La solidaridad con los niños pobres

Ana Cairo • La Habana, Cuba

No creo que sean numerosos los lectores del primer texto conocido de José Martí, la carta a su madre fechada el 23 de octubre de 1862. Conmueve el modo en que este niño de nueve años cumple con los deberes filiales. Ayuda y cuida al padre y sirve de cronista minucioso para que la madre sepa cómo los dos viven en la zona de Hanábana:

[…] papá no siente nada de la caída, lo que tiene es una picazón que desde que se acuesta hasta que se levanta no le deja pegar los ojos, y ya hace tres noches que está así.—

Yo todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos. Todavía tengo otra cosa en que entretenerme y pasar el tiempo, la cosa que le digo es un “Gallo Fino” que me ha regalado Dn. Lucas Sotolongo, es muy bonito y papá lo cuida mucho, ahora papá anda buscando quien le corte la cresta y me lo arregle para pelearlo este año, y dice que es un gallo que vale más de dos onzas.

“A la madre”, Obras completas. Edición crítica, Centro de Estudios Martianos- Casa de las Américas, La Habana, 1983, t.1, pp.15-16.

Doña Leonor Pérez, lamentablemente, destruyó las cartas que el joven desterrado en Madrid y Zaragoza le remitió entre 1871 y 1875.

En México, Martí se convirtió en un periodista profesional.  Durante los 15 años de residencia en Nueva York, desarrolló todas las potencialidades de gran creador literario en dicho oficio. Se entrenó como un observador metódico de las costumbres, un analista político-social y un interesado en las problemáticas de las historias de vida y en la geografía de los grupos humanos.

Denominó Escenas a varios conjuntos de crónicas. Podrían agruparse en grupos temáticos: las más famosas son las norteamericanas; sin embargo, habría que recomendar también el disfrute de las españolas.

En la fechada el 1ro. de septiembre de 1883, construyó un paralelo entre los pobres y los ricos. Profundizaba en la geografía humana de máxima polaridad en Nueva York. Mientras una parte de la población con recursos económicos se iba de vacaciones para huir del intenso calor en la urbe; los pobres sufrían más. El infierno tenía gradaciones. Las víctimas supremas eran los niños:

¡Ay! allá en la ciudad, en los barrios infectos de donde se ven salir por los techos de las casas, como harapientas banderas de tremendo ejército en camino, mugrientas manos descarnadas; allá en las calles húmedas donde hombres y mujeres se amasan y revuelven, sin aire y sin espacio […] allá en los edificios tortuosos y lóbregos donde la gente de hez o de penumbra vive en hediondas celdas, cargadas de aire pardo y pantanoso; allí, como los maizales jóvenes al paso de las langostas, mueren los niños pobres en centenas al paso del verano. Como los ogros a los niños de los cuentos, así el cholera infantum les chupa la vida; un boa no los dejará como el verano de New York deja a los niños pobres, como roídos, como mondados, como vaciados y enjutos. Sus ojitos parecen cavernas, sus cráneos cabezas calvas de hombres viejos, sus manos, manojos de yerbas secas. Se arrastran como los gusanos; se exhalan en quejidos. ¡Y digo que este es un gran crimen público y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado!

“39. Cartas de Martí”, Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana,  1963-1973, t. 9, pp458-460. (Esta edición se indicará con las siglas OC).

En otra, fechada el 3 de agosto de 1888, reiteraba sobre los niños pobres en el infierno del verano:

No es el estío de Nueva York odioso por lo que arde, […] sino por lo que atormenta a la gente infeliz que no tiene más parque que el techo de las casas, caldeados por el día, o el fresco de las baldosas, que con la luz de la luna parecen menos quebradas y miserables. […]

En la acera donde los niños consuelan el vientre sediento echándose de bruces sobre las baldosas tibias, se tienden al pie de un árbol canijo, o en los peldaños de la escalinata, las madres exangües, desfallecidas por la rutina de la casa, mortal en el verano; las mejillas son cuevas; los ojos, ascuas o plegaria; de si se les ve el seno no se ocupan; apenas tiene fuerzas para acallar el alarido lúgubre de la criatura que se les muere en la falda.

“Por la bahía de Nueva York”, OC, t. 12, p. 23.

Siento predilección por la crónica “Escenas neoyorkinas. Los vendedores  de diarios”,  en la que interrelacionaba dos problemáticas esenciales: un método de aprendizaje en la vida cotidiana y el trabajo infantil.

El trabajo infantil era uno de los indicadores más terribles de la pobreza extrema. Si existían niños entre cinco y 12 años que laboraban vendiendo periódicos y policías que amenazaban golpearlos con porras, había que narrar en todo su horror esa vergüenza social.

En un fragmento, él recordaba cuando era niño y su padre, “en un domingo de mucha luz”, lo llevaba a pasear por las calles habaneras. Probablemente, él también quiso pasear con su hijo José Francisco por las calles de Nueva York.  Pienso que “Los vendedores de diarios” podría estar inspirado  en una vivencia:

Hay un padre en Nueva York que suele llevar a su hijo de cinco años a que vea cómo batallan por la vida los niños pobres; y como nunca se ve esto mejor que a la hora de vender los diarios de la tarde, por allí suelen ir padre e hijo cogidos de la mano, por Park Row, a un costado de la Casa de Correos, que es donde están los más de los diarios, […]  Pero la muerte es natural, y la vida es hermosa. ¡Hasta mañana! se debe decir al morir y no ¡adiós!— ¡Lo que seduce los ojos en Park Row, lo que el padre quiere que vea el hijo, es la turba de niños huérfanos, de doce, de diez, de cinco años como él, que con su real en el puño esperan en la acera en fila a que se abra el sótano donde se ponen los diarios a la venta! ¡Qué echarse escaleras abajo! ¡Qué salir los unos por entre las piernas de los otros! ¡Qué partir el que tiene con el que no tiene! ¡Qué ofenderse con la palabra, y ayudarse con la buena acción! Dan deseos de vaciar sobre ellos los bolsillos. Esa es la Dánae nueva, la desdicha. Se le enseña, el puño al cielo, por no poder convertirse en lluvia de oro. ¡Padre, oh Dios, para todos los huérfanos! ¡Zapatos, oh Dios, para todos los descalzos! El padre le dice al hijo: “mira”. Y al niño se le ablandan los ojos, y compra a montones los diarios que todavía no puede leer. Si falta un centavo en el cambio, “que se lo lleve ¿no, papá?”. Así el hombre aprende a serlo: no como la gente necia y vil, que se avergüenza de ser contado entre los pobres, o de rozarse con ellos.

Y en lo alto de la ciudad, al caer la noche, la escena es la misma. Es la hora de los alcances, de las últimas noticias. […] Acuden dos policías, con la porra alzada. Los muchachos, callados, se van poniendo en fila. El vendedor de los diarios deja caer su fardo de mil periódicos, al pie de un farol. Y arrodillado en el fango, va contando a la media luz. El compradorzuelo espera ansioso, con la mano tendida. Un real, veinte periódicos: Y echa a correr: “іExtra, Extra!” Va descalzo, a medio pantalón, sin chaqueta, sin sombrero. Vende sus diarios a centavo.— Y allí se ve el caritativo, que fía al amigo más menesteroso la mitad de su compra. Y al piadoso, que regala dos números de sus diez a un angelito que lo mira triste con su carita de color de concha, y la saya rota, y el pantalón a la cabeza, y sin zapatos. Y se ve al emprendedor, ya con aire de rico, que compra un peso de diarios cuando se va acabar el montón, y luego los revende a premio a los que no alcanzaron turno. Principia allí la vida. Y el capital triunfa. A veces, mientras esperan, se salen del borde de la acera. Va el  policía sobre ellos, porra en mano. Y se desgranan. Los talones desnudos les relucen, con la luz verde del farol eléctrico, cuando se pierden gritando “іExtra!” en la sombra.

El Economista Americano, Nueva York, octubre de 1888. En Obras escogidas en tres tomos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. 2, pp. 249-250.

El  autor-narrador se identificaba con el punto de vista educativo del “padre”, quien  estimaba que el “hijo” de cinco años ya tenía inteligencia y un desarrollo de las emociones para entender —con un poquito de sufrimiento— la necesidad de solidarizarse con los más pobres.   

El trabajo infantil era uno de los indicadores más terribles de la pobreza extrema. Si existían niños entre cinco y 12 años que laboraban vendiendo periódicos y policías que amenazaban golpearlos con porras, había que narrar en todo su horror esa vergüenza social.

El autor-narrador dignificaba a las víctimas, porque ellos no actuaban con egoísmo; compartían lo poco que tenían. Con este ejemplo solidario, se completaba la lección de ética y civismo, que el “padre” quería que su “hijo”  de cinco años aprendiera: la alineación con los desprotegidos y la  ayuda generosa por mínima que fuera.

Imagen: La Jiribilla

"Los zapaticos de rosa", Zaida del Río
 

Martí reiterará esta enseñanza en el poema “Los zapaticos de rosa”:

[…]

“Yo voy con mi niña hermosa”,

Le dijo la madre buena:

“ ¡No te manches en la arena

Los zapaticos de rosa!”

[…]

Bien sabe la madre hermosa

Por qué le cuesta el andar

“¿Y los zapatos, Pilar,

Los zapaticos de rosa?

 

“іAh, loca! ¿en dónde estarán?

¡Di dónde Pilar!”  “Señora”,

Dice una mujer que llora:

“іEstán conmigo: aquí están!

 

“Yo tengo una niña enferma

Que llora en el cuarto oscuro

Y la traigo al aire puro

A ver el sol, a que duerma.

[…]

“Le llegó al cuerpo la espuma,

Alcé los ojos y vi

Esta niña frente a mí

Con su sombrero de pluma.

 

“¡Se parece a los retratos

Tu niña!”, dijo: “¿Es de cera?

¿Quiere jugar?  ¡si quisiera!…

¿Y por qué está sin zapatos?

 

“Mira, la mano le abrasa,

Y tiene los pies tan fríos!

¡Oh, toma, toma los míos:

Yo tengo más en mi casa!”

Tanto en “Los vendedores de diarios” (1888) como en “Los zapaticos de rosa” (1889), se estaba resaltando la solidaridad con los niños pobres, como un principio de justicia en la praxis social; con este deber moral se igualaban niños y adultos. Me parece que debería propiciarse el hermanamiento de ambos textos, como una mejor estrategia de difusión.

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