La costumbre del cronista

Amado del Pino • La Habana, Cuba

No traté mucho a Enrique Núñez Rodríguez pero me une a su nombre una suerte de simpatía prenatal. Me explico. Mis padres se enamoraron y casaron, al centro del campo cubano, escuchando las Aventuras de Leonardo Moncada. Y el guionista de aquellos programas radiales era Enrique. Tal vez por esa pasión por su santo y seña, uno de los pocos recuerdos que tengo de asistir a un espectáculo llevado por mis viejos ocurrió en el legendario Teatro Martí, al centro de la década de los 60, y la obra que se presentaba era, también, de su autoría.

En buena parte de los muchos años durante los cuales Enrique publicó crónicas dominicales en Juventud Rebelde, yo trabajaba también en el periódico. Nos saludamos y conversamos varias veces; asistí a la mezcla de tranquilidad y regocijo con que el director o los jefes de redacción recibían la llegada de sus crónicas. Todavía no estaba de moda el correo electrónico, pero alguno de los chóferes del periódico se llegaba hasta su casa, donde el cronista de oficio —y no solo costumbrista sino de “buenas costumbres”— nunca hacía esperar.

Disfruto de sus crónicas de ambiente pueblerino o habanero. Su gracia y la consistencia de su lenguaje hacen posible que lo que se gozó como lectura rápida de domingo siga siendo atractivo de las páginas de un libro. Esa condición de recio cronista se debilitaba —según mi gusto, claro— las pocas veces en que Enrique se adentraba en la propaganda política. Todos sabemos que eran sinceras sus afirmaciones y sin trastienda sus elogios, pero hay énfasis que no le van muy bien a este género voluntariamente leve y más bien poético.

En una ocasión, entrevisté a Núñez Rodríguez por encargo del periódico. Fue muy agradable. Hablamos de todo. Seguramente fueron platos fuertes del banquete de oralidad los temas periodísticos y teatrales, dos pasiones compartidas. También es seguro que Enrique citara a su —realmente, brillante y encantador— nieto Tupac.

Evoco con especial nitidez la última media hora en el portal de su casa y un par de confesiones personales o al menos más cercanas. El tema importa poco y no vendría al caso contarlo aunque lo recordara con exactitud. Más que las palabras me he quedado con su rostro de hombre franco y natural; con el tono de confianza y estímulo.

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