¡Enrique tiene cada cosas!

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Cuando alguien dijo que Enrique Núñez Rodríguez estaba de cumpleaños, 90 almanaques nada menos, otra persona muy allegada a él comentó: “No lo digan en voz alta porque seguro se aparece. A ti —me señaló con aire acusatorio— te pedirá cuentas nuevamente por haberlo reducido al anonimato en una nota de prensa sobre una velada en la que figuraba por derecho propio en la presidencia”.  

Imagen: La Jiribilla
Caricatura: Laz
 

Y así fue. Se apareció Enrique, derrochó sonrisas y se encargó de hacernos saber que su vitalidad, su humor, su sentido de pertenencia a esta tierra, su carisma permanecen intactos. Que no fue cierta su despedida en noviembre de 2002. Más bien, entonces, lo que hizo fue jugar a los escondidos para que lo descubriésemos cada vez que repasemos sus deliciosas crónicas, o confrontemos su manera de hacer en la radio y la televisión con lo que acontece hoy, o discutamos en el seno de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba las insatisfacciones y carencias en la vinculación entre turismo y cultura o veamos aparecer en esos materiales de relleno que ocupan la pequeña pantalla antes del noticiero las imágenes de su natal Quemado de Güines.

Luis Báez lo incluyó con toda razón en el repertorio de personalidades entrevistadas en el libro Los que se quedaron. Al triunfo de la Revolución, Enrique era uno de los escritores mejores pagados de la radio y la televisión, posición ganada a base de agudeza y talento no solo en el tratamiento del costumbrismo sino también en el arte de contar historias dramatizadas como aquella famosa radionovela de Leonardo Moncada.

Pero su identificación con los nuevos tiempos de su Patria, y la imantación que ejerció sobre él Fidel, lo arraigaron para siempre entre los suyos.

Es el momento de recordar la entrega de Enrique a la compañía Jorge Anckerman que en los años 60 trató de sostener las banderas del teatro vernáculo. Una obra como Dios te salve, comisario, puso en clave de humor los enfrentamientos sociales que caracterizaron la etapa inicial de las transformaciones revolucionarias.

"...su identificación con los nuevos tiempos de su Patria, y la imantación que ejerció sobre él Fidel, lo arraigaron para siempre entre los suyos."

Cuando alguna vez le pregunté por qué no siguió escribiendo para el teatro, me respondió: “No era estimulante escribir para un tipo de teatro que no era estimulado”. No se trataba de un juego de palabras, sino de realidades que se impusieron en el medio escénico nacional, que sepultaron con argumentos elitistas las esencias de una zona del teatro nacional que, en todo caso, necesitaba renovarse. Enrique podía haber aportado mucho a la actualización de la expresión vernácula. Luego, vino el cierre del Teatro Martí y un prolongado periodo de reconstrucción, aún no concluido. Esa es una deuda que todavía tenemos con Enrique.

El eterno contador de historias encontró espacio en la televisión —cuánto bien nos haría seguir la huella del guionista de la serie dedicada a Carlos J. Finlay, tan necesitados estamos de que cobren cuerpo en la pantalla doméstica nuestros hombres y mujeres excepcionales—, pero sobre todo en la literatura y el periodismo, que para él eran lo mismo.

Crónica tras crónica, estampa tras estampa, ahí están los libros que fue armando como para no desprendernos de ellos: Gente que yo quise, Yo vendí mi bicicleta, Oye como lo cogieron, A guasa a garsín, Mi vida al desnudo.

Ahí están, además, sus desvelos por la cultura nacional, encauzados durante su etapa como dirigente de la UNEAC.

En vida, Enrique fue reconocido por su trayectoria profesional con el Premio Nacional de la Radio, el Premio Nacional de Periodismo José Márti y el Premio Nacional del Humor. Merecida fue la condecoración con la Orden Félix Varela y la entrega por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez.

Como esta semblanza de Enrique se va poniendo demasiado seria —se sonrojaba ante todo acto de pleitesía hacia su persona—, voy a contar un par de anécdotas y aclarar un punto que dejé caer al comienzo de estas líneas.      

La primera: Íbamos hacia Matanzas, en un auto de chapa amarilla (particular) a la inauguración de un local de Artex. En la Vía Monumental nos detiene un patrullero. Pide la circulación del vehículo y la identificación de los pasajeros. Al llegar a Enrique, se detiene; mira una y otra vez el carné y el rostro. Enrique pregunta: “¿Algo no está correcto?” El policía responde. “Perdone, pero pensé que el compañero (el chofer, un mulato inconfundiblemente cubano) estaba boteando a extranjeros a Varadero, sin la debida licencia. Es que ese (el pasajero del asiento delantero) lleva el pelo largo como los europeos y Ud. parece español. Ud. es el que escribe en Juventud Rebelde, ¿verdad?”

La segunda: Enrique era un fumador impenitente, aunque raramente compraba cigarrillos. Era, lo que se dice, un picador. Pues bien, todos los días, cuando llegaba a la UNEAC, picaba su cigarrito, lo prendía y las cenizas iban a parar a una maceta donde Miguel Barnet cuidaba una planta ornamental. Enrique disfrutaba mucho observar la mirada de Miguel al ver arruinaba la matica, y mucho más cuando este alzaba la vista hacia el retrato de don Fernando Ortiz en una pared de la oficina e imploraba: “Ay, don Fernando, perdona a Enrique por sus faltas”.

Ahora, la aclaración. No hubo modo que Enrique me exculpara por una falta que nunca cometí. Cierto fue que en una información aparecida en Granma lo redujeran a la categoría de “otros” en la presidencia de un acto. Algo molesto, le dije en una ocasión: “No fui yo, Enrique, leíste mal el crédito de la nota”. Como no le gustaba perder, tomó la tangente: “Te juro que la firma era tuya. Si no era, no importa. Eso quiere decir que yo te leo siempre”.

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