cada quien decidió los poemas a incluir. Fernández de Castro y Lizaso prepararon el material para la imprenta. Le encargaron al amigo José María Chacón y Calvo (diplomático en Madrid) que velara por la edición.

En el transcurso de 1927, Boti recibió su ejemplar de La poesía…, debió haberse sentido muy feliz al comprobar que su praxis modernista estaba debidamente legitimada, al igual que la de Poveda, cuya muerte seguía lamentando.

El historiador

Quizá en estas coordenadas  de alegría por el acto de justicia cultural,  fue que Boti decidió reparar su error y escribió el sorprendente ensayo biográfico Notas acerca de José Manuel Poveda, su tiempo, su vida y su obra. Lo hizo circular entre amigos comunes que le aconsejaron la publicación. Financió el folleto en la Imprenta y Casa Editorial El Arte, Manzanillo, 1928. Quiso que su texto estuviera acompañado de otro ensayo, el de Héctor Poveda, primo del fallecido.

Boti ya era un buen historiador. El profesionalismo estaba avalado con el hecho de que era un miembro famoso de la Academia de la Historia. Optaba por asumir todos los riesgos de un experimento fascinante: tenía que lidiar con las pasiones de su propia memoria. Se trataba del esfuerzo intelectual más difícil que había enfrentado.

Debía asumir los retos de una narración esencialmente contradictoria: ¿cómo podrían funcionar los límites entre la objetividad de los documentos y la emocionalidad de los puntos de vista para contar? Debía construir al unísono  las semblanzas de dos personalidades diferentes que habían interactuado en un proyecto renovador, que habían quedado hermanados para siempre en la historia cultural.

Anteriormente, había publicado: Guillermón: notas biográficas del general Guillermo Moncada (1911); Guantánamo; breves apuntes acerca de los orígenes y fundación de esta ciudad (1912); El 24 de febrero de 1895. Exposición crítica de los más importantes estudios publicados hasta hoy sobre la fijación histórica del grito de independencia —primera versión 1918, estuvo  perfeccionándolo hasta 1924, en que lo difundió como su discurso de ingreso a la Academia de la Historia de Cuba.

También se había interesado por la historia de la poesía cubana. Es muy poco conocido que fue el autor  de La lira cubana  (1919, Imprenta La Imperial de Medrano, Guantánamo, cuarta edición). En las primeras décadas del siglo XX, los repertorios llamados “liras” fueron muy populares. Algunos circularon anónimos.

Boti asumió la autoría y escribió “A manera de prólogo. Dos palabras al lector” (pp. 5-9), en el que explicaba su metodología. Analizaba el gusto predominante por la décima; pero no excluía otros tipos  de estructuras. Hermanaba a famosos y a desconocidos:

Hemos apreciado la obra por su valor en sí; y en casos excepcionales en relación con las facultades y los recursos de los autores. […] hemos reparado una falta que observamos en algunos libros de esta clase: la ausencia de noticias biográficas. Si interesa una obra, por lo común nos interesa su autor. Y es una manera indirecta de hacer didáctica una obra recreativa poner al frente de cada composición o grupo de ellas que aparezca en este libro, una rápida información biográfica de quien la hizo.

Precisaba la fusión de los objetivos éticos y estéticos con franqueza de buen intelectual ilustrado.  Elegía  una obra de servicio público, patriótico, cívico. Se trataba de “hacer un beneficio a los humildes, a los sencillos, a los que viven para sus labores y su hogar, sin nociones de lo que es la alta literatura, pero que sienten el deseo de lavarse el espíritu con la poesía sencilla y humilde a su alcance cultural”.

El repertorio de cantos populares abría con los versos famosos “A la bandera cubana”, de Agustín Acosta.

La lista de los creadores del siglo XIX era impresionante: José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Plácido, José Jacinto Milanés, el Cucalambé, Juan Clemente Zenea, José Agustín Quintero, Joaquín Lorenzo  Luaces, Pedro Figueredo, M. de Céspedes, Diego Vicente Tejera,  José Joaquín Palma, Ramón Roa, Enrique Loynaz del Castillo, Martí, Martina Pierra de Poo, Raimundo Cabrera, entre otros.

La del XX, denotaba que se interesaba por una amplia gama de temáticas: Álvaro de la Iglesia, Dulce María Borrero, Abelardo Farrés, Fausto García, José García, R. Rodríguez Cáceres, Pedro Moreno Pintó, Ezequiel Romero Alano, Julio Carrasco Heredia, Francisco G. Marín, Luis E. Quesada, Leopoldo Valdés Codina, Antonio de la Rosa, Enrique Mantecón, Ángeles Durio, Félix Facundo, F. Rodríguez (Decorife), Simón Zequeira, Gregorio Rodríguez, Ramón Creigh,  Anselmo Silva, Higinio Revilla, Manuel Castellanos Abreu, Ignacio M. de Acosta, entre otros.

Notas acerca de José Manuel Poveda

Con este ensayo biográfico, Boti se retó a sí mismo, porque de antemano sabía que su texto necesariamente implicaba confesiones. Lo más interesante del relato estaba en el análisis de la evolución del modernismo cubano y cuáles fueron los roles protagónicos de los dos en las dos primeras décadas del siglo XX.

Polemizaba con el artículo de Pedro Henríquez Ureña “Tendencias de la poesía cubana” (1905). El intelectual dominicano estaba residiendo en La Habana, ciudad que tomaba como una sinécdoque de la nación, Cuba. Estimaba que había un estancamiento.

Boti matizaba que la renovación se había gestado en la vida cultural de las provincias y por ello, había demorado en hacerse plenamente visible:

[…] en La Habana no había modernismo. El modernismo se incubaba en provincia, por escritores entonces ignorados o poco conocidos, que realizaron en corto tiempo —si tomamos en consideración la lentitud con que marchan las ideas— la única revolución literaria que se ha conocido en Cuba.

Ese movimiento dio las tres figuras principales por todos acatadas y que citaré aquí cronológicamente respecto al orden bibliográfico, con expresión de la obra que los singularizó:

Regino Boti: Arabescos mentales (1913).

Agustín Acosta: Ala  (1916).

José Manuel Poveda: Versos precursores (1917).

[…] Y fuimos a la pelea con bandera propia: Julián del Casal, sin que fuéramos casalinos unilaterales. Julián del Casal se llevó al morir su obra poética, de la que no quedó semilla, envuelta en el mismo hálito de incomprensión en que la produjo y la publicó. Sus primeras ediciones no se agotaron. No había por qué reimprimirlos. Mas el caso es que la multitud letrada coetánea ni la que la sucedió conocían a Casal. La vorágine de la guerra se tragó su canto. […]

Como testimonio irrecusable de nuestra penuria poética ahí está la antología que con el título de Arpas cubanas se publicó en 1904. Salvo lo de René López y alguna otra composición aislada, lo demás, puede arrojarse  al cesto sin ningún remordimiento de conciencia. Esa antología  es una acusación de nuestro misoneísmo poético. Entonces eran ya algo en la literatura americana Rubén Darío, José Asunción Silva, Leopoldo  Lugones, José Santos Chocano, Julio Herrera y Reissig, Guillermo Valencia. Y de ellos, ni del espíritu moderno de que ellos eran a su vez portavoz, ni un asomo en Arpas cubanas. […]

Si en el orden político, Cuba ganó la independencia, en el literario continuó siendo una colonia hispana. Nuestra poesía de postguerra gira en torno a tres tópicos: declamaciones románticas, cositas en verso a lo Bécquer, pseudo filosofías rimadas a lo Campoamor.(p.11).

Los dos tenían una formación muy diferente, con respecto a la historia de la tradición cubana:

Poveda se mostró sorprendido de que yo estudiara a autores cubanos. Yo le dije de mi devoción por algunos poetas: Heredia, Avellaneda, Plácido, Zenea. Ante su asombro yo le decía que ellos representaban el valor estético de su hora. Y le repetía a  Rodó. Hágase usted serpiente  para saber lo que hay de hermoso en la serpiente. Poveda rectificó luego su criterio sobre autores cubanos. (p. 20)

Estudiaron la tradición poética española. Privilegiaron  los poemas de Luis de   Góngora y Francisco de Quevedo. Admiraron a Federico Nietzche, de quien asumieron el orgullo de ser escritores. Descubrieron a Walt Whitman en traducciones.

Boti también era pintor. Por ello, le fascinaba la construcción lo más precisa posible de una personalidad. Intentó aprehender los aspectos contradictorios de Poveda:

En él existía, un dualismo: amaba la torre de marfil, pero lo atraía la multitud, amaba la soledad, pero le horrorizaba el aislamiento. Verdad que él sentía en sí el dolor, el ansia, la impaciencia de un núcleo: respondía a una condición de su temperamento, se creía llamado a una misión literaria y social, y su voz por eso fue más prédica que lección. Por una rara contradicción; él encerraba un espíritu selecto en el cuerpo de un demagogo. (Demagogo en su recto sentido). […] (p.18)

Él pudo decir cómo se hace con la autoridad ejemplar del que hace: era creador y guiador. […] (p.23)

Se impuso la misión de organizar un movimiento literario y para conseguirlo no titubeó nunca. Si tenía que halagar a un cretino lo hacía: el fin justificaba los medios. Donde brotaba un valor nuevo lo iba a buscar y hacíalo unir a los otros. Era para esto un consumado diplomata. (p.24)

Boti, como biógrafo,  estaba obligado a preguntarse y a responderse qué había pasado en la vida de Poveda mientras estudiaba en La Habana; qué estilo bohemio de conducta —¿asumido como el rol de un personaje literario?— aceleró la autodestrucción de la salud. Después, cuando Poveda se arrepintió y  quiso cambiar  el modo de vivir, ya estaba gravemente enfermo.

En las normas sociales de la primera mitad del siglo XX, era un tema implícitamente prohibido el análisis del consumo de drogas. Por respeto al amigo y a su familia, Boti no podía abordar de manera directa esa problemática.

Eligió adentrarse en las audacias del retrato sicológico; evaluó los nexos entre los tipos de personalidades y la pertinencia de los modos de recepcionar las lecturas. Creía en la responsabilidad personal: cada quien elegía con absoluta libertad si imitaba o no conductas literarias nocivas.

Optó por un paralelo:

Aunque el modelo dionisiaco de observación directa lo tuvo Poveda en mí. Yo poseía la sana exultación de un fauno danzante. Elaboraba un enorme excedente de vida que invertía en las realizaciones más opuestas, coronándolo todo con un gran amor a la Naturaleza. Esto lo descubrió pronto Poveda y lo expuso en su conferencia sobre mí y la lírica actual. El secreto de nuestra facultad radicaba en causas más recónditas que aparentes.

Él era delgado, débil, lento y representaba por su físico el tipo sicológico asténico. Yo musculoso, fuerte, dinámico y representaba por mi físico el tipo sicológico atlético. Fuimos dos entes complementarios.  (p. 22)

Como historiador estaba consciente de que en el ensayo biográfico había primado el imaginario subjetivo. Disfrutaba la emocionalidad de lo narrado. No se arrepentía. Sin embargo, quería reforzar también su profesionalidad; se le ocurrió una solución brillante: compensar su versión con la de Héctor Poveda.

El ensayo ha conservado un singular encanto. Todavía resulta una lectura amena, e imprescindible para comprender una de las variantes de la renovación modernista, aquella en la  que Boti y Poveda fueron ideólogos y protagonistas.

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