Desafíos de la conservación-restauración
en el Museo Nacional de Bellas Artes

Cien años bien preservados

Sandra García Herrera • La Habana, Cuba

¡No echen de menos, los viejos habaneros,
la presencia del vetusto Mercado del Polvorín!...

A cambio de él, posee ahora la ciudad
uno de los mejores museos del continente.

Alejo Carpentier, 1957

 

En el año 1996, el Consejo de Estado cubano aprobó la inversión para la necesaria —incluso urgente— ampliación del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), y la consiguiente reparación de sus instalaciones. El departamento de Conservación y Restauración del Museo se enfrentaría a uno de sus mayores retos: el traslado integral de sus colecciones hacia almacenes provisionales.

Parecía entonces que el patrimonio tan celosamente preservado por décadas estaba destinado a peregrinar hasta encontrar el sitio apropiado.

Muy someramente podemos recordar cómo desde la fundación, en 1913, del Museo Nacional de Cuba, los objetos, obras y documentos atesorados fueron desplazados según cada nueva sede establecida, no siempre con las mejores condiciones de exhibición ni almacenamiento.“Entre 1913 y 1954, el Museo Nacional ocupó sucesivamente tres inmuebles, ninguno verdaderamente adecuado, en los que las crecientes colecciones fueron preservadas y expuestas la mayor parte del tiempo en precarias condiciones”.1

Como ejemplo lamentable permanecen en la memoria de la institución los 30 años que pasó el Museo en una casona de la calle Aguiar Nro. 108 (hoy 508), “la más precaria e inhóspita de todas las sedes que tuvo”.2

Y aunque el proyecto de 1954 —que ubicó las estancias del Museo en los espacios de lo que fuera el Mercado del Polvorín— solucionó la necesidad de una sede propia y los requerimientos museológicos esenciales, mantuvo deficiencias técnicas considerables, como la carencia de almacenes y talleres para la restauración de obras. Deficiencias que, con el tiempo, se volvieron críticas, hasta que en 1996 se tomara la decisión de cerrar la institución y ejecutar el traslado de su tesauro a otros espacios.

Imagen: La Jiribilla
Proceso de readecuación del vestíbulo principal del edificio de Arte Cubano
Foto: Museo Nacional de Bellas Artes. Historia de un proyecto

Esta “mudada”, como la recuerdan especialistas y trabajadores del Museo, ha sido la empresa fundamental —casi titánica— que han resuelto con éxitos los conservadores-restauradores que allí laboran. Entre 1996 y 1999 fueron extraídas del museo un estimado de 48 000 piezas; y durante siete años de incesante trabajo, el Departamento de Conservación y Restauración veló por la integridad de todas sus propiedades, hasta que en 2003 fueran devueltas sin afectación alguna a los recintos del nuevo Museo.

Hoy, gracias al apoyo y el interés del Estado cubano, el Museo Nacional de Bellas Artes, finalmente establecido en un complejo arquitectónico más favorecedor, enfrenta nuevos desafíos vinculados con la conservación y restauración de su patrimonio artístico, si se toma en cuenta lo costoso del resguardo y el manejo de las muestras que se atesoran en esa institución.

Juan Francisco Olivera Justiniani, actual conservador principal del MNBA, nos revela cuestiones que no se encuentran a la vista de quienes visitamos el Museo y que, sin embargo, son de vital importancia para preservar un legado ya centenario en su conformación como espacio para la memoria histórico-artística cubana.

Una de las principales problemáticas que afronta la conservación y restauración en el Museo es la insuficiencia de los espacios de almacenaje de obras, y las condiciones de los mismos. Al decir de Olivera Justiniani:

“Los espacios de almacén no alcanzan, nunca han alcanzado; las condiciones climáticas son otro reto que tenemos en los almacenes, y en general en todo el Museo. El clima nunca ha respondido a los parámetros que están establecidos para la conservación de las obras. A esto puedes sumar que tenemos la rotura de los compresores de clima, lo cual provoca que los parámetros se disparen a temperaturas de 30ºC a 33ºC en salas expositivas, y una humedad relativa de 75 porciento a casi 80 porciento, cuestiones que están afectando seriamente a las obras expuestas y también a las almacenadas”.

Si consultamos los índices ambientales que se establecieron con el nuevo proyecto de remodelación de 1999-2001, podemos comprobar que fueron determinados: para la temperatura, de 22ºC a 26ºC, y para la humedad relativa, de 60 porciento a 70 porciento3. Las cifras evidencian las posibilidades de afectaciones a las cuales se refiere el conservador, quien agrega:

“Además, todo el instrumental, los medios y dispositivos con los que se realizan las labores de conservación y restauración son muy caros. La mayor parte del tiempo nos hemos mantenido cubriendo todos los frentes reciclando los materiales y herramientas. Y en ocasiones hemos contado con pequeñas ayudas de manos amigas”.

Precisamente, durante una de las sesiones del recién concluido Evento Internacional Centenario del Museo Nacional de Bellas Artes, Corina Matamoros, curadora de la colección de Arte Cubano Contemporáneo del Museo y, además, ensayista y crítico de arte, se refería a que una de las razones por las cuales las muestras permanentes no podían renovarse a partir de las obras de los almacenes es la imposibilidad de restaurar estas últimas, debido a la falta de instrumental.

Para el año 2004, se terminaron de acondicionar los talleres de restauración del MNBA, y con posterioridad se organizaron dos exposiciones curadas por el Departamento de Conservación y Restauración con las que se mostró el trabajo loable de sus integrantes. La primera se llamó Acción invisible, y ponía al descubierto los procesos internos de la conservación y seguridad de las obras, a través del embalaje y enhuacalamiento.

Sobre estos procesos, Juan Francisco Olivera expresa que el Departamento, además de realizar las labores de lo que científicamente se conoce como conservación-restauración, funciona como gestor logístico, pues se encarga tanto del embalaje de las piezas como de su traslado a puertos marítimos y aeropuertos en caso de que deban salir del país hacia otras exposiciones.

Por último, con respecto al equipo de trabajo que integra el Departamento, Olivera comentó:

“Actualmente, hemos conformado un equipo con mayor cantidad de personal, en quienes estamos inculcando el sentir de todos los que hemos desarrollado una gran labor hacia el Museo, y por supuesto, trasmitiéndole todos los conocimientos para que se mantenga esa imagen de quienes trabajamos por la conservación y restauración del Museo Nacional de Bellas Artes”.

Imagen: La Jiribilla
Se readecuó el sistema de iluminación y de climatización de las salas
Foto: Museo Nacional de Bellas Artes. Historia de un proyecto
 

Este siglo de existencia no solo suma años, obras o experiencias. Suma también responsabilidad y compromiso con los cuales poder honrar las palabras de Carpentier cuando, con conocimiento de causa, afirmó que este era uno de los mejores museos del continente.

Si podemos celebrar este Centenario se debe, en gran medida, al empeño en las labores de conservación y restauración. No decaigamos pues, y aseguremos otros cien muy bien preservados.

 

Notas:
 
1- Arq. José Linares Ferrera: “Los avatares de una institución”, en Museo Nacional de Bellas Artes. Historia de un proyecto. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2001, p. 32.
2- Ídem., p.38.
3- Arq. José Linares Ferrera: “El nuevo Museo”, en Museo Nacional de Bellas Artes. Historia de un proyecto. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2001, p. 75.

 

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