Una “unidad submarina”

Roberto Fernández Retamar • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

El Caribe es un área geográfica y cultural que se ha hecho sentir, sobre todo, en las últimas décadas, durante las cuales los organismos internacionales comenzaron a hablar de “la América Latina y el Caribe”, señal inequívoca de su especificidad. En acuerdo con ella, en 1979 la Casa de las Américas creó, en 1979, su Centro de Estudios del Caribe.

Se trata de la región del mundo a la que llegaron europeos hace algo más de medio milenio, en lo que sería llamado erróneamente el “descubrimiento de América”. Como dichos europeos creían haber llegado a Asia, nombraron a aquella región “las Indias”. Todavía en inglés se perpetúa ese error, al llamar “West Indies” al Caribe. Al resultar la región pobre en oro, que los europeos buscaban ansiosamente, hicieron nacer allí las plantaciones, empresas modernas y terribles para hacer producir, las cuales introdujeron millones de esclavos procedentes de África.

Ello dio lugar a lo que el jamaicano Rex Nettelford llamaría “The African connection”, la conexión africana, la vasta presencia negra común en el Caribe. Darcy Ribeiro llamó a nuestros países no “trasplantados”, como la Argentina, ni “testimonios” como Bolivia, sino “pueblos nuevos”, donde todos sus variados integrantes han venido de afuera y se está fusionando en lo que Fernando Ortiz consideró un fenómeno de transculturación.

Su diversidad es debida a ser el Caribe “frontera imperial”, como subtituló el dominicano Juan Bosch su memorable libro De Cristobal Colón a Fidel Castro (1970). Ese mismo año, otro relevante intelectual y político del área, el trinitario Eric Williams, publicó su obra From Columbus to Castro. Siempre he pensado que dichos títulos comunes son deudores del epílogo que el trinitario C. L. R. James añadió en 1963 a su obra fundadora The Black Jacobines (1938). Dicho epílogo se titula “From Toussant L’Ouverture to Fidel Castro”, publicado casi íntegramente en el número que, a mediados de la década del 70, dedicó la revista Casa a Las Antillas de lengua inglesa. Y el libro entero sería publicado, por vez primera en español, por la Casa de las Américas, pues una editorial española lo había publicado antes mutilándole el epílogo. Aquella “frontera imperial” era la región donde combatían entre sí las potencias colonialistas.

No obstante su evidente diversidad (visible en las lenguas de orígenes metropolitanos), el Caribe posee lo que el barbadiense Kamau Brathwaite llamó una unidad submarina, patente en estructuras económicas, en desafíos políticos, en músicas, en creencias religiosas.

La primera guerra por la independencia en nuestra América ocurrió en Saint Domingue, llamado por sus libertadores Haití (1791-1804). Aquel fue también el primer país en el mundo en abolir la esclavitud. El primer movimiento antimperialista surgió en Cuba en 1895, como lo planteó José Martí. Y el primer país socialista americano ha sido nuevamente caribeño: Cuba.

En este 2013, conmemoramos dos centenarios mayores. Uno es el del dominicano Pedro Mir, cuyo libro inicial, Hay un país en el mundo (La Habana, 1949), me permitió escribir sobre él una de mis primeras reseñas, y de quien, poeta mayor de su país, la Casa de las Américas publicó una antología de poesía junto con otras de Jacques Roumain y Jacques Viau. El otro centenario caribeño mayor es el del martiniqueño Aimé Césaire, cuyo Cahier d’un retour au pays natal tradujo al español en 1944 Lydia Cabrera y apareció con ilustraciones de Lam. Se ha dicho que ese texto influyó en el del cubano Virgilio Piñera La isla en peso. Césaire siguió trabajando en su poema, y los añadidos fueron vertidos al español por Lourdes Arencibia. La Casa de las Américas ha publicado de Césaire una antología poética y varias colaboraciones en la revista Casa, donde aparecieron dos entrevistas realizadas durante el Congreso Cultural de La Habana (1968) por Sonia Aratán y René Depestre. Por su parte, el Instituto cubano del Libro publicó su libro sobre Toussaint L’Ouverture.

Entre los alumnos de Césaire en el Liceo de Martinica se encontraron Frantz Fanon y Édouard Glissant. Césaire, como se sabe, defendería lo que en su poema citado llamó la negritud. Fanon postularía la lucha anticolonial en el mundo, tan cara al Che Guevara. Y Glissant, criollización, lo que en el Seminario que le estará dedicado ha sido llamado “la Carïbe toute entiére”.

Estoy en deuda con Mir, con Césaire (no solo con su gran poesía, sino con otras obras suyas, como su Discours sur le colonialisme, cuya estremecedora lectura inicial en el París de 1955 aún recuerdo, con Une saison au Congo, que traduje parcialmente para el número de 1966 de la revista Casa dedicado a África en América, desde luego su adaptación para un teatro negro de La tempestad). Y tengo una deuda particular con Glissant: nos hicimos amigos en París, en 1960, e incluso proyectamos entonces una revista para la que solicitamos el apoyo de Alejo Carpentier, tan admirado por ambos. Pero, sobre todo, porque Édouard, a quien llamábamos cariñosamente Edú, incrementó mi conciencia de ser caribeño. El Instituto Cubano del Libro publicó una traducción de su novela La Lezarde; las revistas Casa y Anales del Caribe diversos textos suyos; la Casa de las Américas, poemas traducidos por Nancy Morejón (también lo hizo Vigía) y su clásico Discurso antillano. Y no puedo dejar de mencionar la participación de Glissant en el Seminario sobre el Caribe que con motivo del Tercer Carifesta, realizado en Cuba, organizó la Casa de las Américas en este mismo local donde nos encontramos, y donde es natural que evoquemos su presencia fraternal y magistral.

 

Palabras de bienvenida de Roberto Fernández Retamar en la inauguración del Coloquio Internacional La Diversidad cultural en el Caribe. Casa de las Américas, 20-24 de mayo de 2013.

Comentarios

" El apellido "
(De Elegías, 1948-1958)
Nicolas Guillen
( Fragmento )

¡Qué enigma entre las aguas!
II
Siento la noche inmensa gravitar
sobre profundas bestias,
sobre inocentes almas castigadas;
pero también sobre voces en punta,
que despojan al cielo de sus soles,
los más duros,
para condecorar la sangre combatiente.
De algún país ardiente, perforado
por la gran flecha ecuatorial,
sé que vendrán lejanos primos,
remota angustia mía disparada en el viento;
sé que vendrán pedazos de mis venas,
sangre remota mía,
con duro pie aplastando las hierbas asustadas;
sé que vendrán hombres de vidas verdes,
remota selva mía,
con su dolor abierto en cruz y el pecho rojo en llamas.

Un saludo fraterno

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