Franco Rivero en el centro
y las márgenes de Lecuona

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Resulta significativo que un joven pianista cubano haya decidido grabar al término de la primera década del presente siglo la integral de la obra de Ernesto Lecuona para ese instrumento. Además del esfuerzo interinstitucional que ello representa como acto de voluntad política en la promoción del patrimonio sonoro de la nación —ahí están los apoyos del Instituto Cubano de la Música, Producciones Colibrí y el Museo Nacional de la Música—, cuenta la sensibilidad y el crecimiento profesional de un artista que comenzó su formación en Cuba, culminó sus estudios en México donde reside junto con su padre, el destacado oboísta cubano Jorge Rivero y eligió como respeto a sus raíces emprender una aventura que, si bien no es inaugural, habla por sí misma de la importancia que puede tener para la generación actual de músicos de la Isla un repertorio que, con sus luces y sombras, representa un hito  de nuestra identidad.

Como sucede con autores de obra abundante, la totalidad del repertorio lecuoniano presenta diversas asimetrías desde su concepción misma hasta su promoción. El Lecuona más conocido y recurrente es el de las danzas afrocubanas y las de linaje hispano. Prácticamente, no hay un pianista cubano que deje de incluir en sus selecciones una de estas obras, bien sea por cercanía espiritual, o por la representatividad de un modo de hacer. Lo excepcional radica en la ambición de tocar y grabar todo Lecuona y no como ejercicio académico o pretensión testimonial, sino como un acto de compromiso con la esencia del material sonoro.

En total, Rivero grabó 120 piezas, muchas de ellas concebidas originalmente para piano; otras derivadas de las incursiones del autor en la escena; algunas son versiones de canciones que el propio Lecuona independizó como obras pianísticas; y no faltan piezas de ocasión, que en su momento fueron creadas para el disfrute de amigos y contertulios. La mayoría quedaron plasmadas en partituras, pero no faltan piezas reconstruidas a partir de grabaciones del compositor.

Como antecedentes, la pianística de Lecuona fue registrada en la última década del pasado siglo y los primeros años del presente por dos ejecutantes que estudiaron a fondo ese legado: el norteamericano Thomas Tirino y el cubano Huberal Herrera, este último conocedor profundo de ese repertorio, con la ventaja de haber departido con el autor.

En el caso que nos ocupa, Rivero ha explicado: “Es imperiosa la necesidad de sacar a la luz la obra para piano de Lecuona en todas sus facetas, que no por genial deja de ser sensible a un sentido crítico y responsable, teniendo en cuenta desde los valiosos aportes claramente expuestos en sus obras cumbres hasta los esporádicos encuentros con una música más incidental y dada a satisfacer rápidamente los gustos de un público inmerso en un determinado momento histórico; esto quizá debido a una necesidad de carácter socioeconómico si se toma en cuenta la época que le tocó vivir”.

Desde esta perspectiva, se explica la fidelidad en la plasmación del pensamiento musical del compositor por parte de un pianista como Franco Rivero, dotado de herramientas expresivas capaces de interpretar las aristas de un repertorio rico en proposiciones pero también, en más de un momento, marcado por frivolidades. No es el mismo Lecuona el joven que desarrolló con ingenio singular el paso de una comparsa por la calle de su casa o el hombre ya hecho que ante los paisajes españoles renovó los pasos del pianismo de Albéniz que ese otro que seducía con las trivialidades de “Palomita blanca” o se entregaba a los fuegos de artificio de la “Mazurka en glissado”.

Pero lo que convierte en un arco coherente la articulación de los cinco volúmenes del fonograma Lecuona todo piano —por cierto, ya merecedor de uno de los Premios Especiales Cubadisco 2013— es lo que con lucidez apunta en las notas de presentación el maestro Jesús Gómez Cairo:    

“El conjunto de estas composiciones se revelan como paradigma de la creación musical cubana de su tipo en la primera mitad del siglo XX (…) La amplitud y diversidad genéricas que esas producciones abarcan, la variedad de los estilos que el compositor cultivó, orgánicamente impregnados de especial identidad e impronta personal en el discurso sonoro, las convierten en músicas con amplio espectro comunicativo para todos los públicos y épocas.”

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