Viejos datos reverdecen la leyenda:
Martí y la Niña

Mayra Beatriz Martínez • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

Dentro de la biografía de José Martí, el mes de mayo destaca no solo por ser el adverso por antonomasia: el de su caída en combate —y su ascenso a la inmortalidad—, sino que, desde mucho antes, había signado otro momento infausto que nunca en vida olvidaría: un 10 de ese propio mes, pero de 1878, había muerto María García Granados y Saborio. De ese recuerdo imperecedero nacería la leyenda triste inspirada por los amores frustrados entre nuestro Apóstol y La Niña de Guatemala, que serían eternizados en el poema IX de sus Versos Sencillos.

Imagen: La Jiribilla

Admiradores y detractores ha tenido esta historia, que ha ocupado al hombre y la mujer común, tanto como a los especialistas. Amén de su sublimación cimera, en los famosos versos de 1891, existen documentos —conocidos desde hace bastante tiempo— que han contribuido a esclarecer parcialmente el episodio. A saber: otros dos poemas, que le dedicara Martí a María antes de su fallecimiento; algunos testimonios de amigos comunes; un pequeño mensaje que la Niña le hiciera llegar al cubano al regresar él casado, procedente de México; una carta en que Martí la recordaba dolorosamente, dirigida a su amigo Manuel Mercado; y un personaje de su única novela.

No obstante, pensamos que su trascendencia mayor sobrevino, justamente, a partir de la aparición y difusión del poema IX —que ha dado en llamarse “La niña de Guatemala”—, donde Martí, metafóricamente, narra hechos y emociones acontecidos 13 años antes y que ha dado pábulo a especulaciones muy diversas.

No es esta pieza una excepción. La mayor parte de los Versos Sencillos recuerdan episodios personales ocurridos a lo largo de su vida y localizados en los diversos países por donde pasó o tuvo estancia durante su exilio obligado; podemos identificar en ellos la presencia de sus padres; la esposa, Carmen Zayas Bazán; el hijo, José Francisco; otros amores y sus principales amigos. Representa una rememoración de su pasado en cuerda lírica, donde registraría aquellos puntos más culminantes; sin duda, los que más huella emocional imprimieron. Entre ellos hallamos su relación con María.

En el prólogo al poemario, noticiaría, además, en torno al contexto de su concepción: “Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”. 1Había participado entre octubre de 1889 y 1890 en las sesiones de la Conferencia Internacional Americana en Washington, donde percibiera, en toda su magnitud, la amenaza que representaban los EE.UU. para nuestros pueblos —sobre lo cual escribió con fruición—; e, inmediatamente, había sido nombrado cónsul de las repúblicas de Argentina y Paraguay, en Nueva York.

Esta intensidad de trabajo y de inquietudes diversas, más su salud deteriorada de antaño, lo dejó agotado. Debió marchar a recuperarse, por una corta temporada, hacia las montañas de Catskill. Le escribe, entonces, a su amigo Rafael Serra, en agosto de 1890: “Entre los calores y el trabajo, y los cuidados del espíritu, dieron en cama conmigo, y me voy con la cabeza seca a la montaña. Me voy a un rincón de hojas y de soledad por unos cuantos días”.2 Con el ánimo apesadumbrado, pues, afrontaría días lentos —contrarios a su dinamismo habitual— durante los cuales debió producirse una rememoración de su existencia y podría dedicar tiempo a su expresión poética, tan postergada por sus tareas sociales y periodísticas. Lo reconoció desde el prólogo: “Me echó el médico al monte: corrían arroyos y se cerraban las nubes: escribí versos”.3

Cuando Martí consigue publicar los Versos Sencillos, el verano del año siguiente (1891), su esposa, Carmen Zayas-Bazán, y el hijo —quienes solían permanecer en Cuba la mayor parte del tiempo—, habían ido a visitarlo a Nueva York: se produjo uno de aquellos espaciados encuentros que ya a esa altura tenían. Se trataba de una relación bastante quebrantada y apenas animada por la presencia del aún pequeño José Francisco. Poco después, sobrevendría, justo, la última separación: Carmen, quien presumiblemente había perdido toda esperanza de que su esposo asumiera un papel convencional de cuidador y proveedor de su familia, embarcó hacia La Habana a escondidas, para lo cual solicitó colaboración nada menos que a las autoridades españolas: se produjo así no solo la separación irreversible del matrimonio sino también el alejamiento definitivo de su hijo.

Agobiado por la pena, herido por la que consideró traición por parte de su esposa —que había alcanzado, a todas luces, visos políticos— y recordando su equivocación de 1877, Martí le escribió a un amigo: “Y pensar que sacrifiqué a la pobrecita, a María, por Carmen, que ha subido las escaleras del consulado español para pedir protección de mí”.4

Justo Máximo Soto Hall, amigo de Martí, y compañero en los días estudiantiles de María García Granados, pretendió explicar las razones de este fallido matrimonio, a su juicio, condenado desde su raíz, alegando que seres como Martí:

[…] son grandes amantes por lo mismo que tienen vehemente corazón, pero no se amoldan ni pueden amoldarse al amor que ha menester de los actos consagratorios de la Iglesia y del Estado. Viven fuera del mundo y no comprenden las cosas corrientes, y menos se someten a ellas. […] Como las aves de poderosas alas que se remontan fácilmente al infinito y caminan con torpeza en el duro suelo, ellos andan a tientas y tropiezan y caen donde los demás mortales encuentran piso llano y blando. Martí, en tal concepto, cometió un error casándose con Carmen.5

¿Qué había pasado en realidad? Volvamos a 1877.

El joven Martí, quien entonces contaba solo con 24 años, había llegado procedente de México. Llegaba con una reputación merecida como periodista y orador, tras su estancia en tierra azteca de poco más de dos años. Su éxito no solo había sido profesional, sino, también, personal: había podido rencontrarse con su familia, tras su deportación política a España (1971-1875); halla nuevos y excelentes amigos, glamorosos amores —en especial el correspondido por la actriz dramática Eloísa Agüero— y, también, se había llamado al orden, comprometiéndose en matrimonio con una joven camagüeyana: Carmen Zayas Bazán. En realidad, arribaba a tierra centroamericana buscando un nuevo sitio donde establecerse, tras su decepción política frente al gobierno autoritario de Porfirio Díaz —sabemos que no le iría mucho mejor, en lo adelante, bajo el de Justo Rufino Barrios; pero, por ese entonces, se halla todavía lleno de saludables expectativas.

Como durante su exilio mexicano, sus textos de entonces denotan admiración galante por las bellas mujeres citadinas, portadoras en buena medida del legado de la cultura y la moral colonial hispana, tal cual las conociera durante su residencia en la Península. Años después, en su ensayo cronicado “La América Central”, describiendo la ciudad de Guatemala, no pasaría por alto todas aquellas mujeres con quienes tropezara. Aseveraría:

En las numerosas iglesias, en las casas macizas, en las ventanas enrejadas—como para ocultar las mujeres a la vista del transeúnte,—en el gran número de devotas vestidas de negro que cada mañana, el rosario en la mano van […] se ve todavía la vieja tierra española clavada tenazmente en el corazón del nuevo mundo.6

Al llegar al país —tal vez por vez primera de manera pública—, no deja de manifestar una visión crítica respecto a la inferiorización de que ha sido objeto la mujer. En un artículo denominado “Los códigos nuevos”, publicado en El Progreso, el 22 de abril de 1877 —y tengamos en cuenta que ha llegado a la capital en los primeros días de ese mes—, realiza una reflexión a pedido de Joaquín Macal, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala. Allí, en su carácter de jurista —carrera que había cursado en la Metrópoli— analiza el flamante Código Civil en vigor. En su artículo, no ejecuta un simple estudio de escritorio. Descubrimos las huellas de sus experiencias de camino.

¿Cuál es el primero de los lastres coloniales de la legislación depuesta que menciona? Comienza por cuestionar el “[p]oder omnímodo del señor bestial sobre la esposa venerable”.7 Y cuando, más adelante, señala los alcances de la obra reformadora del código nuevo, refiere, en primerísimo lugar, que “[d]a la patria potestad a la mujer, la capacita para atestiguar y, obligándola a la observancia de la ley, completa su persona jurídica. ¿La que nos enseña la ley del cielo [anota], no es capaz de conocer la de la tierra?”.8 No podemos abrigar dudas respecto a su profunda sensibilización con los problemas femeninos, con su marginación en la nueva sociedad liberal que se edifica, ni tampoco vacilar en reconocer su urgencia por inscribirla como sujeto ciudadano.

Pero comprendía, con seguridad, la necesidad de que ocupáramos un lugar que no levantara reparos al posible alcance de una utopía liberal mayormente justa, pero, sobre todo, en su momento, factible.9 De manera que esa preocupación por nuestro mayor desempeño ciudadano se irá a reflejar con prioridad, a esa altura, solo en sus documentos íntimos. Es así que, en las páginas de “La América Central”, no muestra disgusto, sino complacencia, porque las que conoce no sean más allá de muchachas tímidas, quienes apenas dejaban ver “la mano ociosa”. Las describía:

[…] de andar indolente, de miradas castas, vestidas como las mujeres del pueblo,—con las trenzas tendidas sobre el manto, que ellas llaman pañolón; la mano ociosa contando a las puntas flotantes del manto los goces infantiles o las primeras penas de su dueña”.10

Una damita semejante —aunque con seguridad más cosmopolita e ilustrada— le robaría de inmediato el corazón. El hermano del bayamés José María Izaguirre —quien era, a la sazón director de la Escuela Normal Central y le proporcionaría a Martí empleo de profesor al llegar—, Manuel José Izaguirre, dirigió una carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fechada en Honduras, 1909, donde contaba que María

Era una joven interesantísima. Llevé a Martí a un baile de trajes, que se daba en casa de García Granados, a los dos días de haber llegado [por primera vez] a Guatemala; estábamos los dos de pie, en uno de los hermosos salones, viendo desfilar las parejas [cuando vimos venir] del brazo dos hermanas señoritas. Me preguntó Martí, “¿Quién es esa niña vestida de egipcia?”—“Es María, hija de la casa” [le contesté]. La detuve y le presenté a mi amigo y paisano Martí, y se encendió la chispa eléctrica. 11

José María Izaguirre nombraría a Martí profesor de Literatura y de Ejercicios de Composición. Izaguirre, además de ocuparse de las labores docentes, organizaba veladas artísticas y literarias donde Martí quedaría en lo adelante implicado. Según otros testimoniantes, en una de ellas, el 21 de abril de 1877, Martí conoció a María: una sensible adolescente, siete años menor que él. Su padre, el general García Granados, pronto se hizo amigo del emigrado cubano y jugaban al ajedrez con frecuencia, oportunidades en que, obviamente, podía encontrar a María en casa. José María Izaguirre la describió así:

Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado, sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y pasaban a impresionar el alma de sus oyentes.12

A fines de 1877, Martí marcha a México y regresa a inicios del siguiente año. Lo que sucedió después de su matrimonio, ha sido comentado con posterioridad también por quienes presenciaron los hechos, aunque, curiosamente, la mayoría de esos testimonios se producen mucho después de que en el poema IX —donde se sugiriera el trágico desenlace—, apareciera publicado, y cuando ya había nacido con toda fuerza la saga romántica. El propio José María Izaguirre, por ejemplo, se propuso, a todas luces, subrayar los fundamentos del mito de muerte por amor. Narraría:

Cuando Martí regresó con Carmen no fue más a casa del general, pero el sentimiento se había arraigado profundamente en el alma de María, y no era ella del temple de las que olvidan. Su pasión se encerraba en este dilema: verse satisfecha, o morir. No pudiendo verificarse lo primero, le quedaba el otro recurso. En efecto, su naturaleza se resintió del golpe, fue decayendo paulatinamente, un suspiro continuo la consumía y, a pesar de los cuidados de la familia y los esfuerzos de la ciencia, después de estar algunos días en cama sin exhalar una queja, su vida se extinguió como el perfume de un lirio.13

Aunque persiste la leyenda creada como consecuencia de una interpretación demasiado recta del poema, a nuestro juicio no existen evidencias documentales de suficiente peso capaces de acreditar que María García Granados atentara contra su vida o, incluso, falleciera producto de un estado sicológico depresivo.

Es cierto que Martí dejó entrever en su poema, incluso más que una muerte por tristeza: fiel al modelo romántico, el poema insinúa, alegóricamente, el suicidio como salida para la amante rechazada —“Se entró de tarde en el río,/ La sacó muerta el doctor:/ Dicen que murió de frío:/ Yo sé que murió de amor”. 14 La María del poema IX, en tanto personaje literario, se emparienta al cabo con aquellas mortalmente heridas de la tradición literaria universal: desfallecientes enfermas o shaquespeareanas ofelias entregadas a las aguas —cuyo trasvase, por cierto, a la infeliz historia de La Niña es directo.

Aunque persiste la leyenda creada como consecuencia de una interpretación demasiado recta del poema, a nuestro juicio no existen evidencias documentales de suficiente peso capaces de acreditar que María García Granados atentara contra su vida o, incluso, falleciera producto de un estado sicológico depresivo.

También nos resulta significativo reconocer que, a pesar de lo llevado y traído durante más de un siglo en torno a este episodio, y quizá porque el patrón sexo-género tradicional —aún muy vigente— justifica el adulterio masculino, es evidente que Martí sale mayormente airoso de lance tan comprometido ante la opinión pública.

En entrevista relativamente reciente sostenida y grabada en video con un descendiente contemporáneo de los García Granados —Sergio García Granados, en 2008—, conocí una versión familiar de lo acontecido, recogida por tradición oral, que resulta mucho menos sublime y espectacular —y, por lo mismo, mucho más comprensiva de la naturaleza humana de los hechos: se dice que María, aunque acatarrada, aceptó ir a nadar con su prima —¿a un río o lago cercano? —, que era actividad habitual para ellas, quizá para distraerse de la tristeza en que, era de esperar, se hallaba sumida tras el regreso de Martí, ya casado con Carmen. Después del paseo, María empeora y muere a causa de aquella enfermedad de las vías respiratorias que, según aseguraba la mamá del informante, ya padecía.

No quisiéramos dejar de señalar otro elemento que pudiera resultar de interés recordar: todo parece indicar que María no respondía al patrón de muchacha tímida y vulnerable que, generalmente, se le atribuye. Al consultar publicaciones guatemaltecas de la época, he podido corroborar su participación relativamente activa como música y cantante fuera del hogar, en actividades artísticas públicas, organizadas por sociedades e instituciones —coincide incluso con la presencia de Martí, quien interviene, según crónica consultada, en una de ellas como orador. Al parecer, se trataba de una joven popular dentro de la sociedad capitalina de la época.

Tras su fallecimiento, aparecieron en la prensa varios poemas en calidad de homenaje póstumo, donde los autores confesaban la admiración que en ellos había despertado. Había sido, sin duda, una muchacha no solo agraciada sino culta, capaz de provocar otros fervores aparte de los de nuestro cubano, amén de proyectarse con bastante desenvoltura para su tiempo y contexto.

Rememoremos, en tal sentido, la nota que envía justamente a Martí, en enero de 1878, cuando conoce de su retorno junto con la esposa:

Hace días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán/ Te suplico que vengas pronto”.15

Sin duda, María debió heredar en su formación el influjo de su tía, María Josefa García Granados, poetisa, gran polemista, organizadora principal de las famosas tertulias en la casa familiar que bien conoció Martí durante su estancia. María Josefa había muerto para ese entonces —desde 1848—, pero su huella permanecía en el recuerdo de la intelectualidad guatemalteca y no dudamos que esa estela de mujer moderna fascinó en gran medida al joven cubano, ayudando a que se sintiera aún más atraído por la familia. Martí calificó a María Josefa como “[…] famosa decidora […] Talento penetrante, alma ardiente, rima facilísima, espíritu entusiasta, carácter batallador […] tales fueron los culminantes caracteres y múltiples empleos de aquel extraordinario espíritu, de aquella mujer viril, de aquella lira fácil y elegante […]”.16

De cualquier modo, el impacto concreto que la joven María había provocado en él quedaría expresado de manera muy inmediata, aún en vida de La Niña: con pasión desbordada, en el primero de dos poemas que le dedicara; domeñado prudentemente más en el segundo. Ambos se titulan “María” y revelan muy claros elementos autobiográficos. En ellos ha quedado detenido, casi cinematográficamente, aquel instante en que la descubriera, ataviada como una egipcia, en medio del baile de máscaras, a donde fuera invitado por su amigo Manuel José Izaguirre.

Leamos algunos fragmentos de uno de ellos, al pie del cual reza, apenas, “Guatemala, 1877”:

Si en la fiesta teatral —corrido el velo—

Desciende la revuelta escalinata,

Su pie semeja cisne pequeñuelo

Que el seno muestra de luciente plata.

[…]

Quisiera el bardo, cuando al sol la mece,

Colgarle al cuello esclavo los amores;

¡Si se yergue de súbito, parece

Que la tierra se va a cubrir de flores!

 

¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa

Con fraternal amor habla el proscripto,

Duerme soñando en la palmera airosa,

Novia del Sol en el ardiente Egipto.17

En el segundo poema homónimo, fechado mayo 1877, trata de tomar una distancia prevenida, aunque no siempre lo consigue. Es un largo poema, impreciso, nervioso, en cuyo tono irregular percibimos suficientes evidencias de su debate interno:

Amo el bello desorden, muy más bello

Desde que tú, la espléndida María,

Tendiste en tus espaldas el cabello,

¡Como una palma al destocarse haría!

 

Desempolvo el laúd, beso tu mano

Y a ti va alegre mi canción de hermano.

¡Cuán otro el canto fuera

Si en hebras de tu trenza se tañera!18

Evidentemente, es exaltación romántica la que allí se expresa, no desahogo excesivamente epicúreo: recordemos que, a pesar de las circunstancias antes señaladas, se trataba de una típica joven citadina y hay cotas bien delimitadas que el cubano recién llegado habría de guardar.

Martí concibe su única novela en ese mismo tono contenido: fue Amistad funesta —posteriormente retitulada Lucía Jerez— una “noveluca”19 intrascendente, donde “debía haber mucho amor”, “ninguna pasión pecaminosa; y nada que no fuese del mayor agrado de los padres de familia y de los señores sacerdotes”. 20 La posible fuente de inspiración para su argumento novelístico la revelan sus Cuadernos de apuntes, con fecha contemporánea a la concepción de la novela. Martí cita Viaje de novios (1881), de Emilia Pardo Bazán, lo que nos lleva suponer el posible germen de la Lucía martiana, en la Lucía peninsular de la escritora gallega y nos recuerda la permanencia del ascendente hispano de los estereotipos conductuales surgidos y reproducidos en nuestros países.

El propio Gonzalo de Quesada, albacea de Martí, ha encontrado reflejada a Carmen Zayas-Bazán en el protagónico de la celosa y voluntariosa Lucía, mientras muchos han considerado la autorepresentación relativa de Martí en Juan Jerez —su novio, un intelectual justiciero—; pero, igualmente, en otro personaje importante: un apasionado artista, el pianista Keleffy, de paso en la ciudad donde se desarrolla el relato.

Keleffy conoce a la joven estudiante Sol del Valle en una tertulia artística donde ella interpretaba piezas al piano. Fue un amor a primera vista el que experimentó por ella, y Martí lo describe de la siguiente manera:

La miró, la miró con ojos desesperados y avarientos. Ella era como una copa de nácar en quien nadie hubiese puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, que arroba y ennoblece. Una palma de luz era. 21

¿Es posible dejar de imaginar en Sol —ultimada al fin de la narración—, a la tempranamente fallecida María García Granados, a quien, en sus poemas de 1877 ya había comparado con una “palma” y, asimismo, visto como “una palmera airosa”?

Igual que el de María y Martí, aquel amor novelesco resultaría imposible: se nos informa que el músico estaba infelizmente casado y, en la trama, se verá también en la obligación de distanciarse. Termina abandonando la ciudad, pero, antes, le dedicaría una arrebatada interpretación al piano. El narrador comentaría: “Sólo los que mueren de amor entienden cómo tocó aquella noche Keleffy” 22 “para Sol, a quien ni volvería a ver nunca, ni dejaría de ver jamás”. 23

La aparición del personaje de Sol, en un espacio hasta ese momento equilibrado, destruye la armonía aparente, desata sentimientos abiertos en el artista Keleffy y mayormente inconscientes en el revolucionario comprometido y principal protagonista, Juan Jerez —quienes representan ambas caras evidentes de la propia personalidad del Apóstol.

Asimismo, Sol que miraba a Juan, con sus ojos grandes, limpios y sencillos, provocaba que se clavaran “como garfios envenenados por el corazón celoso de Lucía”,24 la prometida de Juan —en nuestra lectura, su futura esposa: Carmen Zayas Bazán.

La Lucía es un ser oscuro, sombrío, terrenal. Y Sol su exacta contraria: se erige como virgen intocada, dulce, dócil —celestial, en ascenso, reservada para ser “almohada de estrellas” 25 del hombre. Pensemos que la novela se concibe en 1885, momentos en que el matrimonio Martí-Zayas Bazán ya había dado suficientes muestras de resquebrajamiento. En marzo de ese año, su esposa e hijo habían realizado uno de los tantos regresos a Cuba, que dejaban desolado a Martí en Nueva York: no habían cesado las exigencias de parte de ella para que, definitivamente, se enfocara en su papel de cabeza de familia.

Así es que Martí, convencido de sus motivos, empeñado en su proyecto trascendente emancipador para nuestra América —al cual, al cabo, dedicaría sus años de madurez—, parece expresar sus personales anhelos, frustrados en la vida, a través de su literatura: de ahí tal imagen ideal, tan cercana a la perdida María. Escribe, significativamente, que la “perfecta hermosura lo era más” en Sol “por aquel inocente abandono de todo interés y pensamiento de sí […]”. 26 Eran virtudes que, a todas luces, hubiera deseado encontrar en su esposa.

Buena parte de esta información que hemos tratado de sistematizar hasta aquí, en torno a la relación José Martí-María García Granados, ha sido divulgada con más o menos precisión y frecuencia. Sin embargo, ciertas anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas —vinculables desde el punto de vista temático a los años 70 martianos—, pueden sumar nuevas aristas al asunto: se trata de un conjunto, tan breve como sugerente, cuyas copias han sido localizadas en el Centro de Estudios Martianos de La Habana. 27

Gonzalo de Quesada y Miranda —compilador de las primeras obras completas martianas y seguidor del empeño de su padre Quesada y Aróstegui, el albacea del Apóstol— a todas luces conocía esta serie de notas reveladoras, porque hace alusión parcial a ellas en su volumen Mujeres de Martí. 28 Sin embargo, por razones obvias —con seguridad, porque mencionaban experiencias muy íntimas y otros temas que considerara escabrosos—, excluye una parte significativa del conjunto al compendiar sus sucesivas ediciones de textos “completos” martianos.

Esas cuartillas —que seguiremos llamando a partir de ahora “Anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas”— tienen la importancia de aludir, aunque ligeramente, a facetas poco documentadas de la vida del Apóstol. Por ejemplo, testimonian experiencias amorosas del adolescente Pepe en La Habana, previas a ser apresado y enviado a destierro —anteriores a octubre de 1869. Además, corroboran la existencia de algunos romances ya suficientemente reconocidos de juventud, junto con otros tantos dudosos o ignorados hasta hoy, que debieron tener lugar durante los años de su primer exilio en España (1871-1875), a su paso por Inglaterra hacia América (1875), México (1875-1877) y, finalmente, en Guatemala (1877-1878).

En este conjunto, registró mujeres directamente por sus nombres, abreviaturas de ellos o sus letras iniciales, seudónimos o a partir de frases que aluden a determinados espacios o lances sucedidos; y revelan, al cabo, episodios diversos de diversa índole. Y aparecen vinculadas a bosquejos para un libro que, como confiesa allí mismo, se proponía escribir: no perdamos de vista que tan ingenuo empeño provenía, justamente, de un joven veinteañero que luego, al volverlo a evaluar, debió descartarlo. Pero en aquellos momentos bocetaría contenidos y hasta títulos, evidentemente tentativos, como “Mis mujeres”, “Mis conquistas”//Memorias amorosas de un hombre sincero” 29 y “Las catorce aventuras amorosas de Hipólito Martínez” —seudónimo que, a todas luces, planeaba utilizar.

Al consultar las “Anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas”, saltan a la vista algunas de existencia aún indeterminada: “La chula”, “La del baile”, “La de Santander”… mientras otras pueden ser de inmediato identificadas.

Entre esas páginas manuscritas le dedicaría dos fragmentos elocuentes a la que recoge como “María”, quien, con toda justicia, puede ser reconocida como María García Granados.

En el mismo tono comedido con que nos hablaría de “los goces infantiles o las primeras penas” de las pudorosas jóvenes en las poblaciones centroamericanas —mencionado antes—, registraría a María García Granados en sus “Anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas”. Demuestra cuidadosa circunspección al anotar, con muy breves frases, los lamentables acontecimientos recién vividos entonces —que, sabemos, mucho le atañeron—. A grandes rasgos —de forma delicadamente objetiva—, arma un conjunto de expresiones clave, con el indiscutible propósito de recuperar, más tarde, la memoria de los sucesos. Cito:

María. —La escena del jazmín.—La mañana de la salida.—La plazuela.—La enfermedad.—Los carnavales.—En la cama de enferma.—Su lecho de muerta.—En el ataúd.—Siempre viva.

En general, son apenas menciones a locaciones, no a los hechos concretos ocurridos, en algunos, que sugieren espacios retirados, podemos sospechar una atmósfera erótica: “La escena del jardín”, “La plazuela”… Curiosamente, antes de la mención a “Los carnavales” ya había escrito: “La enfermedad”, como elemento cronológicamente previo al posible paseo carnavalesco que rememora: ¿acaso sufría María ya entonces alguna dolencia anterior y la salida agravó su estado?

En cambio, la estrofa que copia inmediatamente a continuación, rompe la discreción y represión pretendidas: revela una latente tensión voluptuosa, un sustrato angustiado para esta historia de amor que después fuera por él largamente silenciada:

Chiusa per sempre ho l’anima

Alle dolci lusinghe ed ai conforti,

Donna, non mi sorridere;

Donna, non mi tentar: respetta i morti.

                                     “Sechetti [sic.]

Se trata de un fragmento de “Cira una notte como questa e il vento” del poeta italiano Guerrini, 30 quien escribiera bajo los seudónimos de Lorenzo Stecchetti, Argia Sbolenfi, Marco Balossardi o Mercutio, entre otros. Una traducción aproximada sería: “Siempre he cerrado el alma// a la adulación suave y a la comodidad//. Mujer, no me sonrías// Mujer, no me tientes; respeta los muertos”.

Sabemos que solo cuando hubiera transcurrido poco más de un decenio, vería la luz su poema “IX”, el cual transparentaría el pesar que había sobrevivido en él por tanto tiempo: aquella “Siempre viva” aún lo acompañaba. Allí creemos ver reflejadas las que debieron ser vivencias últimas junto a La Niña enfebrecida —y no, como habitualmente se ha considerado, alusión al encuentro último antes de que él partiera hacia México a honrar su compromiso con Carmen.

Nos dice en el poema: “Como de bronce candente// Al beso de despedida// Era su frente” 31, y este último adiós posible lo hallamos referido, también, en sus “Anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas”, cuando escribiera: “En la cama de enferma”. Pudo tratarse, pues, de lo sucedido durante una visita de cortesía esperable en el caso de quien hubiera sido asiduo en la casa: si Martí nunca dejó de ser, después de todo, un amigo de la familia García Granados, ¿cómo no acudir, entonces, ante el agravamiento de la salud de la enfermita?

En ambos textos —sus versos y las anotaciones— rememora su acompañamiento de la “amada” hasta la sepultura —a “la bóveda helada”, nos confesaría en su poema de 1891; 32 a “Su lecho de muerta. —En el ataúd.”, nos había revelado en las anotaciones.

Sobre el entierro fastuoso y sentido contó José María Izaguirre:

La muerte de María fue motivo de duelo general en la ciudad de Guatemala, por el sincero afecto de que era objeto y por los merecimientos de su familia. Una inmensa concurrencia acudió a la ceremonia fúnebre, que fue solemne y suntuosa. El ataúd que encerraba aquellas preciosas reliquias era de raso blanco, blancas eran también las coronas que lo adornaban, y fue conducida en hombros de sus amigos a la mansión eterna. Poco a poco la gente fue retirándose al llegar a la cripta, y últimamente quedamos allí solo tres amigos: José Martí, José Joaquín Palma y yo. 33

Su hermano Manuel José Izaguirre, también trataría recordar:

[…] sus tíos y primos dejaron el cadáver en manos de los albañiles que rompían la bóveda, pero Martí, [José] Joaquín Palma, mi hermano y yo permanecimos allí hasta que el último ladrillo y cucharada de mezcla arrojaron sus sagrados despojos en la eternidad. 34

Desde luego, la confluencia típicamente romántica entre Eros y Tanatos en esta historia desgraciada, fue otro motivo suficiente para que nuestro escritor no dejara de recrearla pasados los años. Recordemos que bajo la orfebrería del modernismo martiano, sensual y delicado, no deja de existir, jamás, un dramático apremio romántico, que sirve de inspiración y asiento perfecto a este arquetipo de mujer trágica: comprensiva, fiel y frágil, pero apasionada, que sospechamos fue su ideal personal hasta el fin.

A pesar de lo que nos dejan traslucir o de lo que pudiéramos sospechar, no hay dudas de que, entre estas nuevas luces que nos proporcionan las “Anotaciones no fechadas y mayormente desconocidas”, destaca, inexpugnable en su enigma, la “escena del jazmín”: ¿qué sucedió en esa ocasión?, ¿dónde ocurrió?... ¿Resultará, por siempre, otra promesa incumplida, una de las tantas piezas oscurecidas sin remedio del legendario romance entre el Apóstol cubano y la de la “mirada espléndida y suave”?


Notas:

 
1. José Martí: “Versos sencillos” [Prólogo], Obras completas, t. 16, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 61.
2. José Martí: “A Rafael Serra”, Obras completas, t. 20, ob. cit., p. 370.
3. José Martí: “Versos sencillos” [Prólogo], Obras completas, t. 16, ed. cit., p. 61.
4. Carlos Ripoll: “La niña de Guatemala”, La vida íntima y secreta de José Martí, Editorial Dos Ríos, Nueva York. Disponible en http://eddosrios.org/marti/Vida_Intima/Intima_guatemala.htm.
5. Idem.
6. José Martí: “La América Central”, Obras completas. Edición crítica, t. 13, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, p. 168.
7. José Martí: “Los códigos nuevos”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., 2001, p. 91.
8. Idem.
9. V. “Las ‘no-ciudadano’ entre la funcionalidad y la inconveniencia”, en José Martí: Tu frente por sobre mi frente loca. Percepciones inquietantes de mujer, compilación y estudio introductorio Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011.
10. José Martí: “La América Central”, Obras completas. Edición crítica, t. 13, ed. cit., 2010, p. 176. La cursiva pertenece al texto original.
11. Fue guardada en su archivo por su hijo, Quesada y Miranda. V. Carlos Ripoll, ob. cit.
12. José María Izaguirre: “Martí en Guatemala”, “Homenaje a José Martí en el Centenario de su Nacimiento”, Revista Cubana, Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección General de Cultura, La Habana, Cuba, 1953, pp. 332-342. Disponible en http://www.grm.jovenclub.cu/retablo/Obrasliterarias.
13. Idem.
14. José Martí: “IX”, “Versos sencillos”, Obras completas. Edición crítica, t. 14, ed. cit., 2008, p. 79.
15. Destinatario José Martí, comp. y notas Luis García Pascual, La Habana, Casa Editora Abril, 1999, p. 35.
16. José Martí: “Guatemala”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., 2001, p. 271.
17. José Martí: “María (I)”, en Tu frente por sobre mi frente loca. Percepciones inquietantes de mujer, ob. cit., p. 158.
18. Ibidem, p. 159.
19.José Martí: “Prólogo inconcluso”, Lucía Jerez, edición crítica y prólogo de Mauricio Núñez, La Habana, Editorial del Centro de Estudios Martianos, 2000, p. 45.
20. Ibidem, pp. 46-47.
21. Ibidem, p. 110.
22.  Ibidem, p. 112.
23. Idem.
24.  Ibidem, p. 157. Ottmar Ette ha registrado tal sentido de pecado originario como condición esencial humana desde los primeros textos martianos e interpreta su vocación agónica en tanto forma de “purgar la culpa heredada, que pesa sobre todos por medio de su culpa y de sus sufrimientos” (Ottmar Ette: “Apuntes para una orestíada americana. José Martí y el diálogo intercultural entre Europa y América Latina”, en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Lima, año XI, no. 29, segundo semestre de 1986, p. 138.)
25.  José Martí: Lucía Jerez, ob. cit., p. 119.
26.  Ibidem, p. 133.
27. Agradecemos la cortesía de la Lic. Lourdes Ocampo, quien ubicara fotocopias de tales manuscritos en los fondos de la Biblioteca del Centro de Estudios Martianos, identificara la peculiar grafía martiana y realizara, también, la transcripción que citaremos en adelante.
28.  V. Gonzalo de Quesada y Miranda: Mujeres de Martí, La Habana, Ediciones de la Revista Índice, 1943.
29.  En el original, no aparece el entrecomillado que debía abrir.
30. Olindo Guerrini: Postvma, Bologna, Nicola Zanichelli, 1996, p. 30.
31.  José Martí: “IX”, en “Versos sencillos”, Obras completas. Edición crítica, t. 14, 2008, p. 312.
32. Ibidem, p. 313.
33. José María Izaguirre, ob. cit.
34. Fue guardada en su archivo por su hijo, Quesada y Miranda. V. Carlos Ripoll, ob. cit.

 

Comentarios

Excelente trabajo para profundizar en la vida y obra del Apóstol. MSc. María Noa Tavera Filial de Ciencias Pedagógicas. Moa. Holguín.

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