LITERATURA

Nota por Perversiones en el Prado,
de Miguel Mejides

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Esta novela de Mejides, que viera la luz por primera vez en el año 1999, y recientemente (en el 2012) se reedita, siempre gracias a Ediciones UNIÓN, más que de perversiones propiamente dichas, trata de un microcosmos, que el autor sitúa en el número 112 de una calle habanera importantísima a lo largo de la historia de la ciudad: Prado.

Utilizando una técnica impecable, con la cual Mejides suele construir contundentes historias literarias, que lo han consagrado como un gran narrador desde hace muchos años, en esta novela, desbordante de caracterizaciones, están reunidas prácticamente todas las facetas que conforman lo que pudiéramos llamar la naturaleza humana.

A través de los inquilinos del inmueble de Prado 112 (de sus fechorías, sus sueños, sus ambiciones, y sus trampas) es posible recorrer la amplia gama de aquello que Georges Canguilhem llamó “lo normal y lo patológico” en su antológico ensayo del año 1943.

La traición, quizá el más recurrente de los pecados que cometen los individuos que malviven en la dirección ya señalada, termina por convertirse en acto rutinario, y para los lectores, constituye un rasgo más entre todos los que se destacan en los más de 25 personajes de esta curiosa obra. Me gustaría señalar dos aspectos distintivos, que a mi juicio, saltan a la vista al leer Perversiones en el Prado: La abundancia de parejas que se conforman entre las paredes del edificio-solar; y la atemporalidad histórica en la cual se desarrolla la trama.

El primer aspecto otorga veracidad desde el punto de vista sociológico: los seres humanos necesitamos, como norma, de la vida compartida, del acople con un semejante, aunque luego resulte fastidiosa o incluso repudiable la selección de la pareja. Así, en esta novela encontramos múltiples relaciones consensuadas (Benedice y Pepé; Cocó y Alejandro; Concha y Goldrín; Perla y María; Hércules El Villano y su reina morena; El Semiótico y Tatiana La Rusa; Samantha y Bastián; Peches Liebes y Ángel; Ángelo y Mayuya). En la mayoría, hay carencia de sensualidad, apagada por la rutina corrosiva, por las dificultades cotidianas, y por los sueños que no llegaron a cumplir. Solo una joven (Julieta), encarna el deseo libidinoso de muchos varones en edades diferentes, sin que ninguno, salvo El Escriba, logre alcanzar el clímax de poseerla. En sentido general, la vida de los inquilinos, narrada como si todo se limitara a un larguísimo día, empieza y termina con el mismo tono de frustración que otorga la grisura de una existencia sin emociones ni planes futuros. Nadie llega a ver realizados sus anhelos; salvo aquellos que se empeñan en provocar disgustos, suspicacias, intrigas.

El detalle de acusaciones anónimas, que circulan por todo el inmueble bajo la forma de postales de Karel Gott, resulta francamente divertido. Es un recurso eficaz, que mueve a risa en medio de la consternación plomiza con que transcurren las jornadas en Prado 112. Nadie está exento de recibir una de esas postales —ni siquiera quien tuvo la genial idea de inventarlas—, de modo que los pecados quedan a flor de piel: “El destino muchas veces viene en el correo […] y el edificio completo había entrado en las malquerencias. […] Claro, las tarjetas no durarían toda una eternidad, y al acabarse, apareció una nueva maña. Pegaban un papel encima de la postal recibida y allí mismo soltaban la mala leche. Si se raspaban las hojas superpuestas, podía saberse de cuáles intrigas estaba hecho Prado 112”.

La promiscuidad de la vida entre vecinos, rasgo primordial de la novela, logra impregnar toda la narración, para justificar así el conocimiento exacto que se tiene de cada paso, de cada conversación, de cada aspiración de quienes habitan el inmueble. Como si nos asomáramos a un gran ventanal, tras el cual se exhiben personalidades a manera de una galería, vamos recorriendo existencias ajenas desde que amanece hasta que llega la hora de dormir.

Por otra parte, solo escasas pinceladas distribuidas a lo largo de 246 páginas, ofrecen indicios de qué momento histórico aborda la novela. Es obvio que al autor no le interesa que seamos testigos de un tiempo concreto. Más bien sugiere que, bajo cualquier circunstancia, el comportamiento humano es similar, sin importar el sistema social que impere; quién maneja el poder ni quiénes se oponen.

Efectivamente; las conductas que se manifiestan en Perversiones… no son influenciadas por el contexto socio histórico, sino que son regidas por puros sentimientos; sean pérfidos, benévolos o indiferentes desde el punto de vista afectivo. Sin embargo, la ciudad sí asume categoría de personaje adolorido, dado el abandono en el cual lleva años sumergida. Una Habana herida aparece de forma recurrente; una Habana que casi no se parece a la capital refulgente que deslumbraba a los visitantes de antaño.

Tal vez, el más intenso pasaje de los que se describen en la novela, está dedicado, justamente, a una visión panorámica (y desgarradora) de La Habana: “Sufrida Habana que había resistido el ataque de sus propios hijos, ahora convertida en un Beirut caribeño, con ruinas desinfladas en el grito de la noche, ruinas que muestran carrozas de losas muertas, de cenefas cortadas, de antiguas y valederas horconadas arrancadas de cuajo”.

A 13 años del lanzamiento de Perversiones en el Prado, celebramos su reedición, e instamos al público lector a compartir las historias que siempre tiene, a disposición de todos, esa calle señorial y repleta de secretos.

Mayo, 2013.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato