Una Casa de muñecas para Serpa

Marianela González • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Se le atribuye a Loló de la Torriente el runrún de que Hemingway, una tarde en el Floridita, se sinceró con Enrique Serpa: “Ud. es el mejor escritor de América Latina. ¡Deje el periodismo y dedíquese a escribir!”, cuentan que le dijo. Pero, cuando esta tarde de mayo conversé con Clara, hija de quien finalmente ha trascendido más como autor de ficciones que como reportero, la ya célebre frase no asomó por ningún sitio. Apenas, y entre líneas, las referencias a que fue el propio habitante de Finca Vigía el “responsable” de un fabuloso libro de crónicas, Norteamérica en guerra, escrito por Serpa a partir de su estancia en EE.UU. durante la Segunda Guerra. No obstante, si un libro del cubano mereció especial atención del autor de El Viejo y el Mar, sería Contrabando, esa novela que habla de mar y de cuerpos salados, de redes, de gentes venidas de todas partes.

Entre las aguas del periodismo de viajes y la narrativa naturalista, Enrique Serpa ha sobrevivido a la historiografía literaria cubana de su siglo, y de este, como un autor a la sombra, a cuya complejidad no se le han dedicado suficientes miradas. Y cuando se le mire de verdad, habrá que hacerlo también desde los ojos de Clara.

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En un espacio que nada tiene que ver siquiera con el techo y las paredes firmes del Floridita, la hija del escritor ha intentado guardar con celo, durante más de la mitad de sus 80 años, los recuerdos y las pertenencias de su padre. Papelería que da cuenta de sus relaciones con los más notables escritores de la época, libros que le fueron dedicados por sus autores —como un ejemplar de Por quien doblan las campanas, regalo del 4 de diciembre de 1941—, y sus muñecas, esa extraordinaria colección de pequeñísimas mujeres de hechura popular que el escritor se llevó de cada tierra extranjera que visitó, narró e hizo circular en papel prensa.

Es la sensibilidad de un intelectual que supo ver en la muñequería latinoamericana una forma de relación con territorios, ancestros, hijos, economías. Quizá en ellas encontró Serpa una fuerza similar a la de la palabra, y las regaló a su hija para que conversasen. Imagino que funcionarán como esas diminutas criaturas que las mujeres mexicanas, de pueblos originarios, aún confeccionan y venden a los turistas dentro de pequeños barriles: Quitapesares, les llaman. Debe ser que en estas tierras, ciertamente, las muñecas son palabra modelada.

Hasta el martes 21 de mayo de este año, Clara guardó las suyas. El escritor le regaló la primera en 1949: una hermosa figura haitiana a la que seguirían sus inditas de Michoacán, El Salvador, Guatemala, EE.UU.… Más de una veintena, dice. La guatemalteca, por ejemplo, fue un obsequio del padre tras su viaje a ese país centroamericano, al que llegó para repatriar los restos mortales del gran intelectual y luchador cubano José Joaquín Palma.   

Imagen: La Jiribilla

La hija recibió la última muñeca cuando no era una niña, pero la conservó de la misma forma. Para esta mujer y su padre, no se trataba de un juego, aunque un día, si les naciera una Clarita, podría serlo. ¿Qué más daría? Pero no fue. A sus 80 años, Clara Serpa vive sola en La Habana, y las condiciones estructurales de su casa la han conducido a donar casi todas las pertenencias de su padre a instituciones culturales cubanas. El Instituto de Literatura y Lingüística recibió la papelería, y la Colección Arte de Nuestra América Haydée Santamaría de la Casa de las Américas acaba de recibir las muñecas, en el contexto del Coloquio Internacional La Diversidad Cultural en el Caribe.

Sobre ellas, Clara dice que no hay mucho que contar; pero si se le insiste, habla “hasta por los codos”, y quien la escucha no puede dejar de notar la tristeza detrás del acto de cesión. La costumbre no comenzó por el padre: fue la madre, Olga, quien trajo la primera muñeca popular a la casa de los Serpa; aunque sería Enrique, tras la muerte de Olga y según cambiaban los enclaves de sus crónicas de viaje, quien tendría el tino de formar la colección. Aunque a Clara nunca le gustó la muñequería, sino la confección de pequeños animales de tela, sí reconoce que la donación que ha hecho a la Casa es un patrimonio de inmenso valor no solo cultural, sino familiar. Los rostros de estas figuras dicen tanto de su padre, piensa, como sus propios textos.

Imagen: La Jiribilla

Las 13 piezas no solo han sido recibidas por la Casa, sino que han sido restauradas por sus especialistas. A su cuidado quedan ahora estos exponentes de la artesanía popular de la primera mitad del siglo XX en el continente y las Antillas. Clara lo sabe, y está feliz. Solo espera que la biblioteca personal de Enrique Serpa, que desde los 14 años la provee de buenas historias, tenga un destino similar y las paredes de la casa no se descorchen encima de su colección de obras de Hemingway. Los de Serpa están intactos, aún, en los estantes de Finca Vigía.

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