Adigio:

Creador de coherentes y hermosas gamas de colores

César Leal • La Habana, Cuba

Adigio le impartió a mi grupo de estudiantes y amigos de la Escuela Nacional de Arte excelentes clases de dibujo, en las cuales combinaba las ineludibles técnicas de la “academia” con los requerimientos creativos más originales que había conocido. Entre ellos pudiera destacar que, en una ocasión, nos entregó un grueso bloc de hojas de papel a cada uno de nosotros, para que dibujáramos 50 cabezas humanas con diferentes morfologías, en menos de una semana; razón por la cual teníamos que trabajar a toda hora. Ello contribuyó —entre otros aportes de Adigio a la disciplina inherente a mi trabajo— a la apreciable celeridad en la solución de diversas obras pictóricas y de artes gráficas dentro de mi obra; además del siempre recordado requerimiento del maestro acerca de la obtención del “acabado” estilístico más adecuado. Durante otra de sus clases, nos pidió que entregáramos, como trabajo final del curso, un grupo de dibujos creativos que se adaptaran a muchas de las tendencias artísticas del siglo XX. Gracias a esa exigencia, tuve que estudiar, para realizar mis trabajos, las características formales y de contenido del Fauvismo, de todas las variantes de la Abstracción, del Cubismo, del Futurismo, del Surrealismo, del Simbolismo, del Constructivismo, del Pop Art, del Hiperrealismo, y muchas otras tendencias.

Asimismo, paralelamente a sus reconocidas dotes como dibujante y pintor —y añado: creador de coherentes y hermosas gamas de colores dentro de sus cuadros— Adigio fue una persona muy humilde, cariñosa, asequible y trabajadora; fue, en suma, lo que solemos decir los cubanos acerca de un ser humano singular, intemporal y extraordinario que conocemos: “una persona muy decente”; virtud que constituyó su mejor cualidad en el terreno de la amistad, independientemente de sus indiscutibles valores como artista cubano y universal.

La última vez que conversé con Adigio —el que siempre demostró permanecer lúcido y jovial— fue durante la exposición de Pablo Labañino, en la galería de Nelson Domínguez, en el Centro Histórico. Allí me comentó su adquisición de un nuevo estudio, cerca de su casa, al cual se trasladaba todos los días para pintar, a pesar de que ya presentaba limitaciones motoras, razón por la cual lo acompañaba una de sus hijas. A pesar de ello, Adigio solía asistir a la mayoría de las exposiciones a las que lo invitaban, especialmente a las de sus antiguos alumnos; entre ellas a las mías, ya que siempre me consideró un amigo, sin distinciones generacionales. Vale decir, además, que Adigio siempre estuvo al tanto de las nuevas corrientes dentro de las artes plásticas; aunque su preferencia fuera el soporte o medio artístico bidimensional para la realización de sus obras; lo cual no demerita (al contrario), de ninguna manera, su contemporaneidad.

Extrañaré su amable presencia y sus acertadas opiniones y consejos, siempre valiosos, por lo personalísimos.

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