Natalia Bolívar, ex directora del Museo Nacional de Bellas Artes

Con amor se salvaguardó la riqueza
de Bellas Artes

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

La pintora y etnóloga cubana, Natalia Bolívar Aróstegui, junto con su hija y compañera de trabajo Natacha del Río, visita Haití por estas fechas, para enriquecer sus amplios conocimientos sobre las religiones africanas. “En el 2008 vine, por primera vez, a Haití y la experiencia no fue muy buena, pues el país estaba realmente convulso; ahora, todo es diferente: el semblante del pueblo ha cambiado, se nota más esperanza en las miradas, más ánimo de construir y echar pa’lante”, afirma Natalia.

Desde esa tierra singular, esta intelectual aceptó viajar en el tiempo y contar algunos pasajes de su vasta y trascendental experiencia en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), su primer centro de trabajo y también el lugar que, gracias a la labor desarrollada por ella allí, hoy cuenta con valiosas piezas; porque, en 1959, la joven Natalia, junto con otros compañeros, impidió el saqueo de las ricas salas de ese sitio que este año celebra su centuria.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuándo visitaste, por primera vez, el espacio del Museo Nacional de Bellas Artes?

Un poco antes de la fundación del MNBA, pisé el terreno de la plaza de mercado —aún conservo una reja de balcón en la cabecera de mi cama—, lugar donde más tarde se construiría el edificio del nuevo museo, en el año 1954. El grupo de familiares y amigos en que me movía entonces, me permitió conocer a Alfonso Rodríguez Pichardo, su arquitecto; al pintor Antonio Rodríguez Morey, su director, protector y defensor a ultranza de los bienes patrimoniales; y al grupo que compuso luego el Patronato de Bellas Artes, entre ellos, su presidente el Dr. Octavio Montoro quién me contrató (sin salario), y comencé a trabajar como Guía Técnica desde los primeros días de su inauguración.

¿Qué aspiraciones tenías al entrar allí?

Como te decía, buscaba trabajo aunque fuera sin remuneración. Por esa época, yo estudiaba pintura en la escuela anexa de San Alejandro, y en los veranos viajaba a Nueva York a recibir cursos en el Arts Students League. Siempre quise vincularme laboralmente con el arte cubano. En el MNBA tuve el privilegio de conocer y estudiar con grandes maestros —con el Dr. René Herrera Fritó, arqueología; con Lydia Cabrera, etnología y folclor; las Dras. Marta de Castro y Rosario Novoa impartían arte cubano y universal; José Antonio Portuondo y Leví Marrero enseñaban la historia de Cuba; entre otros. Incluso, el coleccionista Joaquín Gumá, famoso Conde de Lagunillas, mandó a buscar a Nueva York al perito Dietrich von Bothmer, especialista principal de arte antiguo que fue el encargado de catalogar y autenticar su colección privada, exhibida desde entonces en el MNBA, para que nos impartiera cursos intensivos y conferencias. En Bellas Artes encontré trabajo, pero lo principal que buscaba allí era enseñanza, y te juro que aprendí mucho.

¿Cuándo “interviniste” el Museo?

Eso sucedió más tarde, el 1ro. de enero de 1959, acompañada por los escultores Eugenio Rodríguez, Roberto Estopiñan y Tabit, este último uno de mis compañeros del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Tomamos la decisión de intervenir el Museo, para evitar el saqueo y darle protección al patrimonio cultural nacional. Fueron momentos muy dramáticos; tuve que enfrentarme a antiguos custodios y policías de Batista, la mayoría, por consideración y respeto, depusieron sus armas y salieron del museo —algunos de ellos se quedaron trabajando allí, como los hermanos Ruiz, que siempre simpatizaron con nuestra causa.

Imagen: La Jiribilla
Natalia durante la toma militar del Museo

 

¿Cuánto tiempo estuviste al frente del MNBA? ¿Puedes relatar algunas de las tareas que acometiste en ese lugar?

Para mí, al frente del museo siempre estuvo el pintor paisajista español Antonio Rodríguez Morey, su director histórico. Fue un hombre excelente, profesor de pintura y dibujo, que luchó dignamente por rescatar y conservar las piezas patrimoniales que, felizmente, hoy podemos ver en el MNBA. A finales de los años 50, con casi 80 años, Morey estaba dedicado por entero a concluir su Diccionario de artistas cubanos, donde incluía biografía, fotografías y un amplio registro de obras de escultores, pintores, grabadores, etc.; por ello, no asumía activamente su cargo de dirección pero sí participaba en reuniones y demás actividades del cronograma. Como subdirectora (o directora en función) del Museo estuve ocho años, bajo los sabios consejos de este hombre y gracias a la ayuda de un equipo de trabajadores como Eugenio y Maruja Rodríguez, Eduardo Michaelson, Teresita Crego, Oscar Morriña, Margarita Ruiz, Olga López Núñez; los restauradores Ángel Bello, Zaldívar, el chino Amado, los reenteladores Progreso y Juana; Julio Berestein, el fotógrafo de todos los tiempos, entre otros.

En esa difícil etapa acometimos importantes tareas como la restructuración y climatización del MNBA; las celebraciones de las intensas semanas de cultura internacional; la organización de las exposiciones comerciales rusas, chinas y checas; los recorridos por toda la Isla de las obras más importantes del arte cubano —estas giras se hacían con nuestros propios recursos, pues no había un presupuesto asignado para ello—; la planificación en París, junto con Wifredo Lam, del Salón de Mayo; las pre reuniones celebradas en los jardines del Museo para la constitución de la Unión de escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); la remodelación, montaje y fundación del Museo Napoleónico en la mansión de Orestes Ferrara, entregada por Fidel para estos fines. Sería interminable la lista con todas las tareas acometidas y el gran esfuerzo, conciencia y responsabilidad que demostraban todos los trabajadores. Fueron años difíciles, pero muy fructíferos.        

Imagen: La Jiribilla

Fragmento de prensa de la época

¿Cuáles son tus mejores recuerdos de ese lugar?

Son muchos los buenos recuerdos, aunque también existen los malos; pero, como tú dices, en una fiesta de cumpleaños no se hablan, ni recuerdan situaciones feas… En octubre de 1962, cuando la Crisis de Octubre, yo estaba recién parida y me llamaron para decirme que debíamos proteger las piezas de valor que había en el MNBA y trasladarlas a las bóvedas más seguras del Banco Nacional. Enseguida nos pusimos a embalarlas y, gracias a la generosa contribución monetaria de todos los trabajadores, logramos pagar camiones privados para su traslado seguro. En esos terribles momentos de incertidumbre todos los compañeros, familiares y amigos nos acuartelamos en Bellas Artes hasta que se normalizó la situación, y el principal recuerdo que me viene a la mente es el cariño, la unión, el desinterés, la generosidad existente y sobre todo, el amor tan grande que nos merecía salvaguardar esta importante institución cubana.

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