La muerte no es tan trágica

Los artistas, por nuestra propia idiosincrasia, tenemos un sentido bastante dramático de la vida. Y aunque la muerte es algo que diariamente pasa, no deja de ser un suceso que nos conmueve y nos une. Podemos pasarnos la vida criticando a nuestros colegas, pero basta que la parca trunque, con su guadaña implacable, la vida de uno de nosotros para que inmediatamente todos nos pongamos de acuerdo: “El pobre, tan buen actor que era...”

No obstante, por un extraño mecanismo de defensa, y quizá para aliviar tensiones, hay una larga lista de momentos póstumos en nuestro sector, que conforman toda una antología de chistes ligados a ese instante doloroso en que vemos desaparecer a un compañero.

Es clásica en el mundo de la farándula, la anécdota atribuida a un actor desconocido cuando moría sin remedio una primera figura del teatro español, Antonio Vico, nacido en Chile y nieto del actor del mismo nombre que centró la escena española a finales del siglo XIX. Vico, el nieto, fue figura principal de la famosa compañía de Ernesto Vilches, muy conocida en Cuba a principios de siglo.

Vico agonizaba en un hospital. Una larga y lenta agonía que conmovió a sus compañeros de labor. Cercana su muerte, una segunda figura de la compañía comentó que lo visitaría al día siguiente. Los demás actores, conociendo la inveterada torpeza de aquel partiquino, le advirtieron que Vico, a pesar de su extrema gravedad, estaba en su pleno conocimiento, por lo que debía evitar todo gesto que le pudiera demostrar al enfermo que estaba, virtualmente, in artículo mortis. Debía lucirle alegre, jovial, confiado. Así lo prometió solemnemente el actorcillo. Entró, pues, al día siguiente en la habitación del moribundo, y adoptando una falsa pose de alegre desenfado, no se le ocurrió otra cosa que decirle al enfermo:
“¿Conque agonizandito, eh?”

En nuestro país hay material suficiente en este campo para llenar una antología. Recordaré algunos al azar.

Había fallecido Julito Díaz y la noticia llegó a una cabina de radio donde Otero hacía un programa que yo escribía. Todos temíamos darle la noticia. Hasta que nos decidimos. Era por los días en que Gagarin había realizado su histórico vuelo al cosmos. Otero escuchó muy serio la noticia del fallecimiento de su entrañable colega y, sin demostrar sus verdaderos sentimientos, se limitó a comentar: “Conque ya Julito entró en órbita”.

Su desaprensiva indiferencia ante tan infausto suceso quedó desmentida instantes después, cuando Otero hizo su entrada a la funeraria Caballero y muy cerca del ataúd donde se encontraba Julito, se desplomó para siempre. Otero también había entrado en órbita.

Américo Castellanos, otro viejo actor, tenía fama de hiperbólico y un poquito fabulador en cuanto a sus éxitos teatrales. Se habla de las mentiras de los pescadores, a los que siempre se les escapa el pez más grande, pero algún día se les hará justicia a los actores, en este terreno de sus exitosas actuaciones.

Américo falleció en plena temporada del Teatro Martí. Sindo Triana, otro viejo actor, llegó demudado y pálido con la noticia. Bergantiños, el utilero, quizá queriendo disimular su propia pena y la de todos los miembros del elenco, exclamó: “¡Eso es mentira de Américo!”

Otro día estábamos en la funeraria. Integrábamos un grupo que lidereaba Juan Carlos Romero, el actor. De pronto, vimos subir las escaleras, lento y tembloroso, a Pipo de Armas. Ya anciano, Pipo no faltaba a ninguna novedad en el mundo de la farándula. Pese a sus años y a su precario estado de salud, arribó al tercer piso desencajado y pálido. Juan Carlos Romero se dirigió a él con una sonrisa: “¿Qué, vienes a entregarte?”

Armando Bianchi fue un maestro de la ironía. Afable y simpático no desperdiciaba la oportunidad de hacer un chiste a costa de lo que fuera. El día que falleció estaba tendido en la capilla D de la funeraria Rivero. Era un momento en que las evaluaciones artísticas tenían revuelto el sector. Todos los artistas nos creemos ser merecedores de la más alta calificación en nuestra especialidad. Nadie quiere ser B o C. Todo el mundo se cree con derecho a ser A. Angel Vilches, que fue compañero de Bianchi, protestó en voz alta: “¿Cómo le van a dar la D a Bianchi? Armando merece la A.”

Nadie se quejó del chiste de Vilches. Todos sabíamos que, de haber sido él el difunto, Bianchi le hubiera dedicado una broma parecida o mucho peor.

Quizá la explicación de estas insólitas reacciones ante un momento tan dramático en la vida de los artistas, esté en el hecho cierto de que no nos acostumbramos a la desaparición de nuestros compañeros. Porque, en definitiva, con cada uno de ellos nos arrancan un poco de nuestro propio y singular mundo de magias.

Enrique Núñez Rodríguez: Escritor, guionista de radio y televisión, teatrista y humorista cubano. Nació el 13 de mayo de 1923, en Quemado de Güines, provincia de Villa Clara. Falleció en La Habana el 28 de noviembre del 2002. Doctor en Derecho por la Universidad de La Habana. Colaboró con el M-26-7 durante la tiranía batistiana. En 1948 comienza a escribir libretos satírico-políticos, humorísticos y de aventuras para la radio, de perfil científico-técnico para niños y humorísticos. Por esta labor recibió varios premios de la Asociación de Críticos de Radio y Televisión. En 1949 estrenó sus piezas Cubanos en Miami y La chuchera respetuosa, interpretada por Rita Montaner. Su comedia Gracias Doctor, mereció en 1959, la primera mención en el Premio Luis de Soto. Formó parte de la redacción de Carteles. Publicó cuentos, poemas, estampas costumbristas y humorísticas en Bohemia, Zig-Zag, El Mundo, Siempre, El Sable y Juventud Rebelde; en el programa Hoy mismo mantenía una sección de anécdotas. Desempeñó la dirección artística del Grupo Jorge Anckermann e igualmente fue autor de guiones de cortometraje. Entre sus libros escritos se hallan: Yo vendí mi bicicleta, Mi vida al desnudo, Oye como lo cogieron y Martí y el Humor. Diputado a la Asamblea Nacional, Vicepresidente de la Comisión de Educación, Ciencia, Cultura y Tecnología. Realizó una amplia labor en el Parlamento. Presidió el Consejo Editorial de la revista Mi Barrio, de los Comité de Defensa de la Revolución. Mereció la distinción de Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba, la Medalla 40 Aniversario de la Televisión Cubana, Distinción El Diablo Cojuelo, Premio Nacional de Periodismo José Martí, Réplica del Machete de Máximo Gómez, Medalla Félix Elmuza y la condición de Hijo Distinguido de Quemado de Güines.

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