A propósito de una exposición en el Centro Dulce María Loynaz

Rivadulla y el oficio del arte del libro

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Evocar a Eladio Rivadulla es traer a la memoria a uno de los artistas que tuvo el privilegio entre nosotros de registrar actos fundacionales. Pues ahí está para siempre esa imagen urgente de los días inaugurales de la Revolución triunfante, el cartel nacido de la urgencia, rebosante de fervor épico, con los colores de la bandera del 26 de Julio y la efigie combativa del Comandante. Una imagen que muchos asociamos a los versos de júbilo de El Indio Naborí, o la canción que estaba en labios de todos interpretada por Daniel Santos, y a los titulares de la prensa que rendían cuenta del avance de la Caravana de la Libertad. Una imagen comparable que nada tiene que envidiar a los carteles que la vanguardia rusa creó a raíz del cañoneo del Palacio de Invierno o al teatro de barricada en las plazas defendidas por los republicanos españoles.

Pero ese no es el único Rivadulla al que debemos rendir pleitesía. En el Centro Dulce María Loynaz se nos muestra una obra a la que dedicó buena parte de su vida: el arte del libro. En el campo del diseño gráfico en general, y de publicaciones en particular, Rivadulla dejó una huella permanente. Cierto que fue reconocida cuando se le honró con el Premio Nacional de Diseño del Libro y luego el Nacional de Diseño.

En términos cuantitativos fue un corredor de largas distancias. Por más de 70 años diseñó más de 3500 carteles, comerciales, políticos y cinematográficos, vallas y unos 3000 libros y publicaciones periódicas, científicas, deportivas, educacionales, juveniles y literarias.

Imagen: La Jiribilla

Pero a estas alturas, también no deja de ser cierta la necesidad de que las nuevas generaciones de diseñadores, y junto con ellos los lectores, descubran las claves de un repertorio de soluciones formales que hicieron del arte del libro, a la manera de Rivadulla, un puerto seguro.

Atraen en el conjunto la diversidad de opciones estéticas, bajo el denominador común de la identificación de las portadas con los contenidos de los libros. Rivadulla nunca acometió un encargo a ciegas, sino a partir del conocimiento del texto y la función social que se desprendía de su uso.

Ello se hizo ostensible en una etapa crucial de la industria poligráfica cubana, cuando en los años 60 hubo necesidad de multiplicar obras didácticas en las intrépidas Ediciones Revolucionarias. O cuando, quizá, por ser demasiado modesto, lo remitieron a una editorial en la que cumplían encargos de organismos en una labor que para otros nunca fue estimulante. En ambos casos, Rivadulla puso a prueba no solo la ética del oficio sino disparó las flechas de la imaginación.

Si acaso hubo un sello en la obra de Rivadulla fue el de la sobriedad. Hizo del diseño un arte de servicio, una herramienta comunicacional, un vehículo portador de atinadas propuestas.

Admiremos y aprendamos entonces del legado de Eladio Rivadulla, con esta exposición que pone de relieve su impronta.

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