La homofobia, un viejo enemigo de la civilidad

Reynaldo González • La Habana, Cuba

La noticia es explícita y reciente: París, la ciudad que para muchos se mantiene como el culmen de la civilización occidental, se estremeció en la última quincena de abril con manifestaciones homofóbicas por la conmoción que a los reaccionarios causó la aprobación del matrimonio entre personas de un mismo sexo. Muestran un panorama lamentable: homosexuales masacrados en la vía pública, miembros de las parroquias lanzados a las calles atizados por obispos, grupos integristas católicos, la derecha parlamentaria y la extrema derecha. Se enfrentaban al Senado por aprobar el proyecto de ley que regresaba a la Asamblea Nacional para su promulgación definitiva. La nación de los derechos humanos pagaba un diezmo por los derechos de una derecha acosada por miedos coincidentes —islamofobia, xenofobia, homofobia—, un racismo y un sexismo de arraigada estirpe. El pasado de egalité y fraternité los irritaba al punto de gritar “¡Basta!”, no precisamente de manera elegante y cartesiana.

Francia es hoy “un país asustado y receloso en el que proliferan las fobias”, indicó un comentarista: “La islamofobia inundó la pasada campaña electoral, el racismo y la xenofobia, y de forma especial la fobia a los gitanos, forman parte del lenguaje habitual. Y la homofobia ha empezado a manifestar su cara más violenta desde que François Hollande decidió lanzar la nueva ley de matrimonio homosexual, bautizada como matrimonio para todos.” “Acudiendo a la llamada de las parroquias, y comandadas por una cómica vestida de rosa chicle apodada Frigide Barjot —explícita referencia a la sex symbol Brigitte Bardot—, cientos de miles de personas han salido a las calles en los últimos meses para mostrar su rechazo al matrimonio gay. Dos manifestaciones imponentes, de 300 000 personas cada una, han intentado meter presión al Gobierno para que convoque un referéndum.”

Las viejas conquistas, que a la sociedad francesa le dieron fama de vanguardista, en los actuales tiempos de derechización europea incomodan y retrotraen a comportamientos denigrantes para una sociedad civilizada en el siglo XXI. En el caso de la legalización de parejas de gays y lesbianas, el encono alcanza niveles delincuenciales, pues se trata de una aversión vieja, que despierta los atavismos más elementales e inciviles, argüidos como defensa de la familia y la religión.

Imagen: La Jiribilla

Las fobias —las mencionadas y otras— son padecimientos instintivos, enfermedades sembradas en la siquis y en las costumbres de individuos y comunidades. Mucho antes de que a la atracción y al amor de una persona por otra de su mismo sexo le llamaran homosexualismo —debió esperar a finales del siglo xix—, o lesbianismo, ya padecía un odio disfrazado de defensa de la sociedad y la familia. Sobre este asunto las mareas llevan y traen ondas en ocasiones esperanzadoras, otras virulentas y criminales, pero no atenúan el marcado desprecio hacia el diverso —que aparece o se oculta, se muestra o disimula—, hacia el descargo de una inexplicada ira y, en su expresión más grave, la satisfacción de encontrar alguien en un escalón inferior para exaltar la integridad del perfecto que lo mira por encima del hombro. El homófobo rara vez reconocerá su condición, ni que actúa de manera instintiva, compulsado por razones —sinrazones— que no indaga en su propia siquis. El convencimiento de su superioridad en relación con el despreciado le impide autocuestionarse. Las acciones homofóbicas no aparecen solamente en personas de escasa cultura o en situación social desmejorada, sino en personas de cualquier tipo y condición que cuente con el asentimiento de una colectividad ganada por criterios machistas. Una vez convocada, la homofobia parece irreprimible, propicia fines alejados de la virtud. Por ejemplo, colocar en déficit a un contrario acudiendo a su condición homosexual —real o atribuida— en un entorno de predominio machista, o de irreflexivo fetichismo religioso, presupone puntos a favor del “denunciante”. La manipulación de la ignorancia ha ocurrido en todos los tiempos; es un recurso manido en la lidia social.

Aunque las otras fobias conocen intermitentes treguas, la homofobia no cesa y en ocasiones ha ganado tremebunda masividad, como el destino de los gays bajo el dominio nazi, del que apenas se habla entre los horrores cometidos por las huestes alemanas en nombre de la pureza racial aria durante la Segunda Guerra Mundial (véase mi artículo “No censados pero sí cremados”, en Cubaliteraria). La homofobia, como el racismo, es un mal reverdecido por prédicas y maldiciones que adoptan la condición de “eternas”, como por “mandato divino”. Al argumento de la permisividad —no tan compacta como se cree— en tiempos atenienses y romanos, le vino encima la contracción de la cultura judeo-cristiana enseñoreada, amparada en mitos y leyendas de ímprobo esclarecimiento para sancionar la condenación y uno de los más inhumanos desprecios que han torturado al diverso. He colocado la palabra “permisividad”, como también es frecuente el uso de “tolerancia”, ambas de equívoca significación. Parecerían favores otorgados desde una incuestionable superioridad; tanto la una como la otra dejan entrever una falsa condescendencia con un supuesto error o pecado y colocan a la persona “favorecida” en condición deficitaria: un ser humano en escala inferior, de naturaleza no tan apreciable como la del “generoso” que le permite o le tolera la existencia. Quien acepta ese tipo de inferiorización disimulada, se hace reo de una culpa sin culpa. De él se espera un aquiescente agradecimiento que le impide comprender el juego en que lo entrampan.

El taimado procedimiento de la homofobia, su permanencia unas veces explícita, otras negada, puede seguirse como se estudian periodos y estadios del comportamiento social en la historia. Su esencia, sin embargo, es la misma: la negación y el desprecio de una actividad humana, personalísima y, por tanto incuestionable cuando no se traduce en una agresión u ofensa a la sociedad. En los últimos tiempos tanto las ciencias como el avance social ponen en solfa las “razones”, los inocuos argumentos en que se apoyó la homofobia en épocas anteriores. Un movimiento indócil ha escuchado como quien oye llover la proposición del renunciamiento al placer y a los sentimientos propios a que acuden los voceros eclesiásticos, de los más bajos a los más altos. Como en este caso dejar de ser no sería dejar de existir, proponen la represión del deseo como una virtud atesorada: la virtud como una tortura que la propia víctima se dosifica. Se dice fácil. Los clamorosos escándalos de pedofilia que han rodeado a la Iglesia en los últimos años, de dimensión mundial, las revelaciones realmente alarmantes de un mal sembrado en el propio oficio —la burla en obras del proclamado celibato—, que se han traducido en agresión a la infancia, la familia y el decoro social, ya no les permite un discurso tan atendible, al menos para quienes no asumen la fe como militancia ciega. Esas multitudes lanzadas a las calles parisinas a subvertir lo que es reclamo de la sociedad democrática, una ley ya efectiva en otros países, constituyen un ejemplo extremo, un desafuero y, a un tiempo, una muestra de impotencia frente a los cambios y las ganancias de la convivencia laica. No tiene que leerse, precisamente, como dejación de la fe, sino de los condicionamientos a que se la ha sometido.

Las jornadas mundiales contra la homofobia, que ya ocurren como una costumbre y una manifestación de libertad en países de regímenes muy diferentes, constituyen un respeto de la individualidad y un avance incuestionable. No dañan, sino que afirman el libre albedrío, el derecho de persona. Son una fiesta, un canto a la alegría por estar vivos. En ellas participan gays y lesbianas y quienes sin serlo apoyan sus reclamos. A la sombría insistencia de una fobia que agrede al individuo y le impone condicionantes onerosas, responden con la afirmación del ser humano en su integridad física y mental. A la agresión que la homofobia y todas las fobias hacen al ser humano, oponen el abrazo, la cordialidad, la exaltación de la vida en sus múltiples expresiones.

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