Carlos Rafael, ensayista

Ana Cairo • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo
Imagen: La Jiribilla
 
Creo, además […] que hay que prepararse mucho antes de dar diagnósticos y soluciones perentorias. Que, en lugar de estar fichando libros aprendidos rápidamente, se dediquen más a conocer la realidad de su patria, a vivirla, a convivir con los trabajadores, en el seno de ellos y también a estudiar, lógicamente, pero enterarse a fondo, no enterarse a medias, no “eruditos a la violeta” sino eruditos que pasen por la erudición pragmática de la práctica histórica […]
Carlos Rafael Rodríguez: entrevista televisada por el canal 9 y publicada en El Siglo, abril de 1973, en Santiago de Chile; Letra con filo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1983, t. 2, p.486.

I

Cuando investigaba sobre otros proyectos culturales, como una derivación imprescindible de mi libro El Grupo Minorista y su tiempo (1978), me apareció el Grupo Ariel (enero de 1932- enero de 1934), en Cienfuegos.

El nombre de Ariel legitimaba la permanencia, desde 1900, de la admiración cubana por el famoso ensayo del intelectual uruguayo José Enrique Rodó.

En el periódico cienfueguero La Correspondencia, localicé los primeros datos sobre los jóvenes integrantes del grupo Ariel. Carlos Rafael Rodríguez, su novia de entonces Edith García Buchaca, el narrador Raúl Aparicio, el caricaturista Juan David, el futuro médico Raúl Dorticós, figuraban en la membresía. Habían comenzado a organizarse en enero de 1932 y habían decidido darse a conocer al cumplir el primer año de labores.

Ellos invitaron al filósofo Medardo Vitier (1886-1960) a que retornara, el 28 de enero de 1933, e impartiera la conferencia “Los valores humanos en el pensamiento y la vida de José Martí”. En ese mismo acto, Carlos Rafael leyó “Significación de Ariel”, uno de sus primeros ensayos en los que fijaba públicamente los objetivos de promoción cultural que ellos perseguían.

“Significación de Ariel” puede leerse en el tercer volumen de la antología Letra con filo, lo cual demuestra el aprecio que su autor tenía por un texto ilustrativo de los orígenes como pensador y ensayista.

En el archivo de Jorge Mañach (1898-1961), encontré una carta-ensayo muy interesante de Carlos Rafael, fechada en octubre de 1932, que había sido olvidada por el autor y el destinatario. Se trataba de un análisis fundamentado sobre las insuficiencias del bachillerato.   

Se corroboraba que el joven al concluir ese nivel de enseñanza, había meditado sobre una de las problemáticas educacionales, que habían sido jerarquizadas por los simpatizantes con las ideas latinoamericanas y cubanas de modernización cultural y de defensa de los movimientos de reforma universitaria.

Carlos Rafael tenía diez años cuando el estudiante  Julio Antonio Mella (1903-1929) desencadenó el movimiento de reforma en 1923, y se realizó el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, a partir del cual comenzó la articulación de los intereses de los alumnos de la segunda enseñanza (institutos provinciales, escuelas normales, colegios privados, etc.) y los de los universitarios. Todos se convirtieron en nuevos sujetos políticos y culturales.  

En agosto de 1924, Mella y Leonardo Fernández Sánchez (1907-1965), dirigente del Instituto de La Habana, fundaron la Confederación de Estudiantes para agrupar a los renovadores de ambas enseñanzas.

En diciembre de 1925, Mella fue encarcelado y se declaró en huelga de hambre. El movimiento estudiantil y las asociaciones de intelectuales se empeñaron en salvarle la vida; por lo mismo, en todas las provincias se concertaron acciones de protesta contra el gobierno de Gerardo Machado.

Carlos Rafael se enroló en el movimiento antimachadista, puesto que estaba conmocionado por la muerte del estudiante de la Facultad de Derecho Rafael Trejo, herido en la manifestación del 30 de septiembre de 1930. Estuvo entre los organizadores de un grupo de jóvenes cienfuegueros alineados con las posiciones del Directorio Estudiantil Universitario (DEU).

En 1932, mientras laboraba en el Grupo Ariel, ya había terminado el bachillerato. Sabía que la Universidad de La Habana permanecería cerrada hasta que fuera derrocada la tiranía. Cuando la institución lograra reanudar la vida académica, matricularía en la Facultad de Derecho, lugar en el que se preparaban los interesados en la política.

Con dicha convicción, Carlos Rafael se autosuperaba. Aprovechaba los nexos de algunos intelectuales cienfuegueros con los habaneros para interactuar con ellos y darse a conocer. Estableció correspondencia con Jorge Mañach. Además, fue uno de los anfitriones de Medardo Vitier en Cienfuegos, donde el filósofo impartió tres conferencias sobre la historia del pensamiento cubano. Medardo entonces estaba trabajando en los capítulos de dos libros: Las ideas en Cuba (1938) y La filosofía en Cuba (1948). Cintio, su hijo y secretario, me explicó que él había decidido organizar una gira de conferencias por varias ciudades para difundir las tesis esenciales, debatirlas y atender a las sugerencias. Cintio recordaba que en varias ocasiones lo acompañó. 

En octubre de 1932, Carlos Rafael estimaba en la carta-ensayo a Mañach que:

[…] En realidad el apelmazamiento de los universitarios, tiene que ver considerablemente no tanto con el conservadurismo de los profesores como que el alumno hace frente a esa nuestra última enseñanza. Desde abajo viene todo, desde los institutos y las escuelas privadas, religiosas o no. El curso de Bachillerato que en nosotros tiene ciertas ambiciones panorámicas, es una experiencia terrible para los alumnos. —Hablo instalado en el lugar de un alumno de colegio religioso—. La enseñanza está exprimida hasta llevarle todo lo que no sea memorizar. Las asignaturas que no tienen utilidad inmediata para el estudio de las profesiones y que se estudian más bien con cierto deseo de darle bases a la cultura: Historia Universal, Historia de la Literatura, Preceptiva Literaria, Cívica, Física, están dotadas de una sequedad las unas, y formadas las otras por una acumulación de datos, que el estudiante sale de ellas apesarado y casi en fuga. Al terminar esos estudios el más aventajado alumno, tendrá que empezar a borrar de sus conocimientos, la mitad de lo adquirido. Desde luego, la experiencia espiritual ha sido nula. Siempre he creído que las historias —Literaria y Universal— debían estar formadas no por una sucesión de datos y biografías sintéticas sino por las corrientes que en cada época ha hecho el módulo de la edad. Direcciones más que fechas y nombres. Así se abren al alumno estudios más firmes y concretos y se dota a la asignatura de una ligereza y un interés que siempre darán mejores rendimientos. Desde luego que eso obligaría al profesor a serlo en plenitud. Aquí está el problema.

En lo referente a verdades sociales, problemas humanos… los que estudiamos en colegios religiosos —y creo que en esto nos acompañan los demás— nunca vimos otra que el mismo acatamiento, las ocultaciones que la religión lleva adherida. En esto nada más señalador que el folleto de Vitier sobre la materia… Paradas escolares de fecha en fecha y Cívica el último año, una Cívica administrada parva y falsamente. Cualquier alumno despierto que pueda percibir las injusticias del sistema tendrá que contentarse con acumular esa experiencia al margen de la actividad docente. Nadie podrá negar que esto lleva una enhebración de la vida por su vertiente falsa y que así se fomentan hombres acostumbrados a realizar su conveniencia a costa de sus convicciones.

[…] Cuando podamos plantearnos con aire estos problemas se necesitará un análisis más hondo. Yo creo que además de las reformas sustanciales habrá que inyectarle a los estudios del Bachillerato una vida artificial desde fuera. Se necesita disparar vocaciones y nada mejor que la conferencia, el premio, la biblioteca, provocar las erupciones. Después que se hayan preparado los ánimos a los estudiantes, ya se podrá emprender con cierto descanso que la hará más profunda, la modificación de la universidad y les será más fácil exigirle a los maestros una actitud que ahora todos deseamos.

Este fragmento fue reproducido en mi ensayo “Las inquietudes políticas y artísticas de los escritores de la Revolución del 30”, el primero de los tres incluidos en el libro La Revolución del 30 en la narrativa y el testimonio cubanos (1993).

El Grupo Ariel se extinguió en enero de 1934, cuando Carlos Rafael se matriculó en la Facultad de Derecho y vino a residir a La Habana. La última acción de los jóvenes fue la edición del número único de la revista Segur.

Ingresó en el Ala Izquierda Estudiantil (fundado en enero de 1931) y perteneció al comité de huelga universitaria, que organizó la huelga general de marzo de 1935. Se vivieron días de una represión fascista. La Universidad fue ocupada por el ejército. Permaneció cerrada hasta febrero de 1937.

Carlos Rafael perteneció al comité estudiantil que junto con los profesores libró la batalla para la reapertura de la institución entre 1936 y 1937. Se obtuvo la autonomía; el reconocimiento legal de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU); y la implementación de nuevos estatutos modernizadores.

En 1935, Carlos Rafael escribía para publicaciones comunistas. En 1936, se convirtió en periodista profesional al asumir la subdirección de la revista Mediodía, que rápidamente se transformó en un semanario.

A partir de 1935, Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) comenzó a  organizar la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana. Quiso atraer a jóvenes intelectuales. El primer ciclo de conferencias (1935-1937) se dedicó a los habaneros ilustres. Carlos Rafael fue invitado a disertar sobre Félix Varela y su labor en el Seminario San Carlos.

Al graduarse en 1939, Carlos Rafael estaba considerado como uno de los estudiantes de trayectoria excepcional en la Facultad de Derecho. Había ganado el premio González Lanuza y se esperaba que pudiera presentarse a las oposiciones en alguna cátedra, las ganara y pudiera ingresar al claustro profesoral.     

II

Como ensayista y periodista, Carlos Rafael se interesó por temas políticos. Escribió sobre la epopeya de Augusto César Sandino y en defensa de la Segunda República Española. Colaboraba con Roig de Leuchsenring en la Sociedad de Estudios Históricos y de Derecho Internacional. Se mantuvo fiel a las indagaciones en torno al pensamiento cubano, impulsadas por Medardo Vitier. Era un admirador de José Martí, Enrique José Varona, José de La Luz y Caballero y Félix Varela.

En 1936, ingresó al Primer Partido Comunista. En la década de 1940 atendió las problemáticas de difusión del pensamiento comunista internacional en periódicos y revistas. Fue uno de los gestores de la Editorial Páginas.

A finales de dicha década, encabezaba el grupo para el trabajo con los intelectuales. Juan Marinello y Mirta Aguirre también pertenecieron. Los tres estaban responsabilizados con numerosas iniciativas para conseguir acciones exitosas. Por supuesto, la más famosa fue la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (1952-1959); pero, no puede olvidarse la emisora Mil Diez y la Editorial Páginas.

Dentro del proselitismo en defensa de su tendencia marxista, habría que incluir el artículo y el ensayo para crear zonas de interacciones polémicas:

En primer término, habría que mencionar su ensayo “El marxismo y la historia de Cuba”.

Escribió en torno al folleto del programa de la Juventud Ortodoxa, que se autodefinía como socialista (noviembre de 1948). Max Lesnik, uno de los redactores de este programa, me dijo que solo Carlos Rafael y Rolando Masferrer comentaron públicamente las tesis del folleto. Los jóvenes agradecieron dicho gesto.

Participó en uno de los cursos de la Universidad del Aire, dirigida por Jorge Mañach, explicando las ideas comunistas. En otro momento, polemizó con Raimundo Lazo (profesor universitario y miembro del Partido Ortodoxo).

Opinó respetuosamente sobre el libro El redescubrimiento de Dios, del profesor Rafael García Bárcena, filósofo y revolucionario, combatiente contra las dictaduras de Machado y Batista.

En 1957, publicó “Los comunistas ante el proceso y las perspectivas de la cultura cubana”, ensayo programático de las tesis del Partido Socialista Popular en los 40 y 50, con validez para entender algunas concepciones y estrategias de sus antiguos militantes en los 60 y 70.

En ese mismo año, también circuló “Misión Welles”, un análisis político e histórico muy interesante ante la preocupación de que se repitiera con otro estadounidense una modalidad de la mediación diplomática de Benjamín Sumner Welles (mayo-agosto de 1933) para obstaculizar el segundo combate antibatistiano.

III

En 1959, Carlos Rafael era un ensayista y un periodista reconocido. Desempeñó importantísimas responsabilidades políticas y se preocupó por ir construyendo una ensayística que ha funcionado como una de las formas eficientes de la memoria cultural durante más de cinco décadas.

Una parte de sus textos dialoga naturalmente con los de Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Raúl Roa, entre otros. Se interesó por los aspectos teóricos de la originalidad de la Revolución cubana; por sus impactos en la historia mundial del pensamiento marxista, en la historia del pensamiento anticolonial y descolonizador.

Se adentró con fruición en los debates económicos con Ernesto Che Guevara. Retornó a las preocupaciones juveniles en torno a las reformas educacionales y las modernizaciones culturales.

Una parte de su papelería sigue inédita. Cuando se publicó la bibliografía hecha por Araceli y Josefina García-Carranza, se incluyó un acápite inesperado en este tipo de obra que era el índice de su archivo personal. Me interesó saber qué había escrito sobre el famoso libro La revolución en la revolución, de Régis Debray.

La única vez que hablé con Carlos Rafael le pregunté por esa novedad de difundir la existencia de documentos inéditos. Se rió y quiso saber cuáles textos yo quería leer. Le dije que tenía una lista; pero que, en primer término, estaba su opinión sobre el libro de Debray.

Quizá, el centenario del natalicio podría ser una magnífica razón para publicar algunos de sus ensayos inéditos, porque no debería olvidarse que fue uno de los intelectuales con mayor conciencia sobre las funciones de la escritura como soporte de la memoria de la historia del pueblo cubano en el siglo XX.

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