Enrique

Ciro Bianchi • La Habana, Cuba

Enrique Núñez Rodríguez estaría cumpliendo 90 años en estos días. Nació en Quemado de Güines, en la región central de la Isla, el 13 de mayo de 1923 y, aunque la cifra no miente, bien vale verla en su caso con natural reserva. Porque aún con nueve décadas en las costillas, este popularísimo escritor —dramaturgo, narrador, autor de radio y TV, periodista— no sería jamás un veterano ni un viejo, sino una de esa gente, como afirmó el novelista Abel Prieto, que se mantiene “entera hasta la eternidad, como un príncipe de sonrisa adolescente”.

Había cumplido los 75 cuando acarició la idea de acometer sus memorias. Calculó entonces que un proyecto como ese le exigiría dos años de trabajo o más y se preguntaba si no se habría decidido demasiado tarde. ¿Le concedería tiempo suficiente el cáncer, que en 60 años como fumador se debió infiltrar en sus pulmones? ¿Se le anticiparía la próstata? ¿Se cansaría de latir su corazón sedentario y estresado antes de que pusiera fin a la tarea? Eran preguntas que no encontraban respuestas, pero una premisa quedaba clara para Núñez Rodríguez: “Por más filósofos importantes que uno lea, desde Heráclito a Gramsci, la conclusión viene a ser siempre la misma: la vida es del carajo”.

Las memorias como tales, no llegó Núñez Rodríguez a escribirlas. O para decirlo mejor: las fue dando a conocer, domingo tras domingo, con las crónicas que durante casi 20 años publicó en Juventud Rebelde y que, consciente de que el destino último del buen periodismo es el libro, se ocupó de compilar en volúmenes como Oye cómo lo cogieron y el ya citado Yo vendí mi bicicleta.

¿Qué vivencias quería atrapar en sus memorias? Cuando en 1989 dio a conocer Yo vendí mi bicicleta, uno de sus libros más recordados, sintetizó en unas pocas líneas la vida de la que era testigo y participante. Dijo entonces:

“Del parque de Quemado al Consejo Nacional de la UNEAC. De la oración de San Luis Beltrán al ultrasonido y los rayos láser. Del fonógrafo de cuerda al videocassette en colores. Del padrejón al SIDA. De Miguel Matamoros a Silvio Rodríguez. Del ábaco a la computadora. De Vargas Vila a García Márquez. De la cabellera lacia a la calvicie. De la dentadura blanca y pareja a la prótesis parcial. De la masturbación a la impotencia. Y todo en menos de 50 años. En realidad la vida es corta, pero vale la pena vivirla: ¡se ven tantas cosas! Y puede que hasta te publiquen un libro…”.

Las memorias como tales, no llegó Núñez Rodríguez a escribirlas. O para decirlo mejor: las fue dando a conocer, domingo tras domingo, con las crónicas que durante casi 20 años publicó en Juventud Rebelde y que, consciente de que el destino último del buen periodismo es el libro, se ocupó de compilar en volúmenes como Oye cómo lo cogieron y el ya citado Yo vendí mi bicicleta.

¿Cuál es el tema de esas crónicas? El tema es, sencillamente, la vida. Son páginas de recreación autobiográfica, de memoria espejeante, de evocación de hechos y gentes. Visión incisiva del fluir cotidiano. Peripecias e intimidades del mundo de la farándula, del teatro, la radio y la televisión. Crónicas escritas con desenfado, ajenas a todo tipo de estiramiento, sin pretensiones moralizantes y en las que la risa es, a veces, temblor inesperado y también una puntada a fondo. Núñez Rodríguez —precisa Abel Prieto— no se inmiscuyó en cuestiones teóricas; se limitó a recordar y contar y así dejó su aporte a nuestra permanente e incansable definición colectiva y polifónica de “lo cubano”.

Sube, Felipe, sube

Cuando mucha gente de localidades del interior del país se aseguraba el pasaje de regreso al terruño si se disponían a correr su aventura habanera, Enrique Núñez Rodríguez compró el boleto de venida, sin regreso, y en vísperas del viaje vendió su bicicleta, como forma de confirmarse a sí mismo de que no habría retorno para él.

Se haría abogado en la Universidad de La Habana y se sintió habanero desde sus días de estudiante. La Habana para él fue no solo la Colina universitaria con sus 88 escalones hacia la esperanza y la casa de huéspedes de la calle San Miguel 1023, a la que llamaba La Posada Maldita, y en la que por 17 pesos mensuales le garantizaban hospedaje y tres comidas diarias y aún quedaba crédito para que le dieran un poco de cariño. Su Habana fue también la del tranvía U-4 Playa-Estación Central, la del bodegón de Teodoro y el hotel Andino, aledaños a la Universidad, el romance clandestino en escaleras oscuras, el traje pagado a plazos y las manifestaciones estudiantiles. “El hecho de haber visto nacer a nuestros hijos en La Habana —diría más tarde— bastaría por sí mismo para que los que no nacimos aquí nos sintamos habaneros”.

En 1948, se inició como escritor radial. Su Leonardo Moncada; el titán de la llanura es de las series de aventura más célebres en los años 50 y después. En TV son recordados sus espacios Si no fuera por mamá, Gracias, doctor y Conflictos, así como su serie histórica sobre la vida y la obra del sabio cubano Carlos J. Finlay, que se trasmitió en horario estelar. Para ese medio escribió asimismo las comedias Sí, señor juez y La sirvienta. En teatro dio a conocer, entre otras piezas, Cubanos en Miami y La chuchera respetuosa, ambas de 1949, y también El bravo y Voy abajo, sainetes con música de Rodrigo Prats. Es autor, además, de Dios te salve, comisario (1967) con música de Enrique Jorrín, una comedia —dice la crítica— atrevida y profunda, que alcanzó en ese año 134 representaciones consecutivas.

En los años 80, se publicó su única novela, Sube, Felipe, sube, que revela muy bien y desde dentro lo que fue el mundo de la radio y la televisión en Cuba. Su título está tomado de una frase utilizada en el programa televisivo Ace hace de todo, patrocinado por el detergente Ace. La frase, acuñada por Germán Pinelli, era gritada por el conocido animador mientras un hombre trataba de ganar, en lo alto del palo encebado, una banderita que le significaría un buen cúmulo de regalos. Pinelli —contaba Núñez Rodríguez— lo decía con más deseos de ayudar que de humillar al hombre que ascendía, o descendía, por el difícil mástil. “Si hubo en Germán alguna complicidad, fue con el aspirante a realizar su sueño. Él, como todos nosotros, había tratado de ascender muchas veces por el palo encebado de una sociedad discriminadora y cruel”.

Antes de 1959, Enrique Núñez Rodríguez era uno de los libretistas más populares y mejor pagados del país. Tras el triunfo de la Revolución lo tentaron con jugosas ofertas para que saliera de Cuba y se instalara en Miami o en otras latitudes. Prefirió mantenerse en su tierra, “a pie, pero no descalzo y compartiendo una dignidad que no hay banco que la pueda pagar”. Aun así, las incomprensiones le hicieron apurar no pocos buches amargos. Fue vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y, por dos periodos, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Mereció la Orden Félix Varela.

En Juventud Rebelde

Núñez Rodríguez fue un periodista de toda la vida. Tenía ocho años de edad cuando vio por primera vez su nombre en un periódico calzando un cuento suyo, y a los 14 era ya el cronista social del diario habanero El Mundo, en su natal Quemado de Güines. Ya de grande escribió para Zigzag, donde compartió espacio de tú a tú con los mejores humoristas de los años 40 y 50, y mantuvo, durante casi una década, una sección sobre la farándula en la revista Carteles.

Su columna dominical en Juventud Rebelde, que le valió el Premio Nacional de Periodismo José Martí, no fue para él una vuelta a la popularidad, que ya conocía por su teatro y sus espacios televisivos y radiales, sino la consecuencia de algo a lo que aspiró siempre: la identificación con el lector. Me dijo en una ocasión que gustaba de ver dicha columna como una vuelta del ser humano a nuestro periodismo; alguien que podía ser el mismo autor, un personaje popular, un ente desconocido o un artista de fama. Precisó: “Ahora que me lo preguntas, creo que el objetivo de mis crónicas es ese: dar al hombre como tal, presentarlo como protagonista de la vida y, en ese sentido, no hay límite posible”. Todos los domingos leía, bien temprano en la mañana, su página en este periódico; la releía hasta 20 veces, pues pocas cosas le causaban tanta satisfacción como leerse a sí mismo, y enseguida se ponía a escribir la crónica del domingo siguiente.

No recuerdo cuándo comencé a tutearlo ni a llamarle, a secas, Enrique. Le pregunté en una ocasión si era difícil hacer humor en Cuba, y me dijo que era difícil hacerlo en cualquier parte. “El humor es una filosofía ante la vida, una forma de ver el mundo —precisó—. Se tiene esa veta —o no se tiene—, que hace que aun en los peores momentos uno encuentre la arista que, por lo menos, le permita sonreír. Un humorista no se hace, nace. Mi madre quería que yo fuese niña; nací varón e hice así mi primer chiste”.

Seguimos conversando y me habló acerca del triste papel del escritor de televisión, víctima siempre de una crítica especializada que aguarda, cuchillo en mano, la aparición de cada nuevo programa para descuartizarlo. “Esa crítica olvida, por lo general, el medio para el que uno escribe, su falta de recursos y la prisa con que se trabaja. Se tiende a comparar un programa de TV con una cinta cinematográfica, y se desconoce u olvida que un guionista de cine puede pasar años dándole vueltas a su texto y que los libretistas de TV no pueden darse ese lujo: un escritor que hace un programa televisivo semanal de media hora, ha escrito, al cabo de un año, 20 largometrajes. Y, muchas veces, el resultado tiene poco o nada que ver con la concepción que el escritor tuvo de su programa ni con lo que escribió porque en la TV el trabajo es colectivo y, a veces, antagónico, y cualquiera se siente con derecho a meter la mano en una página. De esa manera se diluye un poco la labor personal y la satisfacción, si se obtiene, se reparte entre más; y como el fracaso es huérfano y el triunfo tiene muchos padrastros, es preferible el periódico a la TV, porque en el periódico uno sale solo a buscar el éxito o la derrota”.

¡A guasa a garsín!

Su último libro publicado lleva el extraño título de ¡A guasa a garsín!, frase que si lee con cierta técnica pone al descubierto el cifrado que anunciaba en Sagua la visita al prostíbulo de María Camión. Un libro de casi 500 páginas que Tupac, el nieto de Núñez Rodríguez, conformó según las indicaciones expresas de su abuelo. Ya en el hospital, donde vivía sus últimos días, el escritor retomó aquella idea de acometer sus memorias y procuró un libro que incluiría una selección amplia de sus textos literarios y periodísticos aparecidos en diversas publicaciones y que, con la ordenación inteligente y eficaz de Tupac, contarían la vida del autor a través del sello inconfundible de sus anécdotas.

Los que trabajaban en la confección del volumen confiaban en que sería posible terminarlo a tiempo, a fin de que Enrique gozara de su lectura. Él, en cambio, sabía que no vería el libro publicado. Falleció el 28 de noviembre de 2002. La enfermedad maligna, detectada en un examen médico de rutina, lo obligó a una larga hospitalización y terminó pasándole la cuenta. No quiso homenajes póstumos. Fue su decisión expresa que solo sus familiares más allegados estuviesen presentes en el momento de su inhumación.

 

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