Núñez y yo

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

Siento una sana envidia de Abel Prieto, Silvio Rodríguez, Alden Knight y un numeroso grupo de intelectuales que, por estos días, cuando se celebra el aniversario 90 de Enrique Núñez Rodríguez, lo llaman su amigo.

Debe haber sido muy bueno marcar su teléfono a las 11 de la noche, en medio de un “gorrión” existencial, para decirle nada y solo escuchar su respuesta rápida y con chispa, que levantaría, incluso, el ánimo de un muerto. O llamarlo ante una situación muy seria, de corte institucional —estés donde estés, no te rías de mí, Núñez, por favor—, y que te indicara tanto el camino a tomar como la forma de hacerlo.

Yo no fui su amiga. Fui su admiradora, interlocutora, entrevistadora y hasta cierto punto cuidadora por el asunto del cigarro —que yo aún no había dejado, pero que a él ya le ocasionaba disnea—. Pero, además, fui todo oídos a lo que me contó sobre la radio y la televisión, especialmente en la época en la que se trasmitió —por ejemplo— el exitazo radial Leonardo Moncada, o la manera en que entró en ese medio sustituyendo al escritor Antonio Castells, de la CMQ como guionista del Chicharito y Sopeira seguido —ya “en propiedad”, no por sustitución—  de Cascabeles Candado, dos de los programas más apreciados en su época.

Pero vuelvo a la época en que le conocí. Núñez fue miembro de la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) durante una rica y contradictoria coyuntura: los años más crudos del periodo especial y, a la vez, la etapa en que la organización se convirtió en fuente inagotable de proyectos y debates. Así, se vio involucrado en la organización y desarrollo del Sexto Congreso de la UNEAC, un encuentro que sentó pautas en Cuba y en el cual los debates desbordaron los temas puramente estéticos para llegar a asuntos de carácter social como el racismo, o legal como el derecho de autor.

Durante esos años, yo frecuentaba el Hurón Azul, entonces un bar para intelectuales, o la Asociación de Cine, Radio y Televisión, un sitio de encuentro, discusiones y propuestas de los artistas de los mundos audiovisual y radiofónico. Por esas fechas, eran habituales los comentarios que yo publicaba en Radio Reloj sobre asuntos variopintos de la cultura cubana y que estaban en el contexto de los preparativos del Sexto Congreso.

A veces, subía a ver a Núñez, en su pequeñita oficina; otras, por suerte, me lo encontraba sentado en un banco, fumando medio escondido y saludando a quienes pasaban cerca. Siempre que me le aproximé lo hice con cierto temor: algo me diría a favor o en contra de lo que había publicado ese día o el anterior.

Una vez me preguntó: “¿Cómo puedes decir tanto en un minuto?”, y me quedé muda, porque fui —y soy— admiradora de su quehacer periodístico. Ese día se confesó sin habilidad para escribir sobre asuntos peliagudos en tan poco tiempo.

Pero reaccioné y le dije: “¿Y Ud., cómo es tan bueno y conciso a la riposta de cualquier comentario?”. Su respuesta no se hizo esperar: “(…) el humor (…) sirve para decir las verdades más grandes del mundo, hacer reír sin ofender y, sobre todo, criticar sin vulgaridades”. Claro, la nota o el comentario convencional de radio —aún más en Radio Reloj, por la brevedad de las informaciones—, no puede jugar mucho con el humor; aunque, si Núñez se lo hubiera propuesto lo habría conseguido.

Esa relación “de trabajo” que tuvimos no fue una excepción. En una entrevista acerca de su programa ¿Jura decir la verdad?, Ulises Toirac  me contó: “El mismo día que Enrique Núñez (quien estuvo muy renuente en la prehistoria de este programa, pero que, entre otras cosas, en una conversación bastante larga de la que son testigos su oficina y su secretaria, me sugirió el nombre para el espacio) tenía la visión y me decía que el programa le estaba gustando cada vez más; a diez pasos de allí, en el jardín de la UNEAC, otra persona a la que quiero mucho, me echó un descargón porque consideraba que el programa era un bodrio”.

Lo curioso de esos encuentros que sostenía Núñez con diversas personas es que, en múltiples ocasiones, se trasmutaban en las crónicas que publicaba en Juventud Rebelde cada domingo. Esas son sus memorias, aunque no tal cual pensaba escribirlas. El cáncer no le dio tiempo, se lo llevó en el 2002. Por suerte, en vida, recibió los honores que merecía.

De todas formas, sus amigos, amigas, conocidos, lectores, oyentes, televidentes… han celebrado su cumpleaños 90, este 13 de mayo, en su querido y natal Quemado de Güines, donde, a propósito, se anunció que se retomará el concurso de crónicas que lleva su nombre.

En 1989, en su libro Yo vendí mi bicicleta, Núñez escribió: “Del parque de Quemado al Consejo Nacional de la UNEAC. De la oración de San Luis Beltrán al ultrasonido y los rayos láser. Del fonógrafo de cuerda al videocassette en colores. Del padrejón al SIDA. De Miguel Matamoros a Silvio Rodríguez. Del ábaco a la computadora. De Vargas Vila a García Márquez. De la cabellera lacia a la calvicie. De la dentadura blanca y pareja a la prótesis parcial. De la masturbación a la impotencia. Y todo en menos de 50 años. En realidad la vida es corta, pero vale la pena vivirla: ¡se ven tantas cosas! Y puede que hasta te publiquen un libro…” Ahora, 24 años después, ¿qué agregaría? Yo no me atrevo a imaginármelo ¿Y Ud. lector?

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