Un minuto de algarabía para Enrique Núñez Rodríguez

René de la Nuez • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Caricatura: Pedro Méndez Suárez
 

Mi amistad con Enrique Núñez Rodríguez creció, sin darme cuenta, desde mi entrada —era aún un adolescente— al semanario Zig-Zag; él ya era un humorista consagrado en la radio, la televisión y la prensa escrita. Para los jóvenes que, entonces, nos iniciábamos en los vericuetos del humor, las enseñanzas de Enrique —aprendidas entre bromas y anécdotas— fueron de un incalculable valor.

Identificar el punto exacto y neurálgico de un chiste para que llegara al pueblo, burlando la vigilancia del ojo pagado del censor; saber cómo no cruzar la línea invisible entre humor y chabacanería: todo eso y mucho más aprendimos de él en aquel torbellino revolucionario de finales de la década del 50.

Siempre elegante y amable, me hizo sentir uno más de la redacción. Jamás un gesto agrio o una mala cara. Jovial y cariñoso, con su peculiar sonrisa a flor de labios. 

Fue justo él quien, el 2 de febrero de 1957, presentó ante el público lector de Zig-Zag a El Loquito —mi personaje cuerdo— con un texto explicativo de sus travesuras y “desatinos”. Y, también él, quien muchos años después defendiera a El Loquito de la maldad y la intriga.

Una noche, en la redacción del semanario, me sorprendió con la noticia de que había incluido a El Loquito en un show de Tropicana dedicado a la prensa, escrito por él para un elenco estelar. Yo era apenas un muchacho, y Enrique todo un maestro, por lo cual nunca olvidaré ese gesto: Así expresaba Enrique su sencillez y modestia.

Después del Triunfo de la Revolución, Zig-Zag desapareció. Enrique, por supuesto, siguió poniendo su talento creador al servicio del pueblo. Continuamos viéndonos en encuentros casuales o de trabajo, que siempre terminaban en charlas cómplices junto a un añejo doble, en cualquier bar de La Habana. Porque así era Enrique: profundo y sencillo como todo buen artista. Un intelectual de su tiempo, un cubanito de cuerpo entero. Y no solo por su raigal patriotismo —característica inherente a todo cubano verdadero— sino por  su sentido del humor, por esa gracia criolla que le acompañó siempre para contar de una manera singular su paso por la vida. Él era la sabrosura de la conversación condimentada con el disfrute gozoso de su inacabable anecdotario, extraído de la experiencia vivida durante años de observación con la pupila certera del fino humorista.

Un día de tantos —no recuerdo por qué— coincidimos en Camagüey y allí, en la oficina de un amigo común, nació el Primer Festival del Humor. Desde aquel instante seguimos juntos por toda la Isla, de provincia en provincia, llevando un rato de refrescante entretenimiento arrancado a las horas de duro bregar de un pueblo entero que construye su futuro.

Entre noches y días de trabajo, en cualquier punto del archipiélago, en Praga o Bulgaria, en habitaciones de hoteles de todo tipo, escuchando sus relatos increíbles, supe que Enrique  —tampoco sé por qué— llamaba a su dentadura “señora”, que se levantaba todas las mañanas a trabajar a las seis en punto (al sonido de un trompetazo matutino de su organismo puntual); conocí sobre las ingeniosas aventuras de un condiscípulo suyo de la Escuela de Leyes para evitar graduarse, de los personajes de la pelota manigüera de su pueblo natal, Quemado de Güines, en Las Villas, y hasta de cómo conoció a Jack Dempsey.

Después, vino la Bienal del Humor de San Antonio de los Baños. Allí, también estuvo Enrique sacando tiempo —como siempre— de sus horas de teatro, radio y televisión. En San Antonio, ocurrió un hecho singular que nos acercó más aún en aquella amistad convertida en hermandad. Sucedió que Rubén Suárez Quidiello —Quidiello para todos—, el Pintor del Ariguanabo, había encontrado dentro de un grupo de jóvenes elegantes del municipio que habían sido dibujados por Eduardo Abela en 1915, el embrión del Bobo creado por el artista, un personaje emblemático del humor cubano. Nadie sabía, ni siquiera Quidiello, quién era aquél elegante joven. Pero en la noche, mientras se desesperaba como buen sibarita por entrarle tenedor en mano a un arroz amarillo con mandarina, exquisitez del pintor en su lamentable desaparecida Casa Museo de San Antonio, Enrique exclamó con su sonrisa de niño malicioso: “іCoño, ese es papá!”. Y, efectivamente, su padre había vivido en San Antonio como telegrafista del ferrocarril y participaba en las tertulias de la sociedad local de la época.

Ahí mismo se formó el homenaje y, en una tarde memorable, en el patio de mi casa paterna, en medio del jardín, se le entregó solemnemente al padre de Enrique el carnet de la Unión de Periodistas de Cuba; así, Enrique Núñez Rodríguez, quedó definitivamente ligado a la historia del humor en San Antonio de los Baños que siempre lo ha tenido como un hijo distinguido en su corazón.

Siempre me sentí representado en la Asamblea Nacional por el Diputado Enrique Núñez Rodríguez, no solo por sus juiciosos puntos de vista relacionados con hechos delicados sino porque era un humorista cabal, quizá, el único diputado humorista en el mundo. Esto me hacía sentir tranquilo, pues los humoristas siempre estamos en el filo de la navaja y el tacto proverbial de Enrique me daba seguridad absoluta.

En múltiples ocasiones, me regañó como un padre por una caricatura disparatada o fuera de tiempo. Yo jamás le alcé la voz. Ese respeto nació solo y se reafirmó entre risas y tragos amargos, entre lágrimas y tragos magníficos, porque Enrique estuvo siempre en las buenas y en las malas, en las verdes y en las maduras; por eso, ahora no sé qué hacer sin sus cuentos, cómo vivir sin sus ocurrentes anécdotas encontradas, descubiertas o inventadas a lo largo de su fecunda existencia para hacernos la vida mejor.

Me queda solo una esperanza y a ella me aferro como el náufrago al madero. Tal como Enrique atesoró y nos narró con ternura todo lo que sucedió a su paso por la vida, de seguro ahora nos está esperando para contarnos —con el mismo gracejo de siempre— todo el arsenal anécdotico de su otra vida. Y con ese estilo tan especial, con su astucia tan desenfadada y aguda habrá de narrarnos todas las peripecias que irá encontrando en este nuevo viaje. Mientras yo, espero ese momento confiado en que así será. Por eso, no pido para Enrique un minuto de silencio, porque el silencio es ausencia de todo y eso él no lo soportaba. Yo pido para Enrique, pues, un minuto de algarabía.

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