Música

Raúl Paz: Amor por la gente

Magda Resik Aguirre • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Por sobre los acordes de una genuina tonada criolla, el rasgado característico de las cuerdas campesinas y la ovación cerrada del público, sobresale su voz inconfundible al interpretar un tema de Guillermo Portabales: “...soy guajiro y carretero y en el campo vivo bien, porque el campo es el Edén más lindo del mundo entero...”. Suena exquisita esa música guajira que nos pertenece e identifica como cubanos.

En octubre de 2005, el escenario del teatro parisino Olympia —notable por su acústica singular y por ser plaza concedida a unos pocos elegidos del mundo entero— le sienta naturalmente a Raúl Paz. Alucinan las sensaciones de la infancia en el pueblito pinareño de San Luis y regresa una imagen recurrente: su padre sentado frente al televisor disfrutando de Palmas y Cañas, el programa preferido por los cultores del punto y la controversia campesina.

Escucharle exclamar ¡Viva Cuba! en esas circunstancias que establecen un indicador de éxito en el universo musical, conmueve sobremanera. Los años de lejanía y el regreso entonces improbable, no consiguieron borrarle remembranzas y emociones. Por el contrario, ahondaron su raigal sentido de pertenencia: “...siempre cubano me quedaré...”

Soy un guajiro dichoso

“Soy de Pinar del Río —explica Paz—, y tuve la suerte de haberme criado (digo haberme criado porque llegué allí con cinco años y me fui cerca de los 13) en un pueblecito que se llama San Luis; lo defiendo mucho porque estoy convencido de que fue allí donde el arte llegó a mí por primera vez.

“Es un pueblito muy bonito que está a la izquierda de todo. Cuando tomas la Carretera Central todos los pueblos están hacia un lado, menos San Luis.  Y de ahí vengo, y de una familia que no tiene nada que ver con el arte.  Ni mis padres, ni nadie en toda la historia familiar, y lo sé porque conservo el árbol genealógico... No sé por qué; quizá por esos misterios y la gracia de la vida, desde pequeño siempre fui un niño muy inspirado por todo lo artístico.

“Pero hay un momento de mi vida que recuerdo mucho, cuando al pasar por una de las calles —como en muchos lugares de este país, con los portales y columnas que siguen alineadas unas detrás de otras— escuché, por primera vez, una controversia campesina natural, del barbero del pueblo, que tocaba el laúd, con unos amigos.

“De la nada se arma una controversia en Cuba. Es la primera manifestación de arte puro que recuerdo todavía: escuchar a aquellas dos personas que se iban diciendo cosas de una manera tan poética. La mayoría de mis composiciones están inspiradas en ese punto de partida casi teatral, al mismo tiempo musical y con la poesía detenida en ese instante. Lo he guardado en mi memoria; todavía está vivo el del laúd y cada vez que voy a Pinar lo visito, porque es el responsable directo, el culpable de ese despertar de mi vocación.

“Tuve una infancia muy simple y linda porque era tan natural. En mi casa nunca se escuchaba la música porque a mi padre no le gustaba.  Por suerte, veía Palmas y Cañas y era ese el único momento en que, estando él, se ponía música. 

“Otro elemento fundamental en San Luis fue la apertura de la Casa de Cultura. Lo digo siempre y lo defiendo porque da la casualidad que de esa generación del pueblo, salieron muchos músicos, incluso algunos muy conocidos hoy. En ese momento, hubo una gran campaña y un gran esfuerzo en toda Cuba por fomentar que los instructores de arte llegaran a las Casas de Cultura.

“Tuve la suerte de contar con un instructor y un equipo de gente de esa Casa estimulando nuestra creatividad. Nos inculcaron unas ganas muy grandes de hacer arte en ese momento. Y había círculos de interés de pintura, de teatro, de literatura, de música...  Y yo, por supuesto, me anoté en todos.

“Estaba en el de pintura, en el de teatro, en el de escritura para hacer cuentos... Mi primer cuentecito lo escribí a los nueve años.  Era el hombre-orquesta: animaba un programa infantil, bailaba en las coreografías que se montaban en las clases de baile, participaba en una obra de teatro, cantaba, tocaba la guitarra y empecé a dar cursos de guitarra.  Era un impulso muy grande el que nos daban en esa época. Y no es por nostalgia que evoco esos tiempos; yo soy muy poco nostálgico. Pero recuerdo con gratitud esa obra educativa que, después, no he visto se ha continuado con el mismo impulso.

“De ahí salió mucha gente; de esa Casa de Cultura y de ese mismo profesor salieron Jenny (Valdés), la cantante de los Van Van; un gran pianista y compositor que vive ahora en Nueva York, que se llama Elio Villafranca y fue el primer pianista de Carlos Varela en los años del Instituto Superior de Arte; Néstor Luis, profesor de percusión de la Escuela Nacional de Arte. Quienes trabajaban en ese momento en la Casa de Cultura —el director era  Carlos Gener— le ponían mucho amor.

“Fue el tiempo de sentirme artista por primera vez. Mis padres me perdieron para el científico que querían fabricar y aspiraban a que yo fuera, y definitivamente me encaminé hacia este lado del arte”.

Dices que la nostalgia no te anima como ser humano; pero las huellas del pasado y, especialmente de la infancia, marcan inevitablemente la adultez. ¿Cómo valoras a estas alturas ese periodo de tu vida?

La recuerdo como una infancia muy feliz por lo simple que era. Vivir allí en San Luis era muy fácil. Y casi no tenía juguetes: una pelotica, una pistola de palo; pero eso nunca fue muy importante.  Lo más importante —y de ahí el amor que tengo por la gente— era ver a mis amigos del barrio y tener la libertad que se disfruta en los pueblos cubanos de poder caminar solo por una calle a los siete años, y que no te pasaba nada y todo el mundo te protegía. Era un muchacho muy travieso y maldito; era la candela, como dirían. Todavía me recuerdan así. 

Una vez, me encontré a una vecina después de muchos años y me dijo: “¡Ay, niño, pero tú todavía estás vivo!”.  Imagínate tú hasta qué punto era. Me escapaba todos los días al río y hacía cosas totalmente locas. Pero lo que más recuerdo de esa infancia era la libertad de ser simple; la libertad de que nada era muy complicado, y todo era realmente posible. 

Desde que quise ser artista, era el artista del pueblo. Y el cariño de la gente y de mis amigos, es lo que más recuerdo siempre. Pasé una infancia muy feliz, lo que creo muy importante —ahora que soy papá, más convencido estoy—. A veces, los adultos nos creemos que lo más importante es darle cosas materiales a los niños y llenarlos de objetos.  Un niño lo que necesita realmente es mucho amor, mucha a atención, y crearle un sistema de pensamiento para que desarrolle su imaginación y un mundo interior. Y ese mundo lo tuve cuando niño; lo tuve muchísimo y así lo traigo de vuelta.

“Así se vive aquí, a veces tan feliz y a veces casi te arrepientes. No hay mucha solución, no hay mucho que entender, aquí todo es bien diferente".

¿Cómo recuerdas que se produjo el encuentro más comprometido y hasta académico con el mundo del arte?

En el arte siempre estuve. Me comprometí desde muy chiquito. Para mí estaba muy claro lo que iba a ser. Quise ser artista; sin embargo, entonces no sabía qué haría dentro del arte. Por el momento, todo se me daba bien y yo quería ser de todo: actor, músico, bailarín... Aunque de eso último fue de lo que más rápido me di cuenta que no podía ser; no tenía aptitudes, pero durante un tiempo también me lo creí. Además, iba a ser director de cine... iba a ser de todo. 

Después crecí un poquito, y no me fui a estudiar a la escuela de arte porque mis padres, por supuesto, no estaban muy convencidos. Un hijo artista era demasiado: “Tampoco hay que exagerar, toca la guitarrita, haz lo que tú quieras, pero vamos a estudiar de verdad”.

En esa época, había una competencia muy fuerte, que eran las escuelas vocacionales, una opción espectacular. Obtener una plaza contentaba a los padres: “No me inventes nada más, te has ganado la mejor escuela del mundo”. Al final la vida se nos da como está hecha, y lo agradezco, porque la escuela me hizo recorrer otros caminos y también en esos caminos estuvo presente el arte.

Quiero imaginar la felicidad
sin hacerle mal a lo que nos hace falta.
Quisiera volar, quisiera escapar
pero qué será si todos nos damos vuelta....

Y después, hay una anécdota que nunca he hecho y que marcó a su modo un compromiso con la música y el hecho de ser artista, estando en esa Vocacional. Al llegar, enseguida me apunté en los círculos de interés; era el artista de mi año, tocaba la guitarra y cantaba. Un día Raúl Castro fue a visitar la escuela y nos piden, al grupito musical que formamos: “Ustedes se van a parar en un pasillo, él va a bajar por aquí y ustedes tocan ahí una canción y él va a seguir de largo y ya…”

Nos preparamos para tocar, pero yo me dije: “Bueno, él no se va a parar;  pero si se para, él me va a escuchar”.  Y, entonces, tocamos y parece que le llamó la atención y se acercó. Disfrutó y esperó a que termináramos; terminamos el tema, nos saludó muy cordial, con esa voz  —me parece estar escuchándolo todavía—, y nos da la mano a todos: “¡Y qué bien!  ¿Y eso? ¿Y cómo aquí hacen música?”. Y no sé cuántas preguntas más. Y sigue la conversación y le digo: “Sí, compañero Raúl, pero el problema es que los instrumentos están muy malos”.

Ahí se les abrieron los ojos a todas las personas alrededor de nosotros.  Pero él preguntó: “¿Cómo?”. Y le explico: “Sí, mire, es que nos faltan cuerdas”, y enumeré todos los otros problemas de los instrumentos, “pero igual, nosotros lo hacemos”. Tiré mi chicharito ahí, a ver qué pasaba. Y Raúl de pronto dice: “Ah, pero claro que sí, porque ustedes se lo merecen, yo les voy a mandar unos instrumentos.  Así que me comprometo a que les voy a mandar los instrumentos; pero si se los mando, tú te comprometes a que los vas a cuidar y que vas a hacer un buen uso de ellos y vas a ser un artista”. Y yo: “Pues me comprometo”. Siguió su recorrido y todo pareció terminar ahí. Todo, porque después de eso casi me botan de la escuela, llamaron a mis padres: “¡Pero qué falta de respeto, ¿cómo va a estar pidiendo cosas?” 

Dos meses después llegaron los instrumentos. Llegó un enviado y me llaman por el altavoz de la escuela: “Al alumno de noveno grado Raúl Paz, que se presente en la dirección general”.  Y me presentan a un hombre que nunca sabré quién fue: “Mire, yo vengo de parte del compañero Raúl a entregarle los instrumentos”.  O sea, no se le había olvidado, él cumplió su palabra. “Y a decirle que usted tiene que ser…”

Tiene que ser artista...

Ese fue como un compromiso que me tocó así, de pronto. Y de pronto también me convertí en el artista de la escuela. Lo empecé a tomar un poco más en serio, como una responsabilidad cívica, el ser artista.  Un detalle así.  Por eso siempre digo: “Él no sabe lo que hizo…”

En las vocacionales había espacio para el arte, la cultura...

Claro que sí; era un espacio grande. Me hice músico allí porque al darnos los instrumentos, espectaculares, que nadie tenía, nos convertimos en el grupito de todo Pinar del Río. Para cada actividad que se daba lo mismo en Mantua que en otro pueblo, invitaban al grupito de la Vocacional. Esos fueron mis primeros escenarios reales.

Y tus propios compañeros, fueron el primer público...

Exactamente. Ahí empecé a escribir mis primeras canciones de adolescente; se las sabían mis compañeros de escuela, se las sabían en otros municipios, en otras escuelas... eran mis primeras actividades como músico. Y mis padres sufriendo porque, cada vez, me alejaba más de su camino, hasta que ya más grande, en onceno grado, a los 17 años o algo así, me senté con ellos y les dije: “Aquí no queda de otra, tengo que ser artista”. 

Así que vine para La Habana a estudiar el 12 grado en el preuniversitario Saúl Delgado, para poder ingresar a la Universidad de las Artes, que era la última esperanza que me quedaba, y ya dedicarme a esto de una manera profesional.

Abrir puertas a la imaginación

“Al final llegué a La Habana.  Mi 12 grado fue asistir por la mañana a clases, y correr después al ISA, la ENA y San Alejandro porque el propósito estaba claro: entrar en la universidad de las Artes.

“Pasaba horas sentado, haciendo nada, mirando... Era como un proceso mental, diciéndome: “tengo que entrar a esta escuela”; me preparaba también para enfrentar una vida que no era la misma que llevaba en Pinar del Río. Y ahí, en esa búsqueda, un día me encuentro con el maestro Armando Suárez del Villar, que es una persona muy importante para mí. La única posibilidad que veía en ese momento era estudiar teatro, porque en música lo había intentado en la ENA, ganando una plaza para entrar en guitarra, pero mis padres no me dejaron, y era tarde para comenzar algún instrumento en la academia.

“Mira, sí, yo te ayudo en todo lo que sea teatro, pero también está canto”, me dijo Suárez. “El canto clásico...” ¿Canto clásico? En mi vida había escuchado nada clásico. “Yo soy guajiro, yo soy guajiro... ¿Cómo que canto clásico?” Pero poco a poco él, un gran maestro de verdad, me fue convenciendo y me fue orientando en lo que debía ver en los teatros.

“Así vi mi primera ópera, las primeras obras de teatro… Suárez me dejaba entrar a sus clases, me presentó a mucha gente y, de cierta manera, me empezó a preparar. Efectivamente, cuando voy a las pruebas de teatro en el ISA, Mary  Rosa, que después fue Decana de la Facultad de Música y era quien hacía las pruebas de música también para Actuación me preguntó: ‘¿Por qué no haces las pruebas para entrar a canto?’”

“Después me enteré que Suárez del Villar le había hablado a Mary Rosa para que me convenciera como un músico… En fin, que me embullaron y también hice las pruebas para canto. Y aprobé las dos: teatro y canto, como primero en el escalafón de las dos.

Entonces la Doctora Graziella Pogolotti, que fue Decana, me retó: “¿Por qué no intentas las dos carreras?” Lo hice, pero era una cosa totalmente desquiciada, imposible. Muchas asignaturas por semana...  Y, muy rápido, Suárez del Villar me dio la opción: “¿Qué tú te sientes más?” Y yo le respondí: “Lo que más me siento es músico”.  Su sugerencia fue: “Quédate en canto, que el canto clásico de cierta manera es también teatro, ópera, zarzuela, comedia musical y te dejamos ir a las clases de teatro, solo a esas”. 

Es la pequeña historia. La gente, a veces, se confunde y cree que soy actor…

Imagen: La Jiribilla

Pero la actuación es un recurso muy útil para tus presentaciones...

Por supuesto. Un concierto está muy cerca de una función de teatro.

Tiene su dramaturgia, tiene sus momentos de clímax...

Claro, y esta canción no va aquí porque quiero;  va aquí porque le toca.  Y el discurso y las luces y la salida y la entrada... conforman un todo. Suárez del Villar me ayudó a entender la teatralidad de cada presentación musical. Incluso, en un momento quiso crear una cátedra para enseñarle actuación a los músicos, a los instrumentistas, a los futuros pianistas o violinistas, para que entendieran que es un acto teatral pararse en un escenario. Desde el momento en que aceptas pararte en un sitio delante de un público, entrar, salir, quizá hablar, emplear la gestualidad... estás haciendo algo muy escénico.

¿Coincides en que la musicalidad de los temas que compones y la poesía de tus canciones poseen una dramaturgia a lo teatral?

Sí, ciento porciento. A veces, es inconsciente y otras muchas es consciente. Me encanta hacer canciones, no solo para mí; hago canciones para otra gente. Es como asumir un formato en miniatura, comparado con una obra de teatro, donde hay muchos elementos dramatúrgicos  que se meten en plaza, tanto musicales —eso lo aprendí más tarde, estando en Europa—como narrativos. Solo debes redondearlos en 3 ó 4 minutos. Me gusta ese reto porque para mí es muy importante contar historias que no sean  reales, ni muy precisas, ni muy claras o evidentes, pero sí deben proponer un recorrido hacia imágenes...

Y hacia un  estado de ánimo...

Por eso me es muy fácil hacer mis videoclips, porque cuando estoy escribiendo, las imágenes pasan. Compongo con imágenes; es mi manera de pintar. Una imagen que pueda llevarnos hasta los detalles, e ir recorriendo ese camino hacia un estado de ánimo. Y abrir puertas hacia lo que la imaginación del que está escuchando lo lleve; algo que me ha fascinado siempre.

"No te preguntes más, para de preguntar, la vida es casi todo lo que llega. Si te vas a encontrar en el mismo lugar empuja para que se abra la puerta, que hay que querer, querer el tiempo de intentarlo..."

Al componer se suceden las imágenes; pero, ¿cómo es el proceso de conseguir la música y plasmar en un papel la lírica que siempre acompaña a tus canciones?

Es muy raro, ni yo mismo lo entiendo. Depende de las canciones, de los temas. Generalmente, viene una idea como una imagen, o sea, tengo la certeza de que quiero hacer una canción sobre un tema. A eso le acompaña una sonoridad, un trozo de música;  generalmente empieza así, con algo muy chico. Pero después es un juego muy macabro, terrible para mi cabeza, entre la dramaturgia de la sonoridad y del contenido. Trato de mantener un equilibrio entre el contenido de lo que estoy diciendo, a nivel de texto, y la sonoridad, tanto de las palabras como de la música. Es cuestión de equilibrio, tender un puente entre las dos. Todo se va mezclando en un ejercicio que exige mucho trabajo mental.

¿Y mucho tiempo?

Bastante poco para el que debería, porque vas agarrando oficio. Un tema como “La madrugada”, el primero que compuse para un disco, me tomó como seis meses para encontrar ese compromiso entre la sonoridad y lo que deseaba expresar; quería que todo fuera coherente, que no hubiese una letra sobre La Habana y luego le pusiese música; que ninguno de los dos componentes tuviera prioridad.

¿No sucede que escribes un texto y luego le colocas música?

Eso nunca me ha pasado.

"Azul cada gesto que duele, que queda, que asoma y desea. Azul la noticia, las horas, los besos y las caricias. Todo ese azul que nos llega y que no se va, contradicción con tus ojos color marrón."

Los colores cobran vida en tus temas; aquello de mil colores más y las imágenes que se suceden en ráfagas como para que cada quien las coloree a su antojo...

Para nada se me dieron las artes plásticas. Esa es mi frustración principal. Pero las disfruto de una manera muy naïve; intento conservar esa naïveté que quedó del niño de Pinar del Río. Consumo mucho de artes plásticas y consumo más poesía. Es un concentrado que me fascina.

Cuando conocí a Julio Cortázar —literariamente hablando—, encontré una gran influencia para mi manera de escribir. Esa incoherencia-coherente: las cosas pueden estar dichas o no, y jugar con las formas y los colores de ese modo medio impresionista. Después estudié musicalmente ese momento del arte en Francia, el impresionismo, sobre todo en Debussy y Ravel, que buscaban los colores en el sonido y lograron timbres que no existían y que evocan tonalidades y colores.

Has vuelto a evocar al niño que fuiste.  Tus textos sugieren, colocan la nota filosófica pero no son enrevesados; exhiben una poética casi ingenua entre el retrato de lo cotidiano, el lirismo y la ternura. ¿Algo consciente?

Pasé por lo que otros artistas: en una etapa de mi vida fui muy enrevesado. Lo conservo por ahí como prueba, tanto musicalmente como a nivel de texto. En un momento determinado sentí que me estaba perdiendo en la técnica; que estaba tratando de demostrar a todo precio cuánto había estudiado, cuánto me había sacrificado. Mi primer proyecto de disco — estando ya en Francia— fue un desastre. Las canciones eran tan complicadas y yo me esforzaba técnicamente en concebirlo.

"Hoy voy a cantar canciones a mi manera, para que no te enamores de otros amores y que me quieras. No te cantaré canciones con palabras escogidas, ni con formas aprendidas para que suenen mejores. No quiero cantar canciones con temas intelectuales, ni de dramas pasionales con ambiciones menores. No te cantaré canciones que se escuchen dondequiera y que los otros las tomen y que se apoderen de ellas sin conocer mis razones."

“Ese proceso lo viví muy bien. Era estudiante de la escuela Schola Cantorum y en ese momento todavía cantaba música clásica. Un día, me encontré con un productor muy importante que me escuchó cantar en un sitio y me propuso hacer un disco. Le llevé mi maqueta y después me la valoró diciendo algo así como ‘qué bien está todo eso, habría que ver si alguien te lo compra; pero está interesante’. Entonces, me invitó al día siguiente a una fiesta donde se reunieron músicos franceses muy importantes. Allí me invitaron a descargar y yo en mi descarga, cantaba, improvisaba... Mientras, él lo había filmado todo. Al otro día, en su casa vimos el video y me dijo: “Ese eres tú, el otro es el compañero que estudió. Si puedes crear algo con eso, hacemos un disco mañana por la mañana”.   Y así fue. Me liberó hasta de lo que había aprendido, ser yo y llegar al público que tengo, que es muy abierto, que va desde gente muy joven hasta muy adulta. En una canción cuento con tres minutos y en esos breves instantes quiero llegar a decir cosas muy concretas. Lo más importante para mí es comunicarme con la gente.

Eso vino conmigo

"Saber es cosa de tiempo, pero ser, eso se trae, con el traje o sin el traje, desde afuera o hacia adentro, la canción o el sentimiento salen a la luz."

Tito Puente, el memorable percusionista norteamericano de origen puertorriqueño, le ofreció una de las mejores lecciones de su vida cuando ante su preocupación porque algo no sonara cubano, le lanzó una frase imposible de olvidar: “Raúl, es que el cubano eres tú”.

Paz se define con dos términos imprescindibles si de entender su cosmovisión se trata: soy músico, más que intérprete o compositor y soy un cubanazo. Las dos vocaciones bien precisas confluyen en las sonoridades de su autoría. Los especialistas se desgastan enunciando una larga lista de géneros, ritmos, influencias que concurren en su obra: trova-salsa-pop-electro-funk-timba-fusión, pero desarmar el rompecabezas sonoro no parece ser su intención.

“Son muchas las influencias. La música guajira determinó que la gran mayoría de mis canciones sean en tonalidades menores. Después, soy muy curioso y durante esa etapa juvenil en La Habana no me perdía nada: todos los Sábados de la Rumba, los domingos en la función de la ópera, los ballets, fui hasta de público varias veces al programa televisivo Palmas y Cañas.

“Puedo estar mañana en cualquier concierto, de cualquiera, de lo que menos te puedas imaginar, porque necesito ver y escuchar. Lo mismo voy a un concierto de rock al Maxim… que me llego a la Casa de la Música para disfrutar en vivo a Manolito Simonet, que es mi amigo; como el otro día fui a un concierto de Micha, el reguetonero.

“La música cubana siempre estuvo muy presente en mí; pero una de las cosas mejores que me pasó es que estando fuera de Cuba, un español amigo que estudiaba flauta conmigo, en la misma escuela, me prestara un casete con música de la vieja trova santiaguera. Con eso me entró un orgullo muy raro.

“A partir de ese momento, descubrí realmente a los Matamoros, a Bola, a María Teresa Vera —que es lo más grande—, a Guillermo Portabales... Debemos entender lo que Matamoros y esa generación, dejaron como modernidad en la música cubana. Lo tenían todo clarito. Es el primer grupo de pop diciendo que la pop es la música popular cubana. Sus canciones son todas eficaces, empiezan con lo que se pega, duran tres minutos, tienen un A, B, un C, y después vuelven a B. La línea melódica es universal, que no es una línea solo nacional. Y con Matamoros aprendí muchísimo de cómo para ser cubano no necesitamos tanto; quizá hay un elemento nada más metido en medio de eso, y ahí está, la cubanía no es algo que haya que llenar de cosas. Ser cubano es muy simple, es ser tú.

“En un momento determinado en Europa, en Francia, tuve algunos conflictos. Me entrevistaban y me decían: ‘No, pero tú no eres cubano en la música’. Y yo les decía: ‘Sí, soy cubano, cubanísimo, porque el cubano aquí soy yo, ¿cómo que no soy cubano? ¿Por qué, te lo tengo que demostrar más?’”

También existe una suerte de cliché o estereotipo de lo que es lo cubano en la música. Y la música cubana es de una variedad y un sincretismo impresionantes.

Ese estereotipo nos ha hecho muchísimo daño, aunque poco a poco se está descomponiendo.  Pero eso hace que lo que llega de música cubana afuera sea solo una cosa, y una cosa que venga del pasado, que tenga que tener sonoridades del pasado. ¿Qué país se puede desarrollar si lo único que se consume proviene del pasado? Cuando empecé a hacer mi música en Francia, la gran problemática era: no quiero hacer la música cubana que ellos quieren escuchar.

Sí hay mucha cubanía en mis temas. De hecho, los inicios de mis maquetas generalmente son elementos del son, la guaracha... Utilizo muchísimo el fraseo de la rumba en mis canciones.  A veces, desplazo los textos de tal manera que da la impresión de que es más hablada y más sincopada, aunque sea una canción que detrás tenga un ritmo de rock o de funky.

Es todo un tema la cubanía, también musicalmente hablando...

Es que hay mucho cubano. No tiene nada que ver el cubano del Bola con el de Los Papines, el de Rita o Lecuona, con el de Irakere. Nos reducimos demasiado y nuestra música es muchas cosas dadas las características especiales de este país. La Habana fue un centro de recaudación de música del mundo entero durante mucho tiempo; todo el mundo paraba por aquí y traía influencias.

Los españoles trajeron consigo música y los esclavos cubanos, como en pocos países, si se volvían músicos conseguían la carta de libertad. Se crearon orquestas de músicos que habían sido esclavos y ahí empezaron las mezclas y apareció esa música mestiza, que siempre fue muy libre. Esa libertad conquistada ha hecho que la paleta de la música cubana siempre haya sido muy diversa.

Siempre trato de no reducir lo cubano, porque es mucho más de lo que creemos. Y después, el detalle de lo cubano lo ha empleado todo el mundo, porque cuando Dizzy Gillespie tocó con Chano Pozo, él estaba utilizando un elemento del arte cubano en esas percusiones endemoniadas. Y después, ¡tanta gente a lo largo de la historia ha usado los elementos! que es impresionante.

Hay una pianística cubana, por ejemplo, a desarrollar y exponer, que viene de una mezcla entre lo clásico y lo popular, que va desde Ernesto Lecuona pasando por Chucho Valdés, hasta llegar a Pity Cabrera, por poner el ejemplo de un muchacho que toca conmigo.  Ese toque cubano se ha usado tanto por el mundo que muchas veces no lo palpamos ni lo queremos desarrollar.

Y la guitarra es otro ejemplo, o el trabajo con los metales. Esa Cuba de los años 50 que nos trajo una manera de entender la música cubana es solo una parte. Nada que ver con los danzones de principios de siglo, con las guarachas de los 30 y los 40, con Ñico Saquito y toda esa generación de temas basados en historias jocosas y con una rítmica totalmente diferente.  Y la música de Oriente, donde se desarrollaron el changüí y tantas variantes rítmicas. O sea, que la música cubana es extraordinaria y grande.

Infinita…

Y eso es lo cubano para mí: el infinito.

No presumes de tu formación vocal cuando cantas. ¿Por qué?

Considero que ese es otro de los problemas: el exceso de tecnicidad a veces nos limita y nos impide expresar lo que queremos con la música. En la música clásica, el personaje tal lo tiene que cantar un barítono y no un tenor, porque no le va a la manera en que está escrita la historia; porque ese color es el que mejor va a trasmitir ciertas cosas.

Aplico lo mismo en mi música. Lo he ido aprendiendo poco a poco y lo trato de desarrollar; me parece tan poca cosa alardear. Prefiero ser alguien sencillo que presumir de ciertas cosas. Además, no tengo una gran voz.  Era una voz lírica ligera más bien; tengo agudos y los empleo donde son necesarios porque lo importante es el mensaje que quiero comunicar, para hacer un todo de cada canción.  Muchas veces abusamos de las capacidades vocales y nos creemos que ser cantantes es tener la posibilidad de gritar o de proyectar un agudo bien sostenido, pero para mí no es lo principal.  Tampoco tiene que ver con la modernidad, y yo canto en estos tiempos que corren.

Imagen: La Jiribilla

¿Tan apegado que estás a la tradición?

La tradición es el primer paso a la modernidad; es la que nos enseña a seguir adelante. Pasó la época en que había que gritar o buscar elementos artificiales para engrandecer la voz. No existían los micrófonos y por eso surgió el arte lírico.  El arte cantado salió de los salones reales a los teatros y había que seguir cantando. Entonces, hubo que amplificar el sonido a base de pura técnica: llevando la voz a la cabeza. Hoy el arte del micrófono se ha vuelto muy importante, y ese mundo sigue desarrollándose. Existen instrumentos técnicos muy especializados que te permiten otros muchos resultados con la voz.  Lo ideal es poder combinar las dos, si un día hay que cantar a capela, se canta.  Después, el micrófono te permite susurrar, decir las cosas de cierta manera. Y volvemos al teatro: es poder expresarnos de muy diversas maneras y trasmitir los más variados sentimientos. Entonces, ¿por qué no estar con la modernidad? Es un poco lo que lograron los impresionistas a principios del siglo pasado cuando los instrumentos comenzaron a variar el color.

Esa sensación rara que es el amor

"De  lejos alguien nos mira sin saber nada,
tu mano sobre la mía como si hablara,
 y hay tantas cosas que duelen y tanto que se va, contigo empezar el día es volverse a enamorar como un deseo que no me alcanza o que vuelve, un aguacero de amor que no se arrepiente."

En tus textos conquistas con cierta sublimación de la vida cotidiana, un lirismo que privilegia la satisfacción, el gozo por habérsenos concedido la vida, con ese apego a la tradición poética de nuestra cancionística. ¿Por qué renunciaste a lo descarnado y vulgar que suele proliferar en algunas propuestas musicales contemporáneas?

Eso tiene sus orígenes pienso que en mi pudor. Soy una persona muy púdica, aunque cuando estoy en el escenario, soy bastante expresivo. Pero ese es el que canta; ¡allá él! En realidad soy bastante tímido y muchas veces introvertido. Me encanta la soledad y en ese trance encontrarme a mí mismo. 

Lo que más me gusta en la vida es que la gente me hable de una canción mía y compruebe que ha llegado a una conclusión totalmente diferente a lo que yo quise decir, pero que lo hiciera feliz. Lo más importante es abrir una puerta, mostrarle un camino a la gente y no decirle exactamente. Es algo que suele inspirarme mucho.

¿Sugerir?

Siempre me ha gustado sugerir, más que decir claramente las cosas. Tal vez sea una deformación mía, de mi intelecto, no sé, pero es verdad que hay recurrencia en eso. Al mismo tiempo que cuento una historia y digo cosas, voy más con la imagen como instrumento de abrir puertas que como instrumento exacto, de exactitud.  No sé, hay muchas preguntas que no me hago, y esa es parte. En todo caso, sé que hay una voluntad de no decir, y después, de no abrirme completamente como ser humano, de dejar que la gente se haga su propia opinión.

Habana que está esperando

"Me quedaré sentado en el Malecón y quedarán y quedarán, besos que aprendieron a volar sobre la sal.... besos de madrugada, que yo dejé en La Habana."

“Mi relación con La Habana siempre ha sido de encuentros. Nunca se me va a olvidar la primera vez que vine a La Habana. Me hospedé en el hotel Presidente con mis padres. Lo que más me impresiona de La Habana siempre es volver, es llegar, entrar. Siento esa sensación de que se trata del lugar al cual pertenezco”.

¿Donde se está bien?

Donde se está bien espiritualmente, donde me siento liberado de muchas cosas. Nunca he llegado de viaje y he ido a mi casa: llego, suelto todo y me voy a la calle. Es la necesidad de respirar. Y me encanta ese encuentro: ¿qué voy a descubrir hoy?  Creo que es una ciudad que se expresa poco a poco; la vas conociendo y te la vas reinventando. Y a pesar de que es una ciudad que físicamente no se mueve mucho, y que llegas con el tiempo y es como la misma, en el fondo —bien adentro—, posee como una efervescencia general provocada por la misma gente que vive aquí. Es por eso que siempre me iré para volver. Irme es siempre tener el privilegio de regresar.

Regresar renovado en el deseo; en la pasión por La Habana

Es como una relación de amor: lleva una ida y una vuelta muy importante. 

Como para recordar el valor que tiene.

Exactamente.

Hablas tenazmente del amor. Buena luz, buena fe, buen amor...

Sí, hablo del amor en todas sus facetas porque hay muchas cosas  enmascaradas detrás de ese sentimiento y que no necesariamente hablan de relaciones amorosas. Creo mucho en el amor como impulso para la vida, en el amor a muchas cosas, no solo entre dos personas.  Y la manera que encuentro de expresar eso, muchas veces es a través del amor mismo.  Tengo canciones, que si un día confieso a qué me refería cuando las escribí podría causar una decepción.  Pero es mi traducción de temas cotidianos a través del amor, que es universal y nos toca a todos. Nos toca esa sensación rara que es el amor. 

A veces, tendemos a olvidar que el amor es un motor muy importante en la vida; debería estar presente en tantos momentos; en la manera en que se vive y piensa, en el optimismo que le pongamos al diario y en la pasión con que se hacen las cosas. Tiene que existir ese contenido de amor."

Raúl Paz es papá, ¿serán estos algunos de los secretos de vida que intentas trasmitirle a tus hijos?

Ser papá es riquísimo y estoy convencido de que esa condición cambió mi vida, como se la cambia a todo el mundo, o yo espero que sea así.  Uno es una persona antes y otra después. Y para mí fue muy importante entender que la vida al final está muy bien hecha: unos se van, otros llegan, y tú pasas de ser el del principio para ponerte en el medio y luego ir al final, en esa secuencia. Entonces, te llega una responsabilidad que cada quien trata de asumir como puede. 

Siempre digo que es un tema muy complicado y que nadie tiene la fórmula. Trato de trasmitir a mis hijos lo que recibí, que son valores de civismo muy simples.

¿Como cuáles?

Sinceridad, respeto, cordialidad, las cosas más elementales, nada muy complicado; la amistad. Ser un ser humano más, pero con muchas ganas de vivir y de hacer. 

Que se abran camino, porque ahora les toca a ellos, y después sus hijos vendrán. La vida es un proceso y no nos pertenecemos solo a nosotros. Nos vamos perteneciendo unos a otros. Somos una cadena y si algún eslabón se rompe, quedamos muy mal. Esa continuidad, siendo una persona normal, me encantaría que ellos la lograran en su destino muy personal.

¿Y cómo ser normal en tu caso, teniendo una carrera musical exitosa, reconociéndote las personas en la calle y, a veces, interrumpiéndote cuando menos te lo esperas?

Normal para mí es que desde niño quise ser artista y no puedo pretender que ahora no me guste; no puedo hacerle ver a la gente que me molestan, porque eso forma parte de mi normalidad... aunque, a veces, puede que me molesten y, a veces, lo tenga que decir cuando no queda remedio.

Nunca cantaré una canción en la cual no ponga mi honestidad. Y eso es parte de ser normal, de asumirse como uno es y tenerlo presente cada día en los buenos y los malos momentos. Ante todo debo ser sincero conmigo mismo.

Ir siempre más allá

"... tienen mucho que decir pienso yo..."

Raúl Paz ha vivido en Argentina, Uruguay, Brasil y Francia; ha tocado sencillamente en un bar y en los sitios más codiciados por cualquier músico; ha compartido sus presentaciones con Tito Puente, Rosario Flores, El Cigala, Gilberto Gil, Ketama, Pasión Vega... entre otros muchos que le participaron del conocimiento acumulado; lo coronaron en 1999 con el Premio ACE de la prensa norteamericana como la revelación masculina; trabajó con productores de la talla del francés Olivier Lorsac y el norteamericano Ralph Mercado; se coloca en la piel del otro para componerle a colegas que cantan, apropiándoselas, canciones de su autoría; posee una discografía propia que apunta a la decena y logra idear y dirigir sus propios videoclips distinguidos en Cuba.

Quizá, la medida fiel de su realización artística permanezca en su país natal, donde las personas le reconocen en las calles y disfrutan de sus canciones con tal familiaridad, como si nunca hubiera salido al mundo exterior.

Paz no se detiene. Vencer una etapa de creación parece ser el estímulo para descubrir nuevos derroteros. Su interés por encontrar y brindarle oportunidades a nuevos talentos de la música cubana; su promesa de regresar en algún momento al canto lírico, como para no olvidar; su sueño de dirigir a un elenco joven desde una mirada contemporánea en su versión de la ópera La Traviata; su pretensión de convertir las artes de la producción en materia académica... dan fe de su inclinación al desafío. Alguna vez reveló su designio de “ir siempre más allá de lo que uno sabe, de lo que uno puede, de lo que uno debe”.

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