Rafael Díaz Albertini:
El artista de “mágico violín”

Josefina Ortega • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

No es de extrañar que uno de sus admiradores dijera: “Su cuna fue mecida a los acordes del piano de Gottschalk y el violín de White”, pues ambos artistas concurrían a su casa y allí hacían música.

Muy reconocido fue en vida Rafael Díaz Albertini (La Habana, 1857 –Marsella, Francia, 1928). “Es el Rafael de la música (…) Llegará a ser el primero entre los primeros de su época”, así lo expresó Louis Moreau Gottschalk, de amable estampa entre los cubanos.

Imagen: La Jiribilla

Por su parte, el famoso compositor Camille Saint Saenz afirmó: “Díaz Albertini ha entrado de lleno en el renglón de las estrellas de primera magnitud, y la reputación que actualmente goza le ha venido sin esfuerzo y naturalmente. He encontrado en él un admirable intérprete de mis obras y así se explica mi afecto y predilección por él”.

Pero, sin duda, para los cubanos el más grato reconocimiento a este gran músico fue pronunciado el 27 de abril de 1879, cuando el Liceo de Guanabacoa le rinde merecido homenaje.  Y a nuestro José Martí le corresponde hacer el elogio del artista de “mágico violín”, como lo llamó, que tiene apenas 22 años, y ha regresado luego de terminar sus estudios en París a La Habana, donde ofrece varios conciertos de éxito.

“Yo había oído —dice Martí exaltado al escuchar su música— a ese tímido joven, de ancha frente porque las frentes destinadas a llevar coronas son siempre anchas, yo le había oído en noches íntimas que evoco con placer, haciendo resbalar como el eco de un beso” […] “Hay una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía y se habla con los movimientos del corazón; es como una promesa de ventura como una vislumbrante certeza, como prenda de claridad y virtud. El color tiene límites: la palabra, labios; la música: cielo, lo verdadero, es aquello que no termina; y la música está perpetuamente palpitante en el espacio…”

Lamentablemente de esta pieza oratoria, solo se atesoran algunos apuntes; pero es sabido que luego de encomiar al destacado violinista, sin intimidarlo la presencia entre la concurrencia de Ramón Blanco, capitán general de la Isla, Martí pronuncia un patriótico discurso, con frases como esta: “Los hijos trabajan para la madre. Para su Patria deben trabajar todos los hombres”, que no gustó para nada al gobernante, quien asombrado exclamó: “Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del Gobierno español: voy a pensar que Martí es un loco… pero un loco peligroso”.

Díaz Albertini tuvo en La Habana sus primeros maestros: Anselmo López y José Van der Gutch, un belga asentado en la ciudad. A los 11 años dio su primer concierto en la sala Edelmann y luego, en los EE.UU., interpretó uno de los cuartetos de Joseph Haydn, acompañado —según se dice— por Richard Hoffman, Posnianki y Alard, cellista. De regreso a la capital cubana continuó sus estudios.

En 1870 viajó a París, en cuyo conservatorio alcanzó el primer premio de violín cinco años después. Por cierto, fue el también cubano José White quien lo presentó a Delphin Alard, violinista y profesor de ese conservatorio. Su carrera de concertista fue intensísima en Europa y América.

Cuenta uno de sus biógrafos que: “En 1886 (11 de mayo) tuvo lugar una soirée en honor de Liszt en casa de su paisano y amigo el célebre pintor húngaro Munkaczy. (…) Albertini, acompañado de Saint Saens y del cellista Buger, ejecutó aquella noche gloriosa y memorable para él la parte de violín de poema sinfónico Orphee, recibiendo las más cálidas felicitaciones del eminente maestro”.

En 1894 recorrió la Isla actuando en diferentes ciudades junto con el gran pianista Ignacio Cervantes.

Pero acaso no se conozca lo bastante que Rafael Díaz Albertini, al igual que Ignacio Cervantes, contribuyó a la causa independentista mediante donaciones provenientes de los ingresos de sus conciertos.

Formó la trilogía de violinistas cubanos de excelencia del siglo XIX y comienzos del XX, junto con el matancero mulato José White, muerto en París, y el habanero negro Claudio José Brindis de Salas, fallecido en Buenos Aires. “Díaz Albertini, para completar el ajiaco étnico —como dice Leonardo Depestre—, era blanco y murió en Marsella, a los setenta y un años”.

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