Ismaelillo y Versos libres:
lírica de un joven

Lourdes Ocampo • La Habana, Cuba

José Martí escribió Ismaelillo entre 1881 y 1882. Versos libres, según dice en los márgenes de “Media noche”, lo comenzó a los 25 años, en 1878, y continuó creándolos a lo largo de su vida. Son sus versos de juventud, porque Martí fue siempre un hombre joven, que murió con solo 42 años. Dedicó Ismaelillo a su hijo, tal vez con la intensión de que lo leyera, y comprendiese al llegar a la juventud, pues le trasmite un código ético, que sirve de guía para los azares de la existencia.

Si Versos libres es la experiencia grave, dolorosa y trágica de la vida, compuesto para y desde el presente, es Ismaelillo la otra cara, es el amor y la pasión dominando sobre las penas; está destinado a las generaciones futuras.

Imagen: La Jiribilla

El dolor, elemento fundamental de la vida plena, está presente en ambos poemarios. Resulta un valor positivo, pues habla el poeta de “las sabrosas penas de la virtud”. Es el camino por el que transita el hombre hacia el amor y la recuperación de la armonía perdida, por tanto resulta inherente al hombre. Solo existe una vía para escapar de las penas de la existencia, y es la que manifiesta en uno de los poemas:

Pudiera yo, hijo mío,

Quebrando el arte

Universal, muriendo

Mis años dándote,

Envejecerte súbito,

La vida ahorrarte!

Esta idea de ahorrar la vida de los hijos, con el fin de evitarles el sufrimiento que implica vivir aparece en el “Padre suizo”, en el cual, a partir de una noticia periodística se recrea el suicidio de un hombre, que primero ha arrojado a un pozo a sus tres hijos para evitarles la vida triste, pobre, del emigrante en un entorno ajeno. Martí transforma el filicidio en un acto heroico, y en héroe al suicida.

El dolor, elemento fundamental de la vida plena, está presente en ambos poemarios. Resulta un valor positivo, pues habla el poeta de “las sabrosas penas de la virtud”.

En “Canto de otoño” las relaciones intertextuales son más evidentes, pues hay una mención explícita al hijo, descrito de manera similar:

Hijo!... qué me demandan tus abiertos

Brazos? a qué descubres tu afligido

Pecho? Por qué me muestras tus desnudos

Pies, aún no heridos, y las tenues manos

Vuelves a mí, tristísimo gimiendo?

Cesa! calla! reposa! vive!: el padre

No ha de morir hasta que a la ardua lucha

Rico de todas armas lance al hijo!—

Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas

De los abrazos de la muerte oscura

Y de su manto funeral me libren!

Sin embargo, distan mucho ambas visiones, pues aunque los adjetivos sean los mismos (abiertos brazos, tenues manos), la descripción es pesimista, pues no presenta al hijo en el retozo ingenuo, sino demandando atención, asumiendo el poeta su culpa, por privilegiar la vida del deber a su propio hijo, a la vez que reconoce la paternidad como la vía de inmortalidad del hombre, y como regeneración de los valores espirituales de la especie humana. En Ismaelillo son las generaciones futuras las que han de redimir al hombre, es la “fe en el mejoramiento humano” que clama en su prólogo, y en los versos: “hijo soy de mi hijo / él me rehace”.

El hijo, guardián del padre, le protege contra las asperezas de la vida. El día y la noche, delimitados claramente en los dos poemarios, constituyen una antítesis. La noche es el espacio del espíritu, de la liberación interna del poeta, allí se despiertan sus demonios internos, los miedos, pero también los sueños; el día, sin embargo, es el momento de la cotidianidad, de la sobrevivencia en un entorno siempre ajeno. El niño, presentado como niño-amor, Cupido, es el ángel que protege al poeta de los vicios, de las heridas externas que provoca esa cotidianidad.

El sujeto lírico-padre aparece corrupto; son los gusanos símbolos de esta corrupción, suciedad, y también, por qué no, de la muerte, dice en “Amor errante”: “Los aires frescos / Limpian mis carnes / De los gusanos / De las ciudades”. El niño destinatario viene a ser la vida del padre, la fuerza que le impulsa a continuar. Tiene la función de situarle en su mundo histórico, de hacer que él se enfrente a esa realidad con la cual está descontento: el niño es su fuente de vida, está en función del mejoramiento humano del padre, y por extensión de la generación de este.

En Ismaelillo, el sujeto lírico representa a una generación, y más que a una generación, una época de fin de siglo, que está “espantada de todo”, pero que también está llena de esperanzas por el futuro. Representa el espíritu de un proyecto modernista, que se sitúa en el presente, pero con miras hacia el futuro.

Versos libres es la voz de una generación finisecular que se vio envuelta en cambios, sumida en el desarraigo que constituye la emigración forzada, el despojo de los intereses personales en función de la inserción en una sociedad que no reconoce el valor del trabajo creador. Es el desgarramiento interno del hombre, que lucha por alcanzar y trasmitir la armonía del espíritu individual con el universo.

Martí sienta las bases de la identidad contemporánea entre ética y estética, que en la literatura hispánica se cumple con creces durante el modernismo y se extiende por todas las vanguardias. Más que identidad excluyente, se puede hablar de armonía entre ética y estética, por cuanto él las concibe en una ardua pero asequible convivencia, sin excluir ninguno de los términos del binomio. Tal armonía rebasa la supremacía moralizante de la ética la cual se había convertido en un patrón de la poética clasicista: Martí supo reivindicar los derechos de la belleza y conquistarla, sin tener que renunciar por esto a la bondad.

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