La chaqueta

A Richard Constant

Cuando entró en el bar, Saivre se sintió como un viajero que toca tierra firme. En las paredes unos afiches brillaban a través del humo de los cigarrillos. Se sentó en un rincón oscuro. Un borracho dormía a su lado. Lo empujó rudamente para acomodarse a sus anchas. El otro entreabrió los ojos vidriosos y dijo: “Napoléon murió en su cama”. Y se durmió de nuevo. Saivre no se sonrió con esta frase y miró por la ventana. La lluvia derretía la luz del farol. Finas agujas de oro caían. Detrás, la noche grande, vaga, el gran silencio negro.

—Si se dejara la puerta abierta, pensó Saivre, todo el mundo aquí se callaría. El silencio entraría y los cogería por el cuello.

Se sentía bien, pero el ruido le hacía daño. Cada estallido de voz le golpeaba en la frente.

Una prostituta subió la escalera del brazo de un marinero. Sus ademanes lucían cansados. El pensamiento de Saivre la siguió un instante. La vio blanca, crucificarse sobre una cobija roja y sucia.

—Por qué “roja”, pensó de repente. No sabía. Pero estaba seguro de que la cobija era roja.

Bebió un vaso de licor, después un segundo vaso, después un tercero. Le dio mucho calor, se quitó la chaqueta y la colgó en el muro, frente a él, en un clavo.

Una discusión se elevó al fondo de la sala. Una voz de mujer subió muy alto y se cortó completamente. Después todo se calmó en un murmullo confuso. El borracho se despertó. Tenía la cara muy delgada y la mirada ahogada. Una pequeña cicatriz en forma de V tatuaba curiosamente su frente. Este hombre se le hizo de repente horriblemente antipático a Saivre. Sufría casi físicamente, no sabía por qué, al sentirlo cerca de él y se estremeció violentamente cuando oyó:

—Camarada, ¿quiere tomar una copa conmigo?

Pero aceptó.

Bebieron después de haber chocado sus vasos.

El borracho le dijo: —Me llamo Paul Milon, ¿y tú?

—¿Qué coño te importa?, gruñó Saivre.

Siguió un silencio, luego Milon volvió a comenzar: ¿Y los negocios?

—No tengo negocios, casi gritó Saivre. Un súbito furor le subió al cerebro y se alejó un poco del borracho como para tomar impulso.

—Bueno. Bueno. Está bien, dijo Milon.

Una calma pesada se estableció entre ellos y los separó.

Un gramófono lloró con la voz cascada de una cantante vieja.

Las paredes de la estrecha sala se enviaban la romanza tonta y triste. Una mujer lloraba dulcemente sobre sus brazos doblados. Los hombres callaban y olvidaban sus vasos.

Entonces Milon: —Mira, parece un ahorcado.

Saivre se sobresaltó: —¿Ah?, qué dices, ¿dónde?

—Ah, estoy bromeando, dijo el otro tímidamente, tu chaqueta...

Saivre miró su chaqueta con una atención tan dolorosa que sus ojos le hicieron daño. Su chaqueta, una pobre cosa ahuecada y remendada, pendía como la había colgado.

Pero la voz de Milon: —No parece, ¿no parece?

Saivre llamó al mesonero y se hizo servir. Guardó la botella y bebió trago tras trago dos grandes vasos, luego:

—Di, ¿por qué dijiste eso?

—¿Yo? Pero por nada. Una idea...

—¿Por qué dijiste eso?, dijo Saivre, los dientes apretados.

—No sé, te digo. —A lo mejor quizá me recuerda aquel que se ahorcó el mes pasado en la casa.

—¿Ah?, dijo Saivre.

—Sí. Un hombre muy joven que había vivido largo tiempo “en el extranjero”. Había dejado su familia. No se entendía con su padre. Lo habíamos recogido, mi mujer y yo, como pensionista. Hacía versos todo el día, leía una cantidad de libros y no pagaba. ¿Un sinvergüenza, no? Una mañana, lo encontramos ahorcado. Nos debía ocho dólares cincuenta. Jamás pagados. ¡Ah, el puerco!

—¿Entonces?, preguntó Saivre. Estaba horriblemente pálido y sus manos se agitaban alrededor de su vaso sin poderlo agarrar.

—¡Bueno! Te digo que era igualita a tu chaqueta. Colgaba como un trapo, dijo Milon que tomaba confianza. Igualita, igualita, repetía.

—No es verdad, murmuró Saivre fijando con sus ojos desorbitados su chaqueta.

—Sí. Igualita. Igualita.

—No. No.

—Sí. Todavía lo veo. Absolutamente así.

—Cállate, demonio, dijo Saivre en voz muy baja.

—Pero es lo que te digo. Ex-ac-ta-men-te como tu chaqueta.

—Cállate, demonio, repitió Saivre tan bajo que Milon lo oyó apenas.

Sus ojos no se despegaban de la chaqueta. Una angustia loca bailaba en su mirada. Milon se había callado. Sorbía ávidamente, haciendo chasquear su lengua. Unos minutos se arrastraron. El gramófono estaba mudo, pero un marinero, con el brazo pasado alrededor del cuello de una mujer, cantaba:

Somebody loves me...

Bruscamente, Saivre preguntó:

—Dí, tú; después de que uno revienta, ah. ¿Qué piensas? ¿Acaso, acaso hay todavía... otra vida, qué?

Milon reflexionó un corto instante:

—No, no creo.

—Yo tampoco, dijo Saivre con tal esfuerzo que toda su cara se retorció.

Se levantó dificultosamente y se dirigió hacia la puerta.

—¡Ey! No olvides tu chaqueta.

—No, no, gritó Saivre, y huyó en la noche.

Corría a pesar de la borrachera. Un perro lo persiguió por un momento en la calle desierta.

No sentía la lluvia. No veía las casas. No veía su sombra.

Huía. Las palabras bailaban en su cabeza y removían un sufrimiento atroz: la chaqueta, el ahorcado, la chaqueta, el ahorcado.

Murmuraba entre dientes:

—No, no. No puedo más. Esto tiene que terminar.

Por fin llegó a su casa. La casa era un pobre barrancón de madera. La puerta se abrió con un simple empujón.

Ella, en la cama, oyéndolo venir, se refugió contra el muro.

—Dios mío, Dios mío, pensaba, con tal de que no me pegue tan duro hoy.

Esperaba los golpes, pero no llegaron.

Lo oyó prender una vela, mover muebles; palabras inconexas le llegaron: “La chaqueta. Ex-ac-ta-men-te. ¡Ah demonio! Igualita a la chaqueta”.

Una silla cayó. Después más nada, sino la angustia que la pegaba del muro.

Se dijo: se durmió.

Pero esperó prudentemente. ¿Una hora? ¿Dos horas? El día no se filtraba todavía a través de las tablas mal aseguradas.

Al fin, con infinitas precauciones, se volteó. A la luz de la llama de la vela y vio el cuerpo que colgaba.

Entonces dio un enorme grito.

Los vecinos acudieron.

 

Tomado de: Gobernadores del rocío y otros textos. Biblioteca Ayacucho, 2004. Selección, traducción, prólogo. Notas, cronología y bibliografía, Michaelle Ascencio.

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