La otra larga vida de César Portillo de la Luz

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

“Yo pudiera decir como Neruda: confieso que he vivido. Pero no lo haré. Porque no me gusta hablar en pasado y, para que lo sepas, no voy a colgar los guantes. Hay muchas batallas por delante”.

“¿Y tus canciones?”

“Bueno, confío que esas vivirán más que yo”.

Imagen: La Jiribilla

Este cruce de palabras tuvo lugar en casa de César Portillo de la Luz una tarde de mayo del 2012. César sería el invitado al ciclo El Compositor y su Obra que, una vez al mes, auspicia el Museo Nacional de la Música, por iniciativa de su director, Jesús Gómez Cairo y la subdirectora Victoria Peñalver; y debíamos ponernos de acuerdo acerca del curso que tomaría la conversación ante el público de la tertulia.

Batallador, implacable, defensor acérrimo de sus más profundas convicciones, daba la impresión de no tener paz ni consigo mismo. Pero detrás de su rostro adusto, de sus maneras severas, habitaba una criatura generosa, un hombre bueno.

Por dónde comenzar a tejer una historia, le propusimos entonces.

“Por Carlos Gardel y la radio. Tanto el argentino como la invención de la radio nos hicieron ver a los jóvenes de mi época que la canción podía ser un hecho popular, comercial y, a la vez, de profundas connotaciones sociológicas. Antes, la canción se movía en un espacio demasiado estrecho. Primero, al alcance de las comunidades, o de la gente que podía acceder a un local de esparcimiento. Luego, con el disco, en grabaciones que hoy día tienen sus méritos históricos pero que deformaban la voz y no permitían escuchar los arreglos, la canción alcanzó un rango de difusión mayor. Pero lo que hizo que la canción fuera un fenómeno de vasto radio de acción fue la radio. Incluso, determinó la duración estándar de las canciones, a tres o cuatro minutos cuando más.  Y con Gardel nos identificamos todos en mayor o menor grado en toda América Latina. El hombre, a partir del tango, no solo convirtió a ese género en un fenómeno de masas, sino que lo convirtió en un espejo de los sentimientos compartidos por la sensibilidad latina. No olvides que todos partimos de una educación sentimental muy parecida, por nuestras raíces históricas”.

Y del jazz, ¿qué vamos a decir? ¿Está o no está en el filin?

“Está claro que sin el jazz el filin no existiría. Pero tampoco existiría sin la trova que le antecedió. Sin embargo, a veces los críticos exageran la influencia del jazz en la música que yo hice. No lo niego, el jazz se escuchaba aquí, en determinados círculos, no muy amplios en formas originales. Lo que predominaban eran  las formas instrumentales del jazz adaptadas a la música cubana. La jazz band, el fox trot, la americanización de la vida de un país neocolonial. El jazz verdadero era cosa de gente muy enterada. Y como yo era un individuo ávido de conocimientos, voy a confesar una cosa: más que el jazz, a mí me llamó la atención escuchar a Debussy. La influencia impresionista en mi obra es decisiva, y eso no se ha estudiado bien. Creo que el que entendió muy bien esto es Radamés Giro al estudiar mi obra”.

En cuanto a las letras…

“Con el filin se ha especulado mucho y todo no es válido. Tenía una vocación innata por no complicar las letras ni me propuse nunca escribir metáforas sofisticadas. Eso no quiere decir que fueran baratas. A medida que pasó el tiempo, leí más, a Neruda, Guillén, Vallejo, Miguel Hernández, un francés que la gente olvida, Jacques Prevert  y hasta me dio (señala un estante de libros) por conocer la poética de esos que estás mirando, Vinicius de Moraes y Drummond de Andrade, dos brasileños. A todos ellos los siento como almas gemelas. También admiro mucho al Retamar de los años 60. No me vas a obligar a denunciar las ridiculeces y los picuísmos de muchos boleros y canciones del filin. De esto hablé mucho con Vicente Garrido. Si quieres te pongo ejemplos…”

Avanzada la conversación, abordamos el estado actual de la canción cubana:

“Chico, no estoy al tanto de todo lo que se hace. Ni me interesa mucho. Silvio, Pablo y quizá otros como Varela, y un tipo simpático que se llama Frank Delgado, muy irónico él, dieron pasos adelante. Otros lo que hacen es imitar a la canción ligera, comercial, con baladas que se parecen todas, sin identidad. Y luego te encuentras con el fenómeno de los intérpretes. Hay algunos que destrozan las viejas melodías. Eso pasa en Cuba y fuera de Cuba. Se confunde lo comercial con lo popular y lo popular con el mal gusto. Así y todo  prefiero un bolero mal cantado a un reguetón”.

Hablamos de lo humano y lo divino, de asuntos públicos y privados, y hubo un momento crítico, puesto que César quiso que le pusiera todas las cartas sobre la mesa y yo defendí el factor sorpresa: “Maestro, si precocinamos todo lo que vas a decir, el diálogo perderá espontaneidad”.

Al fin estuvo de acuerdo. La sesión del Museo Nacional de la Música fue memorable y, más temprano que tarde, sedará a conocer mediante la publicación de las transcripciones de los encuentros que durante más de un año se han promovido en el espacio El Compositor y su Obra.

Tras paladear la última taza de café, César me dijo:

“Soy marxista y fidelista y confío en Raúl. Me preocupa que haya jóvenes que no estén a esa altura. Creo que el socialismo es bueno para mi país, y por eso me revienta la burocracia, el oportunismo y la ceguera mental de quienes piensan que son revolucionarios y son retardatarios. La historia les pasará la cuenta. Yo sé que soy un tipo incómodo, pero no me arrepiento de nada”.

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