Carlos Rafael Rodríguez:

¡Qué suerte que sea comunista!

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba
Jueves, 23 de Mayo y 2013 (11:18 am)

Recién llegados a la revista El Caimán Barbudo, su director Jorge Oliver Medina, y yo, su editora, organizamos una suerte de muestra con las portadas y algunos dibujos —desde Posada hasta los entonces más  jóvenes Fabelo, Zaida o Nelson— con el fin de atraer a nuevos y antiguos colaboradores.

Carlos Rafael Rodríguez, Vicepresidente del Consejo de Estado y Armando Hart, entonces Ministro de Cultura, estuvieron entre los invitados. De momento Oliver se me acercó con sus ojitos brillantes y me dijo: “¿Sabes lo que acabo de ver ahora? Cuando pasó por la muestra de la edición cien del Caimán, Carlos Rafael le dijo a Hart que en ese número estaba su nombre como colaborador de la revista y Hart le comentó: ‘yo también estoy’”. Me abracé a Jorge y compartí su alegría: ¡que tales intelectuales reconocieran ser colaboradores del Saurio para nosotros era un blasón en el medio del pecho!

La aseveración de ambos para mí tenía todo el peso que le concedía y concedo a los razonamientos de los pensadores y pensadoras, que Antonio Gramsci llamó intelectuales orgánicos. Los dos por sus ideas no envejecieron y quizá por eso cuando hace unos días escuché que se celebraría el centenario de Carlos Rafael, pensé que se trataba de una equivocación.

Ese cienfueguero, nacido hace un siglo, con aquella exposición no tuvo su primer acercamiento al Caimán, una publicación que amó y defendió en diversas circunstancias, en la que había publicado y seguido desde su fundación.

No puedo olvidar que, un poco después, en 1986 cuando lo invitamos a la fiesta por el aniversario 20 de la revista, nos envió una carta en la que jocosamente decía desconocer las edades de los caimanes, pero que al nuestro no lo quería ver lagrimeante sino contento y saltarín, avalado por la responsabilidad en lo que publicaba.

En su libro ¿No nos entendemos? el periodista Alexis Triana inserta una caricatura a Fidel que, hecha por Posada con todo respeto y amor, al final fue publicada por el aval de nuestro insigne colaborador que defendió su aparición, acto del que Alexis fue testigo cuando era estudiante de periodismo.

Por supuesto, la admiración que se sentía en El Caimán… no estaba signada solo por la simpatía que Carlos Rafael le profesaba, sino por la tremenda talla que como intelectual tenía el filósofo, economista, y político que este 23 de mayo nos llega a la centuria. 

Él mismo se asombraba cómo había llegado a ser un comunista por su origen burgués. Esa cuna le permitió asistir a buenos colegios y terminar el preuniversitario a los 16 años, aunque tuvo que repetir uno porque no lo dejaban entrar en la Universidad. Su carrera la hubiera terminado con 21, pero el cierre del alto centro docente, pospuso su graduación que la hizo con 27. Exhibió resultados envidiables: Doctor en Derecho Civil, que terminó como primer expediente, alumno eminente y premio González Lanusa; y Doctor  de Ciencias Políticas, Sociales y Económicas, también seleccionado primer expediente. En cuatro cursos examinó 33 asignaturas, con calificaciones de sobresaliente en todas, 31 premios ordinarios y cuatro extraordinarios, más el premio nacional ya referido.

Pero si solo se hubiera dedicado a estudiar, el mérito no sería tanto. Fue dirigente estudiantil en Cienfuegos y con apenas 20 años alcalde de ese pueblo, cargo al que renunció porque no se estaban cumpliendo  sus sueños de emancipación social.

En su tierra natal colaboró con el periódico La Independencia y en esos textos hubo algunos dedicados al marxismo. Luego, ya en La Habana, junto con Nicolás Guillén, Ángel Augier y José Antonio Portuondo, creó la revista Mediodía, de la que devino subdirector. Fue uno de los iniciadores del Grupo literario Ariel y de la revista Segur, y como fundador del Partido Socialista Popular (PSP) rigió el periódico Hoy además de haber dirigido la revista teórico-marxista Dialéctica.

En 1958, enviado por el PSP, se fue a la Sierra Maestra y se convirtió en uno de los colaboradores más cercanos de Fidel. Desde entonces los unió una fuerte amistad que propiciaba interesantes discusiones donde se enfrentaban dos hombres cultos y apasionados. La vida me permitió ser testigo de una de ellas en un congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, cuando a las dos de la mañana Fidel le empezó a decir que se fuera a dormir y Carlos Rafael le respondió que habría que ver cual de los dos a esa hora estaba mejor. El plenario soltó la risa cuando con micrófono abierto uno a otro se dijeron frases que solo se permiten los amigos.

Se dice que los profesores burgueses de la Universidad comentaban sobre Carlos Rafael: ¡qué lástima que sea comunista! Para él, sin embargo, esa palabra tenía una connotación muy especial: “Si alguna definición podría dar de mí mismo, diría que he sido un militante revolucionario que durante más de 50 años he tratado de ser, sin lograrlo todavía cabalmente, un militante comunista”.

En otra oportunidad afirmó: “Creo que entre nosotros se estudia a Marx de modo superficial y mecánico y, más que todo, al economista. No tengo noticias, por ejemplo, de que la polémica sobre el “humanismo” y el “cientificismo” de Marx, que promovió tantos debates en Europa hace pocos años, tuviera mucho eco entre los marxistas de nuestro país. Tengo mucho temor de que en vez de ser ortodoxos, como creemos ser a veces, nos convirtamos en ‘ortofónicos’, es decir, en meros repetidores de lo ya dicho y escrito por otros”.

Quizá por esta opinión en 1989, me desprendí de mi librito Moro, el gran aguafiestas, sin carátula, solo con la tripa y con olor a tinta, sacado a escondidas de la imprenta, y se lo envié a Carlos Rafael. No habían transcurrido 72 horas cuando tuve su respuesta, muy laudatoria para mi asombro y yo pude respirar tranquila. Ese era un criterio autorizado tanto por su nivel de conocimiento del marxismo como por su bagaje intelectual.

Él había confesado: “Mi cultura literaria, filosófica y hasta económica, se forjó en una sucesión de períodos clandestinos, en los que no me resultaba fácil salir a la calle y tenía que permanecer muchas horas forzosamente recogido. No desperdicié en estos 52 años un solo minuto. Por eso he leído mucho”,  aunque  agregó: “Pero también se me ha quedado mucho sin leer”.

Al publicar su libro Letra con filo dijo: “Lo que ustedes pueden leer en estas páginas copiosas no es tanto la obra de un escritor como la obra de un combatiente. Cada página que aquí está escrita fue producto de una necesidad de la Revolución, de esa larga y continua Revolución que ha sido nuestra vida desde hace más de cien años y en la cual yo me metí hace 50 con entusiasmo y con entera responsabilidad, en que he creído mantener —y eso sí lo reclamo como una condición de mi vida— la lealtad a los principios revolucionarios. Y cada página, repito, dice algún proceso revolucionario, de alguna necesidad de esclarecer problemas de la Revolución en proceso, de alguna polémica, no solo con contrarrevolucionarios sino también polémica con hombres a quienes respetamos pero que en su momento no entendían plenamente el sentido del socialismo como teoría y práctica”.

Hace poco una buena amiga me comentaba que ella formaba parte de la última generación que veía en Carlos Rafael a un gran intelectual marxista. Tiene parte de razón y creo que esta centuria puede servir para que se retome su obra no de forma “ortofónica” sino con toda la dialéctica y sapiencia marxista. Hombre de ideas polémicas, que no temió expresar su pensamiento, fue joven —peinando canas— para defender lo bueno y nuevo que surgía. Carlos Rafael se ha ganado el derecho que se le estudie a profundidad por los revolucionarios, porque para envidia de los burgueses de su época y de la nuestra: ¡qué suerte que fuera COMUNISTA!

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