Lo que Martí dibujó

Adelaida de Juan • La Habana, Cuba

Con este mismo título la autora recogió en plaquette publicada por la Editorial Pablo de la Torriente en 1995 una selección de los dibujos de Martí. Al ver los dibujos tenemos un poco la sensación de que, indiscretos, nos estamos asomando a su intimidad. Podemos así saber qué llamó su atención en un momento pasajero, qué le interesaba como recordatorio y apoyatura de algún texto planeado o qué respondía a un interés constante.

Estos dibujos no fueron hechos para exhibirse, ni siquiera, pensamos, para mostrar a otra persona. Muchos, casi todos, aparecen en los márgenes o en páginas enteras de los cuadernos de apuntes que acompañaron a Martí durante años y fueron sus confidentes cercanos. Como ocurre con los amigos de mucho tiempo, no era necesario deletrear toda la frase pensada, ni siquiera cada palabra que daba forma al pensamiento o a la información atesorada para el futuro. Martí ideó -sólo para sí, porque en definitiva los apuntes lo eran- una suerte de taquigrafía personal para que su escritura emulara con la velocidad de sus ideas. De cierta manera, era como pensar en voz alta, de modo tal que quedara registrada la idea con todos los detalles que su memoria requería.

Compañeros de tales apuntes escritos son sus dibujos. En ellos también podemos detectar esa especie de taquigrafía comunicativa que alcanza en algunos casos la categoría de una caricatura en cuanto a capacidad sintética de rasgos. En otros, por el contrario, el dibujo se detiene en algún conjunto de detalles que por una razón u otra era importante para Martí. En cualquier caso, resulta evidente que él dibujó en los cuadernos (y en algunas hojas que, con otro destino inicial, tuviera en sus manos en el momento) por necesidad de expresar, de documentar, de recordar, y no por deseo de exhibir algo hecho a vuelapluma y sin retoque alguno.

Varios retratos, como el de Bolívar, corroboran su manifiesta admiración por el venezolano, “aquel hombre solar”, expresada intensamente en diversos textos martianos. Debajo de este dibujo, hecho al dorso de una carta de Carmen Zayas Bazán fechada en “Pto. Pre. Príncipe Enero 7 de 1881”, Martí anotó: “Mirada devastadora como hecha para penetrar hombres y montes; enjuto como espíritu puro; triste como hombre alto; de labios gruesos y casi belfudos, como de hombre hecho a vindicar palabras hervidoras, de frente, que ofrecía ancha plaza a la luz, surcada” aquí se interrumpe lo escrito por Martí. La consonancia entre el apunte escrito y el dibujado no deja de llamar la atención por la capacidad expresiva de Martí en ambas formas de comunicación, aunque estuviera mucho más ejercitado en una que en otra. Martí dibuja el torso de Bolívar, con un rostro de contornos más bien emaciados y frente alta surcada por varias líneas. No podemos saber en qué momento preciso Martí realizó estos apuntes aunque pensamos que fue durante los meses de su estancia en Venezuela. Quizás no pensara tanto en aquella estatua del Libertador a la cual acudió, el mismo día de su llegada a Caracas, el 20 de enero de 1881, “sin sacudirse el polvo del camino”, por su insistencia en el rostro; quizás recordara más alguna escultura de pequeño formato o retrato pintado que atendieran a la semblanza de la cabeza bolivariana y no a una representación de cuerpo entero.

Otras figuras no han sido identificadas, y quedan como apuntes de personas que por alguna razón despertaron su interés. Por ejemplo, en un fragmento en el cual dibujó con trazos ligeros el busto de un hombre, puede leerse una nota que escribiera sobre el maestro Rafael Cordero, quien "nació en P. R. en 1790, de padres criollos ...y murió en 1868". Escribe Martí: "Tabaquero de oficio, se hizo maestro Raf. por vocación y enseñaba a la vez que torcía, rodeado de niños. Y al cesar el trabajo, salía a predicar a los padres la necesidad de la enseñanza y a hablar de ella a los niños que encontraba al paso." Si el apunte escrito se refiere, en efecto, al apunte dibujado, no haría sino subrayar la altísima estima en que Martí tenía a la enseñanza y la labor del maestro. ¿No le dejó encargado a María y a Carmen Mantilla la fundación de una escuela como noble tarea?

Aún otras páginas señalan la posible ampliación de un tema tratado en un texto: pensamos en los dibujos de palmas en los cuales se esbozan ciertas funciones (basamento y capitel) que las acercan a elementos constructivos. Los puntos de contacto señalados entre la arquitectura de la antigüedad egipcia y la morfología del papiro, parecen haberle suscitado una aproximación análoga entre la forma del tronco y las hojas de las palmas, y una posible arquitectura cubana. En las páginas de La Edad de Oro dedicadas a “La historia del hombre contada por sus casas” se evidencia el papel protagónico que Martí otorgaba a la arquitectura como portadora de valores expresivos y culturales.

“¿Quién tiene ojos y no es pintor?”, escribió Martí en la página inicial de uno de los cuadernos de apuntes de tapas verdes. Quizás el Martí adolescente ya pensaba así cuando ingresó en la clase de dibujo de la Academia San Alejandro en La Habana. Aunque su paso por esas aulas fue de apenas un mes, al abrirse el curso de 1867, su interés por las artes plásticas, en especial la pintura, habría de matizar toda su vida, llegando a afirmar en carta dirigida a su amigo Miguel Tedín en 1889 que se daba "un día de cuadros cada mes, para que me entre el alma en romance y color". Algunos de los ensayos seminales que publicara Martí desde muy joven en varias publicaciones periódicas, centraron su interés precisamente en exposiciones de pintura. Estas crónicas sobre arte revelan no sólo su interés sostenido, sino también su conocimiento profundo de esta manifestación cultural. Martí ha dejado páginas memorables sobre el arte que conociera directamente en México, España, Francia y Nueva York, en museos, exposiciones y directamente en los estudios de los pintores. Para él —y en esto como en otros aspectos fue bien precursor— la palabra arte tenía un alcance mucho más vasto que el que solía otorgársele en su época. Y, como es sabido, desde temprano mantuvo interés acendrado por las expresiones de Nuestra América, las de su época y las anteriores. Ambas apreciaciones se vinculan al insistir Martí en el conocimiento de las obras de los pobladores autóctonos del continente, que lo llevó a publicar, en La América y luego en La Edad de Oro, páginas extraordinarias sobre las “Antigüedades mexicanas” y “Las ruinas indias”.

Diversos dibujos revelan precisamente este interés. Ante algunas páginas en las cuales Martí dibujó varios apuntes vinculados entre sí, tenemos la impresión de que aquéllos fueron realizados frente una colección catalogada temáticamente (y en la época considerada sólo como arqueología); pudiera ser durante una visita a algún museo o exhibición. Las acotaciones nos inclinan a esta suposición: “En un estante tenían especímenes de potes de la Am. del Norte”; y más adelante: “13 1/2 - 10 figures in relief representing females, 5 of which grasp a child with the left arm”. En una misma página puede usar los dos idiomas: “Vaso peruano” junto a “Am Jug. (Puebla) found in ruins in Arizona”. “Ídolo cubano” aparece en una página dedicada sobre todo a "Vasos peruanos", ambos pertenecientes a épocas prehispánicas. Debemos resaltar que, al menos en una ocasión, al realizar cuidadosos dibujos a lápiz, Martí apunta observaciones que van más allá del mero recordatorio descriptivo como los que hemos mencionado: “Pipas de barro, y entre ellas una de barro de figura muy curiosa, circundada por una serpiente"; o bien, "el pájaro, tan usado en todos sus ornamentos”. Aquí se pone de evidencia que el dibujante está familiarizado con aquello que ha llamado su atención, ya que señala caracteres disímiles o usuales en las piezas que está reproduciendo.

La atracción que las obras precolombinas ejercieron sobre Martí se hace aún más evidente cuando contemplamos una de sus autocaricaturas asociada a la figura yacente del Chac-Mool. Es sabido el amor que Martí sintió por México, "el país que después del mío quiero en nuestra América más", dirá en carta a Mercado de 1889; en "Las ruinas indias" se refiere a Chichén Itzá, de donde procede el Chac-Mool, como "un libro de piedra". ¡Cómo da que pensar que Martí se haya visto —es un rostro joven, como en la primera estadía de Martí en México— coronando el cuerpo del altar del sacrificio mítico de una cultura autóctona que él admiró y quiso tanto!

Imagen: La Jiribilla
Autorretrato de Martí. El original mide apenas 2 cm. de largo.

Pero sin dudas la más divulgada e impactante de las varias autocaricaturas de Martí es una que él dibujó, entre otros apuntes, en una hoja de escribir de la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Washington en 1891. Recordemos que Martí asiste a la Conferencia como delegado por el Uruguay y escribe, además, páginas siempre vigentes de lúcido análisis y apasionada denuncia de la "idea imperial" que ya entonces se trató de implantar. La autocaricatura revela a un Martí de la madurez, de frente despejada y amplios bigotes. El dibujo es bien pequeño (20 x 15 mm), y se encuentra en la sección central inferior de la página en la cual hay otros esbozos: tres libros abiertos y alados: encima de ellos, la frase "Por América"; hay, además, un perfil caricaturesco, dos cabezas de frente y otra figura perfilada entre varios trazos garabateados. El dibujo de la cabeza de Martí es realmente una obra maestra de su género: trazos enérgicos y seguros que dan lo esencial de la figura, acentuando sus rasgos más característicos con una voluntaria deformidad expresiva. “Aquí más que la forma sorprende el atrevimiento de haberla desdeñado”, escribió Martí sobre el pintor que más admiró. Pensamos que en este apunte minúsculo por su tamaño, enorme por su proyección, Martí hizo suya esa vertiente goyesca tan en empatía con cierta zona de su obra escrita para dejarnos ver, a la distancia del tiempo que no de la admiración, cómo él se percibió a sí mismo en un momento de intensidad y soledad.

Fragmento del libro José Martí: Imagen, crítica y mercado de arte, de Adelaida de Juan. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1999.

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