Deus ex machina

Elaine Vilar Madruga • La Habana, Cuba

Ellos querían a un dios.

Habían perdido al suyo en algún vericueto de la historia, en un giro inesperado del tiempo, a manos de alguien, o quién sabe cómo… Ni ellos mismos lo recordaban, pero lo cierto es que no existía, que no tenían memoria de que alguna vez hubieran tenido a un dios. Nadie en Ador alzaba los ojos a las estrellas con preguntas o tan siquiera con una de esas alabanzas que nosotros, los hombres de la Tierra, encontramos tan viejas. Nadie creía.

Ador era un sitio silencioso.

Sus bosques de burbujas. Sus pájaros de alas como bucles infinitos. Las raíces invertidas de sus árboles. Su gente, tan semejante a la nuestra, de ojos inmensos, las ropas de sus ancianos que colgaban en jirones largos como el tiempo y las frentes abiertas en agujeros púrpuras.

Todos silenciosos.

Buscando al dios.

Decían que solo en el mutismo serían capaces de encontrar lo perdido, y cuando intentábamos entablar con ellos un diálogo —el más pequeño diálogo—, nos señalaban con tres dedos hacia el cielo y emitían un chasquido de disgusto con sus dos lenguas gemelas: “Silencio”, nos pedían, y ya no sabíamos qué más decir. “Buscamos la voz del Dios.”

De quién fue la idea, no puedo saberlo.

Supongo que de nosotros.

Todas las buenas ideas se suponen que sean de nosotros.

Decidimos venderles a nuestro Dios.

Qué más daba.

No necesitábamos a un Dios y sí mucho de aquella tierra de Ador, de sus suelos luminosos y fértiles, del alimento que crecía dentro de ella y que no envenenaba nuestras células como antes nos sucedió en los océanos de Akla con los mil niños muertos y las madres que gemían, y la guerra civil que amenazaba con rompernos en pedazos, y luego una paz a medias sobre la Tierra lograda quién sabe cómo, pero siempre precaria aun cuando ya habían pasado tantos años de aquel evento. Tan náufraga nuestra paz que solo bastaba un ciclo más de hambruna para que la homofagia fuera solución entre la gente, y todos comenzáramos a ver alimento en el brazo, en la pierna, en el ojo del prójimo. Tan solo un ciclo y volveríamos al agujero de lo primitivo.

Necesitábamos del agua de Ador.

Aquel líquido sin radiaciones.

Y de la tierra limpia.

La tierra que podía salvarnos del canibalismo, de andar en manadas como bestias salvajes…

La tierra que podía alejarnos del recuerdo de los niños envenenados en Akla, y los diez millones de enfermos de cáncer de hígado, de estómago, de esófago, de garganta, de los ocho millones de muertos por hambruna, de los treinta y seis mil que a diario escogían la soga, el máser en la frente, el salto desde un macroedificio.

Ador era nuestro edén.

Ador tenía el maná que necesitábamos.

La idea fue nuestra.

Un cambio: nuestro Dios por todo su alimento, por su vasallaje y servicio.

En otras palabras: nuestro Dios por su esclavitud.

Ellos lo querían, y nosotros se lo dimos hecho a nuestra imagen y semejanza.

Uno de los tantos númenes que habíamos desechado.

Al Carpintero.

Al Hombre clavado a la Madera, quién sabe por qué razones que ciertamente no importan ahora y que quizá nunca importaron.

Aquel de quien nos cansamos.

El de las súplicas y ninguna respuesta, solo la larga escupida de su silencio.

¿Sentir remordimiento?

¿Nosotros?

¿De qué?

Si el pueblo de Ador, con sus ancianos al frente, nos besaban las manos, nos llamaban Padres, nos vestían con sus galas de hierbaluna, se arrodillaban para dejarnos pasar.

Le trajimos a su Dios.

A su nuevo Dios.

Pronto los vimos doblándose en los surcos por nosotros, levantando la Tierra de sus ruinas nucleares.

Ofreciéndonos todo lo que anhelábamos y mucho más, mientras su Dios les sonreía desde las espinas, con su rostro de mendigo sediento, como antes hizo con nosotros hace ya tanto tiempo.

Y ellos eran tan felices...

Cada mañana, sobre los campos de Ador —cubiertos por sus hombres que trabajan para y por la Tierra— pasa la Máquina. La Máquina de la cual cuelga su Dios con una sonrisa laxa de hombre muerto, y que luego desciende una vez al día sobre los campos plateados, por un segundo fugaz que les arranca a los nativos el sudor de los cuerpos y el desánimo del alma.

Solo una vez al día, pero para ellos es suficiente porque dicen que escuchan otra vez la Voz, y ya no necesitan encontrar en el silencio.

Y a nosotros…

… nos place ser humanos.

Nos place que el pueblo de Ador se adapte tan bien a nuestra realidad dorada. Nos place saber que ya no hay niños envenenados, ni amenazas de homofagia, ni tribus de locos que deambulen por los bosques de la Tierra en busca de carne, agua o semilla.

Pero a veces…

A veces es mejor no recordar por qué comenzamos a mirar al cielo y a no encontrar nada.

Por qué pedimos el silencio con una simple mirada de los ojos, o un chasquido de la lengua y si nos preguntan diremos: “No es nada. Te habrás hecho idea. Solo busco escuchar…”

Pero ahí queda la palabra interrumpida.

¿Escuchar qué?

Escuchar nada, si ese es el precio justo por la vida.

De seguro, Dios comprenderá.

27 de diciembre de 2010. Basada en una versión del año 2008.

 

Elaine Vilar Madruga: Narradora, poeta y dramaturga. La Habana, 3 de abril de 1989. Estudiante de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte. Graduada de Nivel Medio de Música en la especialidad de Guitarra clásica. Graduada del XI Curso de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Coordinadora y fundadora del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto. En el 2013, alcanza el Premio Calendario de ciencia-ficción, con la noveleta Salomé, y el Premio Calendario de literatura infantil y juvenil, con el libro de cuentos Dime, bruja que destellas. También, obtiene el Premio Pinos Nuevos, en el género narrativa, con el cuaderno La hembra alfa. Ha organizado los Eventos Teóricos de Arte y Literatura Fantástica Behíque 2009, así como las dos ediciones de Espacio Abierto 2010, Espacio Abierto 2011, Espacio Abierto 2012. Co-editora de la revista de literatura de Ciencia- ficción y Fantasía cubana Korad. Ha publicado la novela Al límite de los Olivos, Editorial Extramuros 2009; Axis Mundi: antología de cuentos cubanos de fantasía, Editorial Gente Nueva 2012. Su obra ha sido publicada en diversas antologías en España, Inglaterra, Italia, Venezuela, Argentina, Uruguay, México, Estados Unidos, Chile, Brasil y Cuba.

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