Atanás Ilkov: Pingüinos en el Caribe

Imagen: La Jiribilla

I

Los años 60 y comienzos de los 70, en el siglo XX, marcaron al teatro de títeres cubano con la visita de importantes maestros provenientes de los países socialistas de Europa del Este. Entre estos, se destaca el profesor y director teatral Atanás Ilkov, nacido en Sofía, Bulgaria, en 1924. Recientemente, recibimos la triste noticia de su fallecimiento. En las referencias de la nota de despedida que circuló por el mundo, se indica que impartió cursos, conferencias y realizó montajes escénicos, además de Cuba, en Yugoslavia, Alemania, Francia, España, Japón, Finlandia, Rusia y Luxemburgo. Fue ganador de importantes premios y reconocimientos en concursos y festivales de la especialidad titiritera. Rememorar su legado en los retablos de la Isla, se convierte en un acto de cariño y respeto hacia un artista integral.

Este camino de amistad y creación entre la vieja Europa y Cuba, fue abierto, en 1963, por el director Igor Divov y la diseñadora Vera Koniujova, miembros del Teatro Académico Central de Muñecos de Moscú, que lideraba en aquel tiempo el maestro Serguei Obrastzov. Las cebollas mágicas, texto de la dramaturga brasileña María Clara Machado, fue el montaje dirigido por los artistas rusos con el elenco fundador del Teatro Nacional de Guiñol. Esta coproducción inaugura también la confortable salita ubicada en los bajos del capitalino Edificio Focsa. El espectáculo realizó las presentaciones de rigor convenidas y, rápidamente, el núcleo precursor, guiado por los hermanos Camejo y Carril, proyectó nuevas piezas titiriteras para niños y adultos más afines a una personalísima estética de trabajo que, aunque enriquecida por esta y otras experiencias venideras, ya venía consolidándose desde el lejano 1949.

En 1962, Pepe Camejo es invitado al Congreso y Festival de la UNIMA, en Varsovia, Polonia. Esta participación posibilitó al teatrista cubano el encuentro con los maestros polacos Jan Wilkowski y Adan Kilian; pero no será hasta la visita a ese país de Carucha Camejo, en 1968, que se concrete la invitación de ambos artistas a la Isla. En 1970, la tropa capitalina alojada en el Focsa, estrena Guiñol en apuros, una divertida puesta en escena de Wilkowski y Kilian que puso, por vez primera en el retablo nacional, a los héroes tradicionales populares de la cultura francesa y universal. Por diversas razones, ese estreno tampoco quedó en el nutrido y diverso repertorio del Teatro Nacional de Guiñol. Sería este uno de los últimos títulos producidos bajo la firme guía de las cabezas fundadoras de ese conjunto.

Resulta bien interesante la alternativa titiritera que aportaron estos artistas, en plena efervescencia del llamado quinquenio gris para la cultura cubana, a la más importante compañía de esa manifestación en el territorio nacional, acéfala por esas fechas de verdaderos líderes que conocieran el hermoso oficio de los retablos. Esta opción de altos quilates repercute también en las otras agrupaciones profesionales existentes desde San Antonio hasta Maisí; en el público, que tuvo el privilegio de disfrutar lo nacido de una interacción de voluntades marcadas por el amor y la admiración hacia el universo del teatro de figuras.

Es en ese difícil periodo que llega a Cuba el profesor Atanás Ilkov. Su colaboración consistiría en el montaje de Los 6 pingüinitos, obra teatral escrita por su coterráneo Boris Aprilov.

Imagen: La Jiribilla

II

Para repasar lo acontecido en esa experiencia cubano-búlgara, he tenido que servirme de los testimonios de algunos actores titiriteros e integrantes del equipo de realización. Solo así he podido plasmar en blanco y negro la experta huella del maestro Ilkov, quien fuera asistido en el montaje y ensayos por el cantante lírico Ángel Menéndez como traductor. Menéndez recuerda sus gustadas caminatas tras los ensayos por el borde del malecón habanero, desde el Vedado hasta el Hotel Sevilla, en La Habana Vieja, donde se hospedó en su estancia isleña.

Ellos cuentan que el montaje fue difícil y consumió un buen tiempo de trabajo, pues el director búlgaro pedía movimientos exactos y musicales, como si los muñecos formaran el cuerpo de baile de una compañía danzaria. Cada personaje, con sus mecanismos correspondientes, era movido por dos o tres titiriteros tras un retablo estrecho. Ilkov no dio tregua a nadie, pues era un perfeccionista y ya había realizado el montaje en su país, por lo que no vino a improvisar, sino a crear algo sobre lo cual ya poseía una práctica previa.

La historia de la representación se ubica en las heladas llanuras del Polo Sur. Seis pequeños pingüinos escuchan hablar en clases del Feroz Oso Blanco. El miedo y la curiosidad, extraña mezcla de sentimientos, les impulsan a salir en su búsqueda. La aventura iniciada los llevará al encuentro con una foca, una morsa, la enorme ballena que confunden con una cabaña y el camello pensador. Todos se burlarán del deseo de los pingüinitos. El encuentro con el hijo del Feroz Oso Blanco cambiará el curso de los acontecimientos, pues uno de los palmípedos lo ayuda en el conocimiento de la música y las matemáticas. Ese afecto entre ambos salvará a los hermanitos de la reacción del gran oso, que no es más que una osa mamá, quien terminará reconociendo el valor de la amistad.

A los diseños de Iva Jadllieva y la música de Peter Stupel se unieron los desempeños de Silvia de la Rosa, Caridad Castillo, Delfina García, Álvara Ornellas, Mabel Rivero, Gilda de la Mata, Reina Herrera, Gelacia Valladares, Miriam Sánchez y Xiomara Palacios, más el apoyo de los actores del Teatro Rita Montaner —debido a la ausencia de elenco masculino en el grupo—: Rodolfo Pérez y Carlos Cruz.

Todos aseguran que la puesta era hermosa, que parecía cine, por la limpieza y ejecución del movimiento de los títeres y los elementos decorativos. Los efectos luminosos y el planteamiento estético de la puesta en escena, lograban que la blancura de la nieve pareciera real. Los calificativos plásticos estaban entre majestuoso y bello. Los muñecos, excepto los pingüinitos, tenían grandes dimensiones y mecanismos múltiples que les daban una especial acción titiritera. La sonoridad es recordada por intérpretes y público por sus acentos alegres y graciosos.

El genio del profesor Ilkov, creía firmemente en las diversas sensaciones que el teatro debía producir en los niños, tanto a nivel espiritual como emocional, y sobre eso basó su puesta en retablo. Hizo coincidir la hermosa fábula con la magia titiritera que, únicamente, pueden realizar quienes han contraído la enfermedad del muñeco, padecimiento incurable, afirmaba Ilkov, cuando uno se contagia de verdad.

Xiomara Palacios, la actriz que representaba a Guino, el pingüino más pequeño, con su inolvidable voz de títere, posee simpáticas anécdotas relacionadas con las traducciones personales que el maestro nacido en Sofía, hacía de las palabras en español, inocente de la riqueza del vocabulario de estas tierras y sus múltiples significados; pero, sin duda, una de las evocaciones más entrañables tiene que ver con el día del estreno de Los seis pingüinitos, en febrero de 1973. Atanás le preguntó al traductor por una frase que impresionara al equipo artístico tras la primera función, y cuando se apagó el último aplauso y se cerraron las cortinas, se fue hasta los camerinos y gritó: ¡Parimos! En medio de la grisura del quinquenio vivido entre 1971 y 1975, ese espectáculo constituyó un momento de esplendor artístico y rigor profesional, algo que habrá que agradecerle eternamente al talento de Ilkov.

En julio de 1974, llegaron otros polacos al Guiñol Nacional. El director Stanislaw Ochmanki y el diseñador Mierczylav Karlicki, montaron junto con el cubano Jorge Berroa, en la música, una versión para títeres del cuento El canto de la cigarra, del narrador Onelio Jorge Cardoso. El uso de materiales naturales nacionales marcó el montaje y su particular estética, pero igual saldría de cartelera con la misma rapidez de las otras coproducciones. Sin embargo, todavía en 1987, casi 15 años después de su estreno, los simpáticos pingüinitos de Ilkov y Aprilov seguían siendo favoritos en el repertorio de nuestra histórica institución.

Imagen: La Jiribilla

Nunca antes hubo en el Caribe pingüinos con tanta gracia titiritera. Desperdigados por ahí o dormidos en los almacenes del Teatro Nacional de Guiñol, ellos forman parte esencial del eterno tributo cubano hacia el inolvidable maestro y hermano Atanás Ilkov.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato