Lucy Villegas y Pilar Fernández:

Idéntico destino de dos caminos cruzados

Alejandro Ruiz Chang • La Habana, Cuba

Una centuria ha transcurrido ya desde que, en 1913, se inaugurara Bellas Artes. Cuantos han pasado por sus instalaciones han sentido como propios sus espacios, intentando darle forma según sus consideraciones del deber ser a una instalación que resguarda y canoniza la identidad cultural de esta Isla. El museo ha ido mutando, ha crecido y se ha hecho público como nunca antes. Hoy, muestra colosales edificaciones que deben su vida a trabajadores persistentes e incansables. Hombres y mujeres que son parte indiscutible de este siglo de arte.

Lucy Villegas, a partir de 1984, tuvo la labor de abrir las puertas de un santuario que permanecía cerrado en la mente de gran parte de los cubanos. Un espacio que se pensaba limitado a las elites culturales. Durante su dirección, expandió la visión del museo como un espacio abierto de interacción e impacto social. Sedujo a públicos diversos con tentativas propuestas, resguardando la directriz de su política: el museo es cultura y su función es acercarla al pueblo. Pilar Fernández era la subdirectora técnica en aquel entonces. Años después, a la altura de los 90, pasó a dirigir la instalación. A Fernández tocaría mudar Bellas Artes para su reparación y ampliación. Levantar uno de los mayores tesoros artísticos del país, transportarlos a nuevos emplazamientos en circunstancias extremas.

Imagen: La Jiribilla

Tres majestuosos edificios son testigos de una obra que se labró durante años. La actual preeminencia del Museo es fruto del arrojo, la perseverancia y la valentía. Bellas Artes sigue vivo, es punto de referencia, visita, intercambio para cubanos de variados niveles culturales. Hoy invita a recorrer sus holgadas galerías, pero hay que escuchar sus leyendas porque, como parte de la historia de esta Isla, tiene demasiado que contar.

Seducir con arte

Podrá ser recordada Lucy Villegas como la emblemática directora que inauguró el Parque Lenin junto con Celia Sánchez, en 1972. Aquella que convirtiera el “pulmón verde” de la ciudad en merecedor, sin ser una institución del Ministerio de Cultura, de la Orden por la Cultura Nacional. Algunos la verán como una de las primeras mujeres que dirigiera planes ganaderos por indicación de Fidel. Hoy, a sus 84 años, niega tener mucha experiencia en estas labores, pero quien la mira reconoce la modestia de la que fuera también 11 años directora del Museo Nacional de Bellas Artes. Ese tránsito, como ella misma reconoce, “fue de esas cosas que pasan en esta Revolución: te dan una tarea y muchas veces tú no tienes experiencia; pero bueno, las asumes y te creces en ellas”.

No niega que su éxito estuvo en rodearse y escuchar a personas con conocimientos, para luego tomar las decisiones. Esa fue su práctica en Bellas Artes desde 1984 y hasta 1995: seleccionó escrupulosamente un equipo y, como mismo había sucedido en el Parque Lenin, aseguró el éxito de sus pretensiones, que no fueron pocas, ni fáciles, al frente del coloso de las artes.

Villegas transformó aquel monasterio en silencio al que solo entraba parte de la elite cultural del país, en un lugar de fácil acceso para un público mayoritario. La presencia de Bellas Artes se hizo visible para todos. “Cuando yo llegué, lo primero que me di cuenta fue que había muy poca afluencia de personas para el nivel que tenía el museo, para lo que él podía ofrecer. Claro, esa poca afluencia estaba dada por el temor que la gente tenía a la palabra museo, lo veían con la idea de que era para gente muy culta, aristócrata, pero no para el pueblo. Entonces, decidimos que había que demostrar que el museo también era para ellos, y para eso partí de mi experiencia en el Parque Lenin, siempre adaptada a las particularidades de este sitio.”

¿Cómo hacer que el público se acercara y descubriera en Bellas Artes un espacio antes cegado por falsos cánones? Junto con un equipo, creó el boletín titulado Un museo de todos, que proponía las actividades del mes y se distribuía por toda la ciudad. De igual manera, se fundó el Departamento de Animación Cultural y se concibió la Asociación de Amigos del Museo, que reunía a personas con cierto nivel cultural para contribuir con los planes de la instalación.

Imagen: La Jiribilla

Según recuerda Lucy, toda la actividad cultural se pensaba de forma tal que el protagonismo del museo no se viera desplazado. Nunca las propuestas debían estar por encima de la atracción fundamental: exponer, mostrar la labor plástica de nuestros artistas. “Había música, teatro, ballet, conferencias, exposiciones de moda, circo para los niños, etc. Las exhibiciones se realizaban en el teatro, en el patio, en los pasillos y así la gente iba no a ver el museo, sino a ver los artistas; pero cuando tú te adaptas a ir a un lugar vas perdiéndole el temor, lo sientes como tuyo. Luego, se comenzaron a desarrollar algunas actividades en las salas, espacios más escogidos que tuvieran que ver con el interior para acercar al público a los tesoros artísticos del edificio”.

Fue vital que se invitara a traspasar las puertas de Bellas Artes, que sus obras se mostraran, que se interactuara con los artistas, ese era el objetivo principal de toda esta campaña. Tal fue su logro que, un año después de comenzada, se duplicó la cifra de visitantes y las actividades, sin perder su variedad, se acercaron cada vez más a los perfiles del MNBA.

A los 60 años y con el peso de una enfermedad que limitaba sus capacidades anteriores como dirigente, Lucy dejó de cumplir sus funciones administrativas en Bellas Artes. La innegable realidad de que el MNBA sea hoy un sitio de visita obligatoria para apreciar lo mejor del arte cubano se debe, en cuantiosa medida, a la labor de esta mujer. La dirección del Museo Nacional de Bellas Artes es uno de sus más gratos recuerdos.

“Haber trabajado allí es un orgullo para cualquier persona, y haberlo dirigido mucho más por la importancia cultural que tiene. Para Cuba es un orgullo tener una institución como Bellas Artes, y lo primero que hay que aprovechar de ella es la cultura que puede ofrecer, sobre todo a la juventud. Todavía necesitamos mucho que la juventud siga acercándose a ese arte y esa es una labor que hay que seguir haciendo de por vida: captar al pueblo y captar a las nuevas generaciones. Si algún aporte hice fue lograr que el público entrara y perdiera el miedo al Museo. Abrirles las puertas a algo que siempre les perteneció.”

¿Cómo se muda un museo?

Con un interés común por el desarrollo cultural del país, Pilar Fernández comenzó de conjunto con Lucy Villegas la tarea que haría del MNBA un espacio abierto. En 1995, Bellas Artes ya se colmaba de público, pero sus instalaciones estaban dañadas por la gravedad de los años. La insuficiencia de salones que, a pesar de la precariedad, no dejaban de mostrar los esplendores del arte que allí se atesoraba, pesaba demasiado sobre la calidad del conjunto. En manos de Pilar quedaba una de las mayores fortunas culturales de la Isla, y tocaría a esta realizar otra labor, igualmente titánica.

Imagen: La Jiribilla

Para el segundo quinquenio de los años 90 el Museo permanecía prácticamente cerrado. Las obras de restauración y ampliación se comenzaban en un periodo en el que el país se encontraba en las más terribles condiciones económicas. Se pensaba mucho, pero poco se podía hacer. La única solución para concretar tales proyectos consistía en una reparación total del edificio. Por más penosas que fueran las circunstancias prescindir del arte era inconcebible.

La Historia hizo que a Fernández le tocaran estos tiempos al frente de la institución. Al recordar tales azares nos relata: “El arreglo del museo, y por tanto, el traslado de todas las obras fue una tarea de todos los trabajadores; una labor heroica. Siempre he pensado que hicimos una proeza laboral.”

Lujo de Carpentier hubiera sido relatar los avatares de la mudanza del Museo. Una vez más, lo real maravilloso hizo las delicias de nuestras circunstancias. ¿Cómo se transporta un ánfora panatenaica en pleno periodo especial? ¿Cómo pedirle permiso a los orishas para mover una momia egipcia? La ausencia de respuestas correctas no tronchó el hacer. Nadie sabía cómo se mudaba un museo, la improvisación ganó la partida. La inexperiencia no intimidó a los trabajadores que se encontraban, una vez más, ante una colosal tarea. Sobre la marcha, Pilar se dio a la labor de investigar, buscar bibliografía y adaptarla a la nueva realidad. La ayuda vino de varios lugares del mundo.

Para los conocedores del arte y para los no tan especialistas es sabido que magnánimo tesoro no se puede depositar en cualquier sitio. Condiciones especiales son necesarias para su correcto cuidado y conservación. “Visitamos muchísimos lugares, por supuesto teníamos una ayuda del Estado, especialmente de Fidel. Finalmente se encontraron, pero había que ver el espacio y las particularidades de las obras porque eran bastante y muy importantes, no solo de la colección cubana —la mejor que hay en el mundo—, sino de la colección de arte universal”.

Pilar Fernández narra la experiencia como un verdadero drama, aunque en sus ojos se descubre la satisfacción de haber logrado lo imposible. Cuenta que las vitrinas nunca se habían destapado, hubo que desmontarlas y trasladarlas, además de restaurar algunas piezas que lo necesitaban antes de ser guardadas y mantener el control estricto de ello. “Nada podía perderse ni lastimarse, había que mantener la documentación y retratar las piezas. Así fue, en medio de una circunstancia tremenda todos trabajaban hasta tarde. A veces, nos llamaban y nos decían: está lloviendo mucho, está entrando agua donde están las piezas y había que ir corriendo a cualquier hora”.

Con la ayuda de una compañía transportista española y el apoyo de especialistas del Museo del Louvre se logró llevar a cabo semejante aventura. El conocimiento de los conservadores cubanos, al decir de los extranjeros, hubiera sido suficiente para la labor. No obstante, la ayuda recibida fue bien provechosa.

En medio de todo el revuelo, la directiva no dejó que el MNBA fuera totalmente silenciado. Para exponer las piezas se aprovecharon espacios dentro y fuera de Cuba. Importantes colecciones se dieron a conocer en el exterior, el arte de la Isla se hizo más visible en el panorama internacional, lo que abrió nuevos senderos a la plástica cubana. Esta etapa significó, en la trayectoria profesional de Pilar, uno de los acontecimientos que más esfuerzo le ha requerido. Una labor que reconoce fue posible gracias a todo su equipo. La unidad y los deseos de realizar algo realmente hermoso fueron factores imprescindibles para consumar el hecho. “Me parece que fue muy importante esto que nos sucedió. Fue un logro de todo un equipo porque eso no es obra de una sola persona. Lo más importante para mí es que es una obra que está ahí, que es extremadamente útil, extremadamente bella y que acoge el patrimonio para mis hijos, para los nietos y para la nación cubana completa. Un tesoro”.

En 2001, el Museo Nacional de Bellas Artes reabría sus puertas luego de cinco años de restauración y ampliación. Para esa fecha Pilar Fernández ya no dirigía la institución, pero el mérito de la arrancada es todo suyo. Dedicó años de su vida a no permitir que el olimpo del arte en Cuba se acallara. Hoy persevera, desde las aulas del Instituto Superior de Arte, con idéntico objetivo. Lucy Villegas, desde su dulce retiro, rememora su paso por el universo de la cultura. Ellas tienen la satisfacción de haber dejado un sello común: Bellas Artes sigue existiendo, salvaguarda y legitima nuestro patrimonio cultural.

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