Materia y espíritu. Una visión renovadora
de la cultura cubana

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

La lectura productiva de Gargantua y Pantagruel condujo a la formulación bajtiniana del concepto de cultura del vientre, de poderosa raigambre popular. Médico de profesión, Francois Rabelais, quizá más atento a la fisiología que a la anatomía del cuerpo humano, construyó sus personajes modélicos, los buenos gigantes, a partir de la hiperbolización de conductas todavía vigentes en su tiempo, representada en el gaudeamus igitur de los clérigos itinerantes, más asentados en las tabernas que en las aulas de una Sorbona aferrada a un saber dogmático y formalizado. Sin embargo, permeado por el humanismo emergente, proyectó su ideal hacia una abadía de Thélème, depurada en su armónico refinamiento, de toda excesiva carnalidad. De esa manera renunciaba al efecto oxigenante de la risa a favor de más sutiles esparcimiento intelectuales.

En el instante de su renacimiento, la noción de cultura se despojaba de su estrecha imbricación con la dinámica interna de una sociedad inmersa en una urdimbre de complejización progresiva abocada al arranque del capitalismo y a la conquista del nuevo mundo; se dejó atrapar en un malentendido todavía vigente en nuestros días, al punto de ignorar los vínculos de interdependencia entre cultura y sociedad y proponer el diseño de políticas sustentadas en la influencia unidireccional de un factor sobre el otro. Quedaban irremisiblemente separadas alta y baja cultura y oscurecido el horizonte para entender qué somos y de dónde venimos.

Recorriendo la ciudad de La Habana con mirada atenta a los detalles, hurgando en archivos y bibliotecas, Carlos Venegas ha desarrollado una fecunda obra de investigador. Explora e interroga, por lo que ha aprendido a conjugar, en razón de las necesidades específicas de cada problema, múltiples saberes. Dispone, además, de una prosa fluida, dúctil y accesible, bajo la cual se sumerge una erudición real, ajena al despliegue vanidoso. Estaba preparado para emprender la difícil indagación sobre la vida cotidiana en Cuba a partir del siglo XVI y ofrecer, con la publicación de un primer volumen auspiciado por el Instituto Juan Marinello, un modelo de acercamiento a las esencias de los procesos culturales en nuestro país, modelado por la intersección de numerosas coordenadas.

El título de la obra, La Habana, ciudad del nuevo mundo, sugiere un replanteo conceptual respecto a la perspectiva usualmente adoptada. La conquista y colonización de América afrontaron realidades imprevistas en su empeño por trasplantar, en beneficio propio, el molde metropolitano. Hubo que legislar e imponer controles y normativas para aherrojar un universo extenso y complejo con demandas apremiantes que desgarraban las férreas costuras forjadas en España. Por esas razones, Santo Domingo, la ciudad primada declinó muy pronto, confinada a la zona periférica del arco antillano y, con ello, Santiago, primera capital de Cuba, tuvo que ceder el paso a La Habana, aunque el traslado formal de algunas de sus instituciones se produjera más lentamente. España reclamaba el constante suministro de oro y plata. En mares inseguros por la presencia de piratas y embarcaciones pertenecientes a potencias rivales, fue imprescindible organizar poderosos convoyes bien artillados para defender los inmensos tesoros que viajaban en las naves.

Larga y estrecha, la Isla está situada junto a las fauces entreabiertas del Golfo de México, en el tránsito entre Nueva España y la península ibérica. Otras circunstancias geográficas convirtieron a su zona occidental en punto de enlace con América del Sur, destinado a favorecer un cruce más rápido del Atlántico. Un navegante aventurero descubrió por azar las corrientes marinas que transitan como un río veloz, entre otras cosas, las temperaturas gélidas del océano. Los peligros de la travesía, incluido el paso regular de los huracanes, hicieron del puerto de La Habana sitio ideal para la convergencia de los barcos y para una espera de condiciones propicias para el viaje prolongado, con frecuencia, durante varios meses.

Carente de recursos mineros, Cuba parecía condenada al abandono y al olvido. La geografía y el movimiento de las flotas asociaron el crecimiento de La Habana a las demandas de una economía de servicios. Entre 1560 y 1640, la condición portuaria fue una contribución decisiva a la configuración inicial de la cultura habanera. Sin planteamiento previo, casas y calles se iban haciendo a la buena de Dios, como un laberinto inextricable de construcciones de madera y paja, amenazadas siempre por pavorosos incendios. La composición demográfica, escasa en pobladores blancos, sugiere un temprano mestizaje. Los indígenas originarios, numéricamente menguados, fueron concentrados en Guanabacoa. La demanda acelerada de fuerza de trabajo exigió importación de indios procedentes de la Nueva España y de negros. Los años transcurrían entre temporadas de alto y bajo acceso de presencia de una masa heterogénea de visitantes: funcionarios, comerciantes, militares y una numerosa minería, todos necesitados de descanso y distracción al cabo de prolongadas travesías en condiciones de hacinamiento.

Los naturales de la Isla ofrecían habitaciones en alquiler, lavado y reparación de vestuarios, comidas y tabernas para la expansión del buen y el mal vivir. En un ambiente de insoslayable tolerancia, las costumbres tuvieron que relajarse. En los bordes de una villa todavía muy reducida en su extensión, los sembradíos procuraban una base alimenticia insuficiente para cubrir las exigencias de tanto temporero ocioso. En hatos y haciendas más distantes, una ganadería casi silvestre. El puerto exigía suministros que sobrepasaban las posibilidades locales y tenía que adquirirlos en otras comarcas a pesar de lo cual sus habitantes sufrieron etapas de penuria.

La dependencia habanera de los servicios la distanció del muy endeble desarrollo del resto de la Isla. En el largo estadío de las embarcaciones, la preparación de otro azaroso viaje imponía trabajos de calafateo y reparación, lo que propició el crecimiento numérico de artesanos calificados, origen de una importante tradición de carpinteros en blanco. La cultura marinera encontraría su complemento en astilleros que adquirieron renombre. Entre ciclones, piratas y amenazas de otras potencias, la ciudad tuvo que ser fortificada. Conceptualmente, el sistema defensivo se inspiró en la ciudad renacentista. Hubo una población flotante de constructores capacitados para otros oficios, mientras comenzaba a concederse prioridad al ordenamiento urbano. Las ordenanzas abrieron espacio para las plazas e intentaron enderezar el laberinto de callejuelas de una trama ya socialmente jerarquizada.

La circulación monetaria fue considerable, acrecentada con los situados de la Nueva España destinados a financiar el sistema de fortificaciones y a asegurar guarniciones para la defensa de los territorios ultramarinos. Entre tanto advenedizo, se estabilizó una minoría de notables con dominio del cabildo, protagonista de tensiones con el poder central, la jerarquía militar y, alguna vez, con las autoridades eclesiásticas. Para causas de mayor peso, la Inquisición local se subordinaba a Cartagena. Es probable que las actuaciones del Santo Oficio se relajaran en un contexto donde el tránsito de viajeros favorecía la presencia de herejes y de cristianos nuevos. Las órdenes religiosas, inestables en número y en permanencia, trataron de implementar alguna instrucción elemental. Unos pocos adinerados cursaban estudios en España. La prestación de servicios y el intercambio comercial exigen el dominio de rudimentos de instrucción letrada y de conocimientos aritméticos adquiridos con la ayuda de maestros particulares por vías informales o mediante la práctica cotidiana. A diferencia de lo ocurrido en la ciudad primada y en los centros virreinales, la Universidad tendrá una fundación tardía, tan solo en el siglo XVIII. En la habanera atmósfera portuaria, la cultura germina, mientras tanto, con acento secular, con los oficios de la marinería, la construcción de una plaza fortificada y los trabajos del astillero, con el complemento de registro de escrituras para legalizar contratos, legados, herencias y el pormenorizado recuento de dotes para las hijas casaderas.

La investigación de Carlos Venegas ofrece a los conocedores de Espejo de paciencia una sugerente información sobre el secuestrado obispo Altamirano. Asentada su diócesis en la zona oriental de la Isla, donde tenía hacienda propia, el prelado intervino en numerosos asuntos relacionados con cuestiones eclesiásticas y de la vida cotidiana a lo largo de una existencia activa, polémica, signada por el realismo, cautelosa ante el peligro de cometer excesos y poco inclinada a la mansedumbre. La resonancia de su actuar en La Habana en época de tan demorada y difícil comunicación en una tierra todavía invadida por el monte virgen revela el peso decisivo adquirido desde fecha temprana por la economía portuaria en la administración de los intereses coloniales.

Tardía fue la incorporación de la universidad habanera y algo demorado también el diseño urbano en proveer la centralidad de la imagen simbólica del poder metropolitano en lo civil y en lo religioso. La geografía y la historia aceleraron, en el instante mismo de la colonización, el despunte de rasgos característicos de la modernidad. El comercio proveyó las fuentes básicas de una moderada y consecuente acumulación de capital. Comenzaba a producirse el dramático desequilibrio económico entre el occidente y el oriente de la Isla. Cultura material y espiritual imbrican estrechamente. El mobiliario, las transformaciones urbanas, el modo de vestir, revelan costumbres y formas de vida asociadas al trabajo y a la recreación, articuladas al papel de las instituciones en el plano de la ideología política y religiosa. En el entorno portuario habanero, a las tradicionales conmemoraciones católicas se sumaron las requeridas  para el asueto de una significativa población flotante, marinera y militar. De ello puede deducirse la aceptación de una moral relajada y la consiguiente secularización del tiempo libre. Surgieron bandas de música a las que se incorporaron, por necesidad, negros y mestizos. La demanda venía de abajo y exigía flexibilidad a las autoridades locales.

Despojado de devaneos academicistas, el enfoque de Carlos Venegas ofrece, más allá de su contribución al estudio de la etapa más temprana de la colonización, una herramienta metodológica aplicable al conjunto de nuestra cultura, imprescindible para la cabal comprensión de nuestra contemporaneidad. En este sentido, hace de la historia eficaz maestra de la vida. Sobre el entramado secreto de la erudición, construye un saber verdadero. Entre tanto erudito a la violeta, constituye una bocanada de oxígeno estimulante y prometedora.

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