Las primeras sedes (1913-1951)

La historia del edificio del Palacio de Bellas Artes (sede del Museo Nacional desde 1954) puede situarse entre dos momentos de transición, de definiciones, porque en buena medida propone —a lo largo de tres décadas de planteamientos— un debate entre conceptos museísticos (de forma y contenido) y soluciones arquitectónicas que expresan momentos específicos, de tránsito del “museo decimonónico” al “museo moderno”. Así, también en Cuba tienen lugar el enfrentamiento de posiciones antagónicas y la ruptura con conceptos ya superados, todo lo cual se expresa en el salto —un poco tardío e incompleto— hacia ese nuevo edificio de museo que ya venía esbozándose por las vanguardias arquitectónicas del siglo XX.

El Museo Nacional es el tercero en la tríada de instituciones oficiales creadas con el objetivo de “ocuparse de conservar la memoria de una nación que periódicamente daba muestras de amnesia crónica”. En 1910 surgen la Academia Nacional de la Historia (20 de agosto, Decreto 772) y la Academia Nacional de Artes y Letras (31 de octubre, Decreto 1004), mientras todo hace indicar que ya desde poco antes, por disposición del Decreto 732, se había encargado a Emilio Bobadilla que redactase un proyecto de organización para el Museo Nacional, presentable en un plazo de tres meses.

También en 1910, el arquitecto Emilio Heredia, miembro de número de la Academia Nacional de Artes y Letras, publica una carta abierta en el periódico La Discusión en favor de la creación del Museo Nacional. Este sería precisamente el primer director de dicha institución cuando por fin —tres años después— es fundada por Decreto Presidencial del 23 de febrero de 1913, firmado por José Miguel Gómez y el doctor Mario García Kohly, este último en calidad de secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Se confiere al Museo la misión de coleccionar las “reliquias” de valor histórico —principalmente de las guerras de independencia— y “contribuir a robustecer el culto a nuestros héroes y a arraigar los sentimientos patrióticos”, de manera que sea “análogo a los existentes en el extranjero”. Y es que en ese momento histórico, de la naciente República, esa institución se concibe y sustenta sobre conceptos decimonónicos que legitiman el museo como “templo”, en este caso, del patriotismo.

Desde el primer momento, su existencia requiere de un marco arquitectónico adecuado —o sea, de una sede edificada—, lo cual se convierte en permanente aspiración de sus fundadores y sostenedores, y en motivo de largos avatares. De ahí que las primeras cuatro décadas transcurrieran en medio de constantes visicitudes económicas, con escaso o ningún apoyo económico, y sin tener una sede propia.

Entre 1913 y 1954, el Museo Nacional ocupó sucesivamente tres inmuebles, ninguno verdaderamente adecuado, en los que las crecientes colecciones fueron preservadas y expuestas la mayor parte del tiempo en precarias condiciones.

En un principio, desde el 28 de abril de 1913, ocupó una parte del antiguo Frontón (de pelota vasca) en la calle Concordia, esquina a Lucena. Posteriormente, permanece cerrado entre 1915 y 1917 por carencia de edificio, hasta que —entre 1917 y 1924— se instala en la Quinta de Toca, en el Paseo de Carlos III.

Al ser vendido este último inmueble a los Hermanos de La Salle para establecer allí un colegio religioso, el Museo Nacional —dirigido ya entonces por el pintor Antonio Rodríguez Morey— no tiene más alternativa que trasladarse hacia el local de la calle Aguiar No. 108 (luego No. 508) donde permanecería por cerca de 30 años a partir de febrero de 1924. Sería su sede más inhóspita y sombría, con las colecciones prácticamente arrumbadas, más que exhibidas, y carentes de elemental protección.

Muchas e importantes voces de prestigiosos intelectuales cubanos se alzan entonces en favor de la obra del Museo Nacional, de sus crecientes colecciones, y contra el manifiesto abandono oficial en que permanece.

En 1946 —por ejemplo—, el doctor Luis y Sagarra, crítico de arte, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Habana y miembro de las Academias de Artes y Letras y de Arqueología, inicia la publicación en la revista Carteles de una serie de 16 artículos sobre algunas importantes colecciones privadas del país y la tradición de coleccionismo.

Entre 1939 y 1951, también lo hace el arquitecto Luis Bay Sevilla para la revista Arquitectura, al igual que el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad de La Habana, quien desde 1926 —bajo el seudónimo de El curioso parlanchín— publica severas críticas en la revista Carteles a propósito de “El lamentable abandono del Museo Nacional”.

El primer proyecto

El primer proyecto conocido para un nuevo edificio data de 1925 (fecha inscripta al pie de reproducciones encontradas de los planos originales), y conceptualmente se basa en la preservación de la estructura fundamental de las galerías arcoadas del Mercado de Colón (conocido como Plaza del Polvorín por su emplazamiento en terrenos aledaños a los antiguos depósitos de pólvora del siglo XVIII), importante edificio neoclásico construido entre 1882 y 1884 en una parcela de 8 053, 50 metros cuadrados del Reparto Las Murallas.

Este proyecto, de los prestigiosos arquitectos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas, se apega decididamente a la tradición arquitectónica del llamado Beaux Arts (Escuela de Bellas Artes de París), de un franco eclecticismo historicista, mientras que —en cuanto a su concepción museográfica— todavía está fuertemente atado al museo-tipo establecido en las primeras décadas del siglo XIX, cuyos códigos marcan la imagen de esos edificios por más de una centuria. Incluso en Santiago de Cuba existe un importante antecedente en el Museo Emilio Bacardí (1928, arquitecto Francisco López Segrera), concebido exteriormente como un volumen porticado de columnas corintias, coronado por un frontón e interiormente resuelto en una nave rodeada de un piso superior de galerías perimetrales, con una monumental escalinata de dos ramas en el extremo posterior, más iluminación lateral a través de hileras de ventanas en la planta baja y otras —de clerestorio— alrededor de la cubierta.

El proyecto de 1925, a pesar de cierto desfase histórico, constituye una solución no desprovista de atractivo, de espléndido efecto por la iluminación natural de sus espacios interiores —diferenciados para pinturas, grabados y dibujos—, consecuente con los códigos presentes entonces en el ámbito histórico de la arquitectura en Cuba. Pero hay algo importantísimo que hace de este un proyecto excepcional para su tiempo, y es la intención de crear un edificio para museo, incorporando partes de una importante preexistencia arquitectónica de indudables valores artísticos y urbanísticos, además de preservar y —más aún— otorgarle un papel protagónico al espacio central del patio descubierto, elemento presente en la tradición de la arquitectura cubana hasta entonces.

Todo esto en ese momento en que esta zona de la ciudad —el espacio ocupado antes por las murallas— sufre su segunda transformación importante por la erección de emblemáticos edificios y espacios representativos del poder político: el Palacio Presidencial (1920), el Capitolio Nacional (1929), la Avenida de las Misiones (paseo trazado desde el mar hasta dicho Palacio), y el Parque Zayas, situado entre la mencionada sede presidencial y el proyectado museo.

La suerte de este proyecto permanece poco clara durante más de dos décadas, hasta que hacia finales de los años 40, el presidente del Patronato Pro-Museo Nacional, doctor Tomás Felipe Camacho, cumpliendo acuerdos, solicita del entonces presidente de la República el desalojo de los mesilleros del Mercado del Polvorín, cuyo abandono se hacía intolerable para la ciudadanía. En ese momento se refieren las “diversas transformaciones a que fueron sometidos los primitivos planos [proyecto de 1925], que tenían como base la conservación de las arcadas, con sus inútiles portales, sus sombríos entresuelos y sus múltiples columnas, que lo hacían inadecuado a las exigencias contemporáneas de un museo...”

La polémica estuvo presente en todo momento y las preferencias se polarizarían rápidamente en pro y en contra de la persistencia histórica del viejo Mercado.

En 1947, la totalidad de la prensa nacional y capitalina refleja con lujo de detalles el proyecto de los arquitectos Govantes y Cabarrocas —incluyendo planos y dibujos— y sorprende con la información de que ha sido “oficialmente adoptado por el Ministerio de Obras Públicas”.

Gracias a la abundante documentación de la época —sobre todo la publicada en la prensa plana entre 1947 y 1949—, sabemos que entonces se iniciaron los trabajos en el Mercado y se autorizaron sucesivamente dos partidas presupuestales de unos 400 000 pesos para emprender las obras, incluida la restauración de las arcadas, cuya piedra de cantería fue puesta al desnudo y labrada primorosamente “a un costo superior a los 100 000 pesos...” (El Mundo, julio de 1947).

Sin embargo, cuando ya se habían hecho adelantos significativos en los pórticos y la entrada del edificio, las obras se paralizan por falta de crédito. Y aunque siempre han existido dudas, respecto a cuánto llegó a ejecutarse, resultan importantes e irrebatibles las evidencias físicas encontradas —como se verá más adelante— durante la ejecución de las obras iniciadas en 1999 para convertir el Palacio de Bellas Artes, construido a fin de cuentas sobre los cimientos del viejo Mercado, en sede del arte cubano del nuevo conjunto del Museo Nacional.

Un segundo intento

En 1949 se retoma el problema del viejo Mercado y el futuro Museo; el arquitecto Manuel Febles, ministro de Obras Públicas, propone una nueva alternativa con planta muy similar a la del proyecto anterior, y los espacios interiores diferenciados en salas y galerías. Al igual que en el de su predecesor, se preservan e incorporan las elegantes arcadas neoclásicas, pero esta vez con un piso superior sobre las mismas.

Aunque hasta ese momento —como se ha señalado con anterioridad— se habían ejecutado en forma parcial algunas unidades estructurales de un nuevo edificio para el museo, las obras continúan desarrollándose muy lentamente, entre otras razones, por las consabidas insuficiencias presupuestales. Es entonces cuando, en 1951, el mencionado Patronato decide apoyar otro proyecto, en este caso del arquitecto Alfonso Rodríguez Pichardo. Sobre esta propuesta no existen evidencias concretas de que fuera adjudicada por la vía de “concurso”, como a veces se ha dicho, ni información específica de cómo fue designado dicho arquitecto, cuyo proyecto también sería aceptado por un Patronato de nueva creación.

En términos generales, se trata de un planteamiento conceptual radicalmente diferente en cuanto a imagen arquitectónica, pues además de rechazar la integración de partes del viejo Mercado —como proponían los dos proyectos anteriores—, se adhiere a los códigos del movimiento de la  arquitectura contemporánea, tanto formales como en el uso de materiales, además de responder a un planteamiento programático museológico diferente. No obstante, en los primeros momentos, Rodríguez Pichardo todavía persiste en la idea de una monumental escalinata en el vestíbulo principal hacia la calle Trocadero, y hasta de unos “arcos escarnozos” en las galerías alrededor del patio.

A partir de aquí se hace más cruda la polémica en torno al destino de las arcadas del Mercado de Colón, su inminente demolición y las consecuencias para la imagen urbana de esa zona de La Habana, que alcanza su punto más candente el 11 de diciembre de 1951, cuando caen definitivamente bajo la acción de la pica demoledora.

Ese episodio, uno de los más polémicos de la historia del patrimonio edificado habanero, es rememorado en enero del 2000 cuando, al demoler los enchapes de mármol y muros en el plano inferior de la fachada principal del Palacio de Bellas Artes, fueron literalmente “descubiertos” dos magníficos lienzos de piedra de cantería espléndidamente labrada. Abiertos en dos arcos con antepechos a ambos lados del eje central de dicha fachada, tales fragmentos están enmarcados por pilastras, desgraciadamente truncadas en su cara interior, pero coronadas por sendos capiteles toscanos —en parte mutilados— en su cara exterior.

Poco antes de ese inusitado hallazgo arquitectónico, también se habían encontrado restos —en la primera crujía de columnas entre el vestíbulo principal (calle Trocadero) y la galería cubierta alrededor del patio— de las estructuras de soporte de una monumental escalinata principal.

Tales evidencias históricas y físicas abren una interrogante ante dos alternativas: o estos elementos pertenecían a las arcadas del antiguo Mercado, o son restos del parcialmente ejecutado proyecto de Govantes y Cabarrocas que llegaron a construirse en el “estilo” de la vetusta edificación.

Ahora bien, cualesquiera que fuesen, resistieron la orden de su demolición total que —emitida en 1949 y cumplida en 1951— dio paso a un edificio totalmente nuevo, quedando incorporados como soporte estructural de la viga de apoyo al mural de cerámica situado con posterioridad en la parte superior del interior del vestíbulo principal según el proyecto de Pichardo (ejecutado entre 1951 y 1954).

A fin de cuentas, lo cierto es que “se impuso la tesis de un edificio enteramente moderno y los arcos cayeron bajo el golpe implacable de la piqueta...”, como escribiera Joaquín Weiss en su monumental obra Arquitectura Colonial Cubana, aunque como él mismo afirma, ese Mercado “no mereció un final tan absurdo y dramático”.

Hoy, las evidencias demuestran que al menos esos fragmentos sobrevivieron a la “implacable piqueta” y, tapiados en silencio, sirvieron de apoyo al cuerpo central de la fachada principal del Palacio de Bellas Artes, controvertido edificio que —más de 50 años después de su inauguración y funcionamiento como sede del Museo Nacional— se convierte no solo en parte inseparable de la historia de dicha institución, sino también en protagonista de los problemas funcionales, técnicos, museológicos y museográficos que imponían la inaplazable necesidad de una intervención urgente y la búsqueda de soluciones contemporáneas integrales.

 

Fragmento del libro El Museo Nacional de Bellas Artes. Historia de un proyecto. Ar. José Linares Ferrera, proyectista general del nuevo conjunto Museo Nacional de Bellas Artes. Revista Opus Habana, concepción y diseños editoriales. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2001.

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