Alexander Fleming en La Habana

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Cuando el célebre bacteriólogo inglés arribó a la capital cubana el viernes 17 de abril de 1953, contaba ya con una obra más que respetable como investigador y el descubrimiento de la penicilina —cuya exitosa aplicación a los seres humanos le convirtió en uno de los grandes benefactores de la humanidad— le había merecido el Premio Nobel de Medicina de 1945, compartido con el australiano Howard Florey y el alemán Ernst Chain.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, la suya no fue una visita marcada por la publicidad, aunque, como es de suponer, abundaron las fotos en diarios y revistas del eminente científico que hizo cambiar por completo las relaciones entre el hombre y los microbios, y quien venía invitado como huésped ilustre de la Universidad de La Habana.

Lo acompañaba la bella y distinguida Amalia Koutsouri, doctora en Medicina y bacterióloga griega que trabajaba con él en su laboratorio en Londres, y con quien se había casado unos días antes (el 9 de abril, para ser más exactos), luego de algunos años de viudez.

Así pues, la pareja pasaría su luna de miel en la capital cubana, por cierto, la segunda y última para el sabio Alexander Fleming, nacido en Lockfield, Escocia, el 6 de agosto de 1881.

“Cuando le conocí, —diría ella en una ocasión— como siempre llevaba un cigarrillo en los labios y además hablaba con un pronunciado acento escocés, no le entendí cuando me preguntó si me interesaba la investigación de alergias, y puse una cara rara, como de circunstancias, ya que no entendía lo que me decía, entonces él debió pensar que me desagradaban las alergias y me preguntó si quería trabajar con él. Rotundamente respondí: ‘¡Sí!’”

El amor vino después.

En lo físico, Fleming estaba lejos de aparentar sus 71 años. Erguido, con espejuelos, el cabello blanco, elegante traje y corbata de lazo, se disponía, de inmediato, a desarrollar la agenda de trabajo que lo traía a La Habana.

Durante su estancia, el Profesor Emérito de la Universidad de Londres impartió dos magistrales conferencias en la Escuela de Medicina: la primera, el día 21, sobre “El uso de los antibióticos”, y la segunda, el 23, titulada “La herida aséptica”.

Se le otorgó el título de Profesor Honoris Causa de la Universidad de La Habana y compartió informalmente con unos alumnos que le entrevistaron para la revista estudiantil Reflejos

El Colegio Médico Nacional se sumó a los homenajes. Y se le entregó la Orden Finlay, que lleva el nombre del sabio cubano descubridor, en el mosquito Aedes Aegipti, del agente transmisor de la fiebre amarilla.

Al periódico Avance, el ilustre visitante afirmó: “Nuestra mayor satisfacción es haber dado a la humanidad libremente la Penicilina”. (Fleming no patentizó el producto y divulgó ampliamente su secreto a favor de la humanidad).

Acerca de su descubrimiento expresó a la revista Bohemia, tal era su sencillez: “Fue una de esas cosas extraordinarias que suceden en un laboratorio… me siento feliz de haber intervenido en algo que favorezca a la humanidad en sus dolencias. Cualquiera a quien hubiese tocado una cosa así, de los muchísimos hombres de ciencia que estudian e investigan, habría de considerar igual que yo: que esto encierra una obligación de continuar trabajando”.

Los Fleming se alojaron primero en el Hotel Nacional y después en el Comodoro. Y todo el tiempo el gran hombre de ciencias se mostró como una persona amable, sencilla y de buen humor, en especial, ante las muestras de gratitud de quienes se acercaban a él para contarle sobre algún miembro de su familia salvado por la penicilina.

Su programa en Cuba —era de presumir— tuvo en cuenta que la pareja en plena luna de miel pudiera disfrutar de momentos de esparcimiento. Pasaron unos días en la playa de Varadero, donde el doctor Fleming, practicó la pesca, su deporte preferido. Y en Tropicana, dicen que parecía un niño. Se turbó mucho cuando le nombraron y los asistentes aplaudieron de pie.

En la Finca Bellavista la pareja quedó admirada con una colección de orquídeas blancas, de una variedad exótica especial. Se deleitaron con el mango y el humilde helado de tamarindo.

Cuentan que alentado por su esposa, el doctor Fleming vistió de guayabera en varios encuentros en los que resultaba curioso ver a los cubanos de traje y corbata en tanto el inglés lucía nuestra criollísima prenda.

Imagen: La Jiribilla

También se le vio disfrutar a él con los habanos que le ofrecieron.

Durante su estancia en Cuba los Fleming visitaron sitios, tanto de interés científico e histórico como el Hospital Anti-Infeccioso Las Ánimas, el Instituto Finlay y la choza donde Finlay se expuso a los mosquitos para estudiar la fiebre amarilla.

Quienes siguieron muy de cerca el recorrido de la pareja, aseguran que el sabio andaba captando siempre con su camarita fotográfica todo cuanto le llamaba la atención.

En las Cuevas de Bellamar la pareja contempló deslumbrada todo su interior. Y dicen que en el momento en que ellos llegaban, cientos de alumnos de un colegio aguardaban para entrar, pero al reconocer al descubridor de la penicilina —ya que habían visto sus fotografías en la prensa— los administradores del lugar, dieron preferencia para entrar a tan distinguidos visitantes.

Pero a la salida de las cuevas, el doctor Fleming se encontró que los niños del colegio, habían buscado papeles y hasta cartuchos, para que se los firmara, y él, con una paciencia infinita, los complació uno a uno.

La breve pero fructífera estancia de Sir Alexander Fleming culminó con el homenaje que el día 28 de abril se le rindió en la sede del Colegio Médico Nacional.

Ya de vuelta a su trabajo en Inglaterra, el descubridor de la penicilina murió apenas dos años después, el 11 de marzo de 1955.

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