Mireya Cueto, patrimonio del teatro
de títeres universal

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Ha partido de gira, como se dice en el gremio titiritero, la maestra mexicana Mireya Cueto. Con ella desaparece, solo físicamente, un verdadero monumento de consagración al oficio titeril, pues su legado artístico y pedagógico queda intacto y en continuo ascenso para los que están y los que llegan. Mujer en perpetua búsqueda de la almendra de la manifestación titiritera, ser humano noble y gentil, pertenece al legado latinoamericano de féminas inolvidables, que no se conformaron solo con hacer, sino con promover, dialogar e insistir en la dignificación del teatro de figuras. Dígase Mané Bernardo y Sara Bianchi, de Argentina; Irma Abirad, de Uruguay o Carucha Camejo, de Cuba, por solo citar algunos nombres, y estaremos hablando de hermanas de Mireya, cuyos principales distintivos fueron una sabiduría apoyada en el talento, la vocación de servicio y la defensa de un arte maravilloso.

Imagen: La Jiribilla

A los 91 años, Mireya eligió la primavera para montarse con Villafañe en La Andariega, o tal vez con García Lorca en los camiones de La Barraca. El camino debe estar lleno de consejos, cariños y cuentos mágicos dejados por ella en su partida. Fue en primavera también cuando vino a Cuba, en 1996. Ya la conocía por los libros, la prensa, los colegas y un breve encuentro en el Festival Internacional de Títeres de Bilbao, España, en 1994. Ella participaba con su grupo de teatro de sombras llamado Espiral. Hablaba suave, de manera sencilla, sin hacer ostentación de su altura estética, ni de su trayectoria extensa y rica en resultados. Vi su trabajo teatral, entré en contacto con una forma exquisita de crear que, como ella misma reconoce con orgullo, halló origen en su propia familia de titiriteros, un padre escultor (Germán Cueto) y una madre (Lola Cueto) que se dedicaba a la tapicería. Sin dejar de ser universal, el sello de la mexicanidad en los tonos y matices, en la acuciosa tarea artesanal, se apreciaba en su propuesta escénica. Ya había conocido en 1991, en el Festival Mundial de Marionetas de Charleville-Mezieres, Francia, a su inquieto hijo Pablo Cueto, gigante en tamaño y capacidad artística. Todo estaba preparado para que el clan Cueto llegara a la mayor isla de Las Antillas.

En 1996, con motivo de la celebración del II Taller Internacional de Títeres de Matanzas, recibimos a Doña Mireya Cueto en la Ciudad de los Puentes, Pablo vendría después. Con su personalidad característica, asequible y bondadosa, Mireya, acompañada de su amiga y compañera de trabajo Raquel Bárcena, impactó a todos los que la conocieron. Su conferencia “Bertolt Brecht, Don Quijote y los títeres”1, impartida dentro del evento teórico de la cita matancera, dejó en el aire de la sesión la siguiente pregunta: ¿Cómo alguien cronológicamente mayor, exponía una reflexión tan actualizada, atrevida y contundente? Me di cuenta de que los cubanos no conocíamos el espíritu juvenil e indomable de la Cueto, una personalidad de la cultura mexicana y del mundo, premiada y reconocida nacional e internacionalmente, que en vida disfrutó de que su nombre honrara un festival de la especialidad o identificara a la recién creada Escuela Latinoamericana del Arte de los Títeres, en Huamantla.

Imagen: La Jiribilla

A quien quiso saber, cubano o extranjero, su juicio respecto a lo presentado en el Taller Internacional, ella le regaló sus reflexiones y experiencias. Lo vio todo, conversó con todos, prometió volver; de alguna manera lo hizo a través del entrañable montaje Informe negro, con títeres de guante,  que presentó en Matanzas su hijo Pablo, años después. Guardo de su puño y letra unas palabras dedicadas a mi puesta en escena Un gato con botas, segundo parto de Teatro de Las Estaciones, en 1995. Es uno de mis pequeños tesoros, que luego ella misma refrendó, junto con otros criterios, en la entrevista concedida al crítico e investigador teatral Roberto Gacio:

“De lo visto en Cuba, El gato con botas, de Matanzas, me pareció maravilloso, la plástica es perfecta, inteligente, muy bien pensada para los niños. Por supuesto, me atrae el trabajo de Xiomara Palacios y Armando Morales. La propuesta del evento resulta extraordinaria si se piensa en las limitaciones económicas, pero es mucha la voluntad. Hemos recibido cariño, entusiasmo. Siento no quedarme hasta el final.

“En cuanto al taller de René [Fernández], es valioso; la plástica de Zenén [Calero] me produce admiración.

“Me gustó también El panadero y el diablo, de Luis Enrique Chacón, quien tiene sobre todo preparación profesional. Aquí existen grandes maestros, como René en lo actoral y Artiles en lo teórico.

“Quisiera llevarme para México a la Cotorrita Alegría de Adalett Pérez, me fascinó.”

Se llevó muchas cosas con Ud. maestra Mireya: nuestro respeto, admiración y afecto. En la memoria del evento titiritero cubano, su paso dejó una estela luminosa e imborrable. Debe haber sido así  por dondequiera que fue. Nadie ama seres inasibles, entes que nunca conocimos. Se quiere a quien ha plantado semillas para el futuro, a quien deja una obra escrita, filmada, reconocida oral o personalmente; entonces sentimos que se habla de alguien que es de todos y ese es su caso. Ud. pertenece al patrimonio de la cultura del teatro de títeres universal. Siempre nos estará cuidando, guiando, amando. Seguirá con nosotros en el duro, difícil y hermoso camino de los muñecos, porque así lo decidimos y lo decidió, sin saberlo, Ud. misma  un 3 de febrero de 1922, en su querida Ciudad  de México.
 

Nota:
 
1. Tanto la ponencia “Bertolt Brecht, Don Quijote y los títeres”, como la entrevista “Una señora ‘grande’”, de Roberto Gacio, fueron publicadas en la Revista tablas 2/1996.

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