Adigio Benítez: “Mi única angustia
fue no haberme alzado en la Sierra”

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

En 2008, como parte de un proyecto editorial encargado por el Instituto Cubano del Libro mediante el cual entrevisté a 23 creadores de diversas disciplinas acerca de la significación del triunfo de la Revolución 50 años después, sostuve un diálogo con el maestro Adigio Benítez (Santiago de Cuba, 1914 – La Habana, 2013), reconocido pintor y dibujante, honrado con el Premio Nacional de Artes Plásticas 2002, poeta también.

Como punto de partida, el poema “El día de la Victoria”, escrito por él en 1959. Estos párrafos que siguen forman parte de aquella entrevista, cuya versión íntegra puede leerse en el libro Como el primer día (Letras Cubanas, 2009)

Adigio Benitez

¿Cómo viviste el Primero de Enero?

El advenimiento del triunfo revolucionario me sorprende en una casa donde vivía semiclandestino. Acuérdate que se perseguía a los militantes comunistas y yo era dibujante de la Carta Semanal del Partido, que circulaba en la clandestinidad. Me vi en la necesidad de cambiar de residencia de vez en cuando. Me hallaba entonces en 10 de Octubre, cerca del Café Colón, donde vivía una hermana mía. Muy tempranito, el lechero nos informó que había caído Batista. Todo el mundo se tiró a la calle. Para alguien que estaba en constante peligro, la nueva situación era como volver a respirar. Aunque debo confesar que en los primeros días todavía anduve con cautela. Cuando se reinició la publicación del periódico Hoy, todavía utilicé seudónimo. Pero eso duró poco tiempo. La Revolución había llegado para quedarse.

¿Cuánto habías anhelando ese momento?

Toda la vida, desde que tuve uso de razón. La Revolución era el mundo soñado, por el que mis padres y mis tíos y muchos compañeros de ruta, habían luchado. Por primera vez, disfruté el verdadero valor de la palabra libertad.

¿Cuándo abrazaste las ideas socialistas?

Por lo que he dicho, imaginarás que crecí en una familia de comunistas, militantes del primer partido marxista, el que fundaron Mella y Baliño. Tuve una temprana educación política. Y estaba inmerso en una sociedad que requería profundos cambios en aras de la justicia.

¿Nunca te sentiste, para decirlo de una manera estereotipada y brutal, esclavo de una doctrina?

Jamás. El marxismo me permitió entender, como lo sigue siendo hoy, las claves de la realidad. Pero no solo podría hablar del marxismo como método de conocimiento. Había una ética solidaria, un afán de lucha, un compromiso cada vez más consciente.

¿Alguna vez dudaste?

De los principios, nunca.

¿Y de los pasos que se dan en la vida para corresponder a esos principios?

He tratado de ser consecuente con esos principios. Aunque si tuviera la oportunidad de reescribir mi vida, enmendaría una situación que se me presentó por los días en que estaba en su apogeo la insurrección contra la dictadura.

¿A qué situación te refieres?

Mi única angustia fue no haberme alzado en la Sierra. Como conoces, en un principio, el Partido no estaba muy de acuerdo con la lucha armada; pero después, ante la entereza de Fidel y su indiscutible liderazgo, apoyó la guerra de liberación. Yo estaba un poco quemado en la ciudad; los compañeros del Partido temían que me detuvieran nuevamente y me dieron la posibilidad de marchar a la Sierra. Pero, lamentablemente, estaba recuperándome de una dolencia pulmonar y el médico me indicó un reposo prolongado. Y eso me impidió incorporarme al Ejército Rebelde. Después supe del Che, de cómo a pesar de sus terribles ataques de asma, nunca dejó de combatir. Me sentí tan mal ante aquel ejemplo que en una asamblea en el periódico Hoy, donde quedaría constituida la organización de base del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC, luego de 1965 Partido Comunista de Cuba), leí un escrito con una autocrítica. Mis compañeros se pronunciaron contra aquel escrito, consideraron que exageraba, pues objetivamente en las condiciones en que me encontraba en 1958 producto de la enfermedad, mi presencia en la Sierra iba a ser un obstáculo. De todas maneras, si me volviera a encontrar hoy en una situación semejante, desoiría al médico y me alzaría.

¿Qué cambió para ti con el triunfo revolucionario?

La vida entera. Tanto en lo social como en lo personal. Ya no tendría que vivir clandestino. Podía vivir a plenitud con mi familia y trabajar como uno más. Me satisfizo saber que el pueblo podía ser, al fin, dueño de sí mismo.

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