Ser la magia misma

María Laura Germán • La Habana, Cuba

I

Un día de mucho viento me quedé dormido agarrado a un ciprés. Ese día fui árbol.

Eliseo Subiela

 

Ser niño puede ser también un poco angustioso. Recuerdo que, a pesar de que mi infancia haya sido un periodo sumamente feliz, no siempre era esa la sensación que me dominaba. Haciendo un repaso de esos instantes que te hacen sentir sumamente infeliz, recordé esos segundos entre el adorno roto y el conocimiento del castigo; o el paseo con la ropa que más odiabas; o el ejercicio de matemáticas sin solución que debías corregir a la maestra… y así recorrí con escepticismo detalles que ahora me resultan insignificantes, pero que definitivamente incidieron en la formación de mi carácter.

Fue así como llegué al recuerdo del teatro y de las calles de los títeres de las que siempre hablo, y a las que no pocas veces he añorado regresar sin esta conciencia de que, luego, lo visto se convertirá en algún tipo de reseña. Y me recordé infinitamente feliz y crédula ante la imagen de un diablo que luego resultó llamarse Iñaqui Juárez; o de un Ibeyi en las manos de Migdalia Seguí; o de un niño que cantaba en la ventana de Papalote con la voz de Freddy Maragotto. Hoy que los escribo desde el sabor más dulce de mi infancia, pienso en lo importantes que fueron —ellos y muchos otros— y su convicción titiritera para que hoy pueda yo rememorarme una niña dichosa, y para que, ahora también desde mis manos, pueda seguir trasmitiéndose esa fe.

No creo que los niños hayan cambiado tanto. Y conozco a una mujer que piensa que si no se les advierte del peligro de las alturas los niños pudieran volar. No sé hasta qué punto podría ser cierto; pero de lo que sí estoy segura es de que ser titiriteros con conciencia de la sempiterna magia que poseemos, y saberla utilizar, cambiará el rumbo de las cosas; y hasta puede que tal vez, algún día, los niños al salir del teatro tengan alas de verdad.

Imagen: La Jiribilla
Historia de burros, Teatro de Las Estaciones

 

II

Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las macedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.

Alejo Carpentier

 

Tal vez, haya sido la impropiedad de abril lo que me trasladara a esos rincones de mi infancia. De cualquier modo lo agradezco, mas no justifico lo que yo llamaría la vacuidad titiritera: triste enfermedad del alma que no se cura sino con plena conciencia del desastre.

Dos espectáculos vi: el uno, ininteligible metáfora coreográfica; el otro, cumpleaños naufragado en las orillas de la subestimación infantil.

Pienso siempre, aunque no me lo enseñaron en la escuela, que el error viene de mí, de mi falta de percepción, de mi edad, no sé… ¿de mi interminable empeño de creer en el mejoramiento humano? Y aun así escribo gritos ojalá útiles a la virtud.

Primero: si bien los niños son los seres más imaginativos, no por ello hemos dejar en sus manos todo el asunto creativo de la obra. El hecho de hacer teatro tiene que ver con una pauta que ofrece el artista para que el público fabule después. Pero si esa pauta no está clara para los creadores, entonces el espectador puede no saber desde dónde partir, o hacia dónde.

La música, la danza, la escenografía y los títeres son elementos perfectamente combinables y eficaces en la construcción de un espectáculo —sin límites de edad—; pero un espectáculo no es un coctel de frutas, por refrescante que pretenda ser. La precisa combinación de cada detalle es lo que transforma en maravilla al barro. El buen arte es más que una simple amalgama de pretensiones, y dominar la “receta” es imprescindible requisito.

Imagen: La Jiribilla
El ruiseñor, Teatro Retablos
 

Segundo: un cumpleaños es un cumpleaños, y con esto no quiero decir que en las festividades no haya sitio para lo bien hecho, o para que se le hable a los niños de lo importante de soñar. Pero hay más. Encima de las tablas existe una energía mística que puede hacer que todo funcione; pero he de repetir, desde mi respeto a todo el que deja algo de sí en el escenario, la necesidad de una conciencia titiritera como detonante que nos ayude a diferenciar el arte de los títeres —que, cada vez, es más suficiente en sí mismo— de la fiesta de cumpleaños.

He visto espectáculos impresionantes de puro retablo, solamente con títeres de guantes, y en un idioma que ni siquiera lograba entender; pero eso tienen también estos seres mágicos: si se deposita en ellos toda la fe logran trascender cualquier barrera; y esto se logra con conocimiento de causa, con esfuerzo y tiempo, pero sobre todas las cosas, con mucho pero mucho amor.

Yo creo, como Carpentier, en el milagro de que el hombre alguna vez se descubra a sí mismo como poesía. Creo que los titiriteros de corazón vamos camino a ello, paso a paso. Y creo también que llegaremos más pronto cuando al encontrarnos en el camino seamos capaces de escucharnos y reconocernos como hacedores de esas alas que, tal vez, algún día, le afloren a los niños al salir del teatro.

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