Alfredo Guevara y la escalera de piedra, esa prueba de reencuentros, saludos y recuerdos

Ana Cairo • La Habana, Cuba
Para Max Lesnik y Julio César Guanche.

Un mellista

Cuando ya el tiempo es ido, uno retorna
como a la casa de la infancia, a alguien,
días, rostros, sucesos que supieron,
recorrer el camino de nuestro corazón.

Fina García Marruz: el poema “1”, en Visitaciones, UNEAC, 1970, p. 171.

El 19 de abril falleció Alfredo Guevara. Me enteré después de la 6:00 p.m., minutos antes de que cerrara la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM). Yo había estado trabajando una buena parte del día en la Sala Cubana, ajena a noticias y a llamadas telefónicas, en un libro y una multimedia sobre Cirilo Villaverde (1812-1894). Ya de salida, me había llegado a la Sala de Referencias para ver si me podían encontrar una información; me atendieron rápidamente con cordialidad y allí me lo dijeron.

Comenté que no sabía que estaba ingresado; que —para mi desgracia— no volveríamos a conversar alegremente sin grabadoras, sin tomar notas; que solía hacerle las más raras preguntas y él, muy divertido, las contestaba; que, a veces, él deslizaba informaciones muy singulares y las dejaba truncas ex profeso, con lo que multiplicaba mi curiosidad y la certeza de que volveríamos a dialogar; en los últimos tiempos, estaba predominando el intercambio por teléfono.

En la nota de prensa, se informaba que el 20 de abril sus cenizas serían dispersadas en la Escalinata de la Universidad de La Habana. A propósito de ello, en la entrada principal de la BNJM, algunas personas me expresaron su desconcierto; estimaban que hubiera sido más “lógico”, que la ceremonia se efectuara en la sede del ICAIC, o en la del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Me preguntaban por qué él había elegido la Escalinata y les respondí que era la mejor demostración de la coherencia de su pensamiento, porque él vivía muy orgulloso de su linaje revolucionario. Se trataba de la reactualización de una eficiente metáfora carpenteriana, la que daba título al relato Viaje a la semilla (1944).

Sugerí a mis interlocutores que asistieran a esa original despedida, la primera que se haría en uno de los símbolos habaneros y que quedaría como una opción a repetir por otros en la historia universitaria. Yo asistiría no solo por el agradecimiento a su permanente solidaridad, sino por el respeto admirativo a la tradición revolucionaria implícita en dicha elección.

Caminando hacia mi casa, recordé que con motivo del aniversario 110 del natalicio de Julio Antonio Mella (1903-1929), el 25 de marzo, el boletín digital mensual Librínsula, vocero de la BNJM, había dedicado el espacio  “Imaginarios” al líder juvenil.

Cuando me pidieron colaboración , lo primero que sugerí fue la actualización de imágenes artísticas sobre nuestro Apolo revolucionario, desde el famoso cuadro de Servando Cabrera Moreno, “Mella en la calle Obispo”, el cual había sido difundido por la FEU ya en postales, ya en pancartas, a partir de la generosidad para dejar fotografiarlo de Guillermo Jiménez (Jimenito, propietario del original) hasta la estatua “Mella en la Escalinata”, de José Villa, emplazada en la Universidad de las Ciencias Informáticas.

Insistí en que debían realzarse las imágenes del catálogo de la gran exposición (2010) organizada por Alfredo Guevara en la sede del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, con motivo del evento.

También se incluyó en Librínsula,  un fragmento en el que se evocaba a Mella dentro de una “autobiografía” inédita de Juan Marinello (1898-1977), que él había escrito a sugerencia de Alfredo para servir de fuente primaria en un documental.

Alrededor de 1978- 1979, yo había leído dicho texto cuando el archivo del poeta, ensayista y político, todavía estaba en su casa. Sabía que el mecanuscrito se hallaba en la colección Marinello de la Sala Cubana de la BNJM.

Un día, conversando con Alfredo sobre su amistad con Marinello, yo aludí a la existencia de dicho mecanuscrito. Días después, una colaboradora suya me pidió urgentemente que ayudara porque él quería leerlo. Como el texto no se denominaba autobiografía, no lo podían localizar en la Sala Cubana.

Finalmente, Alfredo pudo leerlo en una fotocopia y entonces me contó que el origen de tan singular documento había estado en su deseo de hacerle varias filmaciones a Marinello, idea similar a lo que se había hecho con Alejo Carpentier (1904-1980). La dificultad paralizadora  del proyecto estuvo en que Juan no tenía las habilidades de comunicador moderno, carismático, que habían caracterizado a Alejo.

Alfredo estaba muy complacido con el interesante mecanuscrito, porque comprendió mejor la gran amistad que los había unido; Marinello había atendido a su deseo y guardó el documento sin decirle nada, en espera de que se concretara el proyecto en el ICAIC.  

A partir de la publicación de Mella: 100 años (2003), Alfredo había querido conocerme. Él era un mellista apasionado. Estaba orgulloso de provenir de dicho linaje, como muchos de los políticos formados en las acciones de la FEU.

Estaba fascinado con las infinitas posibilidades estéticas y políticas que se derivaban de la metáfora de asumir a Mella como un Apolo revolucionario. Era uno de los motivos del libro, que más le había interesado.

En una conversación, le expliqué que una de las claves estaba en un texto del propio Julio Antonio, otra en las fotos de Tina Modotti (recuérdense dos: en la que tiene el sombrero tejano y en la que teclea en una máquina de escribir) y una tercera en la extraordinaria imagen poética de José Lezama Lima, cuando lo evocó como Apolo dirigiendo la manifestación estudiantil en la novela Paradiso (1966, reiterada en una entrevista, 1970).

Alfredo, amigo del pintor Servando Cabrera Moreno, impulsó más las potencialidades renovadoras de la metáfora del Apolo revolucionario, con la invitación a los artistas plásticos a que expusieran sus recreaciones de Julio Antonio. Se realizó también, en uno de los espacios teóricos del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, un panel con la participación de la alemana Christine Hatzky, una de sus biógrafas; el argentino Néstor Kohan; Fernando Martínez Heredia y yo. Desde el público, se sumaron Julio César Guanche y el propio Alfredo.

Con motivo de los 80 años de Fidel, publiqué en la colección Bachiller y Morales de la BNJM, el libro Viaje a los frutos (2006), un repertorio de cómo había sido visto el líder por los intelectuales cubanos. Alfredo me telefoneó para pedirme un ejemplar. En la conversación, me dijo que existía un cuadro desconocido de Fidel, hecho por Cabrera Moreno. Él se lo había encargado para regalárselo a Fidel con motivo de un cumpleaños. El homenajeado lo había dejado guardado en la casa de Antonio Núñez Jiménez. Habló con Lupe Véliz, la viuda del científico, quien accedió a la socialización del cuadro. De inmediato, se pudo enviar un fotógrafo para disponer de una imagen, la cual finalmente sirvió de cubierta para la segunda edición ampliada de Viaje a los frutos.

Me mandó recado de que le había gustado Antonio Guiteras: 100 años (2006). Fue uno de los padrinos de Raúl Roa: imaginarios (2008) y de Eduardo Chibás: imaginarios (2010). 

Alfredo prefería evocar a Roa, en los  tiempos en que este había sido profesor y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad. Cuando admitía que alumnos de otras carreras disfrutaran sus clases; cuando participaba en tertulias con los jóvenes, todos sentados en las escaleras de la Facultad de Derecho.

Tenía un alto compromiso con la memoria de Chibás, porque había visitado con frecuencia el apartamento-oficina en el edificio López Serrano. Alfredo, como dirigente de la FEU, se vinculó con el líder de la ortodoxia. Se coordinaban acciones públicas. En la esfera privada, tenía la posibilidad de sugerir noticias y temas para que fueran comentados por Chibás en el  famoso espacio radial de los domingos por la noche.

La escalera de piedra de José Lezama Lima

Al inaugurarse la mañana, Upsalón ya había encendido su tráfago temprano. Arreglos en las tarjetas, modificaciones de horarios, listas con los nombres equivocados, cambios de aula a última hora para la clase de profesores bienquistos, todas esas minucias que atormentan a las burocracias los días de trabajo excepcional, habían comenzado a rodar. Desde las ocho a las diez de la mañana, los estudiantes candorosos de provincia copiaban en sus libretas las horas de clase. Saludaban a las muchachas que habían sido sus compañeras en todos los días del bachillerato. Si alguno conocía a otros estudiantes de años superiores, se mezclaba con ellos muy orondo, risueño en su disfraz de suficiencia gradual. Los de último año pertenecían a una hierofanía especial: únicamente sus parientes, primos de provincias, podían mezclarse con ellos. Intercambiaban risotadas que eran el asombro de los otros compañeros bisoños. —Mi primo esta noche vendrá conmigo al baile de los novatos —dijo al regresar al grupo, frotándose las manos. —Yo iría con este mismo traje, mi tía de Camagüey me lo regaló —dijo una de las muchachas, se miró de arriba abajo con mirada graciosa, después hizo una reverencia como si recogiese flores en la falda.

La escalera de piedra es el rostro de Upsalón, es también su cola y su tronco. Teniendo entrada por el hospital, que evita la fatiga de la ascensión, todos los estudiantes prefieren esa prueba de reencuentros, saludos y recuerdos. Tiene algo de mercado árabe, de plaza tolosana, de feria de Bagdad; es la entrada, a una transmutación, en donde ya no permanece en su fiel indecisión voluptuosa adolescentaria. […]

José Lezama Lima: Fragmento del capítulo IX de su novela Paradiso (1966), Editorial Letras Cubanas, 1991, p. 254. (Las negritas son de AC).

Génesis de la Escalinata de la Universidad de La Habana

El 20 de mayo de 1921, el doctor Alfredo Zayas Alfonso juró como cuarto Presidente de la República de Cuba. De inmediato, quiso marcar las diferencias de estilo político con su predecesor el general Mario García-Menocal Deop, quien en ocho años de mandato había implantado un autoritarismo, signado por la represión sistemática, que se incrementó durante la brava electoral para reelegirse (noviembre de 1916- marzo de 1917) y se mantuvo para contener las protestas de los opositores políticos y las de los grupos sociales afectados por las secuelas del crac bancario (octubre de 1920).

Zayas surgió como intelectual en la década de 1890. Pertenecía a la comunidad de ilustrados, adeptos a las doctrinas liberales. Tuvo simpatías por el autonomismo y, finalmente, se adhirió al independentismo. Era un modernizador: colaboraba con revistas y dirigió La Habana Literaria; editó con profesionalismo los textos de don José de la Luz y Caballero; investigó sobre lexicología antillana y publicó un libro. Estuvo entre los presos políticos en España durante la Revolución de 1895. Fue  uno  de los partidarios del derecho al voto femenino en la Convención Constituyente de 1901. Perteneció a los fundadores del Partido Liberal en La Habana.

El doctor Zayas solía mostrarse afable, sonriente, campechano. Era un buen cínico; podía prometer cualquier cosa sin preocuparse por el desprestigio inherente al acto de no cumplirlo; daba audiencias con facilidad; tenía un buen sentido del humor; demostraba una ecuanimidad absoluta.

A partir de que Zayas juró la presidencia y hubo conciencia pública del nuevo estilo de gobierno, se reclamaron decisiones políticas y sociales, que habían permanecido engavetadas en el segundo tiempo del menocalato.

El claustro de la Universidad de La Habana solicitó a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes (la institución regente),  que acelerara la ley por la que se podrían conferir los grados honoríficos. Se promulgó el 11 de agosto de 1921.

Quizá en la velocidad con que se promulgó la ley, influyó algún tipo de compromiso soterrado de Zayas con el general García- Menocal, quien era el primer interesado en un homenaje público al hábil diplomático yanqui Enoch Crowder, enviado con poderes omnímodos por el Departamento de Estado para ayudarlo a enfrentar el crac bancario de 1920.

Entre el 20 de septiembre y el 8 de octubre de 1921, los estudiantes reformistas  de la Universidad Nacional de México, aprovecharon con laudable astucia, la política gubernamental de festejar con distintos tipos de evento el centenario fundacional de la nación.

Ellos organizaron el primer congreso latinoamericano, que se celebró en la Escuela Nacional Preparatoria. Allí, se acordó la lucha por la solidaridad estudiantil, el cogobierno, la docencia y la asistencia libres, la extensión universitaria, la creación de universidades populares, la autodeterminación de  los pueblos y la defensa de Santo Domingo y Nicaragua, víctimas de las invasiones yanquis. Se decidió aunar esfuerzos para que, cuando se pudiera, realizar el segundo en la Argentina; entretanto, se debería avanzar en las acciones de proselitismo; ya se estaba pensando en alguna variante de una internacional de estudiantes reformistas.

Eduardo García Agüero, vicepresidente de la asociación de alumnos de la Facultad de Derecho, fue el único cubano que participó en dicho evento.

El 16 de noviembre de 1921, miembros de la asociación de estudiantes  de la Facultad de Derecho, rodearon el Aula Magna de la Universidad e impidieron que se entregara el primer doctorado Honoris Causa a Crowder. El 18, los mismos jóvenes organizaron una manifestación desde el Parque Maceo hasta el Palacio Presidencial para difundir, todavía más, su rechazo al intervencionismo cotidiano del yanqui.

Zayas, sonriente, actuó como Poncio Pilatos. Si los muchachos estaban dispuestos a bloquear la ceremonia, habría que posponerla indefinidamente. De manera oblicua, estaba reciprocando también una de las numerosas humillaciones que la prepotencia de Crowder habían hecho públicas.

La victoria de noviembre de 1921 evidenció que ya se movilizaba una minoría de estudiantes universitarios reformistas e inconformes. Ellos estaban dispuestos a aprovechar las ventajas del zayato para reorganizar las asociaciones estudiantiles en las tres facultades y emerger como un movimiento político y  social, tal y como venían haciendo, desde 1918, sus hermanos  en las universidades argentinas, en la de San Marcos en Lima, o en la Nacional de México.

En octubre de 1921, había matriculado en la Facultad de Derecho, el alumno Nicanor McPartland, quien un mes después ya había participado en la revuelta anti- Crowder. Durante 1922, comenzó a hacerse famoso como atleta en los equipos universitarios. Entonces, decidió autobautizarse como Julio Antonio Mella.

El 20 de diciembre de 1922, como representante de la Facultad de Derecho, Mella se convirtió en uno de los fundadores de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU); resultó elegido secretario general por un año.

Un mes antes, había organizado la aparición de la revista Alma Mater, destinada a servir de órgano  a la FEU.

Mella había elegido la escultura “Alma Mater” (1918), emplazada en el Patio de los Laureles, como el símbolo de la FEU. Para resaltarlo, el primer directorio de la organización se retrató junto con  la misma.

Entre enero y octubre de 1923, Mella gestó el Primer Congreso Nacional de Estudiantes y al unísono encabezaba el movimiento de reforma universitaria.

A partir del éxito del Primer Congreso, se demostró que los estudiantes se habían convertido en un nuevo tipo de sujeto político en la vida republicana. Se había creado la primera red para articular las acciones de los universitarios con los jóvenes de la segunda enseñanza (institutos provinciales, escuelas normales, colegios privados laicos y religiosos).

El 18 de agosto de 1924, Mella fundó la Confederación de Estudiantes, primera organización para construir la alianza entre los reformistas universitarios y los de la enseñanza media (en particular los del Instituto de La Habana). La revista Juventud (1923-1925) se transformó en su órgano.

Gerardo Machado juró como quinto Presidente de la República el 20 de mayo de 1925. Como era conocida su megalomanía, desde esa misma fecha se iniciaron los cabildeos para lograr que las autoridades universitarias le concedieran el primer doctorado Honoris Causa (el que no había obtenido Crowder).

El 5 de marzo de 1926, se aprobó la iniciativa en el claustro de la Facultad de Derecho. El 31 de mayo se efectuó la ceremonia en el Aula Magna.

Probablemente, en la negociación soterrada hubo una dimensión económica, porque el flamante primer Honoris Causa ordenó que se incluyera a la Universidad en el plan de obras públicas, capitaneado por Carlos Miguel de Céspedes, apodado “el dinámico”.

En los inicios de 1927, ya se sabía que la Universidad sería una de las subsedes de  la Sexta Conferencia Panamericana, para la que se inaugurarían obras.

En marzo de 1927, se hizo pública la noticia de la reforma constitucional, que implicaba una prórroga de poderes y la reelección de Machado.

En abril, se reestructuró el Directorio Estudiantil, quien se declaró mellista y antimachadista al unísono. Recomenzaban las protestas. Los estudiantes destruían las pancartas en las que se anunciaban las construcciones gestadas por el machadato. Gabriel Barceló se hizo famoso al desmantelar una de manera pública.

En julio de 1927, se divulgó que Calvin Coolidge, presidente de los EE.UU., vendría a la apertura de la Sexta Conferencia Panamericana. De esta manera, también se daba el espaldarazo a la prórroga de poderes.

El rector y algunos profesores machadistas establecieron los tribunales disciplinarios. Pensaban que podrían liquidar la revuelta. Por el contrario, se multiplicó la rebelión. La expulsión se convertía en un elemento de orgullo político. Podría ilustrarse con el caso de Eduardo Chibás: estaba de licencia por encontrarse en el extranjero cuando comenzaron los juicios; al regresar, se incorporó de inmediato a la pelea y fue condenado. Por primera vez, una mujer, Inés Segura, fue sancionada.

El 15 de enero de 1928, se inauguró la Sexta Conferencia Panamericana en La Habana y esa es la fecha oficial de apertura de la Escalinata de la Universidad y del edificio de la Facultad de Derecho, que funcionó como una de las subsedes. Dentro de la remodelación, se trasladó la estatua “Alma Mater” del  Patio de los Laureles al centro de la Escalinata.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Liborio Noval
 

José Lezama Lima (1910-1976) llegó a la Facultad de Derecho en octubre de 1929. Ya era un admirador de Mella, desde que tenía 14 años, por que lo había visto (el 22 de marzo de 1925) encabezando la manifestación estudiantil para destruir la estatua que el presidente Zayas se había mandado a autoerigir en un parque que llevaría su nombre, anexo al Palacio Presidencial. Julio Antonio había sido golpeado salvajemente por la policía.

Mella fue asesinado en la ciudad de México el 10 de enero de 1929. Por ello, durante todo ese año, en la Universidad, se cultivó su recuerdo entre los estudiantes antimachadistas.

Los alumnos Pablo de la Torriente Brau, Raúl Roa y José Lezama Lima, y el profesor Juan Marinello, estuvieron entre los participantes de la gran manifestación antimachadista del 30 de septiembre de 1930, la primera que partió de la Escalinata.

Pablo, herido en el hospital, asistió a la muerte de Rafael Trejo; en octubre, convaleciente todavía, escribió el primer texto que recreó literariamente la épica de ese día.

Marinello, estuvo preso en el castillo del Príncipe; para solidarizarse con su gesto de asumir la responsabilidad profesoral, los otros tres editores de la Revista de Avance (1927-1930) decidieron finalizar ese proyecto cultural.

Pablo, Roa, Lezama y Marinello entendieron rápida y cabalmente cómo se generó una nueva historicidad: la Escalinata había sido diseñada para que se recordara a Machado, como un  benefactor y modernizador de la institución; sin embargo, los estudiantes, los obreros, los profesionales, todos los combatientes contra el sátrapa la convirtieron en el primer símbolo de la rebeldía revolucionaria en La Habana.

La Universidad  permaneció cerrada desde el 30 de septiembre de 1930 hasta septiembre de 1933. Una parte del alumnado estuvo preso, o vivió en el exilio.

Los estudiantes de segunda enseñanza (institutos y escuelas normales) se incorporaron a la lucha antimachadista. Los centros también fueron clausurados. Se terminó de fraguar la alianza promovida por Mella entre 1923 y 1925.

Durante el Gobierno de los Cien Días (septiembre de 1933-enero de 1934), se decretó la autonomía universitaria y los estudiantes impusieron formas de cogobierno y la aceptación de cuotas para la matrícula gratis. El coronel  Fulgencio Batista dio un golpe de estado y estableció una satrapía tan criminal como la de Machado. Derogó la autonomía.

El movimiento estudiantil se tornó antibatistiano. Se organizó la huelga de marzo de 1935. La Universidad  fue ocupada. Estuvo cerrada hasta enero de 1937. Como parte de la negociación política, se le otorgó la autonomía al centro y se aprobaron nuevos estatutos, en los que quedaba reconocida la existencia de la FEU.

Entre 1938 y 1939, se reestructuraron —modernizándose— todos los partidos políticos. Se crearon los grupos funcionales; uno de ellos era la sección juvenil.

En 1939, se realizó el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes; quedaba establecido que la agenda de las organizaciones estudiantiles (un sector del grupo funcional de los jóvenes) formaba parte del programa de los partidos.

En el articulado de la Constitución de 1940, quedó refrendada la autonomía de la Universidad y la obligación estatal de financiarla. En los Estatutos de 1942, se ratificó la existencia de la FEU. Se pasaba a la fase de que quedara plenamente identificada como una  organización política y social, con jerarquía nacional y reconocimiento en el extranjero.

Entre 1934 y 1944, la Universidad fue antibatistiana.

El profesor y médico Ramón Grau San Martín juró la presidencia el 10 de octubre de 1944. El Consejo Universitario lo felicitó y le demandó el cumplimiento de un plan de urgencias. Grau —de la misma estirpe cínica de Zayas— accedió a todo. Seis meses después, había rebajado el presupuesto a la institución. El claustro de medicina censuró sus acciones. El Consejo Universitario estuvo de acuerdo. La guerra estaba declarada.

Alfredo en el movimiento estudiantil

Nació en 1925. Comenzó en la política siendo un adolescente. Se entrenó en el movimiento estudiantil del Instituto de La Habana. Allí, se alineó con la izquierda antimperialista, solidaria con el republicanismo español antifranquista y con el antifascismo. Se orientó hacia las ideas socialistas libertarias.

Cuando, en septiembre de 1945, matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras ya sabía cómo destacarse y ser elegido presidente de la asociación de estudiantes, primer paso hacia la dirigencia de la FEU.

En junio de 1947, ya  pertenecía a la Juventud Socialista, cuando  fue electo secretario [general] de la FEU. En el capítulo siete de la primera parte del primer volumen de Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo (2011) de Katiuska Blanco Castiñeira, puede leerse la versión de Fidel sobre los agudos enfrentamientos que signaron dichas elecciones y cómo se alcanzó una transacción con la candidatura inesperada de Enrique Ovares (representante de Arquitectura) para presidente y de Alfredo (por Filosofía y Letras) para secretario.

La responsabilidad de secretario databa del primer directorio de la FEU (1922-1923). Mella fue el primero que la desempeñó. Tenía funciones estratégicas, porque  facilitaba la intervención en el manejo de todas las acciones internas y externas, públicas y clandestinas. También facilitaba servir de contraparte legítima ante cualquier demanda, cuya solución perteneciera a la instancia máxima del rector y del Consejo Universitario.

Perteneció a varios comités: el de lucha contra los remanentes del bonchismo y el gansterismo, contra la discriminación racial, de solidaridad con Puerto Rico, contra las dictaduras en Venezuela y Santo Domingo.

Ayudó a los estudiantes venezolanos, exilados en La Habana, después del golpe de estado que derrocó  al presidente y narrador Rómulo Gallegos (1948).

Formaba parte de la delegación estudiantil, cuando Fidel Castro viajó a Colombia para promover la idea de un congreso latinoamericano antimperialista (abril de 1948). Allí, lo sorprendió  el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y presenció el estallido político-social conocido como El Bogotazo.

Fue uno de los jóvenes intelectuales cubanos que participó en la movilización internacional para organizar el Consejo Mundial de la Paz. Gracias a que consiguió diez mil firmas a favor de la idea, pudo integrar la delegación que asistió al primer congreso en París (1949).

Alargó su estancia en Europa. Participó, como delegado latinoamericano, en las acciones de la Federación Internacional de Estudiantes.

En 1949, Alfredo publicó el interesante folleto Nuestra Universidad. Quizá, aunque fuera fragmentariamente, merecería formar parte de su libro Tiempos de fundación. El dirigente de la FEU testimoniaba sobre los asuntos que juzgaba prioritarios para la comunidad estudiantil.

El folleto había permanecido olvidado. Los historiadores Ramón de Armas y Eduardo Torres- Cuevas lo reprodujeron en el epígrafe “La Universidad durante el periodo de los gobiernos ‘auténticos’ (1944-1952)”, en Historia de la Universidad de La Habana 1930-1978, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984, tomo 2, con autoría de los dos ya citados y de quien esto suscribe.

Alfredo decía:

La llegada a la Universidad es siempre motivo de transitoria defraudación, pues durante el bachillerato todo estudiante mira la Colina como culminación de sus ideales, con el inicio de la carrera escogida, creyéndose sobre el campo de su vocación y esperando encontrar instrumental adecuado, métodos modernos, profesores y técnicos calificados, locales, orden académico, deportes y sobre todo cohesión, tradiciones y formas de vida capaces de mantener y fortalecer constantemente “el espíritu universitario”. Sin embargo, otra es la realidad. Frente a la obra ejemplar de valiosos profesores que aplican métodos contemporáneos y se mantienen atentos a los últimos descubrimientos pedagógicos y científicos, así como a las más recientes creaciones literarias y artísticas, o del derecho, etc., otros muchos recitan lección tras lección, para aburrición de los más e indignación de los menos; por otra parte, algunas facultades, aún carecen de edificios, el deporte no es una actividad general, sino de escogidos, y la cohesión y “el espíritu universitario” se han convertido en un mito, a pesar del valor y fuerza de nuestras tradiciones.

Por suerte, aquí no quedan las cosas, y una vez adentrado en nuestro recinto y en su ambiente, le toca al alumno de nueva promoción ir descubriendo hechos y fuerzas que en la mayor parte de los casos le llenan de esperanzas y le unen al movimiento tácito, apenas organizado hasta ahora, en el que estudiantes y profesores honestos y leales en la Universidad, trabajan firmes e incansablemente por mejorar y elevar nuestro centro de docencia, supliendo sus faltas y elevando sus virtudes. No es esa ni mucho menos una tarea fácil, pero sí la más noble y digna de las que se realizara en la Universidad, pues constituye la mejor defensora de la cultura y del progreso científico, un baluarte de civismo y una fuerza conservadora de nuestras tradiciones y hacedora de  nuevas y dignas acciones de solidaridad con las causas populares.

Al nuevo alumno, como antes le tocó hacerlo a los de cursos superiores, se le plantea (no siempre conscientemente) una encrucijada. Puede unirse a los piratas de notas, pro-gangsters  y aceptadores de prebendas, gentes inmorales y de innoble conducta, carentes de programas, ideas y metas, o de lo contrario buscar el contacto con la gente sana y limpia de la Universidad, preocupada por los problemas y necesidades de la Colina y estrechamente ligada a la causa patriótica del anti-imperialismo y la lucha contra la corruptela pública entronizada por bandoleros sin escrúpulos.

El caso más corriente, desde luego,  es el segundo, pues la rebeldía y la pureza de objetivos, son generalmente caracteres inherentes a la personalidad juvenil. Por eso vemos cómo los movimientos justos alcanzan proporciones enormes, mientras los que sirven a las dictaduras o son pagados por intereses particulares, se quedan en pequeños grupos boncheros. No obstante, precisa una corta, pequeña señal, que facilite la comprensión de algunas conductas.

Es lógico, que los alumnos menos capaces y más desorientados y en muchos casos anormales psíquicamente (por los que nada se ha hecho en el campo de la educación) caigan, casi inexorablemente, en los grupitos hamponescos, que llegan frustrados en su vocación, confusos en sus objetivos, empujados por el medio, llenos de vacilaciones y tentados por el dinero y el ambiente pistoleril que forjan la prensa, la radio y el cine para el consumo de los jóvenes.

De este lumpen, al igual que en la calle, se aprovechan los gobernantes venales y entregados, pues temen la denuncia pública y conocen la fuerza incontrastable de las masas cuando se unen y organizan. Ellos pagan y utilizan a los pistoleros introduciéndolos en la Universidad gracias al silencio cobarde de algunas autoridades, profesores y alumnos, y a la complicidad de líderes corrompidos, previamente sobornados y atados al carro gubernamental. Ellos preparan así, la destrucción violenta del movimiento estudiantil organizado, pues conocen su carácter, sus tradiciones y su proyección anti-imperialista y popular, siempre al servicio del desarrollo de la cultura y la ciencia en alianza perenne y justa con los trabajadores y los campesinos que luchan por su liberación.

Para consumar sus fines, cuenta el gobierno con poderosos aliados. En primer término la prensa reaccionaria vendida, como “La Marina” y otros rotativos, y escritorzuelos como Sergio Carbó, Gastón Baquero, Ramón Vasconcelos y algunos otros que dominando la sintaxis, la mueven a impulsos de todo innoble apetito. En segundo lugar, con el apoyo y presión de los círculos pro-falangistas y pro-yanquis que en viejo maridaje se empeñan en frenar todo progreso, puesto que son en definitiva los beneficiarios de la obra represiva que bajo sus órdenes realizan mayorales, civiles o de uniforme. (pp. 513-514).

Alfredo declaraba que el movimiento estudiantil luchaba contra la corrupción de los gobiernos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío, como antes lo había hecho contra Machado y Batista. Alertaba contra las estrategias de desprestigiar a la Universidad con las acusaciones de favorecer el gansterismo y la corrupción; cuando había sido todo lo contrario, lo mejor del claustro y del estudiantado se había enfrentado a esos males.

Preconizaba que debían defenderse: la conquista de la matrícula gratis y todas las formas de la extensión cultural,  porque debía aspirarse a una institución cada vez más democrática, más comprometida con los problemas de la nación.

Propugnaba la unidad de acción:

[…] en horas de crisis y de pruebas, se hace necesario que por sobre banderías partidistas, credos sociales o creencias religiosas, se unan todos los estudiantes honestos para hacer valer sus derechos y poder cumplir con sus deberes, aportando soluciones a los problemas actuales y luchando tesoneramente por solventarlos, demostrando nuestra adhesión a la Universidad, a sus tradiciones y la función creadora y de divulgación que le toca realizar.  (p. 516).

Alfredo, al graduarse en la Universidad, mantuvo los vínculos con la institución.

Después de 1959, como presidente del ICAIC, hizo el máximo para que se le diera  realce a la extensión cultural. Los que fuimos estudiantes universitarios en los 60 siempre le agradeceremos la política para que pudiéramos disfrutar gratis del mejor cine en el anfiteatro Varona, o pudiéramos acceder a la cinemateca.

Impartió clases de cine a los estudiantes de la Escuela de Artes y Letras. Cuando por otras obligaciones no pudo continuar, transfirió el curso a Julio García Espinosa y a Jorge Fraga.

Facilitó que los trabajadores del ICAIC matricularan en los cursos para trabajadores, primero en la Escuela de Letras y de Arte; después, en otras carreras de la Facultad de Filología. Más adelante, con el desarrollo del Instituto Superior de Arte, una parte de los trabajadores se reorientó hacia la Facultad de Medios Audiovisuales.

El último libro de Alfredo, Dialogar, dialogar (escuchar, enseñar, afirmar, aprender), en el que se compilaron sus intercambios con jóvenes de varias universidades, demostró que, a partir del 2000, Alfredo había optado por favorecer el entrenamiento en todas las formas de la cultura del debate intergeneracional; por la búsqueda de una rearticulación del  consenso político, social, cultural, para impulsar las mejores ideas socialistas a favor de un republicanismo laico y democráticamente cada vez más participativo, garante de las máximas libertades personales y colectivas.

Mella se había declarado un  hijo espiritual de José Martí e invitaba al maestro Enrique José Varona, a que siguiera legitimando los movimientos de reforma. Admiraba a Rodó, a Lenin y, sobre todo, al maestro José Ingenieros, quien le servía de fuente teórica para validar la atención sistemática al pensamiento de los más jóvenes. Defendía las audacias para reformar y el conocimiento profundo de las mejores tradiciones para legitimar los cambios. Siempre invitaba a que cada quien pensara y actuara  con cabeza propia.

En la sistematicidad de su praxis dialogante con los estudiantes, con los jóvenes intelectuales, en lo que va de transcurrido del siglo XXI, Alfredo confirmó su filiación mellista, totalmente asumida desde los años en que fue dirigente de la FEU.

Con el objetivo de reiterarlo, decidió que sus cenizas fueran esparcidas en la Escalinata de la Universidad, uno de los  espacios más venerados en la historia de la acción revolucionaria en el siglo XX.

Cuando se investiguen las complejidades culturales del llamado “periodo especial” (a partir de 1990), habrá que estudiar con detenimiento los textos y la praxis de Alfredo, uno de los intelectuales que, junto con Abel Prieto, Fernando Martínez Heredia y Cintio Vitier, más hizo para renovar la cultura de  los debates intergeneracionales y favorecer la búsqueda de nuevos consensos ideológicos en torno a la imprescindible modernización de la nación cubana.

La Habana, 5 de mayo de 2013

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