Adigio Benítez, el pintor de los papirotes

Gólgota • La Habana, Cuba

Saltar de la mesa de dibujo en la publicitaria Basabe al ala de papel doblado de un avión. Detenerse un momento para compartir con los soldadores que hacen su labor en la fábrica. Adigio siempre fue un niño que juega con origamis de papel, a jugar la vida que soñó en su Santiago natal, y luego, la desarrolló en el San Alejandro de los bohemios y los curiosos.

Tomado de la mano de una Venus tropicalizada, se parecía más al rey de los campos de Cuba que al hombre menudo de manos grandes que conocí.

Al tanto de los maestros de todos los tiempos es, él mismo, una parte de ellos que se perdió en Cuba, para aparecer convertido en los hombres de papel doblado, lujuriosos y lúdicos que abrazan por igual a una suculenta gorda de Botero que a una rubia rutilante de Picasso.

Cocodrilos, japonesas, zarigüeyas, carabelas, las razones del misterio para pintar un cuadro. Mujeres y tributos de lógicos colores de alegría. Adigio pintaba la juventud de sus ojos de papel y la mezclaba en las telas para que no pudiera decirse que no soñaba.

Pero allá está el Che, fundiéndose en el monte de tinta china de un dibujo. Martí vivo en el campo de la Cuba colorida. Maceo recogido por hombres de sombrero y fusil. El retrato de Rubén de 1960. Adigio recogía en sus manos el tiempo, lo doblaba y le daba vida.

Ahora ¿Qué hará?, ¿A dónde ira? Tal vez a mezclarse con sus maestros, a doblar las nubes para crear otros sueños y mezclarlos con ángeles y rayos de sol.

Yo lo vi ayer, convertido en un trozo de papel, tiritando junto a la ventana de mi taller. ¿Era que estaba despidiéndose de mí, que eres tú, o aquel otro que le vio?

¡Ah, Maestro! Y no te entendí.

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