La chaqueta

A Richard Constant

Cuando entró en el bar, Saivre se sintió como un viajero que toca tierra firme. En las paredes unos afiches brillaban a través del humo de los cigarrillos. Se sentó en un rincón oscuro. Un borracho dormía a su lado. Lo empujó rudamente para acomodarse a sus anchas. El otro entreabrió los ojos vidriosos y dijo: “Napoléon murió en su cama”. Y se durmió de nuevo. Saivre no se sonrió con esta frase y miró por la ventana. La lluvia derretía la luz del farol. Finas agujas de oro caían. Detrás, la noche grande, vaga, el gran silencio negro.

—Si se dejara la puerta abierta, pensó Saivre, todo el mundo aquí se callaría. El silencio entraría y los cogería por el cuello.

Se sentía bien, pero el ruido le hacía daño. Cada estallido de voz le golpeaba en la frente