La Fe, de Regla, foco de buenos escritores

Cira Romero • La Habana, Cuba

Como habité en Regla varios años, siempre digo que la vida cambia cuando, después de atravesar en breves minutos la bahía, se llega a ese otro pedazo de La Habana que, sin dejar de formar parte de ella, es distinto. Quizá la atmósfera respirada en otras provincias —más tranquilidad, más reposo, más silencio, más familiaridad—  forma parte de esa sensación rara, pero agradable, que allí se experimenta, coronada con el “todo el mundo se conoce” revertido en constantes saludos. Como en otras ciudades del interior del país, el parque sigue siendo el centro palpitante del crucigrama reglano oloroso a mar y donde la iglesia erigida en homenaje a la Virgen de Regla, surge casi de las aguas para recibirnos apenas se desembarca en el emboque, como si Yemayá nos la entregara para cumplir el misterio divino.

Cuna de artistas —músicos, cantantes, compositores— y de patriotas, su movimiento cultural dejó huellas notables desde la segunda mitad del siglo xix a través de, entre otros medios, la prensa local, justo en el momento cronológico en que se inicia lo llamado por estudiosos del tema, “tercera etapa del periodismo cubano, marcada por la profundización de las divergencias político-ideológicas entre cubanos y españoles; divergencias que se manifiestan tanto en la prensa nacional como en la que publican los cubanos en el extranjero, fundamentalmente EE.UU.”.    

Apenas seis días antes del estallido revolucionario del 10 de octubre de 1868, liderado por Carlos Manuel de Céspedes, se fundó el “Semanario reglano de ciencias, literatura y anuncios” titulado La Fe, dirigido por el gaditano Antonio López Prieto, acompañado de Miguel Figueroa y Ramón Pastor de Castro. El primero es, sin duda, una figura importante del panorama cultural cubano. Español nacido en Cádiz en 1847, a los 13 años se radicó en Regla, donde llegó a ser síndico del Ayuntamiento y se dedicó al ramo del comercio. Con apenas 21 años fundó La Fe, de corta duración, y posteriormente creó la revista La Familia, de marcado carácter españolizante. Colaboró en otras publicaciones con artículos de crítica y de arqueología, disciplina esta última que lo atrajo, al punto de trasladarse a Santo Domingo en 1878 para investigar la autenticidad de los restos de Cristóbal Colón, acerca de lo cual publicó el ensayo histórico-crítico Los restos de Colón (1877), ampliado en otro aparecido al año siguiente. Dejó inéditos varios trabajos, entre ellos uno dedicado a la historia de Regla.  Pero si Antonio López Prieto ha pasado a la historia de la cultura cubana es por su valiosa antología Parnaso cubano (1881), que contiene una selección de poesías de autores cubanos desde Manuel de Zequeira, José María Heredia, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), José Jacinto Milanés y otros hasta cerrar con Gertrudis Gómez de Avellaneda. Valga destacar que en el prólogo a dicha obra López Prieto expresó que “la Isla de Cuba [estaba] destinada por la Providencia a ser la digna representante en América de los adelantos morales e intelectuales que en la senda de la civilización moderna realice la nación descubridora [España] que de aquellos estimables beneficios la dotará”. Lamentablemente consideró a la literatura cubana parte de la española. Otro director de La Fe, Miguel Figueroa (1851-1893) fue años después un destacado orador del autonomismo.

Dedicada en parte a recoger disposiciones emanadas del gobierno de la Isla, y también noticias locales, anuncios y trabajos de carácter literario —que la distinguen—, y también científico, así como noticias sobre otras publicaciones e instituciones de la época, no puede afirmarse que haya sido un semanario netamente españolizante.

Basta revisar sus páginas  para apreciar la calidad de los colaboradores, todos cubanos: los hermanos Antonio y Francisco Sellén, por entonces figuras establecidas en la vida cultural habanera, poetas ambos y sobre todo traductores de escritores alemanes e ingleses, quizá los más reputados que hubo en Cuba a lo largo del siglo xix; Enrique Piñeyro, activo hombre de letras y fervoroso revolucionario, acreditado profesor y fundador de una importante publicación la Revista del Pueblo (1865-1866), cuya obra como crítico literario, de excepcionales cualidades, estaba aún en vías de elaborar; Luis Victoriano Betancourt, quien en 1867 había dado a conocer la obra Artículos de costumbres y poesías; José Agustín Quintero, periodista, Fernando Urzáis, que había dado a conocer sus composiciones poéticas en el Liceo de Guanabacoa y dirigió la revista El Álbum, de la propia villa; Saturnino Martínez, español de ideas avanzadas, radicado en Cuba desde adolescente, donde se vinculó al oficio de tabaquero y, en 1865, fundó junto con el escritor cubano Manuel Sellén el periódico La Aurora, dedicado a los artesanos y sostenido gracias a la contribución de los obreros vinculados a dicha actividad.

Martínez fue uno de los principales dirigentes de la primera huelga acontecida en Cuba, en 1866, de miembros de ese gremio, aunque se fue convirtiendo en un elemento conciliacionista. Por último, es preciso destacar en sus páginas la presencia de Alfredo Torroella, nacido en Guanabacoa en 1845. Inició su labor literaria como traductor del francés y colaboró en diferentes revistas, además de dirigir, también en Regla, la revista La Luz, aunque su labor se destacó más en el teatro con obras como “Amor y pobreza”. Muy activo en las actividades literarias organizadas por el Liceo de Guanabacoa y asistente a las tertulias literarias de Nicolás Azcárate, su presencia en la revista La Fe fue escasa, porque tuvo que partir de Cuba debido a sus actividades revolucionarias. En la ciudad de México, mantuvo amistad con José Martí. Regresó a la Isla, ya enfermo, en 1878. Su fallecimiento ocurrió el 21 de enero de 1879, momento en que el Héroe Nacional cubano se encontraba en la Isla, y acudió a la velada que en honor del fallecido se celebró en el mencionado Liceo de Guanabacoa el 28 de febrero de 1879. Allí pronunció un ardoroso discurso cuyas primeras palabras han sido muy repetidas: “No quiere hoy la palabra ardorosa, en flores de dolor que arrebata el viento, tributar pasajero homenaje al muerto bien amado de la patria. Aunque, si la patria lo ama, no está muerto”.

¿Cómo pudieron conciliarse en las páginas de La Fe hombres de posiciones políticas tan encontradas, desde un español defensor de los intereses de su patria, como Antonio López Prieto, un hasta cierto punto ahora moderado, pero antes seudoanarquista Saturnino Martínez y un revolucionario como Torroella? A todos los unió la vocación común por la literatura, así como su esperanza en el bienestar de la Isla; unos queriendo que se mantuviera española y otros como tierra independiente.

Las páginas de los 11 números publicados —el último data del 13 de diciembre de 1868, cuando la guerra contra España era una realidad en los campos del oriente cubano— no dejan entrever las posiciones políticas de los colaboradores, aunque se comprende que su director López Prieto se mantenía fiel al gobierno español al reproducir normativas y órdenes emanadas de ese mando. Sin embargo, no aparece ninguna noticia sobre el estallido bélico. Pero lo que resulta interesante no es en sí esta publicación, valiosa sin duda, sino el momento que se vivía en La Habana, cuando la mayor parte de los intelectuales estampan sus firmas en las más diversas publicaciones del momento y asisten a tertulias literarias. Se percibe una intensa labor de difusión cultural de los hombres más distinguidos del momento, efervescencia que iría decayendo cuando la guerra arrecie y hombres como Piñeyro y Torroella deben salir del país. La dispersión que ocurre entre la intelectualidad cubana es quizá la causa de que tanto La Fe como La Aurora, finalizado también en los meses finales del año 1868 hayan tenido que suprimir sus salidas. 

El semanario La Fe, en sus 11 números, contribuyó a dar fe de vida a un grupo de cubanos y españoles de diversas orientaciones, pero unidos por un sentimiento que merecía respeto aún en las posibles discrepancias en un momento de definiciones.

Sin una tendencia ideológica precisa, nadando como en dos aguas, La Fe forma parte de un nutrido listado de periódicos cubanos poco conocidos, pero que denotan la integración de figuras de la intelectualidad cubana y extranjera, españoles en este caso, que supieron respetarse para llevar adelante proyectos de interés.

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