Revista crítica de ciencias, artes y literatura: una expresión de cultura ciudadana
en la Cuba colonial

Cira Romero • La Habana, Cuba

Es febrero de 1868. Ya ha fracasado en Madrid la Junta de Información, que debía recomendar reformas políticas, económicas y sociales para la Isla, representada por un grupo de 16 comisionados electos, de ellos 14 nativos, y casi en su totalidad adscritos al partido reformista. José Antonio Saco, alma del reformismo, pero en desacuerdo con el programa del partido que apoyaba, fue electo por Santiago de Cuba para integrar la comitiva, pero a última hora concurrió solo para presentar su famoso Voto particular, en el que sustentaba su tesis de implantar en Cuba no reformas, sino un régimen autonómico semejante al canadiense. En tanto, el sistema colonial mantiene los mismos desafueros: venalidad y corrupción administrativa, centralización de la autoridad y exclusión de los cubanos de los cargos públicos. Un viajero inglés escribía, ya entrado el decenio de los 60, que en Cuba “cada hombre tiene su precio, desde el capitán general hasta el funcionario más modesto”.

En estas circunstancias, cuando ya la nacionalidad cubana en formación está a punto de alcanzar su clímax, y el movimiento científico y literario de la Isla ha dado valiosos aportes —que en la última vertiente puede expresarse con la poesía revolucionaria de José María Heredia, indicio seguro de que ya tenemos una literatura propia—, seis representantes de la intelectualidad cubana, liderados por Néstor Ponce de León, aúnan sus esfuerzos para fundar, como muestra de la solidez cultural alcanzada, la Revista crítica de ciencias, artes y literatura. Solo cuatro números vieron la luz, el primero en febrero y el último en agosto, pero fueron suficientes para demostrar que en Cuba había un núcleo de hombres de letras y de ciencias ávidos por insertarse en la vida cultural.

El director:

Néstor Ponce de León (1837-1899) había desempeñado labores publicísticas al fundar la revista Brisas de Cuba (1855-1856). Con posterioridad a la creación de la Revista crítica.... fue redactor de La Verdad y emigró a los EE.UU. en 1869, tras perder todos sus bienes en el embargo decretado contra él por el gobierno español. Asentado en Nueva York, desplegó una amplia labor a través de sus libros, mediante la edición de obras cubanas y como redactor de periódicos y revistas. Fue amigo de Martí, quien comentó algunos de sus textos. Regresó a Cuba al finalizar la dominación española.

Los redactores:

Ponce de León convocó a cinco figuras que serían capitales —algunas ya lo eran— en el devenir de la cultura cubana:

Antonio Bachiller y Morales (1812-1889), bien llamado “padre de la bibliografía cubana”, cuya obra capital, Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba, ya era una realidad en las librerías cubanas, pues sus tres tomos habían aparecido, consecutivamente, entre 1859 y 1861. 

José María de Cárdenas y Rodríguez (1812-1882), discípulo de José Antonio Saco. Había trabado amistad con Félix Varela en Nueva York, a quien ayudó en la corrección de sus obras. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas y publicó comedias y el libro Colección de artículos satíricos y de costumbres (1847), prologado por Cirilo Villaverde.

José Manuel Mestre (1832-1886), discípulo de José de la Luz y Caballero, profesor de la Universidad de La Habana, abogado, orador destacado, fundador de la Revista de Jurisprudencia, anexionista y autonomista hasta que, al estallido de la Guerra de los Diez Años, se sumó al independentismo y emigró a Nueva York, donde codirigió, junto con Enrique Piñeyro,  El Nuevo Mundo.

Enrique Piñeyro (1839-1911), profesor, destacado orador, había dirigido la Revista del Pueblo (1865-1866). Emigrado en 1869 a los EE.UU., se dio por entero a la lucha en favor de la independencia de la Isla, a donde volvió en algunas ocasiones hasta establecerse en París definitivamente. Realizó una importantísima labor como crítico literario.

Francisco de Frías (Conde de Pozos Dulces) (1809-1877), el más viejo de todos, de sólida formación adquirida en los EE.UU. y Europa. Había ocupado cargos en el gobierno, pero estuvo involucrado en conspiraciones surgidas en la década del 50, por lo que fue obligado a salir de Cuba. Dirigió el periódico El Siglo, fundado en 1863, y desde sus páginas llevó adelante una campaña para lograr reformas sociales, económicas y políticas para la Isla. Formó parte de la delegación cubana a la Junta de Información.

De esta conjunción de hombres ilustrados surgió la Revista crítica de ciencias, arte y literatura, que en su prospecto aclaraba su intención de llenar el vacío que dejaron la Revista Bimestre Cubana y la Revista Habanera. Añade dicho documento que su objetivo primordial será “... el estudio crítico de cuantas obras importantes vayan publicándose prefiriendo siempre para su más detallado examen las que más particular interés puedan brindar a los habitantes de la Isla de Cuba, ya por tratar de ciencias de inmediata aplicación en ella, ya por ocuparse de asuntos de general utilidad”.

Pero la revista no se circunscribió a estos propósitos, pues publicaron creaciones literarias de escritores cubanos y del resto del continente, traducciones, notas bibliográficas y artículos de crítica literaria y de otros aspectos de interés general. Entre sus colaboradores más asiduos, además del director y de los redactores de plantilla, estuvieron Juan Vilaró, Rafael A. Cowley, José de Armas y Céspedes; el naturalista francés Pedro Alejandro de Auber, padre de la novelista Virginia Felicia de Auber, en su época famosa autora de folletines en la prensa cubana; Juan Pizarro y José Ignacio Rodríguez, marcadamente anexionista y conservador, quien fue biógrafo notable  años después de aparecida la revista, al publicar Vida de Don José de la Luz y Caballero (1874), Vida del presbítero Félix Varela (1878) y Vida del Doctor José Manuel Mestre (1909).  

En la coyuntura política en que nació la Revista crítica de ciencias, arte y literatura era de esperar que su presencia en el escenario cultural cubano fuera efímera, no así su trascendencia. Obsérvese que, prácticamente, todo el cuerpo de dirección —director y casi todos los redactores— debieron salir precipitadamente de Cuba tras el estallido de octubre de 1868, y en el exilio se dieron a la tarea de luchar por la libertad de su Patria. El hecho bélico fue la causa principal de su desaparición del espacio cultural cubano; pero, sin duda, dejó una impronta perdurable en los anales de la historia de las publicaciones periódicas cubanas. Ella se inscribe en una lista de revistas de similares propósitos que tuvieron en su espíritu fomentar la cultura en la Isla y, sobre todo, ponerla en contacto con lo mejor de la producción mundial, no solo en materia literaria, sino en otras como los adelantos científicos en las más variadas disciplinas (agricultura, ciencias naturales, geografía, las llamadas ciencias puras), pero sin menoscabar las labores de la imaginación y de la crítica literaria.

Modesta en su presentación, pero magna en su contenido, la Revista crítica de ciencias, artes y literatura cubre en su breve espacio de duración un lapso relevante en el quehacer de voces antológicas de la cultura cubana, dispuestas siempre a dar lo mejor de sí mismas por tratar de hacer de Cuba, en la medida de sus  posibilidades, un país a la altura de los que por entonces se disputaban la primacía. Gracias a este y otros esfuerzos, no solamente palpables en esta revista, Cuba puede exhibir a lo largo de todo el siglo xix un vasto y múltiple quehacer que le concede un lugar de preeminencia en el concierto de los países hispanohablantes.

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