LITERATURA

La primera novela de los últimos

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

La más reciente novela del brasileño Fernando Morais (Minas Gerais, 1946), Los últimos soldados de la guerra fría (Editorial Arte y Literatura, 2013), considerada por Ricardo Alarcón como “un libro indispensable” en sus palabras de presentación, publicadas en el número 270 de la Revista Casa, es, sobre todo, una espléndida obra, donde se mezclan tres elementos cruciales: el testimonio, el reportaje, y la construcción perfecta de un suspenso.

Textos anteriores de Morais son conocidos en nuestro país, sobre todo Olga, basado en la figura deslumbrante de quien fuera la compañera de Prestes, de modo que al enfrentarse con la lectura de Los últimos soldados de la guerra fría, ya se está predispuesto a favor de la calidad literaria y del afán investigador de este autor, considerado con justeza uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Sin embargo, ha de reconocerse que se superan todas las expectativas. Al público lector cubano, le sucede con esta novela  algo similar a con El hombre que amaba los perros, de Padura: desde antes de leer la primera página, ya se sabe cuál es el desenlace: El asesinato de Trotsky, y en Los últimos soldados…, es sabido que cinco de los diez agentes de la Red Avispa son condenados a penas brutales. No se trata, por tanto, de la revelación de un secreto, ni del hurgamiento en un asunto que, aunque menos de lo que amerita, ha sido difundido.

Estamos en presencia de una hechura literaria impecable, de la más deslumbrante de los últimos años en términos de narrativa de espionaje, de novelística de suspenso, de misterio, o como quiera llamársele al género literario que incursiona en hechos reales (como en el caso del asesinato de Trotsky por Padura; y ahora en la historia de los agentes secretos infiltrados por Cuba en organizaciones terroristas que operan en los EE.UU., por Fernando Morais), para transformarlos en lo que Roberto Fernández Retamar llama “un admirable testimonio novelado” al referirse a Los últimos soldados

Para un(a) cubano (a), resulta muy difícil abstraerse del fundamento que propició el enorme sacrificio de los jóvenes devenidos agentes secretos, dada la terrible circunstancia de que hemos sido —y somos— víctimas y  testigos de los actos vandálicos que se cometen contra nuestro país. En ese sentido, se agradece la valentía del escritor; que antepone su honestidad para contribuir al esclarecimiento de una historia que ha sido tergiversada, frente al posible rechazo que pueda imputársele por una supuesta toma de partido. Fernando Morais busca la verdad; por muy escondida que se encuentre, y para ello, no escatima esfuerzos ni tiempo: “Se batió con las decenas de miles de páginas del caso más largo de la historia norteamericana, buscó y habló con quienes tuvieron relación con el proceso en Cuba y en los EE.UU., hurgó en archivos y bibliotecas, y, sobre todo, se empeñó por descubrir, más allá de los papeles, quiénes eran las personas involucradas, los seres humanos protagonistas de una historia real que a veces desafía la imaginación.1

Para lograr no solo la coherencia de su novela, sino también —y quizá más importante aun—, con el objetivo de no dejar ninguna brecha, ninguna fisura por donde pudiera aflorar la sombra de una parcialización que hiciera dudar de la objetividad de lo que cuenta, el autor recorrió locaciones de EE.UU., de Cuba y de México, gracias a lo cual logró entrevistarse con al menos 38 personas directamente involucradas en la trama.

Figuras de diversas posturas ideológicas como los familiares más cercanos de los Cinco, encarcelados en EE.UU.; el mercenario salvadoreño detenido en Cuba Raúl Ernesto Cruz León; los residentes norteamericanos de origen cubano Max Lesnik, Norberto Fuentes, Edmundo García, y Francisco Aruca, asi como el abogado de controversiales personalidades, Leonard Weinglass, son ejemplos sobresalientes en la larga lista de entrevistados.

La indagación de los viejos y complicados conflictos que explican las deterioradas relaciones entre Cuba y EE.UU., así como el engranaje en el cual se insertan las condiciones contextuales que dieron origen a la infiltración de los agentes cubanos en las redes terroristas (los sucesos de la Embajada de Perú; los éxodos de cubanos desde 1959 hasta 1990; la Ley de Ajuste cubano) son plasmadas en la novela no como mera descripción histórica —lo cual sería meritorio, pero reiterativo—, sino formando parte esencial de la trama del suspenso, de la cuerda amenazante en la que se mueven los personajes. He ahí, a mi juicio, el gran mérito de Los últimos soldados de la guerra fría: La mirada fresca y  carente de estereotipos, a través de la cual es posible identificar el costado humano, desgarrador y solitario de todos los agentes de una red, cuya mitad exacta prefirió el castigo del encierro al ser descubierta.

Bien puede tener varias lecturas esta monumental novela: Es un documento historiográfico corroborable; funciona como instrumento legal para futuras revisiones; es también una narración estructurada en 15 acápites que se enlazan entre sí, y es, sobre todo, la construcción magistral de un relato, cuyos protagonistas pertenecen a la historia de la nación a la cual ofrendan sus existencias. Segura del interés que despertará en nuestros lectores y lectoras, recomiendo Los últimos soldados de la guerra fría, ya sea adoptando una de las variantes con que nos adentremos en sus 353 páginas, o como agudo ejercicio de inteligencia (en sus varias acepciones).    

Nota:
1. Ricardo Alarcón de Quesada, “Un libro indispensable”, Revista Casa, Nro. 270, enero-marzo 2013. pp140-144.

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