Un título casi surrealista a fines del XIX: Revista Blanca

Cira Romero • La Habana, Cuba

La Habana de julio de 1894, apenas unos meses antes de que estallara la Guerra del 95, el 24 de febrero, mostraba ciertos progresos urbanos, como en todas las épocas anteriores. Los barrios extramuros se extendieron, y hacia el centro de la ciudad aumentaron notablemente las casas de dos plantas y los grandes edificios que dieron albergue a espaciosas fábricas de tabaco y cigarro y a establecimientos de comercio al por mayor. El acueducto de Albear, una de las maravillas constructivas e ingenieriles de la capital, había sido terminado en 1893, mientras que en apenas cinco años, entre 1890 y los albores del 95, el repertorio teatral sufre un gran deterioro. La apertura del Teatro Alhambra el 13 de septiembre de 1890 fue bien recibida por la prensa de la época.

El salón es bonito —se lee en el periódico Unión Constitucional—, está bien adornado y tiene sobre todo la ventaja de ser muy fresco, condición en extremo recomendable en la estación actual. El público puede entrar y salir con gran comodidad, pues dispone de una puerta de entrada y otra de salida, habiendo otras independientes para el acceso al escenario.

Aunque no siempre el repertorio allí representado fuera muestra de gusto y sensibilidad artísticos —lamentablemente la mayoría de los libretos que contenían las obras no han llegado a nuestros días, por lo que el criterio lo doy con cierta reserva—, en su escenario finalizaron los últimos vestigios del teatro bufo, en sus aspectos más exterioristas, como la música, la parodia, el ambiente popular —recordar la película La Bella del Alhambra—, en tanto que autores como Federico Villoch, con más de cuatrocientas piezas estrenadas en ese escenario, era uno de los líderes principales de esta manifestación teatral, la cual no puede pasar inadvertida para cualquier estudioso del teatro cubano, no obstante los muchos detractores que ha tenido.

En el campo de la literatura, y en especial en el de las revistas literarias, sobresale en este momento Hojas literarias, que, en tanto revista casi unipersonal, Manuel Sanguily había fundado en marzo de 1893, y que constituye, como lo expresamos en otra ocasión en esta misma columna, uno de los aportes más sólidos a las publicaciones periódicas cubanas de la segunda mitad del siglo xix, a pesar de que el apasionamiento de su director lo llevara, en no pocas ocasiones, a emitir en sus páginas juicios literarios injustos, como el que realizó contra Gabriel de la Concepción Valdés, nuestro Plácido.

En este ambiente, surgió la Revista Blanca el día 15 de julio del citado año 1894, bajo la dirección de Luz Gay. Tuvo una salida muy irregular debido a razones de carácter económico —escasez de anunciantes, carestía del papel, pocos suscriptores— que su director no se cansaba de repetir en los números que lograban ver la luz. En agosto de 1895, cuando ya Martí había caído en Dos Ríos y Máximo Gómez emprendía lo que llamó campaña circular para llevar la guerra a todos los rincones de la Isla, la publicación permaneció ajena a estos acontecimientos, a diferencia de Sanguily, que en vísperas de la contienda y debido a la agitación política que se vivía, terminó la suya en diciembre de 1894. En dicho mes pasó a denominarse La Revista Blanca e inauguró un subtítulo: “Álbum de letras y artes”.

Esta publicación se caracterizó porque, generalmente, dio a conocer artículos o traducciones sobre figuras universales sobresalientes, tanto en el campo de la ciencia como en el de la cultura, y brindó noticias culturales tanto cubanas como extranjeras. En sus páginas se divulgaron fragmentos de obras de franceses (Emilio Zola), de rusos (León Tolstoi), de alemanes (Arno Holz), y también de autores españoles como Benito Pérez Galdós. También dio a conocer poesías, cuentos y relatos extranjeros, como algunos de Antón Chéjov, y artículos sobre música. Entre estos sobresalen los escritos por Ignacio Cervantes, cuya obra pianística, a juicio de Radamés Giro, es “la más limpia de factura que nos haya dado un compositor cubano” y de entre los allí publicados se destacan uno dedicado a un festival de música celebrado en el Teatro Tacón, donde dirigió su Sinfonía en do menor y otro dedicado a la zarzuela Niña Pancha, de Valverde. 

Uno de los más asiduos colaboradores de esta revista fue Pedro Santacilia, poeta e historiador erudito, quien desde México, donde había fungido como secretario del prócer Benito Juárez hasta la muerte de este en 1872, y con una de sus hijas, había contraído matrimonio, enviaba puntualmente sus composiciones poéticas, y también algunos artículos costumbristas.  Otro poeta, Narciso Foxá, de origen puertorriqueño, pero asentado en esta otra isla desde niño, aunque ya retirado de sus “ocios” poéticos debido a tener que involucrarse en ocupaciones mercantiles, daba a la publicación esporádicas contribuciones, como su soneto “El pescador”:

    Yo soy feliz en mi pobreza suma.

Con mi Elisa, mis redes y mi barca:

Con ver al sol, espléndido monarca,

Al rojo amanecer entre la bruma.

    Tengo al través de la nevada espuma,

Cuanto la vista en su extensión abarca:

No me asusta el imperio de la Parca

Que la conciencia al corazón no abruma.

    Vienen las olas, vienen a millares

Y mi débil piragua combatida

Burla su furia y las orillas cobra...

   ¡Allá del mundo en los revueltos mares,

Batallando la nave de la vida,

Boga, se afana... ¡y a la luz zozobra!

El escritor que más colaboró, desde la emigración —donde acompañó a Martí a fundar el Partido Revolucionario Cubano— a cumplimentar el fundamental propósito de la revista de dar a conocer autores extranjeros fue Francisco Sellén, gracias a su dominio de los idiomas francés, alemán e inglés. De la segunda lengua publicó traducciones e imitaciones de poetas como Heine, de quien dio a conocer en estas páginas poemas de su libro Intermezzo lírico y algunos de los contenidos en la colección de poesías alemanas titulada Ecos del Rhin. Del inglés tradujo especialmente algunos fragmentos de novelas de Wilkie Collins, como La dama de blanco, y algunos cuentos de Robert L. Stevenson.

Precisamente, el aporte más relevante que deja Revista Blanca a la cultura cubana es haber puesto en circulación entre la intelectualidad cubana,  hasta su último número encontrado, de octubre de 1897, una serie de importantes nombres de escritores de las literaturas inglesa, francesa, alemana y rusa, esta última desde segundas traducciones provenientes generalmente del francés. En este sentido, la publicación alcanza una notable primacía entre otras que le fueron coetáneas, y aunque hoy es una revista casi olvidada, al repasar sus páginas se puede advertir cuán importante fue en su momento para que los escritores del patio abrieran sus horizontes culturales.

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