La Revolución del 30 no se fue a bolina

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

En mis días de estudiante, el Salón de los Mártires de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) era un espacio informal donde, en ocasiones, sin necesidad de pedir permiso, podíamos encontrarnos, en grupos coyunturalmente afines, a intercambiar opiniones. Dispersos, algunos cómodos sillones con balance y alto respaldar, nos acogían. Nos rodeaban las fotos de los caídos en la lucha, rostros por siempre jóvenes, colocadas en secuencia horizontal, hermanados en la muerte, aunque hubieran pertenecido al DEU —Directorio Estudiantil Universitario— o a su Ala Izquierda. La muerte había cancelado fronteras ideológicas. Como corresponde, la imagen de Julio Antonio Mella presidía el conjunto. Cada 30 de septiembre, la conmemoración de la caída de Rafael Trejo constituía un homenaje silencioso a una gesta que transformó el papel de la Universidad en la vida pública cubana. Desde ese pórtico, podía evocarse el ya inexistente Patio de los Laureles, semillero de inquietudes, así como el más lejano horizonte de los estudiantes de medicina, fusilados por el coloniaje español. Entonces, los supervivientes de aquella generación se encontraban en plena madurez creadora. Erguido, inquieto, Raúl Roa cruzaba la Plaza Cadenas para acudir a las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas. Testigo y partícipe, enhebraba el gran relato de la época, clausurada con una frase lapidaria: “La Revolución del 30 se fue a bolina”.

Los acontecimientos que siguieron al derrumbe del Gobierno de los 100 días con la intervención del embajador Caffery, el ascenso del coronel Batista como hombre fuerte al servicio de los intereses estratégicos norteamericanos, el asesinato de Guiteras, junto al desencanto producido por el festín de producción bajo el manto de los políticos auténticos, muchos de ellos figuras reconocidas del DEU en la lucha contra Machado, hicieron pensar que la gesta del 30 había resultado infructuosa. Sin embargo, en lo más profundo de la urdimbre social y política, numerosas señales indicaban que la realidad del país era diferente. El 12 de agosto de 1933, la acción unitaria de las fuerzas populares comprobaron su potencialidad latente para modelar el destino de la nación pasando por encima de los políticos medrosos e incapaces. Se estaba fraguando un nuevo imaginario que dejaba entrever en el horizonte la posibilidad de transformaciones sustanciales.

Un halo romántico prestigiaba la imagen de los héroes nacido de la entraña republicana. Todos jóvenes caídos prematuramente, todos portadores de ideas, valentía insobornable y de entrega a la acción. Eran Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y Pablo de la Torriente Brau.

La singularidad del proceso histórico cubano tiene su origen en circunstancias soslayadas por los análisis tradicionales. Una de ellas, de orden geográfico, contribuyó a definir nuestro perfil colonial. Otra, determinante en la etapa que todavía estamos viviendo, se derivó de la coincidencia del término de nuestra guerra de independencia con el surgimiento del imperialismo, percibido por Martí y diagnosticado teóricamente por Lenin. Cuba y el mundo entraban, a la vez, en una nueva época. La dialéctica entre las prioridades internas y las líneas matrices del acontecer mundial implicaba la reformulación renovadora en el plano de la economía, la política y la cultura. El instrumental elaborado por Marx y Engels exigía actualización —como lo hizo Lenin— y una consideración específica en torno al problema colonial. Mejor preparado para una respuesta rápida, el imperio experimentó en aquella coyuntura con dos formas de dominio. Para Puerto Rico y Filipinas se atuvo al modelo tradicional. En el caso de Cuba, implementó la modalidad neocolonial, un camino que acabaría por imponerse en otros territorios y en manos de otras potencias. Tuvo su etapa dura con la imposición de la Enmienda Platt y su fórmula light con el New Deal.

Diezmada su población, empobrecida en lo económico por el conflicto bélico, acallada la voz de José Martí, la Isla no pudo encontrar vías para vertebrar una auténtica resistencia ante la intervención norteamericana. En Europa, la socialdemocracia había encontrado amplio apoyo en las capas populares. Su peso era decisivo en los parlamentos de Francia y Alemania. Renunciaron a su plataforma política al votar en favor de la gran guerra interimperialista aunque hubiera que pasar, para lograrlo, por el asesinato de Jean Jaurès. Con la mexicana de 1910, agraria y antimperialista, de gran resonancia en la América Latina, se reiniciaba la época de las revoluciones. Octubre de 1917 cobraba alcance planetario. La ruptura del eslabón más débil parecía contradecir algunas predicciones de Carlos Marx. Fallidos los intentos en Hungría y Alemania, su efecto se haría sentir en las regiones empobrecidas de Asia. La prematura muerte de Lenin dejó el poder soviético en manos de Stalin. Las consecuencias de ese acontecimiento son bien conocidas. Una de ellas derivó hacia la reformulación de conceptos básicos del internacionalismo. Había que defender, ante todo, la supervivencia del socialismo en un solo país y postergar para ello el desarrollo de otros proyectos revolucionarios.

Una lectura atenta revela la presencia de este tópico en El siglo de las luces de Carpentier. Durante su estadía en Francia, Esteban observaba un cambio similar en los años que siguieron a la toma de la Bastilla. París ofrecía albergue, respaldo y esperanzas a los rebeldes venidos de todas partes. Amenazada en sus fronteras y enfrentada a la insurrección de los chuanes en Bretaña, Francia se convirtió en plaza sitiada. Abandonó a su suerte a los refugiados españoles, devenidos sospechosos y, muy pronto, marginados y perseguidos. Comenzaron así a caer las ilusiones del joven cubano que advertía en el triunfo de las ideas de sus amigos españoles el pórtico de la emancipación de las colonias.

En defensa del socialismo, la tercera internacional estableció la subordinación de la línea partidista a las decisiones del centro. Intervino de ese modo en lo político y en una ideología desarticulada de las realidades concretas del país. Las huellas del coloniaje habían dejado en el nuevo mundo una estructura socioclasista con marcadas diferencias respecto a los modelos europeos. Era endeble el sector industrial. Existía, en cambio, una extensa zona constituida por un proletariado agrícola temporero, aliado natural de los campesinos precaristas. La pequeña burguesía, muy frágil, vivía bajo la permanente amenaza de hundimiento en un despeñadero provocado por las crisis económicas, el movimiento pendular entre las brevísimas vacas gordas y el prolongado tiempo de vacas flacas. De ahí que, a diferencia del tradicional comportamiento de los universitarios europeos, los latinoamericanos participaran en acciones revolucionarias.

Las contradicciones entre el modelo único y las realidades concretas de nuestros países abrieron un debate en el seno de la izquierda marxista que se extendería por décadas y abarcaría las polémicas que se manifestaron después del triunfo de la Revolución Cubana en la Isla y en las confrontaciones con los partidos comunistas del Continente.

Muchos factores contribuían a perfilar la existencia de una situación revolucionaria en la Cuba de los años 30. A la crisis económica, se sumaba la de las instituciones surgidas en la primera etapa republicana, incluidos los partidos políticos, el Congreso, la Universidad y el conjunto de organizaciones sociales. El agotamiento del modelo instaurado se manifestaba desde la década precedente con la fundación del Partido Comunista y el reagrupamiento de fuerzas estudiantiles, sindicales y femeninas. En el ámbito de la creación artístico-literaria, aparecían el Grupo Minorista y la vanguardia. La dictadura machadista fue el detonante que destapó la caja de Pandora. La caída del régimen no pudo contener el desbordamiento de las tensiones sociales acumuladas. Fracturada la izquierda por sus contradicciones y su inexperiencia, falló la orientación política unitaria para conducir el proceso. La historia ofrecía un fecundo aprendizaje para quienes, 20 años después, enfrentarían, lúcidamente, el golpe de estado perpetrado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Antes de encender la chispa insurreccional, Fidel Castro había agotado las fórmulas legales disponibles en los tribunales de justicia.

Bajo un rubro común, Fernando Martínez Heredia reúne un conjunto de ensayos sobre Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau. La tesis central conduce a demostrar la pluralidad de perspectivas en torno a un proyecto socialista cubano, así como las discrepancias tácticas y, en ocasiones, estratégicas que los separaron de la línea adoptada por los comunistas de la Isla a tenor de las indicaciones de la Tercera Internacional, algunas de las cuales perdurarían más allá de la disolución de ese aparato ideológico. Rubén se sometió a la disciplina interna, aunque atravesara momentos difíciles en el seno del Partido. Mella fue sancionado, pero continuó en México su batalla de militante. Guiteras definió su proyecto, adoptó la posición insurreccional y fundó la Joven Cuba. Pablo aspiró a crear la ORCA y entregó su vida a la tarea internacionalista.

Todos reconocieron en la palabra de José Martí la inspiración raigal. Tropezaron con el sectarismo del PC al aferrarse a la estrecha posición obrerista que enfrentaba clase contra clase, fuente del dramático malentendido con el gobierno Grau-Guiteras. Los caminos se bifurcaron entre quienes preconizaban la lucha de masas y los que optaron por la lucha insurreccional. Priorizaban unos la toma del poder, mientras otros consideraban la concientización de las masas y el fortalecimiento de los sindicatos. El Moncada cortó el nudo gordiano de un solo tajo.

Fernando Martínez Heredia sostiene que la Revolución del 30 dejó como legado un importante cambio cultural. Habían pasado los tiempos de la Chambelona. Los sectores populares tomaron la medida de sus propias fuerzas al derrocar al tirano. El imaginario colectivo incorporó componentes llevados de la Revolución de Octubre. El antinjerencismo se convirtió en antimperialismo. El lenguaje político se enriqueció con otro léxico. Se hicieron sentir los ecos de la guerra civil española a la que Cuba contribuyó con más de mil voluntarios procedentes del más heterogéneo espectro de una izquierda comprometida. Héroes de rostro juvenil se unieron a los del mambisado, mientras un estilo desenfadado, al modo de Roa y Pablo de la Torriente Brau, quebrantaba el empaque de la antigua retórica. Los estudiantes, inscritos en una tradición combativa fogueada en las jornadas del 30, mantenían en la escalinata el símbolo de la rebeldía. Los sindicatos se organizaban. Quedaba claro el gran problema estructural de la nación. La situación de los aparceros, precaristas, de las víctimas de los despojos en los espacios realengos colocaban el problema de la tierra en primer lugar. En las condiciones de Cuba, la revolución tendría que ser, en primera instancia, agraria, antimperialista y nacional-liberadora.

De esa nueva cultura emergió otra dimensión participativa de la mujer cubana. Desde muy temprano, había aprendido a reivindicar sus derechos. Lo hizo en la manigua independentista y, durante la república mediante la organización de congresos con programas de avanzada. Bajo la tiranía machadista se lanzó a la calle. Salió de los Institutos de Segunda Enseñanza, de las Escuelas Normales y de la Universidad de la Habana y desafió, junto con sus compañeros, a las fuerzas represivas. Aprendió en la práctica que el acceso a la igualdad de derechos entroncaba con la transformación del país. Por otra parte, la inserción laboral incentivó la aparición de mujeres con notable desempeño en la dirigencia sindical. Ganaron espacios en el ámbito intelectual y en el profesorado universitario.

Por sobre todas las cosas, se había ido configurando una memoria viva, hecha de martirologio y de saberes emanados de la praxis, así como de un acervo intelectual múltiple. Las ideas de Marx, sujetas a una diversidad de lecturas, se unieron al legado martiano y a un pensar latinoamericano menos divulgado internacionalmente. Aníbal Ponce y José Ingenieros fueron verdaderos maestros de juventudes. José Carlos Mariátegui aplicaba las herramientas del marxismo al análisis de la realidad latinoamericana.

Transcurridas décadas desde entonces, cuando la realidad ha develado la magnitud de los errores cometidos por el stalinismo, nos encontramos en la hora de valorar el proceso sin satanizar a ningún participante. En beneficios de la contemporaneidad, lo principal consiste en entender la complejidad de la vida y la interdependencia de los factores que intervienen en cada situación. Los grupos de acción dejaron una estela de víctimas del asesinato y la tortura. Los militantes comunistas también sufrieron la vesania de los esbirros, fueron pasto de los tiburones y cayeron acribillados. Los intelectuales del Partido renunciaron a brillantes carreras que les hubieran sido dadas, gracias a su talento y a su origen de clase. Los trabajadores de base conocieron el hambre, el despido y la exclusión.

En su acción y en su pensamiento, Fidel Castro fue el mejor aprendiz de aquella experiencia histórica. Comprendió, y así lo reafirmó en el Aula Magna de la Universidad en ocasión de conmemorarse el aniversario de su ingreso como estudiante en la alta casa de estudios, que la técnica nunca puede contrarrestar los principios sustentadores de los lineamientos estratégicos. Supo que la necesaria formulación abstracta de las ideas se convierte en herramienta útil, actuante y viviente cuando se hunde en la tierra fértil del lugar y las circunstancias concretas en que habrán de intervenir.

Para los cubanos de hoy, protagonistas de complejísimos desafíos económicos con repercusiones en el rostro de la sociedad, la relectura de La historia me absolverá tiene que resultar aleccionadora. La denuncia de los hechos del Moncada sirvió de plataforma para vincular orgánicamente la acción táctica con un proyecto estratégico. Había que derrocar a Batista, paso indispensable para construir la cohesión popular en torno a la postergada transformación del país. Cuando subsistía la costra del coloniaje en los planos objetivos y subjetivos, el concepto tradicional de clase social se traducía en la definición específica de la idea de pueblo. “Cuando hablamos de pueblo,” decía, “no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación (…) Entendemos por pueblo, (…) la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre. (…) Los demagogos y los políticos de profesión quieren obrar el milagro de estar bien en todo y con todos, engañando necesariamente a todos en todo. Los revolucionarios han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos. Nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento; a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar y cuya existencia debiera mover más a compasión si no hubiera tantos corazones de piedra; a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, (…); a los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida, para morirse sin llegar a poseerla, que tienen que pagar por sus parcelas como siervos feudales una parte de sus productos, que no pueden amarla, ni mejorarla, ni embellecerla, plantar un cedro o un naranjo porque ignoran el día que vendrá un alguacil con la guardia rural a decirles que tienen que irse; a los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por la crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales; a los diez mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etcétera, que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica. ¡Ese es el pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: ‘Te vamos a dar’, sino: ‘¡Aquí tienes, lucha ahora con toda tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!’” Era, ya entonces, la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.

Ante el poder hegemónico, a lo largo de la república neocolonial, se fue construyendo una cultura de la resistencia con raíces en el sueño martiano. Descubrir su naturaleza y su vigencia es un imperativo presente con vistas a definiciones de orden estratégico y para preservar los valores latentes en una subjetividad centrada en el reconocimiento del terreno que estamos pisando, su historia y una proyección hacia el futuro, forjadora de un consenso activo y responsable.

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