Presentación de La Gaceta…

Una fiesta bimestral

Jorge Fornet • La Habana, Cuba

Una vez más, nos reúne la fiesta que implica cada presentación de esta revista. No creo equivocarme si digo que muy pocos acontecimientos de nuestra vida cultural son capaces de generar una pregunta tan sencilla y al mismo tiempo tan reveladora como esta que se reitera puntualmente cada bimestre: “¿Vas esta tarde a la presentación de La Gaceta…?” El hecho es que estamos aquí, respondiéndola afirmativamente. Confieso que hubiera preferido encontrarme en el lugar de ustedes, porque el honor que significa ser invitado por Norberto —en mi caso, creo recordar que por segunda vez— a presentar un número de lo que su propio director llama “el Gacetón”, el privilegio de haberlo leído antes que todos los presentes, con excepción, claro, de sus realizadores, no compensa el compromiso que ello supone.

Desde que en noviembre del pasado año la Casa de las Américas dedicara su Semana de Autor a Leonardo Padura, los homenajes al autor de El hombre que amaba a los perros no han cesado. En diciembre le fue concedido el Premio Nacional de Literatura, que se le entregó formalmente durante la Feria del Libro; las entrevistas con él inundan los medios digitales; la propia revista Casa... le acaba de dedicar un dossier; otras se preparan para hacer lo mismo y, entre tanto, La Gaceta..., publicación de la que Padura fue jefe de redacción durante seis años y a la que contribuyó a dotar del perfil que le reconocemos, le ofrece su homenaje en esta entrega.

El fragmento de la anunciada novela Herejes nos remite a la más remota de las tres historias que la integran, y gira en torno a un joven pintor de la comunidad judía de Amsterdam en el año 5403 del calendario judío, o lo que es lo mismo, en el que para cualquiera de nosotros sería, sencillamente, 1643. No hay que ser demasiado perspicaz para darnos cuenta en tan pocas páginas de que la novela logra aunar la habitual capacidad narrativa de su autor con la que posee para plantear ese tipo de interrogantes un tanto incómodas con las que suele movernos el piso.

El segundo texto de este homenaje es una extensa reflexión sobre el pasado, el presente y hasta el posible futuro de uno de los cimientos de nuestra identidad, y se titula “La pelota en Cuba: cultura e identidad en trance”, que fuera una conferencia leída en octubre de 2012 en la Fundación Alejo Carpentier. La pregunta que motiva este acercamiento gira en torno a cuáles fueron “las circunstancias sociales, económicas, políticas y hasta étnicas” que explican la “vertiginosa y masiva adopción” de ese deporte por parte de los cubanos y su “fulminante integración” a la espiritualidad nacional. La historia del juego entre nosotros, la acogida que generó en todos los sectores sociales y en publicaciones de diversa índole, se complementa con un acercamiento a la filosofía misma del juego —sin descontar el atractivo y los riesgos que ello implica para su supervivencia—. Con el fin de explicar las complejidades de ese deporte, Padura hace una enumeración que deseo citar, porque siendo rigurosamente cierta parece tan estrafalaria como aquellos delirantes inventarios de Borges. “Baste enumerar, al vuelo —dice Padura— que dependiendo del marcador, del inning, del contrario, del pitcher y el bateador enfrentados, de los outs en el inning, de las estadísticas históricas y de ese día de pitcher y bateador, de si se juega de día o de noche, si es visitador o home club, de la mano a la que lance el pitcher y se coloque el bateador, del conteo, de la zona de strike del árbitro, del viento, del estado del campeonato, de la cantidad y calidad de corredores en bases y de la inteligencia del mánager o de un jugador, se debe tomar la simple decisión de esperar o no, digamos, un segundo strike antes de dejar libre al bateador.” La parte final de este ensayo que, de ningún modo, pueden perderse se centra en la etapa del béisbol revolucionario y, sobre todo, en sus dilemas y desafíos actuales, y hasta en algunas propuestas, ante el riesgo de que se resquebraje irremisiblemente ese pilar de la nación cubana.

Una entrevista de Félix Contreras al Premio Nacional de Música 2012, Bobby Carcassés, nos deja ver zonas poco conocidas y el itinerario vital de este cantante, bailarín, percusionista, cofundador del Teatro Musical de La Habana, pintor y hasta atleta de alto rendimiento nacido en Kingston, que reclama para sí el récord nacional de salto alto bajo techo, lo que no es poco decir en la tierra de Javier Sotomayor. Otro artista polifacético, también músico, atleta, pintor, babalawo, y hasta encarnación de ese supuesto oxímoron viviente —tan frecuente, sin embargo, entre nosotros— que es el del guajiro industrialista, se revela en la conversación que Darsi Fernández y Liliana Ariosa sostienen con Francis del Río, en que se muestra no solo su proceso de formación y sus opiniones sobre el universo musical, sino también —casi diría, sobre todo— su concepción sobre la vida y la visión de alguien que se considera raigalmente cubano sin dejar de ser y de pensarse ciudadano del mundo. No menos multifacético es el folclorista, poeta, compositor, coreógrafo y cantante Rogelio Martínez Furé, a quien Dainerys Machado Vento arranca confesiones que nos llevan a entender los orígenes y pasiones de quien no teme provocar polémicas o plantar cara a aquellos convencidos de que las tradiciones deben conservarse intactas. De hecho, la descomunal labor de rescate que Martínez Furé ha llevado a cabo nunca se ha propuesto como un modo de anclaje en el pasado sino como forma de enriquecer a los seres humanos que somos, que seremos.

Extraño parece, dentro de este contexto, el magnífico ensayo de Gerardo Fernández Fe dedicado al escritor mexicano Sergio Pitol, cuyos recién cumplidos 80 años han sido celebrados en su país con bombo y platillo. Un singular encuentro del autor del ensayo con el ganador de los premios Cervantes y Juan Rulfo, y, fundamentalmente, con sus libros, nos permite entender mejor a ese “raro” de la narrativa mexicana que se ha convertido en una de las figuras icónicas de la literatura de las últimas dos décadas en todo el territorio de la lengua, y a varios de cuyos títulos hemos tenido acceso los lectores cubanos en los años recientes.

En la fascinante historia de su tía Sara Hernández-Catá se detiene Uva de Aragón para rescatar a esta mujer brillante, emprendedora, simpática y liberal, célebre por sus tertulias y por sus amantes, que marcó la existencia de la niña Uva. De Bola de Nieve a Lecuona, de Fernando Ortiz a Carlos Prío, de Rómulo Gallegos a Carlos Andrés Pérez, pasando por otras decenas de intelectuales y políticos cubanos y extranjeros, fueron legión los personajes ilustres con quienes Sara se relacionó desde su infancia en España —donde su padre Alfonso Hernández-Catá ostentaba un cargo diplomático— hasta su exilio en Caracas, ciudad donde murió en 1980. Digna de una novela que tal vez valga la pena escribir, la “tía Sara” cubre, más allá de sus atractivos como personaje, cierta imagen de toda una época.

La contracara de esta mujer realizada y exitosa vendría a ocuparla alguien a quien la Cámara de Representantes no había tenido reparos en consagrar como Poeta Nacional pero que, ni aun así, lograba ver sus libros editados. En una República que había visto frustrarse —debido a la influencia del gremio de impresores— la temprana iniciativa de crear una imprenta nacional, Agustín Acosta (en una carta entre irónica y desesperada que Ambrosio Fornet reproduce y comenta) implora a Chacón y Calvo que la Academia Cubana de la Lengua le publique al menos uno de los 15 poemarios que tiene engavetados. Ante el previsible destino de la deseada edición, Acosta se conformaría, confiesa, con algunos ejemplares que le servirían “para calzar las puertas en los días en que el viento molesta demasiado.”

Fragmentos de un poema de Víctor Rodríguez Núñez nos ponen en contacto con la producción más reciente de este autor de ya larga trayectoria a quien Letras Cubanas publicará próximamente una antología personal. De otro poeta, Larry J. González, se reproducen también momentos de un largo texto de sorprendente título (“La mikansia”) y mejor subtítulo: “(no hay cráneo en el deambular flamígero de los mikis)”, donde los mikis, el mundo de las top models y algunos sitios webs se mezclan para producir un sorprendente efecto.

Como tributo a la recién fallecida escritora y activista afronorteamericana Jayne Cortez, esta entrega ofrece un pequeño dossier encabezado por unas palabras de Nancy Morejón, e integrado además por una sentida crónica de Georgina Herrera y un poema de la propia Cortez (“Encontrar tu propia voz”) traducido por Nancy.

La habitual sección Crítica nos sumerge en algunas de las novedades del medio editorial y cinematográfico; esta vez nos ofrece una nota de Alberto Guerra Naranjo sobre la novela de Marcial Gala La catedral de los negros, ganadora del premio Alejo Carpentier el pasado año; otra de Ángel Marqués Dolz sobre el volumen de entrevistas de Mario Vizcaíno Serrat Portarretratos a la deriva; así como sendas notas de Arístides Vega Chapú y Leymen Pérez a los poemarios El vigoroso trazado y El remoto país imposible, de Bertha Caluff y Damaris Calderón, respectivamente. Cierran la sección un texto de Virgen Gutiérrez sobre un sabroso número de la revista Signos pletórico de “sexo picante y relajo”, y una crítica de Pedro Noa Romero a La película de Ana, de Daniel Díaz Torres.

Particularmente provocadoras resultan las ilustraciones de esta entrega, conformadas por un conjunto de obras de jóvenes artistas de quienes nos hablan David Mateo y Yoanna Toledo en “Voces y poéticas femeninas en la plástica cubana”, como adelanto de un proyecto curatorial que debe presentarse próximamente en los EE.UU. y en Alemania. Los trabajos que se reproducen de Khadis de la Rosa, Aimée García, Idania del Río, Paola Martínez, Michele M. Hollands, Nadia García, Liudmila y Nelson, y Danay Vigoa no solo establecen un enriquecedor contrapunto con los textos, sino que nos hablan por sí mismos, también, de las propuestas que están realizando las artistas cubanas de hoy.

He dejado para el final un bocatto di cardenale: los cuentos premiados en la XIX convocatoria del concurso de La Gaceta... El ganador de la beca de creación Onelio Jorge Cardoso (“Prólogo a un libro intrascendente”, de Indira Rodríguez Ruiz) es un texto escrito en la estela del Italo Calvino de Si una noche de invierno un viajero…; una narración que se envuelve termina convirtiendo a sus protagonistas en lectores de su propia historia, y a nosotros, los lectores verdaderos, en personajes. Por su parte, el ganador del primer premio (“Engracia también quiere ser máster”, de Pedro de Jesús), es un relato cargado de humor, cuyo realismo casi fotográfico oculta, en verdad, una historia tremenda que apenas alcanzamos a vislumbrar; en el fondo resulta ser un desafío a la imaginación —de tal modo se le plantea a la protagonista y a los lectores— que pocas veces se logra con tanta eficacia.

Por cierto, no olviden leer el texto que antecede a los cuentos. En él, Mirta Yáñez, Jorge Ángel Pérez y Ernesto Pérez Castillo otorgan estatura literaria al maltratado, previsible y aburrido género de las actas de concursos. Por esta vez, el acta parece un cuento más, disfrutable en sí misma. Les cito, solo para que se animen, la primera oración: “¡Va a arder Troya!”

Ustedes saben tan bien como yo que estas páginas que acabo de leer eran perfectamente prescindibles. En ese sentido, la presentación de La Gaceta… es fácil porque uno puede limitarse a hilvanar algunas frases medianamente coherentes, seguro de que la velada será un éxito. A fin de cuentas, si respondieron afirmativamente a aquella pregunta que mencioné al principio de mi intervención, es decir, si están aquí, es porque de ninguna manera querían perderse la ocasión de conseguir un ejemplar de su más reciente número, ver a unos cuantos amigos y, si se ponen de suerte, alcanzar una copa de vino. Espero que lo logren, que disfruten la lectura de La Gaceta… tanto como yo, y nos vemos, claro está, dentro de dos meses.

 

Palabras en la presentación de La Gaceta de Cuba, Nro. 2-2013. Sala Villena de la UNEAC. La Habana, 15 de mayo de 2013.

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