Islas en la Isla

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

El título podría sugerir un archipiélago, porciones de tierra conectadas por agua, relacionadas entre sí. Sin embargo, otra mirada al asunto supone aislamiento, lejanía, desconexión y autonomía. ¿Cómo nacen esas islas en la gran isla que somos?

La experiencia de La Isla Secreta en el panorama teatral cubano es un punto interesante no por novedoso, sino porque nos coloca en una coordenada nueva de la cartografía escénica de La Habana y por la manera en que lo hace. La historia que comparte con los escasos espectadores que puede acoger una salita angosta de un apartamento de los años 40 en una barriada de Centro Habana no es, ahora mismo, lo que marca la diferencia de este “grupo”. Esta sería otra etapa de la aventura que se han propuesto iniciar los actores Eduardo Martínez, Lorelis Amores y Sahily Tamayo. Aún Oración, el espectáculo iniciático de La Isla Secreta, se agarra fuerte de la matriz formadora que fue El Ciervo Encantado para los tres.

Ellos siguen una costumbre afianzada en el relato de nuestro teatro nacional. Son muchos los grupos y compañías paridoras de proyectos que han labrado su propio rumbo desde la negación, la negociación o la asimilación crítica con sus maters y paters. Ahora bien, qué hacer con esa acumulación de experiencia, que en el caso particular de El Ciervo Encantado emana del cuerpo y la mente profundos de esos actores, diseña y sostiene su filosofía de vida, de activismo ciudadano y poético desde el lenguaje teatral. ¿Qué descartar, qué conservar, cómo construir lo nuevo parados con pie firme desde esa vivencia? Solo ellos lo sabrán.

Oración es una experiencia de vida, muerte y resurrección. Es cante que nos coloca en un punto vulnerable ante nuestros sueños, deseos, frustraciones y utopías como individuos y sociedad. De ese ritual de sanación en el que se cierra el círculo de muerte y esperanza, de denuncia y fe, se cuelan las voces de la realidad, los sonidos callejeros de la vida cotidiana que completan la imagen de dolor que los actores dibujan en el estrecho escenario. Dos actores, sepultados a veces, otras sobreviviendo bajo el peso de un bulto deforme, expresión de falsa vida o de simulacro — muñecas plásticas enlazadas unas a otras, mutiladas y desvencijadas— van construyendo un relato de desilusión y felicidad. Una vez que los acompañamos hasta el final en que la actriz “renueva sus votos” en un acto que nos recuerda la tradicional vuelta a la ceiba habanera, nos adentramos en otro momento igualmente impactante y honesto. Los actores, con tiempo apenas para echarse arriba una camisa, nos invitan a té y dulces. ¿Qué es esto? Otra puerta al ritual. Una puerta incómoda por inusitada. Un gesto extraño en un mundo que pasa rápido y no alcanzamos. Una invitación que nos pone fuera de lugar entre gente desconocida: entramos al puerto de la primera isla.

Y aquí comienza, en una especie de acción metateatral, la vuelta al revés de ese peregrinaje. En una sala hermosamente decorada, nos espera un servicio de té acompañado de dulces. Nos vamos acomodando y, en ese trance, tratamos de romper el armazón que nos inmoviliza y no nos suelta la lengua. Es Eduardo quien primero habla y narra los avatares de la búsqueda y el hallazgo de las muñecas. Entonces, desembocamos en muchas islas aplastadas, al igual que ellos dos en el montaje, por el peso de la basura y otros desechos. Nos cuenta de sujetos reales que reciclan, clasifican y sobreviven entre los desperdicios de la gente, a unos escasos metros de la “ciudad”. Nos describen los quimbos, viviendas muy por debajo del “llegaypón”, donde la Reina, ex bailadora del Cabaret de Tropicana de Santiago de Cuba, es, en efecto, la soberana. Y así, se va develando un submundo no muy desconocido, en última instancia, que ha sido objeto de la fotografía o el video, pero que aún palpita callada e inadvertidamente.

La Isla Secreta es también resultado de la Cuba de hoy. No podía ser más coherente esta manera de hacer teatro: socializar el espacio privado y desde él “participar”, “estar”.

A La Isla Secreta se llega marcando un teléfono donde una voz, la de Eduardo, con amabilidad te solicita un número para confirmar la asistencia. Luego, apostados en una acera, esperamos sin saber lo que nos espera. La experiencia de la comunicación es estimulante, escuchar al otro en francas y abiertas “oraciones”, es, al final, otra puerta para la sanación. Todo se sella con una foto colectiva en la cual intérpretes y espectadores sonreímos.

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